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La filosofía en el tocador



La filosofía en el tocador (La Philosophie dans le boudoir ou Les instituteurs immoraux) es una novela atribuida al marqués de Sade, publicada de forma anónima por primera vez en 1795. En esta historia, unos "instructores", en el transcurso de unas horas introducen a la joven Eugenia en el mundo del libertinaje. Eugenia demuestra ser una alumna aventajada llegando a torturar cruelmente a su propia madre.

Está escrita como un diálogo teatral dividido en siete diálogos, incluyendo en el quinto una exaltada proclama: «Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos».

La obra se publica por primera vez en 1795 y es atribuida al marqués de Sade. En 1795 ya se ha producido El Terror, siendo Sade un testigo de excepción. Desde su encierro en la cárcel de Picpus, en las afueras de París, asistió a la decapitación de miles de personas e, incluso, estuvo incluido en las listas de la guillotina.

Sade permaneció encerrado por el Antiguo régimen, en la fortaleza de Vincennes y La Bastilla, durante más de trece años, y es la asamblea revolucionaria, anulando las lettre de cachet, la que lo pone en libertad. Desde un principio se suma a la revolución de forma activa. Como ciudadano de su sección redacta escritos críticos, así como el panegírico a la muerte de Marat, y llega a presidir su sección, la sección de Píques, dimitiendo a mitad de una sesión para no verse obligado a debatir lo que él llamó: "Un horror, una inhumanidad".[1]​ Posteriormente es encarcelado, supuestamente por un error al estar incluido en una relación de "emigrados", pero muy probablemente, su actitud moderada pudo influir y mantener el error. Después de recorrer varias cárceles llega a la de Picpus y allí vive el apogeo del reinado del terror; miles de personas son decapitadas ante sus ojos: "La guillotina ante mis ojos me ha hecho cien veces más daño del que me habían hecho todas las bastillas imaginables".[2]

La filosofía en el tocador mezcla la corrupción de una adolescente con una proclama política donde se pide ir más allá en el espíritu de la República. Proclama con la que se muestra totalmente de acuerdo el elegante y degenerado Dolmancé, ejecutor de la trasformación de la virgen adolescente en un personaje pervertido.

Dolmancé, "Es el ateo más célebre, el hombre más inmoral... ¡Oh! Dolmancé es la corrupción más íntegra y completa, el individuo más malvado y perverso que pueda existir en el mundo",[3]​ es invitado por la mundana Madame Saint-Ange para "instruir" a Eugenia, una adolescente virgen que acaba de salir del convento. En el transcurso de escasas horas, Eugenia es iniciada en todas las formas de sexualidad y aleccionada en el hedonismo más extremo. El resultado es una Eugenia perversa que renuncia a todas las virtudes y acaba complaciéndose con la cruel tortura de su propia madre.

Dolmancé, el encargado de la "educación" de Eugenia. Es elegante, atractivo y elocuente. Su rasgo principal, que lo invalidaría para iniciar a una adolescente en las artes amatorias, es su incapacidad de poseer a una mujer a no ser sodomizándola. Con esto, el autor lo convierte en un personaje incapaz de generar vida. Será Agustín, el criado de Madame Saint-Ange, y, "El caballero", los que cubrirán esta limitación del protagonista.

Eugenia, es la adolescente a la que "educarán" hasta corromperla completamente. Su nombre significa "la buen nacida", que acabará totalmente corrompida.

Otro personaje, en cierto modo conductor de la trama, que participará tímidamente y sin convicción en la "educación" de Eugenia, es el hermano de Madame Saint-Ange, que en los diálogos aparece como "El caballero".

"El caballero" es el que pone en contacto a Dolmancé con Madame Saint-Ange para procurar la “educación” de Eugenia. Permanece casi margen de la educación de la adolescente y, aunque se muestra contrario a las prácticas de Dolmancé y su hermana, participará tímidamente, principalmente, desvirgándola y haciendo parte de las "posturas" propuestas por Dolmancé.

En el transcurso de la trama, en el quinto diálogo, se lee la proclama Franceses, un esfuerzo más para ser republicanos, un panfleto político extremo en sus planteamientos y en ocasiones contradictorio: "No es menos cierto que en otros puntos el folleto está plagado de observaciones extrañas, a veces desconcertantes, a menudo sorprendentes." Que Raymond Jean, achaca a que: "La utopía republicana tiene también sus temeridades".[4]​ Dolmancé se muestra en total acuerdo con la proclama:

Inmediatamente después, "El caballero" se muestra en desacuerdo con ella y con la actitud de Dolmancé:

La novela culmina en el séptimo diálogo cuando entra en escena la madre de Eugenia para tratar de apartarla de sus "instructores". Lo que la madre de Eugenia no sospecha es que su esposo (el padre de Eugenia y gran amigo de la señora de Saint-Ange) ha enviado una carta a la a señora de Saint-Ange para advertirle sobre su visita. Lo que facilita a los instructores idear un plan para sorprenderla. Dolmancé y la señora de Saint-Ange, que ya han convencido a Eugenia de que la tortura y el asesinato son designios de la naturaleza, le proponen a Eugenia que tome a su madre como su víctima. Más tarde, con el consentimiento de Eugenia, torturan a su madre cruelmente hasta procurarle una muerte que se prevé lenta (hacen que uno de los sirvientes de Dolmancé la infecte con el Sífilis y además le cosen los conductos genitales). Aquí surge nuevamente la voz de "El caballero" que, tímidamente, protesta: "Verdaderamente, Dolmancé, es horrible lo que nos hace hacer; es ultrajar al mismo tiempo la naturaleza, el cielo y las leyes más sagradas de la humanidad". Aunque finalmente, resignado, participa: "Obedezcamos, ya que no hay modo de persuadir a este perverso que lo que nos hace hacer es horroroso".

Klossowski, en su ensayo "Sade mi prójimo", ve en la proclama Franceses, un esfuerzo… "la divergencia entre Sade y la Revolución, entre Sade y el Terrorismo, entre Sade y Robespierre":

En páginas siguientes, continúa: "La lectura del panfleto de Sade no deja de sumirnos en la perplejidad; y estamos tentados de preguntarnos si Sade no quiso desacreditar a su modo los inmortales principios del 89, si ese gran señor en decadencia no abraza la filosofía de las luces con el solo fin de revelar sus tenebrosos cimientos".[6]

No obstante, la opinión de Klossowki es minoritaria. Bataille, en su ensayo La literatura y el mal, opina que Klossowky está equivocado en su análisis.[7]​ y, mayoritariamente, se acepta que Dolmancé es la voz del propio Sade,[8]​ así como la proclama Franceses, un esfuerzo más…, un reflejo de su ideario: "si existe una utopía sadiana en relación con las esperanzas engendradas por la revolución, esta utopía está expuesta en el mejor modo en ese libelo".[9][10]



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