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El Imparcial (Guatemala)



El Imparcial fue un periódico guatemalteco fundado por Alejandro Córdova, David Vela Salvatierra y Porfirio Barba Jacob que circuló desde 1922 a 1985 y que contenía noticias nacionales, departamentales e internacionales además de una reconocida sección literaria -dirigida por el literato guatemalteco César Brañas-, un dietario con santoral, jubileo circular, farmacias de turno y tipo de cambio. El periódico tenía también una sección de vida social en que se informaba de los acontecimientos de las élite de la sociedad guatemalteca y reconocido por su calidad informativa, su logo -diseñado por el pintor guatemalteco Carlos Mérida- y su caricatura editorial conocida como el Muñequito de El Imparcial -obra de Alfonso Campins Raymundo.[1]

El 16 de junio de 1922, Alejandro Córdova, junto con César Brañas, Rafael Arévalo Martínez, Carlos Wyld Ospina, Luz Valle y el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob fundaron el periódico El Imparcial. Poco después, se unieron como colaboradores del periódico Miguel Ángel Asturias y David Vela; el logo del periódico era un quetzal estilizado, obra de Carlos Mérida.[2]​ Su ideario contemplaba: no servir como órgano de partido político alguno, no recibir subvenciones ni ayuda oficial, mantener y defender la libertad de expresión del pensamiento.

Desde el principio, El Imparcial se caracterizó por su seriedad, dada la naturaleza de los intelectuales que se comprometieron en esa empresa periodística. El periódico surgió en momentos difíciles para el gremio periodístico pues se vivía un ambiente dictatorial tras el golpe de estado de José María Orellana en el que hacía poco se habían suspendido las garantías constitucionales.[3]​ Ante esta situación, el periódico nació exigiendo que se restableciera el régimen constitucional y denunciando el Pacto de Tacoma, que el gobierno de Orellana desatendía por sus vínculos con la United Fruit Company, y que era inconstitucional y lesivo para Centroamérica pues cedía una isla a Nicaragua que era realmente de El Salvador y además, establecía que la bahía sería utilizada por la flota estadounidense.[3]

Y también desde su inicio, El Imparcial sufrió el acoso de la prensa oficialista, principalmente del Diario de Centro América, que lo acusaba de operar con independencia subvencionada.[3]​ Unos cuantos días después de su primera publicación, El Imparcial dedicó su editorial a reflexionar sobre las restricciones impuestas por el gobierno de facto de Orellana, quien pretendía controlar a la prensa para que sus nexos con la frutera estadounidense no fueran denunciados.[4]El Imparcial fue un factor importante para que se restableciera la Ley de Imprenta que habta sido aprobado en 1894 por el gobierno de José María Reina Barrios.[4]

El Muñequito de El Imparcial -obra de Alfonso Campins Raymundo, ingeniero dibujante de la Imprenta La Unión, donde se imprimía el periódico- apareció por primera vez el 6 de noviembre de 1922.[5]​ Era un hombrecito fornido, con el pelo erizado y la cara oculta tras un ejemplar de El Imparcial, que representaba a un individuo cualquiera poniéndose al día con las noticias.[5]​ Alejandro Córdova y David Vela Salvatierra le pidieron a Campins Raymundo que creara este personaje para exaltar el ingenio humorístico chapín y darle voz al hombre de la calle.[6]

En 1924 el periódico adquirió una rotativa dúplex que utilizaba papel en bobina en lugar del que utilizaban las obsoletas prensas planas.[7]

El 25 de mayo de 1926, El Imparcial publicó una noticia de último momento: Suspensión de las garantías, la cual se refería al decreto 916, en la cual el entonces presidente José María Orellana indicaba los motivos por los cuales suspendían las garantías individuales contenidas en la Constitución. La principal razón era -según el gobierno- que «actividades insidiosas y antipatrióticas de ciertos elementos» tendían «a interrumpir la tranquilidad pública y el desarrollo del país», lo que, a la vez, imposibilitaba resolver el problema económico nacional. Aunque El Imparcial no circuló en forma regular en días anteriores, producto del boicot del Estado, el 26 de mayo dejó de publicarse por tiempo indefinido. A partir de entonces, solo los medios afines al Gobierno podían circular, con informaciones intrascendentes, entre ellos los del Diario de Guatemala y El Guatemalteco.[8]

La historia dio un giro repentino el domingo 26 de septiembre, cuando, a las 00.15 horas, murió Orellana, durante un viaje de descanso en Antigua Guatemala. Se encontraba en una habitación del Hotel Manchén. «Un violento ataque de angina de pecho puso fin a la vida del ilustre mandatario», explicaba el Diario de Guatemala en una edición especial, ese mismo día.[8]

El general Lázaro Chacón asumió la presidencia interina y de inmediato levantó la suspensión de las garantías constitucionales y se pudieron volver a publicar Al Día y El Imparcial. Este último reapareció el 1 de octubre y en su edición reconocía el acto de justicia de Chacón.[8]

La primera edición del libro «Semilla de mostaza» se imprimió en octubre de 1938 y contó con una tirada de mil ciento cincuenta ejemplares de cuatrocientas dieciséis páginas, impresos con el respaldo del gobierno del presidente general Jorge Ubico Castañeda, en los talleres de la Tipografía Nacional. Esta primera edición fue cuidadosamente revisada por la escritora, Elisa Hall de Asturias y primorosamente adornada por ella misma con dibujos y vírgulas en la carátula e interiores.[9]

El libro de Hall causó general estupefacción entre sus lectores; todos coincidían en que se trataba de una obra maestra comparable con la producción de Lope de Vega, de Luis de Góngora y de Miguel de Cervantes, y que no solo iba a enriquecer a las letras guatemaltecas sino a las del continente y a la literatura universal. El periodista Federico Hernández de León lo expresó así en el Diario de Centro América: «…el parecer uniformado se expresó en cálidos elogios: había desenfado, agilidad y donaire, sabor de vino rancio y color de oro viejo…».[10]​ Pero algunos críticos dudaron de que «Semilla de mostaza» -por ser una de arte magistral- pudiese ser obra de una mujer que se daba a conocer con semejante monumento escritural en el mundo de las letras y que, además, no había cursado universidad alguna, sino que había estudiado en la intimidad de su hogar. Estos críticos consideraban que era imposible que una fémina fuese capaz de manejar la pluma de manera tan maravillosa y amena. Este fue motivo suficiente para que se desencadenara un debate en torno a la autoría de la obra.[11]

Entre las hipótesis que surgieron están:

Otros, en cambio, daban credibilidad a la versión de que Elisa Hall era capaz de escribir tan esplendorosa obra.

En realidad, los intelectuales guatemaltecos aprovecharon la oportunidad de una polémica alejada de la polémica política, la cual era fuertemente censurada, e intentaron hacer gala de su erudición. Entre los periódicos que estuvieron implicados en la polémica están El Imparcial, Nuestro Diario y El Liberal Progresista, que aunque no eran estatales, usualmente ofrecían puntos de vista afines al oficialismo del general Ubico Castañeda.[9]

La polémica fue cediendo con el paso de los años.

En la madrugada del 1 de octubre de 1944, Alejandro Córdova y el industrial Fredy Koenisberger -propietario de la ferretería El Candado Dorado- asistieron a una reunión y a eso de las 3 de la mañana se dirigieron a la Villa de Guadalupe, donde vivía Córdova. Cuando estacionaron frente al chalet las Gardenias, fueron interceptados por un grupo de hombres armados. Uno de ellos les dijo: «Dos palabras», y cuando Córdova le respondió: «¿Qué quiere, amigo?», les dispararon.[12]

Los autores del atentado -Federico Paiz Madrid, Luis Ochoa del Cid y José Manuel Herrera Muñoz- corrieron hacia una camionetilla que los esperaba los esperaba Humberto Mendizábal Amado; se dirigieron al Tercer Destacamento de Policía, en el barrio de San Pedrito y dejaron abandonada la camionetilla. Momentos después se despidieron y Paiz Madrid, jefe del grupo, les dijo que tenían que separarse y que no olvidaran presentarse al despacho del coronel Evaristo Orozco para informarle de que habían cumplido la misión. [b]​ Todos los autores materiales fueron capturados al caer el gobierno de Ponce Vaides el 20 de octubre de 1944, pero Madrid y del Cid escaparon de la cárcel.[12]

Con el nuevo Gobierno, la Policía Nacional fue sustituida por la Guardia Civil y prometieron capturar a los prófugos en el menor tiempo posible; el 22 de octubre, unos guardias que rondaban por Gerona vieron a un individuo sospechoso y lo reconocieron como Federico Paiz Madrid. En la 16 avenida y Callejón del Administrador, –según el reporte de las autoridades- «Madrid los atacó a balazos y ellos para defender sus vidas le dispararon hasta darle muerte». El resto de los asesinos de Córdova fueron sentenciados a muerte en Primera Instancia, pero en Segunda Instancia, las condenas quedaron así: Luis Ochoa del Cid y José Muñoz Herrera, treinta años de prisión y Humberto Mendizábal Amado, veinte años.[12]

En 1952, durante el gobierno del coronel Jacobo Arbenz Guzmán El Imparcial, La Hora, y Nuestro Diario, fueron blanco de ataques por su oposición al Decreto número 350, que determinaba el pago de impuestos sobre utilidades para las empresas de prensa y que estos periódicos guatemaltecos consideraban como una Ley Vengativa, ya que las empresas periodísticas quedaban clasificadas como lucrativas. Casi inmediatamente, el Congreso recibió un anteproyecto de ley del Ejecutivo para regular las funciones de la prensa y son los diputados Francisco Villagrán y Mario Monteforte Toledo los que presentan la moción ante el Organismo Legislativo. El Imparcial volvió a la carga y asentó que el título cuarto del instrumento señala el peligro grave en que estaba la prensa:

El Decreto 350 fue derogado con la invasión liberacionista del coronel Carlos Castillo Armas.

El Imparcial no se puso al día con los avances tecnológicos del periodismo, lo que hizo que periódicos tipo tabloide que surgieron en la segunda mitad del siglo xx poco a poco fueran ganando terreno. El 12 de julio de 1985 salió el último número, en su etapa final.

En 1997, sus archivos, ordenados por el periodista Rufino Guerra Cortave, así como el material fotográfico, fueron adquiridos por el Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica -CIRMA; por su parte, las fotografías en papel, las adquirió la Revista Crónica. Su existencia en la historia del periodismo guatemalteco está marcada, principalmente, por la página literaria que dirigió el poeta César Brañas, y en la cual colaboraron muchos de los más calificados escritores nacionales y extranjeros. Su último director fue el licenciado David Vela Salvatierra.[14]



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