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Segunda invasión inglesa al Río de la Plata



Tras haber tenido que capitular en Buenos Aires en 1806 durante la primera de las Invasiones Inglesas al Virreinato del Río de la Plata, la flota británica continuó en el Río de la Plata a la espera de los refuerzos que había solicitado a Inglaterra. Una vez que llegaron los refuerzos, en 1807 inició una segunda invasión que culminó con su derrota y la restauración del poder de [Buenos Aires]] en el Río de la Plata,como virrey Santiago de Liniers. Esa fue la segunda y última invasión Inglesa

El 14 de agosto de 1806 un cabildo abierto en Buenos Aires había quitado al virrey el mando militar de la ciudad, Sobremonte, quien viajaba a Buenos Aires con tropas desde Córdoba, recibió una comisión enviada a convencerlo de no entrar en la ciudad. Aceptó el virrey delegar el mando de las fuerzas de la capital en Liniers y el mando político de la ciudad en la Audiencia, trasladándose las tropas cordobesas a Montevideo. El 30 de octubre llegó a esa ciudad, pero recibió un rechazo general, por esa razón instaló su campamento con las fuerzas que había llevado en las Piedras, a cuatro leguas de Montevideo.[1]

El 16 de febrero llegó a Buenos Aires la noticia de la caída de Montevideo. Al conocerse la actuación del virrey, se avivaron las protestas públicas y las pintadas en contra del representante de la Corona. El 15 de febrero, el Cabildo porteño en Junta de Guerra presionó a la Real Audiencia y decretó en un hecho sin precedentes, la destitución de Sobremonte, su detención, y la designación de Liniers en su lugar. Las autoridades españolas entendieron que lo ocurrido en Buenos Aires podía servir de ejemplo para los vasallos del resto de los virreinatos americanos. Para evitar que trascendiera el hecho de que por voluntad del pueblo se hubiese destituido a un virrey, la Audiencia enmarcó los hechos dentro del ámbito jurídico colonial, comunicando que Sobremonte había renunciado al cargo por cuestiones de salud.

En conocimiento de la ocupación británica de Montevideo de 1807, el Cabildo de Buenos Aires ordenó a Liniers la internación de los prisioneros en el interior del virreinato. Hasta ese momento los prisioneros británicos se hallaban distribuidos en Buenos Aires y en los fortines de la campaña, tales como Guardia del Salto, Rojas, San Antonio de Areco (fortín de Areco) y la Villa de Luján, en donde se hallaba Beresford.

Se decidió distribuir los prisioneros en 3 contingentes de a 500 que custodiados por los Húsares de Pueyrredón, fueron enviados a los fortines del oeste del virreinato, al norte y, al Litoral y las Misiones.

Los principales jefes británicos que se hallaban en Luján, fueron destinados a Catamarca, partiendo el 10 de febrero de 1807 a cargo del capitán Manuel Luciano Martínez de Fontes y 17 blandengues. Los prisioneros eran:

Debido a que Beresford mantenía contacto con grupos criollos promotores de las ideas independentistas, la columna que lo trasladaba fue interceptada en las cercanías de Arrecifes por un grupo de criollos, entre ellos Saturnino Rodríguez Peña y Manuel Aniceto Padilla, quienes lograron con engaños que el jefe inglés les fuera entregado junto con un oficial de su elección.

Los criollos mantuvieron oculto al general inglés y al coronel Dennis Pack (su futuro cuñado) hasta que fueron clandestinamente embarcados en el puerto de Buenos Aires el 21 de febrero en un lanchón de la balandra portuguesa Flor del Cabo que los trasladó hasta la Ensenada de Barragán en donde embarcaron en la corbeta inglesa HMS Charwell, enviada desde Montevideo con mensajes para las autoridades. El objetivo de esta misión era negociar la rendición de Buenos Aires para evitar una batalla sangrienta. Llegaron a Colonia del Sacramento y luego por tierra viajaron a Montevideo, donde llegaron el 25 de febrero. Sin haber arribado a un acuerdo, Beresford rechazó la oferta de comandar la expedición a la capital virreinal y se embarcó hacia Londres. Este general ocuparía la isla Madeira ese mismo año y se convertiría en su gobernador. Más adelante tendría un papel prominente en la Guerra de la Independencia Española.

El 21 de marzo de 1807 la Real Audiencia inició un juicio por la fuga, siendo absueltos el 7 de octubre de 1808 Antonio de Olavarría, Manuel L. Martínez Fontes, Francisco González, Antonio Luis Lima y José Zabala. El 6 de diciembre de 1808 se inició el juicio contra los autores materiales, quienes se hallaban prófugos, pues habían embarcados el 8 de septiembre de 1807 desde Montevideo hacia Río de Janeiro en un navío de guerra inglés. Ellos eran Saturnino José Rodríguez Peña, Manuel Aniceto Padilla y Antonio Luis de Lima (patrón de la balandra portuguesa Flor del Cabo), quienes fueron gratificados por el gobierno británico con una pensión de trescientas libras anuales hasta su muerte.[2]

En los primeros días del mes de marzo, el HMS Thisbe partió de Inglaterra hacia Montevideo con el teniente general John Whitelocke, nombrado comandante de las fuerzas británicas en el Río de la Plata, con la orden del gobierno británico de capturar Buenos Aires.

Whitelocke llegó a Montevideo el 10 de mayo y tomó el mando general. Poco tiempo después, la flota al mando del general Robert Craufurd llegó desde Ciudad del Cabo con 5.000 hombres. El 17 de junio el formidable ejército de Whitelocke, compuesto de unos 13.500 hombres, partió rumbo a Colonia. El coronel Browne quedó en Montevideo con un batallón de infantería, dos escuadrones de dragones y algunos marinos, unos 1500 hombres -los sobrevivientes ingleses son estos 3000 hombres más 6000 que sobrevivieron a la segunda invasión de Buenos Aires-. Reino Unido perdió en total más de 7500 hombres.

En Colonia el ejército británico fue organizado en cuatro brigadas:

La 2.a compuesta de tres batallones, á las órdenes del General Auchmuty.
La 3.a de dos batallones, y un Regimiento de dragones á pie, á las órdenes del General Lumley.
La 4.a compuesta de dos batallones, y un Regimiento de dragones, á las órdenes del Coronel Manon.

El 28 de junio el almirante Murray desembarcó a los británicos en la Ensenada de Barragán. La vanguardia británica al mando del general Gower, compuesta de las brigadas Craufurd y Lumley, avanzó sin ser atacada hasta Quilmes, mientras el resto de la fuerza la seguía de lejos.

El 1 de julio se puso el marcha el ejército español de Buenos Aires para proteger el paso del Riachuelo con 6.860 hombres y 53 cañones.

Mientras tanto, había llegado al virreinato la resolución de la corte española declarando a Ruiz Huidobro virrey interino. Sin embargo, el gobernador había sido embarcado hacia Londres luego de la caída de Montevideo. Por lo tanto, Liniers, siendo el militar de mayor rango presente fue nombrado en reemplazo de Huidobro por la Audiencia.

El ejército británico avanzó con dificultades los 50 kilómetros que separaban el lugar escogido para el desembarco y la capital. El 3 de julio ejército del flamante virrey interceptó el primer avance del enemigo cerca de Miserere (combate de Miserere), pero el grupo comandado por Craufurd logró dividir y hacer retroceder a los hombres de Liniers. Al caer la noche, el combate cesó y muchos milicianos se retiraron a sus casas.

Luego de desbaratar a una fuerza local muy inferior en número, los británicos sitiaron la capital el 4 de julio.

Parecía que todo estaba perdido, pero Whitelocke decidió esperar; suspendió el avance de Craufurd hacia la ciudad y exigió rendición inmediata. Les dio a los porteños tres días, que los criollos utilizaron para organizarse militarmente.

Intimación del comandante británico:

Señor:
El Capitan Roche, del regimiento 17 de dragones, á quien tuve el honor de mandar á V. E. esta mañana, me ha informado que V. E. deseaba comunicase yo por escrito el particular de las condiciones: y así tengo que decir á V. E. que el Eicmo. Sr. Teniente General John Whitelocke me ha ordenado, deseoso sinceramente de evitar la innecesaria efusion de sangre humana, intime á V. E. que en el presente estado de las cosas, de no proceder á mas, concederá algunas condiciones al pueblo de Buenos Aires, debiéndose fundar en las que siguen; y posiblemente consentirá en alguna pequeña variacion que las haga mas favorables, sin alterar la estipulacion original fundamental.
1. Todos los súbditos ingleses detenidos en la América del Sur deberán ser entregados, y se pondrán rehenes suficientes en poder de los Comandantes ingleses hasta que lleguen á Buenos Aires.
2. Quedarán prisioneros de guerra todos los Oficiales militares y soldados, y toda persona que tenga empleos civiles, dependientes del Gobierno de Buenos Aires.
3. Que han de entregar en buen estado todos los cañones, pertrechos, armas y municiones.
4. Que ha de entregarse á los Comandantes ingleses toda propiedad pública de cualquiera clase que sea.
5. Que se concede á los habitantes de Buenos Aires el libre ejercicio de la religion católica romana.
6. Que se asegurará y respetará para sus dueños toda propiedad particular en tierra.
Nuestra fuerza es tan considerable, que creo que V. E. no podrá dudar del último resultado: y confio en que V. E. me creerá cuando le aseguro, que únicamente el deseo de evitar una escena tan horrorosa, como es la que se presenta tomado un pueblo por asalto, es el motivo que induce al General Whitelocke á permitirme escriba de este modo.
Tengo el honor de ser, etc.
J. Lewison Gower,

Contestación:

Queda de usted su atento servidor Q. S. M. B.
Coronel Elío.
Julio 3 de 1807.

El alcalde de Buenos Aires, Martín de Álzaga ordenó montar barricadas, pozos y trincheras en las diferentes calles de la ciudad por las que el enemigo podría ingresar. Reunió todo tipo de armamento, y continuó los trabajos en las calles bajo la luz de miles de velas.

En la mañana del 5 de julio, la totalidad del ejército británico volvió a reunirse en Miserere. Confiado de la supremacía de su ejército, Whitelocke dio la orden de ingresar a la ciudad en 12 columnas, que se dirigirían separadamente hacia el fuerte y Retiro por distintas calles. En un alarde innecesario, llevaban orden de no disparar sus armas hasta llegar a la Plaza de la Victoria.[5]

Sin embargo, los invasores se enfrentaban a una Buenos Aires muy diferente a la que se había rendido ante Beresford. Según cuenta la tradición popular, los vecinos arrojaron piedras y agua hirviendo sobre las cabezas de los invasores. Lo cierto es que Liniers y Álzaga habían logrado reunir un ejército de 9000 milicianos, apostados en distintos puntos de la ciudad. El avance de las columnas se vio severamente entorpecido por las defensas montadas, el fuego permanente desde el interior de las casas y desinteligencias y malentendidos entre los comandantes británicos. Whitelocke vio como sus hombres eran embestidos en cada esquina. Mediante la lucha callejera, los vecinos de Buenos Aires superaron la disciplina de las tropas británicas. Tras una encarnizada lucha, Whitelocke perdió más de la mitad de sus hombres entre bajas y prisioneros.

Cuando la mayoría de las columnas habían caído, Liniers exigió la rendición. Craufurd, atrincherado en la iglesia de Santo Domingo, rechazó la oferta y la lucha se extendió hasta pasadas las tres de la tarde. Whitelocke recibió las condiciones de la capitulación hacia las seis de la tarde ese mismo día.

El 25 de julio, el general inglés comunicó la aceptación de la capitulación propuesta por Liniers y a la cual - por exigencia de Álzaga - se le había añadido un plazo de dos meses para abandonar Montevideo. Las tropas británicas se retiraron de Buenos Aires; abandonarían la banda oriental recién el 9 de septiembre.

De regreso al Reino Unido, una corte marcial encontró a Whitelocke culpable de todos los cargos excepto uno y fue destituido de su función, al declarársele incapaz de servir a la Corona inglesa. Uno de los factores determinantes para esta decisión, fue el hecho que el general hubiera aceptado la devolución de Montevideo dentro de los términos de la rendición.

Los cuerpos de los caídos de ambos bandos durante las invasiones inglesas de Buenos Aires aún no han sido hallados.[6]

La defensa de la ciudad se conformó así:[7]

Los siguientes son testimonios de los combates sostenidos en las calles de Buenos Aires, realizados por jefes británicos que intervinieron en la lucha.



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