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Georg Friedrich Nicolai



Georg Friedrich Nicolai (nacido Lewinstein (referencia?) (1874 Berlín -- 1964 Santiago de Chile) fue un médico, fisiólogo, pacifista y emigrante alemán. Estudió en la Universidad de Berlín, y ejerció la medicina en el Charité en Berlín. Admiraba el trabajo del fisiólogo ruso Ivan Petrovich Pavlov con quién trabajó algunos meses. Escribió, con su interno Friedrich Kraus un libro sobre electrocardiografía intitulado Das Elektrokardiogramm des gesunden und kranken Menschen (El electrocardiograma de hombres sanos y enfermos). Fue médico personal del Kaiser y atendió a su esposa.

En octubre de 1914, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, Nicolai escribió el Manifiesto a los Europeos (ver traducción abajo). Sólo otros tres intelectuales alemanes firmaron el manifiesto de Nicolai: el físico Albert Einstein, el astrónomo Wilhelm Julius Förster y el filósofo Otto Buek.

Durante la guerra publicó La biología de la guerra, después traducida a varios idiomas. Por su postura antibelicista fue dejado cesante, sus propiedades confiscadas y fue exilado a la remota región de Tucheler Heide, en la Prusia Occidental. Hay notables coincidencias entre el análisis de las raíces psicológicas de la guerra entre los escritos de Einstein y los de Nicolai.

El 20 de junio de 1918 huyó hacia Dinamarca con la ayuda de unos oficiales que lo custodiaban, en dos aviones de la Liga Spartacus. Einstein ayudó en la preparación de la fuga, secreto que llevó hasta su muerte. En 1922 Nicolai emigró a Sudamérica donde trabajó en Argentina, en la Universidad Nacional de Córdoba, en la Cátedra de Fisiología Humana, Escuela Práctica de Medicina, de la Facultad de Medicina entre 1922-1927 y después en Chile, donde se estableció hasta su muerte.

En los años 30 escribió Das Natzenbuch (Una historia natural del movimiento nacional socialista y del nacionalismo en general), en que denuncia el nacionalismo como "uno del los mayores, posiblemente el mayor peligro para el futuro desarrollo de la raza humana".

La tecnología y la intercomunicación claramente nos fuerzan a reconocer el hecho de que las relaciones internacionales existen y consecuentemente existe una cultura mundial. Pero ninguna guerra antes ha dañado tanto la cooperación que debe existir entre naciones civilizadas. Puede ser que la razón por la que que estamos tan profundamente impresionados se deba a que estamos unidos por tantos vínculos cuya ruptura es dolorosa.

Esta situación no debe sorprendernos. Entretanto, aquellos que se preocupan en un mínimo grado por esta civilización mundial universal tienen la obligación de redoblar sus esfuerzos por mantener estos principios. Aquellos de quien se esperaba que cuidasen de estos asuntos, en particular los hombres de las ciencias y de las artes, hasta el momento han confinado casi invariablemente sus expresiones a sugerir que la presente suspensión de relaciones directas coincidió con el fin de cualquier deseo de continuarlas. Ellos se han manifestado con comprensible hostilidad, pero no por la paz.

Estos sentimientos no pueden ser justificados por ninguna pasión nacionalista. No son dignos de lo que el mundo entero hasta este momento entiende por el nombre de cultura. Sería un desastre si este sentimiento prevaleciese en las clases educadas. No sólo sería un desastre para la civilización, sino que estamos convencidos firmemente que sería también un gran infortunio para la misma causa en nombre de la cual se desató esta barbarie, que es la supervivencia de los diversos países.

A través de las conquistas tecnológicas el mundo se ha hecho menor y hoy en día los países de esta gran península Europa parecen estar tan cerca unos de los otros como solían estar las ciudades en cada península mediterránea. Y Europa –casi podríamos decir el mundo– ya es una e indivisible debido a sus múltiples relaciones.

Por esto debe ser la responsabilidad de los europeos educados y de bien por lo menos hacer un esfuerzo para no dejar que Europa, por no estar soldada entre si con suficiente fuerza, tenga el destino trágico de la Grecia antigua. Será Europa agotada por una guerra fratricida y perecerá?

La guerra que ruge actualmente difícilmente tendrá un vencedor, probablemente sólo perdedores. Consecuentemente, parece que los hombres educados en todos los países no sólo podrían, sino deberían ejercer toda su influencia para evitar que las condiciones para la paz sean fuente de futuras guerras, y esto independientemente de cuales sean las inciertas causas del actual conflicto. Deben dirigir sus esfuerzos, sobre todo, para ver la ventaja del hecho de que todas las condiciones Europeas fueron fundidas en el mismo crisol para moldear una Europa como un todo orgánico para el cual las condiciones técnicas e intelectuales están maduras.

No discutiremos aquí como será construido este nuevo orden europeo. Sólo queremos afirmar el principio de que estamos firmemente convencidos de que llegó el momento de que toda Europa sea una, para proteger su territorio, su gente y su civilización.

Creyendo como creemos que la voluntad para que este estado de cosas se realice está latente en muchas mentes, estamos ansiosos para que se exprese en todos los lugares y que se transforme en una fuerza, y con este objetivo en mente nos parece, ante todo, necesario que deba haber una unión de todos los que están de alguna forma vinculados a la civilización Europea, o sea aquellos a los que Goethe llamó, casi proféticamente, de “buenos europeos”. No debemos abandonar nunca la esperanza de que sus pronunciamientos colectivos sean oídos por alguien, aun bajo el ruido de las armas, especialmente si estos “buenos europeos” del mañana incluyen a todos los que son considerados como autoridades por sus conciudadanos.

Para empezar, sin embargo, es necesario que los europeos se unan, y si, como esperamos, hay suficientes europeos en Europa, en otras palabras, suficientes personas para las que Europa no es un mero término geográfico sino algo que llevan profundamente en el pecho, entonces trataremos de fundar esta unión de europeos.



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