Cuentos de barro



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Cuentos de Barro es un libro de relatos del autor salvadoreño Salvador Salazar Arrué —más conocido como Salarrué— (1899-1975). Publicado por primera vez en 1933 en El Salvador por la editorial La Montaña, el volumen recoge treinta y tres cuentos, algunos de los cuales el autor escribió para distintos periódicos durante los últimos años de la década de los veinte y principio de los treinta.[1][2]​ En la primera edición de la obra se incluían grabados del pintor José Mejía Vides; estos han seguido apareciendo en las ediciones posteriores.

Los relatos que conforman Cuentos de barro, la primera obra literaria de Salarrué, se centran en la población rural del El Salvador, su vulnerabilidad, su superstición o la brutalidad que rige sus vidas. En su escritura, el autor refleja el habla local propia de los campesinos de El Salvador. Por la incomprensión que este léxico pudiera despertar en un lector no salvadoreño, Salarrué añadió a sus cuentos un vocabulario en el que se define cada una de las voces locales utilizadas en los cuentos.

Es la continuación y culminación de la síntesis entre el lenguaje literario culto y el habla popular iniciada por Arturo Ambrogi. Sus Cuentos de barro, que podría considerarse el libro salvadoreño más publicado y leído, tienen interés por ser una de las expresiones literarias más logradas en la utilización del habla popular.

En Cuentos de barro Salarrué rompe con los preceptos del realismo decimonónico y rehúye del psicologismo vigente en la narrativa de su época. Sus cuentos se caracterizan por la aparente simpleza de sus tramas, el lirismo de sus descripciones y la inclusión del modo de hablar del indio rural y el protagonismo de la naturaleza.

La composición barroca se observa en el desequilibrio que hay entre las partes narrativas y descriptivas: reduce las tramas humanas a unas pocas líneas mientras que se explaya en la descripción de los paisajes. Narra los acontecimientos de manera muy breve, tanto que podrían pasar desapercibidos entre la exuberante naturaleza, si no fuera por la dureza de lo que cuenta. En sus tramas la elipsis tiene un papel fundamental. Salarrué, a comienzos de los años 30, fue uno de los primeros dentro de la literatura hispanoamericana de inicios del siglo XX en utilizar este recurso, lo que supuso una innovación artística de gran calado.

El lirismo de sus descripciones choca con el modo de hablar de sus personajes, los indios rurales que conforman la clase más baja de la sociedad de su país, un modo de hablar que, en principio, no tendría lugar en una obra literaria, pero que Salarrué sabe integrar magistralmente dentro del discurso literario sin caer en ningún momento en el costumbrismo de arquetipos.

El narrador de los cuentos se distancia conscientemente de los personajes, eliminando la habitual jerarquía entre la naturaleza y los seres humanos. Dentro de sus cuentos la naturaleza y el entorno alcanzan una identidad propia y los pone al mismo nivel que sus personajes. De este modo los humanos no son algo ajeno a la naturaleza, ni están por encima, sino que forman parte de ella y están sometidos a sus mismas reglas.

En «Tranquera», el primero de los textos que integran Cuentos de barro, el propio Salarrué explica así su propio estilo literario:

Como el alfarero de Ilobasco modela sus muñecos de barro, sus viejos de cabeza temblona, sus jarritos, sus molenderas, sus gallos de pitiyo, sus chivos patas de clavo, sus indios cacaxteros y, en fin, sus batidores panzudos; así, con las manos untadas de realismo, con toscas manotadas y uno que otro sobón rítmico, he modelado mis Cuentos de barro. Después de la hornada, los más rebeldes salieron con pedazos un tanto crudos; uno que otro se descantilló; este salió medio rajado y aquel boliado dialtiro; dos o tres se hicieron chingastes. Pobrecitos mis Cuentos de barro… Nada son entre los miles de cuentos bellos que brotan día a día; por no estar hechos en torno, van deformes, toscos, viciados, porque ¿qué saben los nervios de línea pura, de curva armónica? ¿Qué sabe el rojizo tinte de la tierra quemada de lacas y barnices? Y el palito rayador ¿qué sabe de las habilidades del buril? Pero del barro del alma están hechos, y donde se sacó el material un hoyito queda, que los inviernos interiores han llenado de melancolía. Un vacío queda allí donde arrancamos para dar, y ese vacío sangra satisfacción y buena voluntad.[3]

Una de las particularidades de Cuentos de barro es su lenguaje experimental. Salarrué trata de imitar el habla popular salvadoreña y para ello reproduce gráficamente la fonética de las palabras. Tanto el léxico como la reproducción del habla rural generan extrañeza en el lector, que el autor trata de solventar a través de un Vocabulario al final de la obra. El Vocabulario es un glosario de aproximadamente seiscientas palabras que el autor consideraba propias de la población rural y con las que el lector no tenía por qué estar familiarizado. Es una herramienta que pone de manifiesto el valor de la lengua coloquial. El Vocabulario cuenta con dos entradas dedicadas a la aclaración de fenómenos fonéticos:

[J] Nota. La j es muy a menudo usada, en la prosodia del campesino salvadoreño, en lugar de la f y de la h: jlores por flores, jierro por fierro, esta última forma arcaica —pero corriente— de hierro.[4]​ [Sh] Nota. Esta letra, inexistente en castellano, y que algunos representan por x, se pronuncia como sh inglesa, o ch francesa.[5]

Algunas de las ediciones como la de Libros de la ballena cuentan con un aparato de notas a pie de página que facilita aún más la lectura.

A los treinta y tres relatos que integran Cuentos de barro le precede «Tranquera» un prefacio a modo de poética.

Salarrué, Cuentos de barro, San Salvador, La Montaña, 1933.

____, Lima, Nascimiento, 1943.

____, San Salvador, Dirección General de Publicaciones, 1967.

____, San José, Editorial Universitaria Centroamericana, 1970

____, San José, Educa, 1994.

____, San Salvador, Legado, 2000.

____, Madrid, Libros de la Ballena, 2020.



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