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Los milagros de Nuestra Señora



Milagros de Nuestra Señora es la obra capital de Gonzalo de Berceo, clérigo secular que sin embargo pertenecía a la órbita del monasterio de San Millán, entre 1246 y 1252 aproximadamente, trata de una compilación de exempla que relatan veinticinco milagros de la Virgen María, escritos en español,[1]​ en una etapa tardía de su vida, usando como fuente colecciones de milagros marianos en latín que circulaban en el siglo XIII para 24 de ellos (Manuscrito de Thott, n.º 128, Biblioteca de Copenhague),(Manuscrito n.º 110, Biblioteca Nacional de Madrid), y el número 25 (numerado como 24 en las ediciones modernas) de fuentes desconocidas, posiblemente orales. La obra también incluye una introducción original. Emplea la estrofa de cuaderna vía, propia del Mester de Clerecía.

Las colecciones de milagros marianos aparecieron a lo largo del siglo XI, pero será a partir de los siglos XII y XIII cuando se producirá un considerable aumento de estas colecciones y habrá incluso autores especializados en el mismo, como Gautier de Coincy, Jean Le Marchant, Adgar, Bonvesin de la Riva o Alfonso X el Sabio. Hay de dos tipos: las de los milagros locales, vinculadas a los grandes centros de peregrinación (Laon, Rocamadour, Chartres, etc.), y las generales. Berceo aprovechó una de estas colecciones de milagros generales para componer la suya en un periodo de divulgación de las lenguas románicas y de difusión de las tradiciones marianas. La devoción a María se expandió en el siglo XIII por toda la geografía europea, pues ofrecía una imagen maternal más amable y cercana del cristianismo. Esta visión es la que franciscanos y dominicos propagaron en sus sermones a través de los ejemplos con que los adornaban.

El propósito de la obra es claramente mariano: rendir culto a la Virgen, posiblemente Nuestra Señora de Marzo, venerada en el altar mayor del monasterio de San Millán de Suso.

La elaboración de la obra fue larga; por una alusión al obispo don Tello (a. 1207-1247) en la estrofa 325, se deduce que el "Milagro XIV" es anterior a la muerte del prelado en 1247. Y como en la estrofa 869 Berceo se refiere a Fernando III como ya fallecido (1252), el "Milagro de la iglesia robada" (último del manuscrito y de tradición local) debió ser redactado durante el reinado del devoto mariano Alfonso X el Sabio.

Del manuscrito original X, se hicieron dos copias que hoy conozcamos. F (s. XIV se redescubrió entre 1926 y 1974 en dos partes. Q (s. XIII) se ha perdido, pero de ella derivan dos copias, I y M (que también deriva de F), ambas del s. XVIII.

No se podía pedir demasiada originalidad a Berceo en una época en que este estaba creando la lengua literaria culta castellana; los Milagros proceden de un manuscrito latino que versificó probablemente en dialecto riojano. La originalidad de Berceo consiste en dar vida y popularizar el registro eclesiástico que tenía el texto latino, lo que consigue ayudándose de recursos propios de los juglares, tales como hacer un uso abundante del estilo directo, dar ciertas pinceladas humorísticas a lo narrado o hacer pintorescas referencias o comparaciones al mundo rural o la naturaleza. Aunque el cambio más radical sin duda se trata de la versificación de una fuente en prosa. Berceo también se toma licencias con los detalles, complementando pasajes narrativos, inventando motivaciones, incorporando elementos líricos y desarrollando los diálogos.

El número de milagros no es casual. Es habitual en las obras medievales una estructura matemática simbólica, casi siempre en torno al número tres o de la Santísima Trinidad, en este caso el 5 también destaca, cifra de la Virgen según la numerología cristiana: 5 X 5 = 25. El manuscrito que utilizó Berceo tenía 28, de los que seleccionó 24 y el poeta añadió uno de tradición local, el de "La iglesia robada".[2]

Los milagros siguen todos la misma estructura de caída y redención: una persona devota de la Virgen se encuentra en peligro y se salva gracias a un milagro mariano. La obra comienza con una introducción alegórica en la que el autor se presenta a sí mismo en una naturaleza idealizada, descanso del hombre, que simboliza las virtudes y perfecciones de la Virgen. A continuación, se suceden veinticinco milagros realizados por la Virgen a favor de personas que sienten una gran devoción por ella. La mayoría de estos personajes pertenecían a la misma clase social que el público que escuchaba los milagros. Al final de cada relato aparece una moraleja o enseñanza para hacer comprender al oyente las ventajas que reporta ser un devoto de la Virgen, al modo como se trataban los exempla en el sermón popular (divisio extra). Se pueden distinguir tres grupos de milagros:

En concreto siguen una estructura que empieza con un Exordio, que no siempre está, dónde Berceo se dirige al espectador. Una narración como lo descrito en el párrafo anterior y una conclusión que tampoco está siempre en la que se deduce que uno ha de ser devoto.



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