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Juan L. Ortiz



Juan Laurentino Ortiz (Puerto Ruiz, 11 de junio de 1896 - Paraná, 2 de septiembre de 1978), más conocido como Juan L. Ortiz, fue un poeta argentino, considerado por el escritor Juan José Saer como «el más grande poeta argentino del siglo XX».[1]

Ortiz nació el 11 de junio de 1896 en la localidad de Puerto Ruiz, pero pasó sus primeros años en las selvas de Montiel, un paisaje que marcó su poesía para siempre. Después de terminar sus estudios en la Escuela Normal Mixta de Maestros de Gualeguay,[2]​ en 1913 se traslada a Buenos Aires donde cursó la carrera de Filosofía. Participó de la bohemia literaria de los años veinte y trabó amistad con figuras literarias del ambiente, pero volvió a su provincia en 1915.[3]​ Residió en Gualeguay hasta 1942, año en que se jubiló de su empleo en el Registro Civil de la ciudad, y se trasladó a Paraná, donde se instaló definitivamente, «para estar más cerca del movimiento, de la gente» según declaró el mismo Ortiz a Alicia Dujovne Ortiz en una entrevista que esta le hizo en 1978.[4]​ En 1924 se casó con Gerarda Irazusta, con quien tuvo a su hijo Evar.

Sus primeros libros fueron impresos y distribuidos por el mismo Ortiz entre amigos o lectores conocidos, por lo que su obra tuvo poca difusión, y no fue hasta 1933 que se editó su primer poemario en Buenos Aires, El agua y la noche, con poemas escritos entre 1924 y 1932, y otro tanto ocurrió con el segundo, El alba sube..., publicado cuatro años después. En los años siguientes la publicación de sus libros fue mejor organizada, lo que permitió que tuviera una mayor difusión: La rama hacia el este (1940), El álamo y el viento (1947), El aire conmovido (1949), La mano infinita (1951), La brisa profunda (1954) El alma y las colinas (1956), De las raíces y del cielo (1958). Juanele, como comenzó a llamárselo en los círculos literarios de la capital, fumaba en largas boquillas de caña y publicaba sus poemas, de versos extensos, en libros de tipografía minúscula, cuidando hasta el extremo todos los aspectos de la edición, característica que tiende a ser respetada en las ediciones actuales. Su reputación de poeta de culto llegó hasta la vecina Provincia de Santa Fe, donde, entre otros, se encontraba el escritor Juan José Saer, quien lo visitaba frecuentemente junto con otros admiradores.

En 1957 realiza su único viaje al exterior, invitado por el gobierno chino, como parte de una comisión de intelectuales argentinos que recorrió China y la Unión Soviética.

Después de más de diez años sin publicar, en 1971 la Biblioteca Vigil de Rosario reúne su poesía completa en tres volúmenes con el título Bajo el aura del sauce, que incluye además El junco y la corriente, La orilla que se abisma y El Gualeguay, hasta entonces inéditos. Este último, su poema más extenso (2639 versos), es a la vez una narración del paisaje y de los sucesos históricos y económicos que se produjeron en las riberas de uno de los ríos de la provincia. En 2006 fue editado en un volumen propio por la editorial Beatriz Viterbo, en una edición al cuidado de Sergio Delgado, quien también preparó una edición de las Obras completas de Ortiz en 1996 publicada por la Universidad del Litoral, con textos de Daniel García Helder y Martín Prieto.

Falleció el 2 de septiembre de 1978 en la ciudad de Paraná, a los 82 años de edad. La tensión de su obra entre la comunión con el paisaje y el conflicto social fue magníficamente descrita por el propio autor en estos versos:

Se destacó asimismo como traductor de poetas como Paul Eluard, Giuseppe Ungaretti, Ezra Pound y algunos poetas chinos.[2]

La leyenda de su figura alta, flaca, concentrada en la observación del paisaje fluvial, trascendió más que su extensa obra, de una «espléndida monotonía», en la que identifica su espíritu con el paisaje que lo rodeó durante toda su vida.

Aunque se consideraba socialista y llegó a integrar un comité de solidaridad con la República durante la guerra civil que dividió a España en los años 30, se mantuvo apartado de los grandes movimientos políticos y sociales de Buenos Aires, lo cual no quiere decir que haya dejado de lado la conciencia social. Los simbolistas franceses y la poesía oriental influyeron en su obra, caracterizada por la delicadeza y la disposición contemplativa, que alude siempre al río, los árboles, las inundaciones, los cambios climáticos, sin eludir la historia social de su provincia natal (sede de importantes frigoríficos desde comienzos del siglo XX), mostrando siempre una especial sensibilidad por el drama de la pobreza y, en particular, por los niños que la sufren en su inocencia.



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