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Neocon



El neoconservadurismo es un movimiento político que nace en los Estados Unidos durante la década de 1960 como reacción a la política exterior cada vez más pacifista del Partido Demócrata de los Estados Unidos, la creciente Nueva Izquierda y la contracultura, en particular durante las protestas de Vietnam.

Históricamente hablando, el término "neoconservador" se refiere a aquellos que hicieron el viaje ideológico desde la izquierda antiestalinista hasta el campo del conservadurismo estadounidense durante las décadas de 1960 y 1970. El movimiento tuvo sus raíces intelectuales en la revista Commentary, editada por Norman Podhoretz.[1][2]

La palabra neoconservador —a veces abreviada a «neocón»— fue en sus inicios utilizada para describir a los intelectuales comunistas americanos que eran críticos con la ideología soviética. Desde la década de 1930 hasta principios de los años 1950, muchos conservadores eran acérrimos anti-intervencionistas y la Old Right estuvo comprometida con el concepto del anti-imperialismo. Los neoconservadores en contraste apoyaron el intervencionismo contra la URSS.

Los neoconservadores suelen abogar por la promoción de la democracia y el intervencionismo en la política internacional, incluida la paz a través de la fuerza (por medio de la fuerza militar), y son conocidos por defender el desdén por el comunismo y el radicalismo político.[3]​ Muchos de sus seguidores se hicieron políticamente famosos durante las administraciones presidenciales republicanas de las décadas de 1970, 1980, 1990 y 2000, cuando los neoconservadores alcanzaron su influencia durante la administración de George W. Bush, cuando jugaron un papel importante en la promoción y planificación de la Invasión de Irak en 2003.

Los neoconservadores prominentes en la administración de George W. Bush incluyeron a Paul Wolfowitz, Elliott Abrams, Richard Perle y Paul Bremer. Aunque no se identificaron como neoconservadores, los altos funcionarios Vicepresidente Dick Cheney y el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld escucharon atentamente a los asesores neoconservadores con respecto a la política exterior, especialmente la defensa de Israel y la promoción de la influencia estadounidense en el Medio Oriente.

Aunque es usado ocasionalmente en la actualidad, sigue describiendo una de las posibles posiciones básicas en el terreno político y su descripción contiene los siguientes elementos fundamentales:

Justin Vaïsse, un experto francés en política estadounidense que es investigador superior en el Instituto Brookings, escribe como historiador de un movimiento más que como defensor de su propia doctrina, pero rechaza la actual línea neoconservadora en política exterior, como cualquier persona “decente” lo haría. “Un último problema inherente a la visión neoconservadora y la doctrina Bush [fue]… el dogmatismo democrático, otra consecuencia más de la pereza intelectual…No solamente resultó que la democracia no era una varita mágica, sino que implementarla no fue tan simple como ciertos neoconservadores…decían a veces.” [4]

En sincronia, el análisis de Cooper viene a incidir en la misma línea argumental al señalar, textualmente, lo siguiente: "Solo volviendo a la era de Nixon-Kissinger se puede comenzar a apreciar cómo las ideas incrustadas en las críticas neoconservadoras de la distensión sentaron las bases para los argumentos formulados por los unipolaristas neoconservadores en la década de 1990".[5]

Vaïsse menciona que esta imprudente indiferencia a la realidad no siempre ha caracterizado al neoconservadurismo. Al contrario, el movimiento comenzó en 1960 con contundentes críticas a algunos de los programas domésticos de la presidencia de Johnson. Las grandiosas metas de los proponentes de la Gran Sociedad no pudieron ser realizadas, según Daniel Bell, Nathan Glazer, Daniel Moynihan, y otros antiguos neoconservadores. (Es abrumador darse cuenta de que Bell y Glazer han estado escribiendo desde 1940.). En The Public Interest, un diario fundado por Bell e Irving Kristol, los críticos a los argumentos convencionales sobre el estado de bienestar declararon que “la ley de consecuencias no intencionadas” impone severos límites a la eficacia de la acción política. “Por ejemplo, el control de los precios de los alquileres, pese a ser bien intencionado, provoca un déficit habitacional (debido a que los propietarios de inmuebles no tienen incentivos para invertir) el enfoque global de The Public Interest se convirtió en ‘los límites de la política social’.”

La autoridad neoconservadora en la política exterior estadounidense no ha tenido una reacción entusiasta. Su fracaso a la hora de llevar la paz y la democracia a Irak, por ejemplo, se ha traducido ahora en una desprendimiento de críticas también en el ámbito interno, procedentes incluso de la propia clase política. La defección de más alto nivel ha sido la de Francis Fukuyama, autor de El fin de la historia y el último hombre (1992), el himno al triunfo del capitalismo que se convirtió en un texto canónico neoconservador de los años noventa, articulando la transición de la administración Clinton a la de George W. Bush. En su nuevo libro, After the Neocons, Fukuyama señala que los principios neoconservadores fundamentales fueron sistemáticamente violados a la hora de esgrimir argumentos favorables a la guerra en Irak y, yendo más allá, que el intento más amplio de combatir el terrorismo se encuentra mal servido no solo por la guerra, sino también por el proyecto neoconservador de reforma democrática en Oriente Medio. . Como conclusión, ofrece un sustituto para la política exterior neoconservadora, algo que él mismo califica de «wilsonianismo realista».Los comentaristas y críticos liberales han observado en Estados Unidos con una mezcla de justicia y alborozo el largamente esperado derrumbamiento conservador sobre la base ideológica de la política exterior de la Administración Bush.

El siguiente argumento de Fukuyama es que, aunque el neoconservadurismo tiene que ver con la «seguridad» en el sentido de preservar a Estados Unidos, tanto su poder como sus ideales, no tiene que ver únicamente con el poder, o con el mantenimiento de una estabilidad realista de Estado a Estado. Se trata más bien de una creencia en el poder de las ideas, los ideales y la ideología como condiciones necesarias de la victoria en la Guerra Fría, de comprender que Juan Pablo II fue tan necesario para la victoria sobre el comunismo como lo fueron las tropas de la OTAN. Finalmente, dice, el neoconservadurismo afirma que los asuntos internos de los Estados –su vinculación con la democracia, los derechos humanos y los valores liberales– constituyen indicadores globales de una conducta estatal externa; elementos, por imprecisos que sean, para pronosticar sus tendencias hacia la guerra y la paz. [6]

Y el neoconservadurismo agrupa simultáneamente una creencia en la validez y el atractivo universal de ideales estadounidenses fundamentales y una creencia igualmente firme en la excepcionalidad estadounidense. Los neocons van también un paso más allá, introduciéndose en el reino de los ideales, y defienden que la soberanía democrática, y la soberanía democrática de Estados Unidos en particular, es también un ideal, que cuenta con su propia legitimidad moral, y que en la medida en que las instituciones internacionales busquen debilitar esa democracia soberana, están cometiendo un error de principio [7]

Unos ejemplos de partidos neoconservadores serían los partidos nacional populistas europeos(Vox, Alternativa para Alemania entre otros).



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