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Adansonia digitata



Adansonia digitata, el baobab africano o árbol del pan del mono,[1]​ es el nombre de un árbol africano de la familia de las malváceas.

Las flores del baobab son hermafroditas, actinomorfas, blancas y en forma de mano (de ahí su nombre digitata, "con dedos"). Producen un fruto que parece un melón pequeño. Los árboles llegan a crecer hasta 25 m de altura, pero la circunferencia de su tronco puede superar los 0 m. Es leñoso y su madera es blanda. Se calcula que algunos tienen una edad de aproximadamente 4.000 años.[cita requerida]

Es endémico en las áreas semiáridas al sur del Sahara, en África, donde se encuentra con mayor abundancia, pero debido a que puede habitar entre el nivel del mar y los 1.250 metros de altura, en clima cálido, se han reportado especímenes en el centro y en el este del continente.

En el Parque nacional Kruger son más frecuentes en las regiones rocosas, como las montañas Lebombo o entre Punda Maria y Pafuri.

Su fruta, llamada calabaza del Senegal[2]​ o pan de mono,[2]​ es rica en fibra y es un excelente alimento, se produce pasta y se elabora con él una bebida refrescante. En temporada de sequía los elefantes, para obtener la humedad que contienen los baobabs, abren la madera de estos árboles con sus colmillos.[3]

Con las hojas del baobab se puede hacer una sopa y tribus como los Dogones de la Falla de Bandiagará (Malí) y antes los Telem aprovechan su corteza para fabricar cuerdas.

Por último, el baobab puede almacenar hasta 120.000 litros de agua, lo cual explica la importancia de este gigante en el entorno desértico de África. La pulpa del fruto, harinosa y ácida, es comestible y se usa para hacer bebidas refrescantes, parecidas a limonadas. Por ejemplo, en Senegal se utiliza para elaborar una de sus bebidas tradicionales, el bouye.[4]

Fabricación de papel y cordajes (corteza).[5]

Las semillas negras y la cáscara gruesa de sus frutos, proporcionan aceite de mesa y sirven par fabricar esmalte. Las hojas jóvenes se consumen como verduras. A partir de la corteza se extrae el alcaloide Adansonina, en cual es un antídoto contra las flechas venenosas de las especies de Strophantus. Los aborígenes usan mucho su corteza con fines medicinales (Bärtels, 2002).

Es febrífugo, sudorífico, aperitivo, astringente. Los frutos dan una bebida usada para la fiebre, también se ha empleado para la disentería, puede ser un buen sustituto de la quinina, aunque su sabor es intensamente amargo.[6][7]

Resulta inevitable que el baobab influya a la literatura africana, así que al menos debemos citar el libro de la escritora senegalesa Ken Bugul (pseudónimo de Mariétou Mbaye), que escribió El baobab que enloqueció, nombre que despierta curiosidad debido a los hábitos sedentarios y a la adusta presencia del milenario árbol, que impresiona por su paciencia.

Pero no sólo influye a la literatura africana, también lo hace en la literatura española, como lo demuestra el libro El caudillo de las manos rojas de Gustavo Adolfo Bécquer, quien nos deleita con éste párrafo:

En el capítulo V de El Principito, su autor, el francés Antoine de Saint-Exupéry, plasma un curioso diálogo, en el que el Principito se muestra preocupado por los daños que podría ocasionarle a su diminuto asteroide un baobab, por lo que recomienda con énfasis: «¡Niños atención a los Baobabs!». He aquí la transcripción de un fragmento del capítulo V:

—Sí, es cierto.
—¡Ah, que contento estoy!
No comprendí por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el Principito añadió:
—Entonces se comen también los baobabs.
Le hice comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes no serían suficientes para comerse un solo baobab.
Esta idea del rebaño de elefantes hizo reír al principito.
—Habría que poner los elefantes unos sobre otros…
Y luego añadió juiciosamente:
—Los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos.
—Es cierto. Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?

Me contestó: "¡Bueno! ¡Vamos!" como si hablara de una evidencia. Me fue necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí mismo este problema.

En efecto, en el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Por consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas. Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la fantasía de despertarse. Entonces se alarga extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar que crezca como quiera. Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla. En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El suelo del planeta está infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son numerosos, lo hacen estallar.

"Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde el principito. Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es un trabajo muy fastidioso pero muy fácil".

"Y un día me aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera comprender a los niños de la tierra estas ideas. "Si alguna vez viajan, me decía, esto podrá servirles mucho. A veces no hay inconveniente en dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó

El escritor Rene Ferriot define a estos árboles de la siguiente manera:

A lo largo del Zambezi, las tribus creen que los baobabs eran rectos y demasiado orgullosos. Los dioses se enojaron, los arrancaron de raíz y los arrojaron al suelo boca abajo. Los espíritus malignos ahora causan mala suerte a cualquiera que recoja las dulces flores blancas. Más específicamente, un león los matará. En el parque nacional Kafue, uno de los baobabs más grandes se conoce como "Kondanamwali" o el "árbol que come doncellas". El árbol se enamoró de cuatro hermosas doncellas. Cuando llegaron a la pubertad, pusieron celoso al árbol al encontrar maridos. Entonces, una noche, durante una tormenta, el árbol abrió su tronco y llevó adentro a las doncellas. Se ha construido una casa de descanso en las ramas del árbol. En las noches de tormenta, todavía se oye el llanto de las doncellas encarceladas. Algunas personas creen que las mujeres que viven en kraals donde abundan los baobabs tendrán más hijos. Esto es científicamente plausible, ya que esas mujeres tendrán un mejor acceso a las hojas y frutas ricas en vitaminas del árbol para complementar una dieta deficiente en vitaminas.

Es el árbol emblemático de Madagascar porque en ese país se concentra el mayor número de especies de adansonias, pero es el baobab la más conocida internacionalmente.

Sudáfrica estableció la Orden del Baobab para premiar a sus ciudadanos excepcionales, entre las razones que justifican al Baobab para denominar a este importante reconocimiento, se expresa:

La Orden del Baobab se otorga en tres clases:

Adansonia digitata fue descrita por Carlos Linneo y publicado en Systema Naturae, Editio Decima 2: 1144. 1759.[9]

Adansonia: nombre científico que honra al sabio francés que describió por primera a éste árbol, Michel Adanson (1737-1806), de su apellido se deriva "adansonia".

digitata: epíteto que se inspira en la forma de "mano con dedos" de las hojas de este gigante africano.



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