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Preadolescentes



Se entiende como preadolescencia generalmente a la etapa que ocurre entre 10 a 14 años de edad, es decir, la que abarca el desarrollo de la niñez a la adolescencia.[1]

En la preadolescencia, el niño o la niña experimenta cambios biológicos y sociales, así como transformaciones cognitivas que le van a permitir enfrentarse a las tareas intelectuales propias de un adulto, el comienzo de este período está caracterizado por la aparición de las operaciones concretas, mientras que lo que caracteriza su final es la aparición del pensamiento formal.[2]

En estos años, el ritmo de crecimiento disminuye, se sigue creciendo pero más lentamente. El cuerpo en la preadolescencia ya no es como en la niñez, pero tampoco llega a desarrollarse como en la adolescencia.[3]

En la preadolescencia, la niña o el niño oculta sus pensamientos ante las personas adultas, en ocasiones actúa con agresividad y pasión en la defensa de sus intereses. Confía más en sus amistades que en las personas adultas. En el comportamiento de los y las preadolescentes predominan las contradicciones porque por un lado mantienen conductas infantiles, mientras que por el otro, comienzan a dar indicios de independencia que llegaran a realizarse en la adolescencia.

Los niños y niñas preadolescentes tienen una visión diferente del mundo de los niños y de las niñas más pequeños y pequeñas de forma significativa:

Es en esta etapa del desarrollo donde se inicia la identificación con el grupo de pares. Los y las preadolescentes comienzan a desligarse poco a poco de sus progenitores para comenzar a experimentar la sensación de pertenecía a un grupo. Ahora personas externas a la familia van a tener mayor influencia en la formación de la personalidad del individuo. La separación de los progenitores trae consigo conflictos entre el preadolescente y las figuras de autoridad.

Los sentimientos de amistad producen una gran satisfacción, la estima personal y amplían el campo de actuación social, provocando seguridad en uno mismo. Estos conceden una gran importancia a percibirse y ser visto como un individuo socialmente integrado por lo que busca y acepta voluntariamente su pertenencia a un grupo. Por otro lado, la falta de amistades o el fracaso en lograr un grupo social, provoca sentimientos de inseguridad e inestabilidad social, lo que afecta la autoestima.[4]

Las niñas y los niños que atraviesan la preadolescencia, aprenden a regular sus emociones observando las actuaciones de sus propios progenitores o de las personas adultas de su entorno inmediato. Por esto, cuando progenitores y docentes adquieren competencias emocionales apropiadas, están en mejores condiciones de contribuir a un mayor desarrollo de las competencias emocionales en sus descendientes y su alumnado. Los niños y las niñas se van formando en madurez emocional en la medida que los progenitores les enseñen y practiquen con ellos, considerando aspectos tales como ser abiertos, expresar sentimientos, evitar juegos de poder, ser sinceros, comprender temores y dudas, enseñarles a defenderse emocionalmente, ser pacientes.[5]

Debido a la socialización patriarcal, las mujeres suelen ser más vulnerables a experimentar y expresar síntomas emocionales frente a las condiciones de adversidad familiar que los hombres. Esta vulnerabilidad contribuye a que en la adolescencia las mujeres tiendan a reaccionar a eventos estresantes con estados afectivos negativos. Se encuentra mayor evidencia de dicha vulnerabilidad en la adolescencia debido a que hay una mayor cantidad de estresores a los que deben enfrentarse. Entre los factores que influencian en la mayor vulnerabilidad de las pre-adolescentes se encuentran: el interés en sus relaciones interpersonales, mayor empatía con el sufrimiento de los demás, tendencia a la metacognición y a enfocarse a en sí mismas como estilo de afrontamiento. Además, tienen una autoestima frágil y dependiente en la imagen corporal.[6]

Se trata de una etapa de suma importancia, donde se presentan cambios sustanciales de desarrollo corporal, cerebral, sexual, emocional y social, esta etapa se encuentra delimitada para los menores, desde los 10-11 hasta 14-15 años de edad. Se ha considerado que los cambios psicológicos y físicos durante la pre-adolescencia se vinculan con la imagen negativa del cuerpo, conductas alimentarias no saludables, dieta y la presencia de insatisfacción corporal. Estas conductas, al ser realizadas por niñas y niños; y pre-adolescentes puede tener como consecuencia retraso en el crecimiento, pubertad tardía, fatiga, problemas gastrointestinales, deficiencias nutricionales, lesiones óseas y TCA(Trastornos de la conducta alimentaria) en el futuro. Las principales variables que tienen relación en el desarrollo de la insatisfacción corporal son los factores socioculturales como la familia, principalmente la percepción que tienen niñas y niños; pre-adolescentes de las actitudes y comportamientos relacionados con el peso y, la alimentación de los miembros de su familia; los pares dando relevancia a las burlas y críticas relacionadas con el peso y la apariencia que pueden favorecer la insatisfacción corporal y los medios de comunicación que establecen las normas de apariencia.[7]

Esta etapa es una gran oportunidad para la construcción del pensamiento y la socialización. También puede hacer al preadolescente más vulnerable y empujarlo hacia comportamientos inestables o peor aún, peligrosos“.

Los jóvenes parecen imprudentes no ya que subestimen los peligros, sino ya que sobrestiman las recompensas, como enseñar su valía y ganarse la admiración de sus compañeros. Para ellos dichos puntos son más gratificantes que para nosotros mismos. Por cierto, los centros de recompensa del cerebro son muchísimo más activos que los de los adultos”.



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