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Ascética



El ascetismo es la doctrina filosófica o religiosa que busca, por lo general, purificar el espíritu por medio de la negación de los placeres materiales o abstinencia; al conjunto de procedimientos y conductas de doctrina moral que se basa en la oposición sistemática al cumplimiento de necesidades de diversa índole que dependerá, en mayor o menor medida, del grado y orientación del que se trate.

En muchas tradiciones religiosas, la ascética es un modo de acceso místico. La mayoría de los sistemas ascéticos desdeñan las necesidades fisiológicas del individuo por considerarlas de orden inferior. En Occidente, las primeras doctrinas ascéticas surgieron en la Antigua Grecia, con la práctica del entrenamiento o ejercicio físico o militar, pero también con el ejercicio de la virtud. Sin embargo, este tipo de prácticas ya eran milenarias en Oriente. [cita requerida]

En la religión Cristiana Católica, el ascetismo sirvió a los llamados padres del desierto o padres del yermo o padres de la Tebaida para alcanzar, según sus creencias, una unión más perfecta con Dios, alejándose de cualquier contacto con lo profano por medio de una vida de privaciones, penitencia y oración por la que optaron algunos monjes, eremitas y anacoretas como san Antonio Abad a fin de imitar la vida de Cristo cuando la oficialización del cristianismo en el Imperio romano con Constantino el Grande había hecho inútil el martirio.

Podía seguirse en comunidad, rigiéndose por una «regla» escrita o normas de disciplina monástica, o en silencio y soledad, siguiendo la regla del hesicasmo, con una vida apartada del trato humano y en contacto con la naturaleza, en cuevas, montañas, desiertos, ermitas abandonadas o incluso, como el padre del yermo Simón el Estilita, en lo alto de una columna para apartarse de la tentación. Los monjes deseaban «limpiar su espíritu de pecado y acercarse a Dios, con el deseo de que este acceda a unirse con el alma de su sirviente». Es lo que se llama unión mística o éxtasis.[2]

El procedimiento para acercarse a Dios, tal como lo expuso el cartujo fray Bernardo Fontova en su Tratado de las tres vías, purgativa, iluminativa y unitiva, constaba en general de dos vías, purgativa e iluminativa, de acercamiento a Dios, y de una tercera, la unitiva, que no era en realidad tal, puesto que se daba ya una vez realizada la unión mística.

La vía purgativa consiste en la purgación de la memoria, entendida como potencia del alma, para limpiarla de los apegos sensitivos que provienen del cuerpo. En palabras de san Juan de la Cruz, es la vía de la penitencia en donde el alma se libera de todos sus pecados.

El apetito como tal no tiene por qué ser malo pero sí lo es el apego o gusto que provoca en la memoria, porque le impide orientarse plenamente hacia Dios. La privación corporal y la oración son los principales medios purgativos.

La vía iluminativa comienza donde termina la anterior. El alma ya está limpia y en un gran desamparo y angustia interior, arrojada a lo que es por sí sola sin el contacto de Dios. El demonio tienta entonces y el alma debe soportar tentaciones de todo tipo y seguir la luz de la fe confiando en ella sin engañarse, mediante una continua introspección en busca de Dios. Pero ha de ser humilde, ya que si Dios no quiere, es imposible la unión mística, pues a Él corresponde la decisión. El alma debe dar lo que san Juan de la Cruz llamó «un ciego y oscuro salto», del que solo la puede salvar Dios mismo, si quiere.

La vía unitiva es el éxtasis místico: Dios se une a su criatura y le revela un conocimiento y un placer sin límites. Puede manifestarse con los llamados estigmas o llagas sagradas, las heridas que sufrió Cristo en la cruz, con fenómenos de levitación y bilocación (encontrarse en dos lugares al mismo tiempo) o con otros fenómenos místicos. El sujeto, no puede describir sino solo aproximadamente lo que le ha pasado, porque el pobre instrumento de la lengua humana, ni siquiera en forma poética, puede describir una experiencia tan intensa: se trata de una experiencia inefable.

El monacato asceta en la Iglesia ortodoxa. Con su desarrollo hizo florecer la aparición de complejas abadías.

El budismo es una «doctrina filosófica y espiritual» no teísta.

Uno de sus fundamentos principales es tomar conciencia del sufrimiento, hasta liberarse completamente de este, en la realización del nirvana. Para conseguir esta realización se enfatizan prácticas como el desapego y meditación.

En la práctica diaria, sin embargo, el budismo propugna el camino del medio entre los extremos de la indulgencia sensual y la automortificación.

Las distintas ramas del budismo admiten distintas interpretaciones de la disciplina ascética, que van desde la admisión de la sexualidad, como en el tantrismo, a una intensa meditación para producir la total destrucción de la ilusión del ego, como en el budismo zen.

El Islam reconoce también un tipo de ascética unida a la mística bajo el nombre de sufismo.



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