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Isabel Farnesio



Casa de Farnesio

Isabel Farnesio (Parma, 25 de octubre de 1692-Aranjuez, 10 de julio de 1777) fue una aristócrata italiana, reina consorte de España como segunda esposa del rey Felipe V y madre de Carlos III.

Isabel Farnesio nació en la ciudad italiana de Parma, en el Palacio de la Pelota. Fue la segunda hija del príncipe heredero de Parma, Eduardo II Farnesio (que murió cuando ella tenía un año) y de la condesa palatina Dorotea Sofía de Neoburgo.[1]​ Paso su infancia rodeada de opulencia bajo la tutela de su abuelo, el duque Ranuccio II y, después, de su tío Francisco, su padrastro tras su boda con su madre en 1696. Su educación fue excelsa.[1]

Las muertes sucesivas de su hermano mayor, Alejandro Ignacio (5 de agosto de 1693) y de su padre (6 de septiembre de 1693), la dejan como la tercera en la línea sucesoria del ducado de Parma, precedida únicamente por sus dos tíos, Francisco y Antonio Farnesio, que reinarían sucesivamente en el ducado de Parma muriendo sin descendencia alguna. De esta manera, Isabel se convirtió en la única heredera legítima de los estados tanto de los Farnesio como de los Médicis (vía su bisabuela paterna, Margarita de Médici), una vez que esta familia se extinguió en 1743.[1]

Se casó en 1714 con el rey viudo de España, Felipe V, gracias a las buenas gestiones del obispo y cardenal italiano de Málaga, Giulio Alberoni, a quien logró que el rey lo nombrase como su Primer Ministro al poco tiempo de su llegada a la Corte. Poseía un fuerte carácter y una personalidad autoritaria que le otorgó una gran influencia en la Corte de la época. Al ser ambiciosa, disfrutaría del ejercicio del Poder Real, por lo mismo tuvo muchos opositores y enemigos, siendo temida por muchos miembros de la Corte.

Con relación a lo anterior, para la época en la cual el rey Felipe V se empezó a aislar, este fue reduciendo su círculo personal, convirtiendo a la reina Isabel en un personaje fundamental en la política del momento. Así mientras el Monarca caía en depresiones que lo sumían en una melancolía y desconsuelo cada vez más intensos, con un abandono cada vez más prolongado de su higiene personal en esos periodos, mientras que Isabel utilizaba todas sus influencias para hacer realidad sus ambiciones personales de colocar a sus hijos en los tronos de Europa.

Fue apodada despectivamente «la parmesana». Según descripciones de la época[2]​ no era «excesivamente guapa, aunque de porte distinguido; tenía el rostro marcado por las viruelas, expresivos ojos azules, nariz prominente...». No obstante, en otras fuentes,[3][4]​ así como en las representaciones pictóricas —algunas incluidas en este artículo—, aparece representada como una mujer de ojos oscuros. Además era «agradable y, por encima de todo, dejaba traslucir una energía e inteligencia fuera de lo corriente».

En su reinado como esposa de Felipe V formó una importante colección de arte. Cada uno de los cónyuges marcaba sus cuadros con un símbolo dinástico diferenciado (la flor de lis, ella; y la Cruz de Borgoña, el rey) y la reina se aficionó especialmente a los cuadros de Murillo, que compró en gran número. También fue esta real pareja la responsable de la compra de la colección escultórica de Cristina de Suecia, que incluye el Grupo de San Ildefonso y las ocho "Musas" (todos ellos expuestos ahora en el Museo del Prado). Isabel de Farnesio destacó también como miniaturista, conservándose algunas de sus obras en la Granja de San Ildefonso, Aranjuez. [5]

La reina nunca mostró afecto, sino desdén, por sus hijastros. Para ella, los descendientes del primer matrimonio del rey con María Luisa Gabriela de Saboya constituían un escollo más para lograr su principal objetivo: dotar a sus hijos Carlos (futuro Carlos III) y Felipe de un reino donde gobernar. Mientras Felipe V vivió, la relación entre Isabel y sus hijastros (sobre todo con el infante Fernando) se caracterizó por un continuo ninguneo mutuo, pese a una aparente cordialidad.

Isabel tampoco se reveló como una madre amorosa con los seis hijos que tuvo, ya que consumió todo su tiempo y energías en las intrigas políticas para, precisamente, forjarles ese brillante porvenir que tanto ansiaba para ellos.

Su política estuvo orientada a recuperar para la monarquía española los territorios italianos perdidos por el tratado de Utrecht. Así, consiguió para su hijo Carlos el reino de Nápoles y Sicilia, y para su otro hijo, Felipe, el ducado de Parma. Cuando quedó viuda se trasladó junto con sus hijos Luis y María Antonia desde el Palacio del Buen Retiro hasta el palacio del duque de Osuna, que estaba situado en la zona de la actual Plaza de España de Madrid; pero un año después, en agosto de 1747, su hijastro, ya Fernando VI de España, la desterró al Real Sitio de la Granja de San Ildefonso en Segovia, aunque ella se construyó otra residencia cerca, el Palacio Real de Riofrío. En esos años de destierro, Isabel Farnesio vivió dedicada a sus tareas privadas, pero siempre atenta a la evolución del reinado de su hijastro, sobre todo atenta a su salud y muy especialmente tras la muerte de su esposa, Bárbara de Braganza. Al morir Fernando VI sin descendencia en 1759, subió al trono el hijo de Isabel, Carlos, por lo que esta volvió a la corte. Sin embargo, las continuas peleas y discusiones con su nuera, María Amalia de Sajonia, la hicieron retirarse hasta el fin de sus días en la localidad madrileña de Aranjuez.

De su matrimonio con el rey Felipe V tuvo siete hijos:

Isabel muere en 1777, siendo enterrada junto a los restos de su difunto marido Felipe V en el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, concretamente en un mausoleo emplazado en la Real Colegiata de la Santísima Trinidad, en la llamada Sala de las Reliquias, templo inserto en el propio palacio, ubicado en la localidad de La Granja de San Ildefonso (provincia de Segovia), a escasos kilómetros de Segovia.




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