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Sinfonía n.º 5 (Schubert)



La Sinfonía n.º 5, D. 485, en si bemol mayor de Franz Schubert fue completada en octubre de 1816 y estrenada en Viena el 17 de octubre de 1841 (trece años después de la muerte de Schubert) bajo la dirección de Michael Leitermeyer.[1]

Esta quinta sinfonía está incluida en un primer ciclo de composición sinfónica, iniciado en 1813 y que durará hasta 1818 con la sexta, no retomada después hasta 1826 con la novena (las séptima y octava están incompletas).[2]

La sinfonía está escrita en forma sonata y se considera como la de estilo más cercano al clacisismo de Schubert. Está dividida en cuatro movimientos:

El primer movimiento se inicia con un sencillo tema introducido por unos acordes de las maderas y protagonizado por un hábil juego entre la cuerda y el viento, que desembocará en un enérgico tutti; el segundo tema vendrá introducido por la cuerda. La forma es puramente clásica (a la presentación de ambos temas seguirá la reexposición y la sección de desarrollo, antes de la recapitulación y la coda), el tono también, pero desde el principio Schubert da cuenta de una gran originalidad en el tratamiento temático y sobre todo en el uso de los instrumentos, de una luminosidad estremecedora. Nada falta ni sobra en este movimiento, una pieza maestra del clasicismo en todo lo que éste tiene de equilibrio y búsqueda de una belleza armónica.

El andante con moto que sigue no tiene la profundidad expresiva que el compositor logrará en las siguientes composiciones, pero a cambio es un dechado de inspiración, con una melodía principal a cargo de la cuerda que subyuga por su aparente simplicidad y su carácter amable, al estilo de esas escenas pastoriles tan de moda a finales del siglo XVIII, pero sin ceder nunca al sentimentalismo o a la cursilada. Es más, la segunda parte se tiñe de una cierta melancolía que será uno de los rasgos distintivos schubertianos.

Es un Menuetto, que parece una evocación de las últimas sinfonías mozartianas, en especial de la sinfonía nº 40 en Sol menor, y que sorprende por sus acentos recios y tan rudos, mientras que el trío, a cargo de los instrumentos de viento, recrea el aire de una danza pastoral, mucho más optimista y alegre.

El Allegro vivace final plantea desde el inicio un juego lúcido, con un primer tema de la cuerda pícaro contestado por las maderas antes de que toda la orquesta se lance a un auténtico torbellino de notas y de ideas, y lleve a la obra a una rápida y vibrante conclusión

Esta sinfonía carece de una introducción lenta en el primer movimiento y requiere una orquesta más reducida, en la que están ausentes los clarinetes, las trompetas y los timbales. Schubert la acabó en octubre de 1816, y con ella consiguió una de sus primeras obras maestras, toda ella atravesada por el estilo mozartiano. A tal extremo que en alguna ocasión se la ha calificado de "homenaje a Mozart" por su claridad, la sencillez de su trazo, su feliz optimismo y su inspiración melódica, ésta sí, inequívocamente schubertiana.



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