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Escultura del realismo



Escultura del realismo es la escultura que puede asociarse al movimiento artístico denominado realismo (realismo literario, realismo pictórico) que aparece en Francia, hacia el siglo XIX. No debe confundirse con la escultura que sigue las convenciones del realismo en las artes, que se da en cualquier época de la historia de la escultura.

La escultura de la segunda mitad del siglo XIX ocupa un momento posterior a la escultura del romanticismo o escultura romántica (François Rude) y es anterior a la escultura impresionista o escultura del impresionismo (Auguste Rodin); aunque en realidad la producción escultórica de toda la época está dominada por los convencionalismos academicistas de la escultura neoclásica.

El mayor coste económico de la escultura con respecto a la pintura explica que los escultores no tuvieran tanta libertad artística como los pintores contemporáneos, que podían confiar en acudir al mercado del arte después de haber realizado sus obras. Los escultores no podían desarrollar tanta iniciativa, y debían someterse de un modo mucho más directo a los encargos de los comitentes, fueran institucionales o privados; que habitualmente mostraban un conservadurismo (tanto estético como político y social) mucho mayor que el de la clientela de los pintores o sus marchantes. En esta época ya no era el clero ni la monarquía absoluta el principal mecenas del arte; sino la burguesía enriquecida por el capitalismo industrial y financiero de la revolución industrial, que también había proporcionado mejoras técnicas en las fundiciones, y los nuevos estados liberales en pleno proceso de construcción nacional, para el que los monumentos públicos y memoriales tenían un destacadísimo papel, incluso superior al reservado a la pintura de historia (que por razones obvias, se limitaba a los espacios interiores). Se ha llegado a describir el periodo como una fiebre de piedra en referencia a las edificaciones y esculturas.[1]

La escultura realista en Francia está representada por el principal discípulo de Rudé, Jean-Baptiste Carpeaux. El pintor realista Honoré Daumier realizó también esculturas con la misma estética que sus caricatura Otros escultores del periodo que se adscriben al estilo son Jules Dalou y Albert Barhtolome.

Esculturas caricaturescas de Daumier.

Ugolino (escena del Infierno de Dante), de Carpeaux,

Busto de Dalou, por Rodin, 1883

La escultura realista en Italia está representada por escultores como Vincenzo Vela o Medardo Rosso, al que también se adscribe al impresionismo escultórico.[2]

Víctima del trabajo, de Vincenzo Vela, 1882-1883.

La escultura realista en Bélgica está representada por Constantin Meunier.

Estibadores, de Constantin Meunier.

La escultura realista en España no tiene una definición muy evidente en el tiempo. La segunda mitad del siglo XIX está presidida por la escultura academicista de convenciones neoclásicas del retrato oficial (en todas las ciudades, y más que en ninguna la serie de esculturas urbanas de la capital, especialmente las del Parque del Retiro), los monumentos funerarios (Cementerio de San Fernando de Sevilla, 1852, cementerios de Barcelona -el de Pueblo Nuevo, ampliado en 1849 y el Cementerio de Montjuic, 1883-, y los cementerios de Madrid -especialmente San Isidro, San Justo, el Panteón de Hombres Ilustres inaugurado en 1901, y la Necrópolis del Este iniciada en 1883, que incluye el cementerio civil, el hebreo y el católico o de la Almudena-), la decoración de edificios públicos (especialmente notables fueron los programas escultórico de la Biblioteca Nacional, 1866-1892, y del Palacio de la Música Catalana, 1905-1908) o la representación animalística asociada con la escultura romántica (por ejemplo, los leones de las Cortes de Ponciano Ponzano). Escultores notables de mediados del siglo XIX fueron Ponciano Ponzano o Sabino Medina. La elección de temas de sensibilidad social y las moderadas innovaciones estéticas que preceden al estallido de las vanguardias, corresponde a los escultores de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX (Arturo Mélida, Agustín Querol, Ricardo Bellver, Aniceto Marinas, Miguel Blay, Antonio Susillo, Mariano Benlliure).[3]​ Otros escultores coetáneos, como Josep Clará, Josep Llimona, Mateo Inurria, Victorio Macho, Mateo Hernández, Nemesio Mogrovejo, Julio Antonio, Emiliano Barral o Francisco Asorey, manteniendo los principios figurativistas, dan paso a las vanguardias del segundo tercio del siglo XX, que es cuando se produce la auténtica ruptura formal en la escultura contemporánea española (Pablo Gargallo, Julio González, Alberto Sánchez Pérez) que vuelve a reconducirse hacia un tratamiento más tradicional en la escultura del franquismo.

Leones de las Cortes, de Ponciano Ponzano, 1851 el modelo inicial, en yeso pintado, y 1865 los actuales, de bronce.[4]

Monumento a Murillo, de Sabino Medina, de 1859 el original, en Sevilla, del que se hizo la réplica de 1871 que se encuentra en la Puerta de Murillo, entre el Museo del Prado y el Jardín Botánico de Madrid.[5]

Entrada principal de la Biblioteca Nacional. Las esculturas del frontón son de Agustín Querol.

El ángel caído, de Ricardo Bellver, 1877.

Monumento a Colón (Valladolid), de Antonio Susillo, 1891.

Tumba de Cristóbal Colón en la Catedral de Sevilla, de Arturo Mélida, 1891.

Monumento a Velázquez ante la puerta oeste del Museo del Prado, de Aniceto Marinas, 1899.

Relieves del exterior del Palacio de la Música Catalana, de Miguel Blay.

El entierro de Joselito, de Mariano Benlliure, 1920.



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