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José Ortiz Echagüe



José Ortiz Echagüe[1]​ (Guadalajara, 2 de agosto de 1886-Madrid, 7 de septiembre de 1980) fue un ingeniero militar, piloto y fotógrafo español.[2]​ Su hermano, Antonio Ortiz Echagüe, fue pintor.

Como ingeniero destaca su trabajo en el campo de la aviación y el automovilismo. En 1903 ingresa en la Academia de Ingenieros Militares de Guadalajara, y tras su paso por ella sirvió en la unidad de globos aerostáticos en la Guerra del Norte de África. Obtuvo los títulos de piloto de globos y de piloto de aviación en 1911. Fue también gentilhombre de cámara con ejercicio del rey Alfonso XIII. Tras su regreso definitivo del norte de África funda en 1923 Construcciones Aeronáuticas S.A. (C.A.S.A.) y más tarde, en 1950, fue el primer presidente de la recién fundada SEAT, industria automovilística donde permaneció en ese cargo con sus funciones ejecutivas hasta 1976, año en que es designado presidente de honor vitalicio de esta compañía.

En el campo de la fotografía artística es quizá el fotógrafo más popular y uno de los más reconocidos internacionalmente. En 1935 la revista American Photography lo consideró uno de los tres mejores fotógrafos del mundo.[3]​ Algunos críticos lo consideran el mejor fotógrafo español hasta el momento, lo cual es más meritorio porque la fotografía fue una afición a la que dedicaba ratos libres, especialmente los fines de semana y durante sus viajes.

Desde el punto de vista artístico y por su formación y temática se le podría considerar el representante de la generación del 98 en la fotografía. Se le suele encuadrar dentro de la corriente fotográfica del pictorialismo, siendo el mejor representante del llamado pictorialismo fotográfico español, aunque esta denominación no le gustaba a Ortiz Echagüe. Su obra fotográfica se enfoca hacia la plasmación de los caracteres más definitorios de un pueblo: sus costumbres y atuendos tradicionales y sus lugares. Consigue expresar con sus fotografías una expresión personal más cercana a la pintura, casi siempre mediante efectos durante el positivado.

En 1898 le regalaron su primera cámara; desde entonces y a lo largo de setenta y cinco años realizó miles de fotografías. Revelaba él mismo sus negativos usando una técnica al carbón fresson, corriente en su juventud aunque pronto quedó desfasada. Él la usó en toda su obra artística, lo que daba un especial matiz a sus positivos, así como un mayor contraste, que hace que sus obras sean fácilmente reconocibles. Su producción es enteramente en blanco y negro.

La misma escena que va a ser fotografiada requiere trabajo personal, como él mismo describe: "al pasear por los pequeños pueblos, hablo con la gente, selecciono los modelos uno a uno y empiezo la tarea de vestirlos con los trajes típicos. Después de superar las protestas de los modelos que se resisten a colocarse la vestimenta de sus antepasados, los congrego en un escenario previamente seleccionado, sea una plaza típica, la iglesia humilde o una colina cercana, desde la cual ves el pueblo con su majestuoso castillo que se incluye para formar un fondo maravilloso. El sol acaba de salir o está a punto de ponerse; sus rayos horizontales iluminan claramente los personajes".[4]

Tanto la fabricación del papel como el procedimiento de obtención de fotografías requerían mucha paciencia, una extraordinaria habilidad y un perfecto manejo de la técnica por lo que, con el paso de los años y a medida que se simplificaban los procesos fotográficos, los pocos fotógrafos que lo utilizaban lo fueron abandonando.

El papel llevaba una fina capa de gelatina a la que se añadía pigmento de color negro y se hacía sensible a la luz. El fotógrafo obtenía copias por contacto basándose en el principio de que en las partes de la imagen que recibían menos luz la gelatina quedaba blanda y las partes de imagen que recibían más luz se endurecían con lo cual, al lavar la copia –con agua y serrín para producir roce sobre el papel- se eliminaba la gelatina blanda con el pigmento, quedando esa zona blanca y resistía la gelatina endurecida, aprisionando en su interior el pigmento, produciendo zonas negras. De este modo aparece la imagen sobre el papel.

Dicha imagen, con el papel aún húmedo, podía retocarse mediante pinceles, muñequillas de algodón o raspadores lo que daba al autor una gran libertad creativa.

La capacidad de intervención en el resultado final de una fotografía, la mayor riqueza de tonos que proporciona el pigmento y su estabilidad eran los motivos principales de José Ortiz Echagüe para el uso de este procedimiento. Sin embargo, no es este arcaico método lo más importante en las imágenes del autor. Sin un asunto interesante, una buena composición, luces bien dirigidas sobre los modelos y la correcta disposición de la escena, el procedimiento al carbón directo sobre papel Fresson daría lugar a copias vulgares.

Él mismo hizo una clasificación de sus obras al agruparlas en cuatro libros: Tipos y Trajes (1930), España, Pueblos y Paisajes (1939), España Mística (1943) y España, Castillos y Alcázares (1956). A estas colecciones se deben añadir otras dos series: Marruecos y fotos familiares.

En la serie de tipos y trajes contemplamos una sociedad española de gran folclorismo, y a la vez vemos retratos de una gran profundidad humana. Es difícil no sentirse impresionado por ciertas miradas y gestos de los tipos retratados, personajes populares de las calles de algún pueblo español. El mismo declara que su objetivo es "perpetuar en documentos gráficos inalterables con el tiempo, todo lo que la indumentaria española ha sido y es todavía".[4]

En España, pueblos y paisajes vemos, más allá de la mera reproducción del monumento o del paisaje, el contraste de las tierras y de los pueblos.

La serie sobre España mística se centra en las comunidades de religiosos de clausura y en devociones populares como procesiones o romerías. En esta serie nos presenta retratos de monjes que nos recuerdan a los monjes de Zurbarán o El Greco.

Los castillos y alcázares españoles se podrían considerar una grupo dentro de la serie sobre los pueblos y paisajes españoles, aunque se caracterizan por su especial dedicación, de esta serie existen muy pocos ejemplares uno de ellos en posesión de su amigo Francisco Benito, camarero y confidente de la familia en Madrid.

La serie de Marruecos fue realizada durante su estancia entre 1909 y 1916 como ingeniero militar en el Protectorado Español de Marruecos.

Las fotos familiares son retratos realizados para su familia, muchos de ellos de tan alta calidad como los anteriores.

Los méritos de sus obras son evidentes: la belleza y la majestuosidad de sus fotografías, la delicadeza y la sensibilidad de sus composiciones, su respecto y afecto por los tipos tradicionales que retrata. Sus fotografías siguen causando la fascinación de la época en que fueron tomadas.

Su obra se ha reeditado múltiples veces, y se ha expuesto en numerosos lugares en todo el mundo. Recibió varios premios en vida, en España y en el extranjero.

La mayor parte de su obra está reunida en el Legado Ortiz Echagüe, en el Museo Universidad de Navarra (MUN), que recoge aproximadamente mil composiciones originales realizadas según el método de carbón fresson, así como más de 20.000 negativos.[5]​ El Museo del Traje de Madrid, dependiente del Centro de Investigación del Patrimonio Etnológico, posee una buena colección de fotografías de la serie de Tipos y Trajes, adquirida en 1933.

El Metropolitan Museum of Art de Nueva York, bajo el título Spectacular Spain, organizó en 1960 una exposición antológica en la que Ortiz Echagüe figuró junto a artistas como Goya. Esta exposición recogía ochenta fotografías de nuestro autor.

En 1998 la Universidad de Navarra, titular de buena parte del fondo fotográfico de Ortiz Echagüe, basándose en la selección del Metropolitan Museum of Art organizó una exposición antológica de fotografías, que abarcan unos sesenta años de producción hasta 1964. Desde 1998 esta selección recorre diversos museos y exposiciones, entre ellos el Museo Nacional de Arte de Cataluña, el Hotel Sully de París, la Sala de Armas de la Ciudadela de Pamplona, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía -en este último caso sobrepasando los 150.000 visitantes-, el Palacio del Infantado de Guadalajara, o la Sala Amós Salvador de Logroño.



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