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Meditativo



La meditación es una práctica en la cual el individuo entrena la mente o induce un modo de consciencia, ya sea para conseguir algún beneficio específico como reconocer mentalmente un contenido sin sentirse identificado con ese contenido,[1]​ o como un fin en sí misma.[2]

El término meditación se refiere a un amplio espectro de prácticas que incluyen técnicas diseñadas para promover desde la relajación, hasta construir energía interna o fuerza de vida (, ki, chi, prāṇa, etc.) y desarrollar compasión,[3]​ amor, paciencia, generosidad y perdón. Una forma particularmente ambiciosa de meditación tiene como fin conseguir sostener la concentración en un punto sin esfuerzo,[4]​ enfocado a habilitar en su practicante un estado de bienestar en cualquier actividad de la vida. O igualmente para ser utilizado en la práctica del budismo o el hinduismo como Sadhana, con el objetivo final de llegar a un estado de iluminación espiritual denominado Samadhi, Kenshō, etc; que en estas religiones orientales, sería uno de los caminos que llevaría al objetivo final del Moksha o Nirvana.

La meditación toma diferentes significados en diferentes contextos; esta se ha practicado desde la antigüedad como un componente de numerosas religiones y creencias,[5]​ pero la meditación no constituye una religión en sí misma. La meditación normalmente implica un esfuerzo interno para autorregular la mente de alguna forma.

En la cultura occidental la palabra meditación viene del latín meditatĭo que originalmente indicaba un tipo de ejercicio intelectual; mientras que la palabra contemplación se reservaba para un uso más religioso o espiritual. Aparte de su uso histórico, la palabra meditación es empleada en la traducción de conceptos provenientes de prácticas espirituales asiáticas como el dhyana. De esa manera, la palabra meditación adquirió una nueva definición que la hace similar a la contemplación.[6]

En el siglo XIX, los teósofos adoptaron la palabra «meditación» para referirse a las diversas prácticas de recogimiento interior o contemplación propias del hinduismo, budismo y otras religiones orientales. No obstante, hay que notar que este tipo de práctica no es ajena a la historia de Occidente, como muestran descubrimientos de vasijas celtas con figuras en postura yóguica.[7]

Para Rudolf Steiner, fundador de la antroposofía, la meditación es el camino para el conocimiento del mundo espiritual y requiere ejercicios especiales, según lo explicado y descrito en Wie erlangt man Erkenntnisse des hoheren Welten?[8]

La meditación se caracteriza normalmente por tener algunos de estos rasgos:

La meditación es básica dentro del budismo. Cada escuela tiene diferentes maneras y técnicas específicas. Para algunas es la forma mediante la cual la mente logra alcanzar un plano de realidad y entendimiento que va más allá de lo aprendido y, tiene que ver más con lo sensorial. También se puede ampliar o controlar el espectro de motivaciones de la personalidad.

Según el zen, meditar es la condición natural de la conciencia humana, capaz de comprender por sí sola el significado de su existencia, aun si esto ocurre a nivel del inconsciente. Esta percepción se interrumpe por la agitación o el interés en los asuntos particulares que absorben nuestra atención. La práctica de un sistema o rutina de meditación devolvería a la mente a ese estado básico y primordial. Algunos maestros zen dicen que meditar es «tocar el corazón» del ser humano.[9]

En el Theravāda, la meditación involucra tanto técnicas como samādhi, mettā y vipassana, como el desarrollo de la bondad y el «conocimiento superior». En el Mahāyāna las prácticas meditativas son las visualizaciones, rezos y cantos.

En el cristianismo, la meditación tiene un enfoque cristológico. El cristiano trata de dirigir su pensamiento a Dios, a Su palabra y a Su obra.[10][11]​ La meditación es una expresión de la oración cristiana.[10]​ Se hace con ayuda de algún libro o escrito como la Biblia, los textos litúrgicos del día, escritos de los padres de la Iglesia o de los santos, etc.[10][11]

En el hinduismo, en las escuelas de yoga y vedānta, la meditación es parte de dos de las seis ramas de la filosofía hindú.

En el sufismo se emplean diversas técnicas meditativas.

En la mayoría de las religiones basadas en el paganismo y el neopaganismo, como son la Wicca y el druidismo, la meditación es un pilar fundamental para mantener una conexión con la divinidad.

De acuerdo con Jeremy Holmes y Alberto Pérez Albéniz (2000), parece ser que las diferentes técnicas de meditación pueden ser clasificadas de acuerdo a su enfoque. Algunas se enfocan en el campo de la percepción y la experiencia, también llamada de conciencia plena (mindfulness en inglés). Otras se enfocan en un objeto determinado, y son llamadas de «concentración». Hay también técnicas que intercambian el campo y el objeto de la meditación.

Las técnicas de aproximación a la meditación varían desde las que se basan en observar la respiración, en visualizar algún pensamiento positivo o imagen inspiradora, enfocar algún objeto o imagen (como un mándala), las invocaciones, hasta las que se basan en tipos de compleja «alquimia espiritual». También existen las meditaciones sin objeto, desenfocando la tensión mental. Además de lo descrito antes sobre el pensamiento en la meditación, durante esta se puede dejar fluir libremente las imágenes mentales, sean claras o confusas, como cuando se está a punto de conciliar el sueño. También se puede dejar fluir las sensaciones, emociones, impulsos y energías corporales, normalmente sin intervenir en ellas, pero tampoco dejándose llevar o enredar, de manera que muestran finalmente una tendencia a reordenarse por sí solas; aunque existen métodos de reflexión y técnicas de concentración en que la conciencia las puede manejar.

Una investigación en Massachusetts en 2006 evaluó si la práctica de la meditación podría estar asociada con cambios en la estructura física del cerebro. La metodología consistió en seleccionar a 20 meditadores con experiencia y a 15 personas sin experiencia como grupo de control. Los participantes de meditación y en el grupo de control fueron emparejados por sexo (meditadores 65% hombres, controles 67%), edad (meditadores 38.2 años, controles 36.8 años), raza (ambos grupos 100% caucásicos) y años de educación (meditadores 17.3 años, controles 17,4 años). Todos los participantes eran física y psicológicamente saludables. A través de imágenes por resonancia magnética (IRM) se midió el grosor de la corteza cerebral. Se evidenció que las regiones cerebrales asociadas con la atención, la interocepción y el procesamiento sensorial fueron más espesas en los participantes de meditación que en los controles emparejados, incluida la corteza prefrontal y la ínsula anterior derecha. El estudio concluye que la meditación puede estar asociada con cambios estructurales en áreas del cerebro que son importantes para el procesamiento sensorial, cognitivo y emocional. Los datos sugieren además que la meditación puede afectar la reducción de la estructura cortical asociada al envejecimiento.[12]

Algunas técnicas de meditación parecen ayudar a mantener la concentración y reducir las consecuencias del estrés.[13][14]

Existen indicios que muestran que al menos dos tipos de meditación producen cambios en el hipocampo o la ínsula. Estos mecanismos podrían ayudar a mejorar la memoria.[13][15]

Al analizar la actividad cerebral durante la meditación, usando un electroencefalograma, se puede apreciar que se pasa de las ondas beta (actividad normal, consciente y alerta, de 15-30 Hz) a ondas alfa (relajación, calma, creatividad, 9-14 Hz). En la meditación más profunda se pueden registrar ondas theta (relajación profunda, solución de problemas, 4-8 Hz) y en meditaciones avanzadas se puede detectar la presencia de ondas delta (sueño profundo sin dormir, 1-3 Hz).[16]

Se han reportado numerosos efectos adversos a la meditación, especialmente cuando esta se dirige a personas con enfermedades mentales. Las personas con depresión, trastornos de ansiedad o trastorno por déficit de atención son las que reportan la mayor cantidad de efectos negativos.[17]​ Los más habituales son manía, despersonalización, ansiedad, pánico, y la reexperimentación de eventos traumáticos.[18][19][20][21][22]​ Los efectos adversos son menos frecuentes en las mujeres y en personas que meditan por motivos religiosos.[23]

Según un estudio de 2020 en base a la revisión de 83 publicaciones académicas seleccionadas de un total de 5276, la aparición de efectos adversos durante o después de las prácticas de meditación —principalmente mindfulness y meditación trascendental— no es infrecuente y puede ocurrir en personas sin antecedentes de problemas de salud mental. Según los autores, esto puede deberse a practicar las técnicas de meditación de una forma incorrecta o a no ser guiada de la manera adecuada. Según la investigación, los efectos adversos experimentados por los individuos tras practicar meditación fueron depresión, ansiedad o anomalías cognitivas. Además se reportaron, aunque en menor medida, efectos secundarios como aparición de conductas suicidas y problemas gastrointestinales.[24]



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