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Luis Felipe I de Orleans



Luis Felipe I de Orleans (en francés: Louis-Philippe d'Orléans) (1725-1785) llamado "el Grande" (le Gros), duque de Chartres (1725-1752), y duque de Orleans (1752-1785), de Valois, de Nemours y de Montpensier, príncipe de sangre, nacido en Versalles el 12 de mayo de 1725, murió en el castillo de Sainte-Assise en Seine-Port el 18 de noviembre de 1785.

Luis Felipe era hijo de Luis I, duque de Orleans, llamado el Piadoso (1703-1752), y de su esposa, la princesa alemana Augusta de Baden-Baden (1704-1726). Desde su nacimiento, llevó el título de duque de Chartres. Al año siguiente de nacer, su madre murió después de dar a luz a una niña nombrada con los nombres de Luisa María (1726-1728). A la muerte de su padre en 1752, se convierte en duque de Orleans, de Valois, de Nemours y de Montpensier. Tomó parte en las campañas militares de 1742, 1743 y 1744. En este último año, fue ascendido a teniente general, y nombrado gobernador del Delfinado a la muerte de su padre. Se distinguió en la guerra de Flandes y de Alemania.

Muy joven, se enamoró apasionadamente de una de las hijas de Luis XV, Madame Enriqueta, que le correspondía, y con quien quería contraer matrimonio. Pero el cardenal de Fleury vio en este matrimonio una fuente inagotable de posibles complicaciones diplomáticas, algunas muy graves. En efecto, Luís XV no tenía más que un hijo varón, que en caso de fallecer siendo joven y sin descendencia, provocaría que el trono de Francia pudiera ser reclamado tanto por el duque de Orleans como por el rey de España, Felipe V, que no consideraba válida la renuncia a sus derechos al trono de Francia que Inglaterra le había impuesto en el Tratado de Utrecht de 1713. Así pues, el matrimonio con una hija del rey de Francia daría al hijo del duque de Orleans, si el caso llegaba a producirse, una gran ventaja frente a Felipe V, razón por la que se quería impedir dicho matrimonio. En 1742, Luis XV decide no conceder al duque de Chartres la mano de su hija. Dado que no pudo casarse con el hombre que amaba, Ana Enriqueta permaneció soltera el resto de su vida.

Luis el Piadoso pensó en casarlo con una hija del elector Carlos Alberto de Baviera. Oficialmente, Luís XV y Fleury hicieron lo mínimo por apoyar esta unión, y el duque elector, que pretendía la corona del Sacro Imperio, la cual ciño con el nombre de Carlos VII, dio largas al asunto y murió en 1745 sin haber autorizado antes el matrimonio de su hija con el duque de Chartres.

En vista de estos fracasos, su padre decide casarlo en 1743 con una prima lejana, Luisa Enriqueta de Borbón-Conti (1726-1759), elección completamente desafortunada que no aumentará el prestigio de la Casa de Orleans, pero que le unirá con la estirpe de los bastardos de Luis XIV. El duque de Orleans pensaba que la joven Conti, educada en un convento, sería un modelo de virtudes cristianas, pero resultó todo lo contrario, revelándose como un modelo de desvergüenza y una fuente constante de escándalos. Nacen de esta unión tres hijos legítimos, de los que sobreviven tan solo dos:

En lo que respecta a lo dicho por Felipe Igualdad durante la Revolución Francesa acerca de que no era hijo de Luis el Grande sino que su padre fue un cochero del Palacio Real, cabe decir que dicha frase pretendía escándalizar y dar mayor lustre revolucionario al duque, pues basta con observar los retratos del padre y de sus hijos para darse cuenta del parecido. No obstante, Luis el Piadoso, consideró siempre a sus nietos como ilegítimos.

Para compensar el desastre de su vida matrimonial, el duque de Chartres forma un segundo hogar con Etienette Le Marquis, Mme de Villemonble, con quien tuvo cinco hijos, a quienes va elevando, con suma discreción, en el escala social, gracias a los títulos y el patrimonio de la Casa de Orleans: Luis Héctor, conde de San Pablo; Luis Felipe, conde de San Albino; María Héctora, esposa desde 1778 de Francisco Constantino de Brossard, oficial en un regimiento del duque de Orléans; y dos hermanas gemelas, las señoritas de Mérainville, que ingresaron en un convento.

La duquesa de Chartres fallece en 1759, y Luis el Grande toma como favorita a Carlota Juana Béraud de La Haye de Riou, Madame de Montesson (1738-1806), viuda del marqués de Montesson, quien le llama «Gran Padre». Durante años, trata de obtener el permiso del rey Luis XV para hacerla su esposa, pero este no concede la dispensa. Tras muchas gestiones, el rey da por fin su consentimiento en 1772, pero con la condición expresa de que este sea un matrimonio morganático, y que Madame de Montesson nunca reciba el título de duquesa de Orleans, a lo que el duque accede. El enlace tiene lugar en 1773, y como consecuencia de dicho matrimonio desigual, el duque y su nueva esposa tienen que desalojar el Palacio Real y el de Saint-Cloud. Retirados así de la Corte, viven discretamente entre la casa que el duque posee en Bagnolet y el castillo de Sainte Assise, regalo de boda ofrecido a madame de Montesson, situado a orillas del Sena (actualmente departamento de Sena y Marne). Como es lógico, jamás tuvieron el honor de recibir en su retiro al rey ni a ningún otro miembro de la Familia Real.

Con el paso de los años, en su casa de Bagnolet el duque forma a su alrededor un grupo de científicos y escritores a quienes protege; él mismo se divertía montando en escena pequeñas comedias. Luis Felipe fue un príncipe ilustrado que favoreció el saber y los descubrimientos científicos en la medida de sus posibilidades. Hombre de bien, distribuía importantes sumas de dinero a los necesitados, casi sin reparar en gastos. A este respecto, comenta el baron de Besenval que «el señor duque de Orleans exasperaba a menudo a sus amigos por la debilidad de su carácter, y la poca nobleza que ponía a veces en su conducta, pero aun así, se los ganaba por su bondad extrema, su mejor cualidad, y por los servicios que les prestaba, tanto cuanto su timidez podía permitírselo.»

En 1769, aumentó los propiedades de la familia de Orléans al adquirir el castillo de Raincy a los herederos del Marqués de Livry, pero en 1784, se vio obligado a ceder al rey Luis XVI el castillo de Saint Cloud, en el que había puesto sus ojos la reina María Antonieta.




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