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Constitución del Imperio Alemán



La Constitución del Imperio Alemán (en alemán: Verfassung des Deutschen Reiches) fue la ley fundamental del Imperio Alemán de 1871-1918, que fue aprobada el 16 de abril de 1871 y entró en vigor el 4 de mayo del mismo año. Los historiadores alemanes a menudo se refieren a ella como la Constitución Imperial de Bismarck, en alemán Bismarcksche Reichsverfassung (BRV).

Según la constitución, el Imperio era una federación de 25 estados alemanes bajo la presidencia permanente de Prusia, el estado más grande y más poderoso. La presidencia de la confederación (Bundespräsidium) era un cargo hereditario del rey de Prusia, que tenía el título de Emperador alemán (Kaiser). El emperador nombraba al canciller del Reich, jefe del gobierno y presidente del Bundesrat, el consejo de representantes de los estados alemanes. Las leyes eran promulgadas por el Bundesrat y el Reichstag, la Dieta Imperial elegida por sufragio universal masculino de los mayores de 25 años.

La Constitución fue la continuación de una constitución anterior del 1 de enero de 1871, la Constitución de la Confederación Alemana. Esa constitución ya incorporaba algunos de los acuerdos entre la Confederación Alemana del Norte y los estados alemanes del sur. Cambió el nombre del país a Deutsches Reich (traducido convencionalmente como el 'Imperio Alemán') y le dio al rey de Prusia el título de Emperador alemán.

La constitución dejó de estar en vigor tras el triunfo de la Revolución de noviembre de 1918. Al año siguiente se aprobó una nueva constitución republicana: la Constitución de Weimar, con el mismo título en alemán que su predecesora (Verfassung des Deutschen Reiches, o ‘Constitución del Reich Alemán’).[1]

Tras el fracaso de los nacionalistas liberales alemanes en 1848,[2][3]Prusia, el estado alemán más poderoso, fue el que dirigió la unificación de Alemania. Su canciller, Otto von Bismarck, afirmó en 1862 poco después de haber sido nombrado por el rey Guillermo I: «los grandes problemas de la época no se resolverán con discursos y decisiones tomadas por mayoría –éste fue el tremendo error de 1848 y 1849-, sino con sangre y hierro [Blut und Eisen]».[4][5][6]​ Su base de partida fue el Zollverein, promovido por Prusia y que deliberadamente había dejado fuera al Imperio Austríaco. [7]

El proceso de unificación lo llevó a cabo Prusia mediante su victoria en tres guerras. La primera, la Guerra de los Ducados (1864) contra Dinamarca, le permitió anexionarse el ducado de Schleswig y a Austria el de Holstein.[8][9][10]​ La victoria en la segunda, la guerra austro-prusiana (1866), le permitió disolver la Confederación Germánica y constituir en su lugar la Confederación Alemana del Norte, presidida por el rey de Prusia y con un Reichstag elegido por sufragio universal ―además Prusia se anexionó el Reino de Hannover, los ducados de Hesse-Kassel y de Nassau, y la ciudad libre de Frankfurt―.[11][9][12]​ La victoria en la tercera guerra, la guerra franco-prusiana (1870-71), le permitió a Bismark, aprovechando el fervor nacionalista provocado por el triunfo del ejército prusiano, integrar a los estados alemanes del sur ―los grandes ducados de Hesse y de Baden, y los reinos de Würtemberg y de Baviera― en el nuevo Imperio alemán. El 18 de enero de 1871 el rey de Prusia Guillermo I era coronado en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles como emperador del nuevo Reich, que es como se denominó el nuevo Estado, supuesto sucesor del viejo Sacro Imperio Romano Germánico y por ello llamado por algunos II Reich. Además, por el tratado que se firmó con la derrotada Francia el Reich se anexionó Alsacia y Lorena, y fue indemnizado con 5000 millones de francos oro.[13][9][14]

Tres meses después de la proclamación en enero de 1871 del nuevo Reich alemán ―que en realidad era una alianza de los príncipes alemanes―[15]​, fue promulgada la Constitución, que sin embargo distaba mucho de satisfacer los ideales que habían soñado los nacionalistas alemanes liberales en 1848.[1]​ Según Hagen Schulze, «la Constitución resultó ser un equilibrio perfecto, entre un Estado autoritario y un Estado democrático».[16]​ Juan C. Gay Armenteros sostiene la misma valoración: «Era una monarquía solo discretamente parlamentaria y, por el contrario, con una buena dosis de autoritarismo, con un canciller imperial dotado de todas las atribuciones de gobierno, apoyada en la fortaleza de su base militar y servida por la burocracia prusiana, que pronto se convirtió en burocracia “a la prusiana” en todo el Imperio».[17]

Los elementos esenciales de la nueva Constitución eran los siguientes:



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