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Danza africana



La expresión danza africana hace referencia principalmente a la danza en la porción de África al sur del Sahara, y a numerosos tipos de danzas africanas producto de las numerosas diferencias culturales en los estilos musicales y de movimiento. Estas danzas están muy relacionadas con las tradiciones musicales al sur de Sahara y el sentido del ritmo bantú. La danza africana utiliza el concepto de poliritmo y la articulación total del cuerpo.[1]​Las danzas permiten interpretar patrones sociales y valores y ayudan a las personas a trabajar, madurar, rezar y criticar a miembros de la comunidad a la vez que contribuyen en la celebración de festivales y funerales, competencias, recitado de la historia, proverbios y poesía; y a acercarse a los dioses.[2]​ En general las danzas africanas promueven la participación, tomando parte los espectadores en la misma expresión artística. Con la excepción de algunas danzas espirituales religiosas o de iniciación, tradicionalmente no existen barreras entre los bailarines y el público. Incluso las danzas rituales a menudo poseen segmentos en los que el público participa.[3]

No existe una definición única de la danza africana: África, un continente muy vasto, es étnicamente y culturalmente uno de los más diversos del planeta. Aunque existen temas similares en las danzas propias de los numerosos países y regiones, cada una posee su historia, lenguaje, letra, orígenes, y propósito, aspectos que no pueden ser traducidos a otra danza de la misma cultura y mucho menos a otra danza de otra región del continente.

La danza tradicional en África es un elemento colectivo, que expresa la vida de la comunidad más que la de los individuos o parejas. Los primeros cronistas ya hacían notar la ausencia de bailes de parejas en proximidad: dicho tipo de expresiones era considerado inmoral por numerosas sociedades africanas tradicionales.[4]​ En todas las danzas que se practican al sur del Sahara parece no existir evidencia de patrones de danza de una pareja hombre-mujer previos a la era colonial cuando dicha práctica era considerada como una expresión poco digna.[5]​ Por ejemplo para el pueblo Yoruba, el tocarse durante el baile no es un elemento común excepto en circunstancias muy especiales.[6]​ La única danza con parejas de la tradición africana parecerían ser la Danza de la Botella del Pueblo Mankon en el noroeste de Camerún o la danza Assiko del pueblo Douala en la que danzan parejas que expresan la seducción de uno sobre el otro.

Por ejemplo los bailarines y percusionistas yoruba enfatizan el talento individual, expresando deseos de la comunidad, valores y una creatividad colectiva. A menudo las danzas están segregadas por género, reforzando los roles de los géneros en los niños y a menudo se refuerzan otras estructuras comunitarias tales como el parentesco, edad y estatus.[7]​ Muchas danzas son realizadas solo por hombres o mujeres, expresando sentimientos muy fuertes sobre lo que significa ser hombre o mujer y algunos tabúes estrictos sobre la interacción entre ellos. Las danzas celebran el pasaje de la niñez a la adultez o devoción espiritual.[8]​ Las jóvenes de los Lunda de Zambia practican durante meses en aislamiento para el ritual que marca su paso a la edad adulta. Los varones demuestran su energía mediante danzas muy violentas que permiten apreciar su salud y estado físico.[7]

Los bailarines y los percusionistas se toman muy en serio el aprender con minuciosidad las danzas en todos sus detalles. Los niños deben aprender las danzas tal como se les enseñan y sin incorporar modificaciones. La improvisación o nuevas variaciones solo son posibles una vez que se domina la danza, y habiendo recibido el reconocimiento de los espectadores y los ancianos de la tribu.[9]​ El "entrenamiento musical" en las sociedades africanas comienza al nacer con canciones de cuna, y continua cuando los pequeños son llevados en andas en las espaldas de sus padres tanto al trabajo como a festivales y otros eventos sociales. Tanto en las regiones occidentales como del centro de África los juegos de la niñez incluyen juegos que permiten desarrollar una comprensión por diversos ritmos.[10]​ Bodwich, un viajero europeo de principios del 1800, menciona que los músicos mantenían el ritmo en forma estricta, «y que los niños mueven sus cabezas o extremidades, mientras se encuentran en la espalda de sus madres, exactamente al ritmo de la música que se está ejecutando».[11]​ El batido de tres golpes o de dos golpes es escuchado en los rituales cotidianos y ayuda a desarrollar «una actitud bidimensional del ritmo».

El instrumento musical más utilizado en África es la voz humana.[12]​ Tradicionalmente pueblos nómadas como los masái no utilizan tambores, si bien en villas a todo lo largo y ancho del continente el sonido y el ritmo de los tambores expresan el ánimo de las personas. En una comunidad africana, juntarse respondiendo al batir de los tambores es una oportunidad para desarrollar un sentimiento de pertenencia y solidaridad, un tiempo para conectarse entre sí y ser parte del ritmo colectivo de la vida en el que los jóvenes y viejos, ricos y pobres, hombres y mujeres están todos invitados a contribuir a la sociedad.[13]

Los hombros, el pecho, la pelvis, los brazos y las piernas se pueden mover con los diferentes ritmos musicales. Los bailarines en Nigeria muchas veces combinan dos ritmos en sus movimientos, y en bailarines avezados es posible observar una conjunción de hasta tres ritmos. Solo en contadas ocasiones es posible ver a bailarines que entrelacen cuatro ritmos simultáneamente.[14]​ A veces agregan componentes rítmicos independientes de los que posee la música. Aun cuando a veces no se desplaza al cuerpo, es posible observar bailarines que realizan movimientos complejos.[15]​Los bailarines son capaces de pasar de un ritmo a otro sin perder la gracia de sus movimientos.[16]

El batir de los tambores provee un texto lingüístico subyacente que guía el baile pero la mayoría del significado es aportado por los gestos y metalenguaje de los bailarines. La espontaneidad del baila crea una extemporalidad, pero no enfatiza ni promueve los egos individuales de los bailarines sino que sirve para preservar la comunidad y tender un puente que ayude a la interacción entre la audiencia y los bailarines.[17]




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