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Antonio Maceo y Grajales



¿Qué día cumple años Antonio Maceo y Grajales?

Antonio Maceo y Grajales cumple los años el 14 de junio.


¿Qué día nació Antonio Maceo y Grajales?

Antonio Maceo y Grajales nació el día 14 de junio de 1845.


¿Cuántos años tiene Antonio Maceo y Grajales?

La edad actual es 178 años. Antonio Maceo y Grajales cumplirá 179 años el 14 de junio de este año.


¿De qué signo es Antonio Maceo y Grajales?

Antonio Maceo y Grajales es del signo de Geminis.


¿Dónde nació Antonio Maceo y Grajales?

Antonio Maceo y Grajales nació en Santiago de Cuba.


José Antonio de la Caridad Maceo y Grajales (Santiago de Cuba, 14 de junio de 1845-San Pedro, Punta Brava, 7 de diciembre de 1896) fue un general mambí cubano, segundo jefe militar del Ejército Libertador de Cuba, apodado «El Titán de Bronce».

Su padre, Marcos Maceo, fue un mulato venezolano que prestó servicio en las fuerzas armadas realistas como soldado del Batallón de Leales Corianos que se batió contra las fuerzas patriotas al mando del general libertador Simón Bolívar. Ironías del destino, el padre lucha a favor de España y el hijo en contra de España.

Al culminar la guerra de independencia de Venezuela, con tránsito por Santo Domingo, Marcos Maceo llegó a Santiago de Cuba en 1825, en compañía de su madre, Mariana Grajales y de sus hermanos Doroteo, Bárbara y María del Rosario. Logran este objetivo por la corrupción imperante en la isla ―característica de la monarquía española de la época― puesto que la Real Cédula de 1817 prohibía el ingreso a Cuba de personas no blancas.

Marcos Maceo se casó primero con Amparo Téllez, con quien tuvo seis hijos. Su primogénito fue Antonio Maceo Téllez. De posición económica desahogada, llegó a poseer una finca de nueve caballerías.

Tras enviudar, se casó en segundas nupcias con la mulata liberta de origen dominicano Mariana Grajales el 6 de julio de 1851, en la iglesia de San Nicolás de Morón y de San Luis (provincia de Oriente). Tuvo con ella nueve hijos: José Antonio, María Baldomera, José Marcelino, Rafael, Miguel, Julio, Dominga de la Calzada, José Tomás y Marcos.

Cada uno de los diecinueve hijos (se incluyen los Regüeiferos y los Téllez) tenía definida su responsabilidad en la finca; los educó sobre la base del ejemplo cotidiano de rectitud y bondad haciendo énfasis sobre sus experiencias de vida militar en Venezuela.

Aunque Marcos Maceo le enseñó a su hijo Antonio la destreza en el manejo de las armas y habilidades en la administración de propiedades, además de educarle en un código de honor inflexible, fue su madre, Mariana Grajales, quien le inculcó una férrea disciplina, al punto de ocasionarle una pasajera tartamudez en su infancia y que superaría en la adolescencia. Esta disciplina sería fundamental en la forja de su carácter y se vería reflejada en sus actos como líder militar.

Mariana Grajales, ante el altar familiar, conminó a su esposo y sus seis hijos a luchar por la independencia de Cuba o morir en el intento, lanzándose ella misma a la «manigua redentora» para apoyar desde la retaguardia las acciones de los mambises (como se conocía a los independentistas cubanos). Casi todos sus hijos, además de su esposo, caerían en la lucha por la independencia de Cuba. Marco cayó en combate cuando participaba del ataque al fuerte español de San Agustín de Aguarás, a 34 km de Las Tunas, siendo comandado por su hijo, el teniente coronel Antonio Maceo Grajales, primogénito de su segundo matrimonio. Cuentan que al morir su padre exclamó: «He cumplido con Mariana».

Su carrera militar con el Ejército Libertador Cubano comenzó cuando su padre, junto a él y varios de sus hermanos, se unieron al alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes como soldados.

Por su valentía en el combate, sus habilidades estratégicas y su ejemplar disciplina ascendió por toda la escala militar del Ejército Mambí, desde el grado de sargento, obtenido tras su primer combate, hasta el del Mayor General, este último demorado por demasiado tiempo, a causa del racismo todavía existente entre muchos civiles del gobierno de la República de Cuba en Armas. A su preclara inteligencia y virtudes personales unía un excepcional vigor físico, en una estatura de más de seis pies, lo que le permitió, junto a sus excepcionales cualidades como combatiente, resistir y sobrevivir a 26 heridas, sumando las de bala y de arma blanca. Su fortaleza y coraje excepcionales le valieron el sobrenombre de «Titán de Bronce», que ha quedado hasta el día de hoy como el apelativo preferido de los cubanos para nombrar al prócer.

Reconoció especialmente como jefe y maestro al gran estratega dominicano Máximo Gómez, quien con el correr de los años se convertiría en el general en jefe del Ejército Libertador de Cuba.

El uso del machete como arma de guerra por parte de Gómez, como sustituto más cómodo del sable español y por la escasez de armas de fuego y municiones de los mambises, fue adoptado por Maceo y sus tropas, en las que cargaba en la caballería como uno más.

Fue el responsable, junto al propio Gómez, de encender la campaña rebelde en el extremo oriental de Cuba, en Guantánamo, región conocida por su españolismo y supuesta mansedumbre de sus esclavos. Sin embargo, en tan solo cuatro meses toda la provincia estaba alzada en armas y los españoles solo eran capaces de controlar la propia ciudad de Guantánamo, Imías y Caimanera, perdiendo sobre todo el control de las ricas zonas cafetaleras de la región.

Al caer en combate el caudillo camagüeyano Ignacio Agramonte y partir Gómez para tomar el mando del Camagüey, quedaron Antonio Maceo y Calixto García como los máximos responsables de la guerra liberadora en la provincia de Oriente. Siendo capturado Calixto García en un combate desafortunado para las armas mambisas, Maceo quedó prácticamente a cargo de todo el departamento oriental, salvo quizás la región de Las Tunas, donde el caudillo regionalista y mayor general Vicente García era prácticamente el amo absoluto de los campos.

Fue precisamente Vicente García quien comenzó una serie de acciones políticas e intercambios epistolares que sembraron la división en las filas independentistas, hacia el último bienio de la Guerra de los Diez Años. Las sediciones militares de Lagunas de Varona y Santa Rita, dirigidas por García, conocido también como el «León de las Tunas», minaron la unidad de las tropas independentistas y favorecieron el clima regionalista de la región de Las Villas, impidiendo a la larga la imprescindible invasión militar al Occidente de Cuba. A todos estos eventos se opuso firmemente el entonces Brigadier General Antonio Maceo, adalid de la disciplina militar y obediencia al gobierno revolucionario. Las intenciones divisionistas y los propósitos imprecisos y oscuros de Vicente García fueron rechazadas de plano por Maceo cuando García, ansioso de protagonismo pero sin objetivos claros en su conducta, buscó su apoyo para el establecimiento de un supuesto nuevo gobierno revolucionario.

El estancamiento político y la no invasión a Occidente propiciaron un languidecimiento de la Revolución, de lo cual se aprovechó el general español Arsenio Martínez Campos, militar de honor que ofreció garantías de paz, amnistía para los revolucionarios y reformas legales a cambio del cese de las hostilidades, que para 1878 cumplían diez años. Al mismo tiempo, el gobierno español de Cuba seguía concentrando fuerzas para cercar a las huestes mambisas, cada vez más escasas.

Antonio Maceo fue uno de los líderes cubanos que rechazó la firma del Pacto del Zanjón, que puso fin a la Guerra de los Diez Años. Él y algunos otros mambises (soldados independentistas) se reunieron con Arsenio Martínez Campos el 15 de marzo de 1878 para discutir los términos de la paz, pero Maceo protestó estos términos porque no cumplían con ninguno de los objetivos de los independentistas: la abolición de la esclavitud y la independencia de Cuba. El único beneficio era la amnistía para los que habían luchado y la manumisión para los esclavos que habían peleado en el Ejército Libertador. Maceo no reconoció este tratado y no se acogió a la amnistía. Este encuentro, considerado una de las páginas más dignas de la historia de Cuba, fue reconocido como la protesta de Baraguá. Como detalle anecdótico puede añadirse que a sus oídos llegaron tímidas propuestas de hacer una encerrona al general español, de reconocidas aptitudes militares y diplomáticas, para atentar contra su vida, pero las rechazó con tal energía que los «comunicadores» de la idea prácticamente huyeron de su campamento. Luego de respetar el tiempo de tregua para la entrevista (unos pocos días), Maceo reinició las hostilidades.

Para salvar su vida, el gobierno de la República de Cuba en Armas le encomendó entonces la casi imposible tarea de recaudar fondos, armas y soldados para una supuesta expedición armada, pero su gestión fue prácticamente nula, por el desaliento creado incluso entre los emigrados a causa de la Paz del Zanjón.

Más tarde Maceo y Calixto García en Nueva York planearon una invasión a Cuba que dio inicio a la también fracasada Guerra Chiquita en 1879, en la cual no peleó directamente por haber sido enviado Calixto García delante como jefe principal, con vistas a evitar la exacerbación de los prejuicios raciales que actuaban contra Maceo, fundamentalmente a causa de la propaganda española, que lo acusaba de buscar una guerra de razas, calumnias que rechazó dignamente en repetidas ocasiones.

Luego de cortas estadías en Haití ―donde se le persiguió y se le trató de asesinar por gestiones del consulado español allí radicado― y Jamaica ―en 1879, donde Maceo no fue perseguido sino que disfrutó del salvoconducto que le ofreció Martínez Campos y fue trasladado a esta isla por el buque de guerra español Fernando el Católico, acompañado por el general mambí Bembeta (Bernabé Varona)―.

El máximo lugarteniente y jefe del Ejército Mambí, arribó a tierras hondureñas el 20 de julio de 1881. Durante la administración del presidente Marco Aurelio Soto fue reconocido con el grado de general de división en el Estado Mayor General del Ejército de Honduras[1]​ y en el Ministerio de Guerra, al mismo tiempo asumió la comandancia militar de Tegucigalpa. También desempeñó el cargo de Juez Suplente del Tribunal Supremo de Guerra y en julio de 1882 lo nombraron comandante de Armas de Puerto Cortés y Omoa con residencia en el primero.[2]​ Con la caída del gobierno de Soto en 1883, Maceo se vio obligado a emigrar a los Estados Unidos, primero, y luego a Costa Rica.

El 13 de junio de 1884, desde San Pedro Sula (en Honduras), Maceo escribió una carta al patriota cubano José Dolores Poyo, director del periódico independentista El Yara, de Cayo Hueso, en la que afirmó:[3]

Finalmente se radicó en Costa Rica (desde febrero de 1891 a marzo de 1895), en la provincia de Guanacaste, donde el presidente de esa nación le asignó labores de organización militar y una pequeña finca para residir. La historia de que el presidente de Costa Rica otorgara una finca a un extranjero y labores militares no se ajusta a lo que otros textos señalan y es que Maceo compró una hacienda (La Mansión, cerca de la villa de Nicoya), tierra y un central azucarero. Allí fue contactado por el patriota José Martí, para iniciar la Guerra del 95, llamada por Martí la Guerra Necesaria.

Un dato curioso es que el 15 de septiembre de 1891, el general Antonio Maceo asistió a la inauguración del monumento al patriota costarricense Juan Santamaría en la ciudad de Alajuela (a 30 km al noroeste de la ciudad de San José). A ese homenaje asistieron también el poeta nicaragüense Rubén Darío (quien escribió un artículo sobre el monumento), el poeta salvadoreño Francisco Gavidia y el general ecuatoriano Eloy Alfaro.[4]

En diciembre de 1893, Maceo recibió la triste noticia del fallecimiento de una hermana y de su madre, Mariana Grajales, ocurrida en la villa de Kingston (Jamaica), el 23 de noviembre de 1893.

En noviembre de 1894 enfrentó revólver en mano otra intentona de asesinarle a la salida de un teatro en San José, que terminó fatalmente para uno de sus agresores.

Todos los que conocieron a Maceo, desde Rubén Darío o don Ricardo Jiménez, hasta don Federico Apéstegui, el comerciante vasco radicado en Nicoya quien escribió un libro de memorias sobre la época, coinciden en describirlo como un hombre reservado, de pocas palabras, gentil, culto y refinado.

Maceo, escarmentado de lo inadecuado de poner impedimentos leguleyos civiles a las acciones militares en condiciones de guerra, tuvo un breve pero intenso intercambio epistolar con Martí en el que advertía de esos males que habían dañado la Revolución de Yara (1868-1878), pero Martí le informó de su fórmula de «el Ejército, libre, pero el país, como país y con toda su dignidad representado» y le convenció de las amplias probabilidades de éxito si la contienda se preparaba cuidadosamente. Como condición demandó que la jefatura militar máxima estuviese en manos de Máximo Gómez, lo cual fue aprobado sin reservas por el Delegado del ya constituido Partido Revolucionario Cubano.

En 1895, junto a Flor Crombet y otros oficiales de menor rango, Maceo desembarcó en las inmediaciones de Baracoa (extremo oriental de Cuba) y luego de rechazar un intento español de capturarle o matarle, se internó en las montañas de esa región. Luego de muchas vicisitudes logró reunir un pequeño contingente de hombres, que rápidamente creció con los grupos ya alzados en armas en la región de Santiago de Cuba. En la finca de La Mejorana, Maceo se entrevistó con Gómez y Martí, en lo que evidentemente fue una reunión desafortunada por los fuertes desacuerdos entre Martí y él, respecto a la constitución de gobierno civil, por la que Maceo no se pronunciaba a favor. Poco después el Héroe Nacional de Cuba (Martí) caería en combate en Dos Ríos (confluencia de los ríos Contramaestre y Cauto).

Partiendo de Mangos de Baraguá (lugar de la histórica protesta ante Martínez Campos), Maceo y Gómez, al mando de dos largas columnas mambisas, llevaron brillantemente la hazaña de la invasión militar del occidente de Cuba, llegando Maceo a Mantua a finales de 1896. Esta proeza estratégica la hicieron Maceo y Gómez luchando contra fuerzas numéricamente muy superiores (en ocasiones les quintuplicaban). Utilizando alternadamente tácticas de guerrillas y combates abiertos, agotaron al ejército español, que no pudo contener la Invasión a pesar de las dos sólidas Trochas Militares construidas para ello y la superioridad abrumadora en hombres y técnica militar.

Las ansias de independencia y la crueldad de la oficialidad española hicieron que los habitantes rurales del occidente respondieran con un entusiasta apoyo económico y en hombres para las tropas independentistas. Esto provocó la puesta en vigor del plan del Capitán General Español, Valeriano Weyler, para la Reconcentración de Weyler. En estos campos de concentración perdió la vida casi un tercio de la población rural del país.

Al contrario de lo esperado por Weyler, la Reconcentración engrosó rápidamente las filas de los mambises, prefiriendo muchos campesinos una probable muerte en combate a una segura muerte por hambre.

En 1896, luego de reunirse con Gómez en La Habana, cruzando la Trocha de Mariel a Majana por la bahía del Mariel, retornó a tierras de Pinar del Río, donde sostuvo cruentos combates contra tropas numéricamente muy superiores, mandadas por generales españoles famosos por sus éxitos militares en África y las Filipinas y con artillería y las armas más modernas de infantería disponibles en la época.

Después de diezmar las tropas españolas contra él enviadas, volvió a cruzar la Trocha militar con vistas a marchar hacia Las Villas o Camagüey, donde planeaba reunirse con Gómez para planificar el curso ulterior de la guerra y con el gobierno para disminuir las diferencias entre el gobierno de Cuba en Armas (presidido por Salvador Cisneros Betancourt) y los altos mandos militares del Ejército Libertador, relacionadas con dos aspectos: los nombramientos de mandos militares intermedios y el reconocimiento de la beligerancia por las potencias extranjeras y la aceptación o no de ayuda militar directa. La posición de Maceo, en esos momentos, era aceptar la ayuda económica y alijos de armas por parte de potencias europeas e incluso de los Estados Unidos, pero se oponía enérgicamente a la ayuda militar directa por parte de los norteamericanos.

Sus planes de reunión con Gómez y el gobierno en armas no llegaron a cumplirse. En las cercanías de Punta Brava, cerca de la finca de San Pedro, a unos 35 km al suroeste de La Habana Vieja, Maceo avanzaba solamente acompañado de su escolta personal (dos hombres), el médico de su Estado Mayor, el brigadier general José Miró Argenter y una pequeña tropa de no más de veinte hombres. Cuando intentaban cortar una cerca para continuar la marcha, fueron detectados por una fuerte columna española, que abrió un intenso fuego. Al lograr cortar una parte de la cerca y decir «¡Esto va bien!», Maceo fue alcanzado por dos disparos: uno en el torso, no grave, y otro que le quebró la mandíbula, cortó la arteria carótida y le penetró en el cráneo. Perdió el conocimiento y falleció dos minutos más tarde en brazos del médico Máximo Zertucha. Sus compañeros no pudieron transportarle y huyeron, y junto a él quedó solamente el teniente Francisco Panchito Gómez Toro, hijo de Máximo Gómez, quien voluntariamente enfrentó a la columna española dirigida por el comandante Cirujeda para proteger el cadáver del general. Luego de ser herido de bala varias veces, los españoles lo remataron a machetazos, dejando los dos cuerpos abandonados, sin saber la identidad de los caídos.[5][6]

Los cadáveres de Maceo y Panchito fueron recogidos al día siguiente por el coronel habanero Aranguren, quien al saber lo ocurrido se dirigió de inmediato al lugar. Luego fueron enterrados en secreto en la finca de dos hermanos, quienes juraron guardar el secreto hasta que Cuba fuese libre e independiente y pudieran llevarse a cabo los honores fúnebres y militares correspondientes.

Actualmente, los restos mortales de Antonio Maceo y Grajales y Panchito Gómez Toro descansan en el monumento del Cacahual, cercano a los límites de la antigua finca de San Pedro, y es lugar de peregrinación de los cubanos. Es ya una tradición que las graduaciones de las academias militares cubanas se realicen junto al Cacahual.

Antonio Maceo y Grajales no solamente fue una figura clave en el movimiento independentista cubano de la segunda mitad del siglo XIX, además de un genial estratega militar. Su pensamiento libertario, basado en el honor y la virtud, marcó el pensamiento de la generación que le siguió, junto al pensamiento vasto y abarcador de José Martí y puede decirse que continúa viviendo entre lo mejor de la juventud cubana. Siendo masón, en su epistolario se puede leer más de una vez su credo basado en «Dios, la Razón y la Virtud».

De filiación política democrática, expresó muchas veces su simpatía por la forma de gobierno republicana, pero hizo hincapié en buscar la fórmula para la «libertad, igualdad y fraternidad», aludiendo a los tres principios básicos de la Revolución Francesa y definiendo la búsqueda de la justicia social. Cuando se le intentó reclutar para la causa anexionista, respondió a un interlocutor: «Creo, joven, que esa sería la única forma en que mi espada estaría al lado de la de los españoles...» y previendo las ansias de expansión de los Estados Unidos (daba por sentado que Cuba alcanzaría la independencia), expresó su frase más conocida, en una carta a un patriota y amigo:

Hay dos figuras excepcionales en la historia cubana y latinoamericana que con sus palabras supieron expresar la grandeza de Maceo.

Máximo Gómez le dijo a María Cabrales, la leal compañera de Maceo:

Las otras palabras provienen de José Martí:[7]

Monumentos a Maceo están ubicados, entre otros, en Santiago de Cuba, tanto como en La Habana entre el Malecón habanero y al frente del Hospital Hermanos Ameijeiras en Centro Habana.

Su retrato apareció en los certificados de plata de veinte pesos cubanos de 1936, y actualmente figura en los billetes cubanos de cinco pesos.



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