x
1

San José (Caldas)



San José es el más joven municipio de Caldas, segregado del municipio de Risaralda en 1997 y haciéndose efectivo en 1998. Pertenece a la subregión de Bajo Occidente junto a Risaralda, Belalcázar, Viterbo y Anserma.

San José también conocido como El Mirador de Caldas o El Sol de los Venados en un principio se fundó en una vereda llamada San Gerardo, pero por falta de nacimientos de agua, los fundadores la trasladaron al sitio que hoy ocupa con cuatro casas inicialmente en terrenos donados por José de los Santos Hernández y Gregorio Ocampo Santos en el año de 1902, terratenientes quienes con visión futurista previeron la expansión a que estaba llamado este y otorgando ante notario público la correspondiente escritura.

En el año de 1954 durante mandato del General Sierra Ochoa se le dio el carácter de corregimiento especial mediante ordenanza, desde entonces y hasta el año de 1989 el corregimiento era dirigido por un corregidor y una junta de fomento. Luego de 1989 los destinos del corregimiento eran dirigidos por un corregidor nombrado por el alcalde de una terna enviada por la junta administradora local, mediante decreto, sus colaboradores eran un tesorero y un secretario empleados de libre nombramiento y remoción, el municipio de San José fue creado recientemente a través de la ordenanza Número 233 de la asamblea Departamental de Caldas y sancionada por el Gobernador el 17 de diciembre de 1997.

El municipio cuenta con 10 barrios en la cabecera urbana, en la parte rural cuenta con 18 veredas y un resguardo indígena:

San José es bañado por las Quebradas:

Y las microcuencas Buenavista que surten el acueducto municipal.

Si de algo se ufana San José de Caldas es de su paisaje. Al occidente, abajo, el lujurioso valle del río Risaralda se desliza entre sembrados de caña de azúcar, guaduales y potreros y nos incita a recitar el brioso encabezamiento de la novela Risaralda:

“Valle anchuroso de Risaralda, valle lindo y macho que se va regando entre dos cordilleras como una mancha de tinta verde. Llanura de dulce nombre que de tan serlo se deslíe en los labios como un confite de infancia” (Bernardo Arias Trujillo, Risaralda, 1960, pág. 1).

Al oriente, el cañón del Cauca que brama encañonado en las noches de invierno. Fray Pedro Simón, en sus Noticias Historiales, ya en el siglo XVI, refiere que el ámbito que se abre ante nuestros ojos se conocía con el nombre de “Provincia de los Ríos”.

Desde la cuchilla en la que están enclavados, a los cuatro vientos, Belalcázar, San José y Risaralda, hacia el oriente, se divisan las avenidas “12 de octubre” y “Centenario” de la ciudad de Manizales, como la proa de un arca varada a media falda de la cordillera central y, como telón de fondo, el parque nacional natural que abarca, además del volcán-nevado de El Ruiz, el nevado Santa Isabel, el Cisne y el Paramillo de Santa Rosa. El poeta y novelista caldense que contempló este mismo escenario, en los años posteriores a 1930, escribió: “Se domina la cordillera central, con los esparadrapos del Ruiz, el Tolima, Herveo, Santa Isabel, el Cisne, Santa Rosa y, más acá, Manizales, desde cuya altura vigila el desarrollo de sus pueblos” (B. Arias Trujillo, Ibid, pág. 88).

Lástima que, por el ‘cambio climático’, esos “esparadrapos” se hayan reducido a su mínima extensión o reaparezcan, en una espléndida mañana, después de una noche de lluvia intensa.

En el lado occidental de la patria, el Nevado del Ruiz mantiene alelados a manizaleños, villamarianos, habitantes de Chinchiná, Palestina y muchos conglomerados más entre los que se cuenta los villorrios de la cuchilla de Todos los Santos. En mañanas despejadas lo divisan desde Pereira y también causa admiración. En tiempos de la Colonia española, El Ruiz se conocía como el Páramo de Cartago. San Jorge de Cartago estaba enclavado en la actual Pereira.

La cordillera occidental “emocionada de cerros hiperbólicos que tienen las cúspides heridas y calvas, con vendajes de nubes que blanquean en sus flancos”, ofrece a la contemplación, su altura máxima, en este trayecto, con el nombre de Cerro de Tatamá que, en lenguaje chamí, significa Abuela. En el centro de su silueta se abre La Ventana hacia el océano deslumbrante, más al norte, el cerro del Buey y finalizado el edificio del Tatamá, a la derecha, se perfila, aislada, la Teta de la India.

De mañana a tarde y aún en la noche, el parque nacional natural del Tatamá es solaz para infinidad de habitantes de los municipios del occidente de Caldas y del Risaralda. Tiene un extraño magnetismo; nadie se cansa con su encanto. El Tatamá es el hábitat de muchas especies de aves provenientes de las selvas del Chocó.

Para innumerables habitantes del occidente de Caldas y el Risaralda, el Cerro de Tatamá es, a mucho honor, nuestro tótem máximo. En la casa, de los abuelos, en San José, mis tías abrían las ventanas, en las mañanas, cuando apenas rayaba el sol, para ver “cómo amaneció el Tatamá”, como si fuera un viejo miembro de la familia al que hay que consentir con arrumacos.

Otro tótem geográfico para los sanjoseños es el Alto de la Cruz que queda a diez minutos, a pie, desde la Plaza principal del pueblo. Frente al observador, San José parece una silla de montar sobre el lomo de una bestia. El pueblo sigue los vaivenes del abrupto contrafuerte en que quedó encaramado. Desde este promontorio, en donde estuvo ubicado el primer cementerio de San José, se puede seguir con la mirada los vericuetos del Camino Real de Occidente, en uso desde la prehistoria hasta mediados del siglo XX.

Las casas de San José Caldas construidas a la derecha reciben el sol de la mañana. Las casas levantadas a la izquierda, reciben el sol de los venados. Las horas de sol asignadas a cada domicilio tienen una distribución justa y milimétrica.

Las viviendas son, en su mayoría, de bahareque de guadua, material conocido como acero vegetal. Hasta hoy, ninguno de los huracanes prehistóricos que se apoderan sin contemplaciones de la Cuchilla de Todos los Santos ha logrado doblegar alguna de las viviendas de bahareque de guadua. Las casas, en su mayoría, están cubiertas con las mismas tejas de barro con que las techaron los pobladores a comienzos del siglo XX.

Las fachadas de las primeras viviendas, en el área urbana de San José de Caldas, edificadas al oriente, estuvieron forradas con láminas de zinc para favorecerlas de los huracanes que llegan galopando desde el Pacífico. En las casas del occidente, forraron la parte de atrás. A veces caen tantos rayos que parecería un polvorín en las fiestas patronales. Revientan como zurriagazos en los pararrayos de los campanarios. Es una zona de muchos metales dentro de las entrañas de la cuchilla. Santa Bárbara, la santa que invocan contra los rayos es, desde la Colonia, la patrona de Anserma.

El llamado sector histórico de San José llega, desde la entrada de Belalcázar, hasta la actual Alcaldía, en la parte de arriba, vía a Risaralda. A partir de la década de los ochenta del siglo XX, el pueblo se ha extendido sobre todo hacia el norte siguiendo las fluctuaciones del Camino Real de Occidente, en su tramo oriental. Hacia el sector norte quedan los edificios de la Alcaldía, la Cooperativa de Caficultores y Comité de Cafeteros, el Colegio Santa Teresita en ampliación en el año 2018, los barrios El Carmen, La Unión y El Portal, los tanques del acueducto, el Hogar del Anciano, el Cementerio y la Unidad Deportiva Centenario.

Al occidente de la plaza principal, al lado del valle del Risaralda, queda la Calle de La Ronda, el barrio de la U y, un poco más alejado, el barrio San Jorge. Al lado oriental, partiendo del Banco Agrario, encontramos el barrio La Esperanza, que va en hilera al lado del que se llamó, antaño, Camino de La Primavera.

El llamado Bajo Occidente de Caldas es un territorio que gira alrededor del Valle del Risaralda. “Este valle se llamaba al tiempo de la Conquista Amiseca; los conquistadores lo llamaron de Santa María y, más tarde, desde la Colonia, se le llamó de Rizaralda, porque allí tuvo una hacienda el español Emilio de Rizaralde” (Rufino Gutiérrez, 2008, pág. 274). Por el centro, a todo lo largo, serpentea una boa de plata.

En el centro del Valle del río Risaralda dormita Viterbo, urbanísticamente la población más bien trazada de Caldas. Se distingue perfectamente el ‘túnel’ vegetal de los Samanes, el paraje conocido, en la segunda mitad del siglo XX, como fonda de Asia, echada a pique, y el cerro de Palatino. Se observa la carretera central con sus perspectivas soñolientas que comunican a Pereira, Cartago y La Virginia con Anserma, Riosucio y Medellín.

La industria pesquera está muy desarrollada en este valle. Desde lo alto de la cuchilla y, a simple vista, se distingue innumerables estanques por los lados de La Isla (Belén de Umbría), Remolino, Cabo Verde (Risaralda), Changüí, Pinares (San José) y Acapulco (Belalcázar).

Desde La Cruz se puede contemplar varios villorrios nuevos de techos iguales. Son los condominios que grupos familiares de Pereira, Cartago, Manizales, localidades vecinas y aún del exterior, han escogido para disfrutar plácidamente de este edén, en sus temporadas de ocio. Para 2010, San José contaba, en el territorio que tiende sus pastizales hasta la carretera central, con dos condominios: “Valles de Acapulco” con 52 cabañas y “Río Bravo” con 17 cabañas. Después, han programado otros condominios.

El resto es caña de azúcar que alimenta los hornos y chimeneas del Ingenio Risaralda ubicado en la salida de La Virginia hacia Balboa (Rda.). Se ven las chimeneas echando humo y pavesas sobre el valle en que reverdece la caña. Cuadrícula verde de todos los colores, como diría Aurelio Arturo o Bernardo Arias Trujillo cuando describió, en Risaralda la hacienda Portobelo, junto a La Virginia: “Tierra de promisión y, en el llano infinito, hay todos los verdes imaginables: el verde vegetal de tono suave, el verde niño del mar, el verde anecdótico de cielo vespertino, y el verde añil de gafas de turista que alivia de tanta luz, como un colirio…” (Ibid. pág. 89).

En el norte, al fondo, queda Risaralda, detrás del cerro en donde bostezaba la fonda de Santa Ana y, un poco a la izquierda, se extiende la ciudad de Anserma Viejo, como el caparazón de una tortuga.

Al occidente, entre Viterbo, la tierra del dulce nombre, y Anserma, llamada La Abuela de Caldas, en mañanas y noches, se ve brillar el caserío de Taparcal, perteneciente a Belén que queda detrás de un contrafuerte de la cordillera occidental. Este fue el globo de tierra, de más de cinco mil hectáreas que don Francisco Jaramillo Ochoa compró al riosuceño Jorge Gartner, “en bosque, en 1893, denominado Umbría, situado en donde años después fundarían a Belén de Umbría”. (AlbeiroValencia Ll., 1994, págs. 183-214).

Atrás de Taparcal, el Alto de Serna guarda secretos de comunidades indígenas ya desaparecidas. En territorio perteneciente a los municipios de San José y Risaralda ha sobrevivido a las calamidades de la naturaleza y al aniquilamiento humano, una comunidad embera-chamí que habita el resguardo de Albania-La Morelia, al lado izquierdo y al pie de la montaña en que estamos parados.

Si de Viterbo se sube por la cuchilla occidental y se baja, en un corto trayecto, se encuentra Apía a donde viajaron muchos sanjoseños, cuando carecían de colegio, a estudiar en los magníficos establecimientos educativos de aquella ciudad. Por esos mismos lados, más al sur se divisa territorio de Santuario y Balboa (Risaralda) con sus cultivos tecnificados de tomate. Balboa se divisa como una vieja máquina de escribir.

El norte de los colonos quedaba al sur. Al llegar al Alto de la Cruz, los colonos, entre el siglo XIX y XX, divisaban en lontananza, la tierra de promisión. Al sur de la serranía en que estamos divisando, se alza Belalcázar (Caldas) y su símbolo sobresaliente, el monumento a Cristo Rey, de 45 metros de altura. Se divisa, allá, esperando visitantes que quieran recorrer una obra más ambiciosa que el Cristo de Río de Janeiro: más alta y en la que se puede ascender por sus escalas interiores.

Al pie de Belalcázar, hacia la derecha, “sobre una pequeña altura, en el vértice de Cauca y Risaralda se mira el puerto mulato de La Virginia” (B. Arias Trujillo, Ibid., pág. 88). Más al fondo, Cartago se mimetiza en el azul caliginoso de las tardes. En la noche, las ciudades del Valle del Cauca titilan como barcos anclados en quietas ensenadas.

Como en casi todo Caldas, los atardeceres se tiñen, sobre el Tatamá, con la sinfonía del arco iris. El sol que muere en América nace en el Lejano Oriente que, en realidad, para nosotros que no somos europeos, es el Lejano Occidente. Sus rayos oblicuos chocan con la superficie del océano y sus reflejos llegan hasta los que habitamos en el occidente colombiano, en forma de arreboles suntuosos.

Cuando no había aún televisión en el país, a la hora del ángelus, frente a las ventanas de las casas o en los corredores de las fincas, se sentaban los abuelos a narrar a los nietos viajes de parsimoniosos reyes magos, princesas y monstruos, basándose en el desplazamiento de esas nubes barrocas que se yerguen sobre la montaña que tutela la tarde en donde el firmamento se convierte, por obra y gracia de la fantasía, en el más gigantesco telón de fondo, móvil y a todo color. A los pies de ese pesebre, serpentea, inmóvil, la corriente plateada del río Risaralda.

En las noches despejadas, la vista desde el Alto de la Cruz ofrece un espectáculo tan sorprendente como en un planetario. Se aprecia “ese maravilloso techo sembrado de luces doradas” ante el que se abismaba Hamlet. Cielo incontaminado y estrellas titilantes, como al otro día de la Creación. Fogatas que cabecean variando la intensidad de su luz y la distancia infinita. Desde este lugar se pueden observar algunos mapas celestes seguidos por los viajeros del mar y del desierto (ver O.H.J. Cartas a Celina, 1994).

Estudiando el cielo, los antiguos dedujeron el tiempo, la forma y la dimensión de la tierra. Los griegos y los viajeros del desierto, siglos antes que Colón, supieron que la tierra era redonda mirando el cielo. Las estrellas guiaron a los polinesios en sus viajes por el mar. Y nosotros desconocemos el camino de las estrellas.

Vendrán otras generaciones que, desde un lugar como éste, explorarán nuevos mundos. De pronto, desde la Cruz alguien, alguna noche, presencie el estallido de una supernova; una explosión que ocurrió hace decenas de miles de años luz y, apenas, sus efectos visuales han llegado a morir en nuestros ojos.

En noches despejadas, ese firmamento se prolonga en la tierra. La tierra cafetera, en la noche, es una de las más pobladas de luces artificiales. Por eso, titilan Anserma, Viterbo, Belalcázar, La Virginia, Cartago, el Camellón de Cerritos, en la entrada a Pereira y otros navíos nocturnos en el Valle del Cauca. Se contemplan los cielorrasos de las nubes iluminadas por la luz artificial de Santa Rosa, Marsella, Chinchiná y Neira; la luz de Palestina espera agrandarse con los reflectores nocturnos de un aeropuerto aplazado y, atrás, la procesión detenida de lámparas, en las avenidas manizaleñas. Estamos sumergidos en el interior de una burbuja de luz.

Consta de tres fanjas horizontales, verde niño, blanco y azul claro; con igual dimensión, el verde niño simboliza la agricultura que es la base de la economía; el blanco simboliza la paz que reina en el municipio luego de una gran violencia que azotó la región; y el azul representa la altura del municipio o cercanía al firmamento.

Esta elaborado en forma de corazón. Al fondo tiene la bandera y sobre ella se ve una colina donde predomina una cruz que simboliza el espíritu religioso de los moradores; los cafetos representan la principal riqueza de la región. Encima trae como lema «Trabajo y Progreso» que encierra los ideales de las gentes trabajadoras, honradas y altruistas.



Escribe un comentario o lo que quieras sobre San José (Caldas) (directo, no tienes que registrarte)


Comentarios
(de más nuevos a más antiguos)


Aún no hay comentarios, ¡deja el primero!