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Relajación (Inquisición)



La relajación era la entrega a los tribunales reales de los condenados a muerte por la Inquisición española. La Inquisición era un tribunal eclesiástico por lo que no podía condenar a la pena capital de ahí que "relajara" a los reos al brazo secular que era el encargado de pronunciar la sentencia de muerte y de conducirlos al lugar donde iban a ser quemados —estrangulados previamente mediante garrote vil si eran penitentes, y quemados vivos si eran impenitentes, es decir, si no habían reconocido su herejía o no se habían arrepentido—. La relajación se producía durante el auto de fe, en el que no se ejecutaba a nadie, sino inmediatamente después y en otro lugar.

La herejía era equiparada al crimen de lesa majestad, en este caso cometido contra Dios, por lo que, como el crimen de lesa majestad contra el rey, estaba penado con la muerte. La Inquisición durante el auto de fe entregaba al condenado a la justicia real para que pronunciara la sentencia y la aplicara quemando a los reos en la hoguera, vivos si eran impenitentes y muertos, previamente estrangulados mediante el garrote vil, si eran penitentes —es decir, los relapsos que habían reconocido su culpa y mostrado arrepentimiento—.[1]

En el siguiente relato del auto de fe celebrado en Madrid en 1680 se describe cómo eran conducidos al auto de fe los que iban a ser relajados y cómo se efectuaba su entrega al brazo secular y la ejecución:[2]

Tras la lectura de las sentencias durante el auto de fe los alguaciles de los tribunales seculares conducían a los condenados al lugar donde se encontraban los garrotes viles y las hogueras. Mucha gente los acompañaba, tal como sucedió en Córdoba en 1625:[3]

Primero se ejecutaba a los penitentes con el garrote vil. Así describe la escena José del Olmo en su relato sobre el auto de fe de Madrid de 1680:[4]

Después se arrojaban los cuerpos de los ejecutados a la hoguera y los restos y las efigies de los condenados que habían muerto -y las efigies de los que habían huido-. Mientras tanto los sacerdotes hacían un último intento con los impenitentes para que abjuraran y se libraran de ser quemados vivos, y a veces lo conseguían.[4]​ Este es el relato de un inquisidor sobre uno de estos arrepentimientos de última hora ocurrido tras el auto de fe celebrado en Logroño el 24 de agosto de 1719 en el momento en que el condenado —un judeoconverso— fue atado al poste de ejecución y después de haberle pasado por la cara una antorcha encendida como advertencia de lo que le esperaba:[5]

A continuación el inquisidor describe la ejecución a garrote vil del condenado y la quema posterior del cadáver:[5]

Los que se negaban a arrepentirse despertaban cierta admiración entre la gente que contemplaba la ejecución porque preferían morir antes que renunciar a su fe. Este sentimiento intentaba ser contrarrestado por los miembros de la Inquisición equiparando este acto con el suicidio, un pecado contra Dios, y pronunciando sentencias como esta: "No es la muerte la que hace al mártir, sino la causa por la que se muere".[4]

Según la mentalidad de la época costaba mucho entender y aceptar que alguien se negara a reconocer a la verdadera fe, por lo que solo podía deberse a una perturbación mental, a la falta de inteligencia o a una perversión. Esto es lo que afirma José del Olmo, familiar de la Inquisición, exaltando de paso la labor del Santo Oficio:[6]

Según una tradición castellana los laicos que transportaban la leña de la hoguera donde iban a ser quemados los herejes gozaban de indulgencias especiales. Algunos decían que esto se remontaba a los tiempos del rey Fernando III el Santo, quien "deseaba tanto conservar la fe pura, intacta y sin contaminación que no se contentaba con hacer castigar a los herejes; cuando llegaba la hora de quemarlos, quería llevar él mismo leña para el sacrificio".[7]​ Por eso en el auto de fe de Madrid de 1680, según relata José del Olmo,[8]

Los verdugos esperaban a que los cuerpos quedaran reducidos completamente a cenizas, por lo que las hogueras permanecían encendidas toda la noche. Durante ese tiempo la Cruz Blanca, que había presidido la ejecución y el desfile que había conducido a los condenados desde la sede de la Inquisición hasta el lugar donde se celebraba el auto de fe, era llevada en procesión para ser colocada junto a la Cruz Verde, enseña del Santo Oficio.[4]

Según Emilio La Parra y María Ángeles Casado, la última persona relajada por la Inquisición española fue María de los Dolores López, una mujer de baja condición social, acusada de fingir revelaciones divinas y de mantener relaciones sexuales con sus sucesivos confesores. Fue condenada a muerte porque no reconoció sus errores. El auto de fe se celebró en Sevilla en 1781 y en él compareció vestida con un sambenito y una coroza pintados con llamas y diablos. Terminado el auto fue relajada al brazo secular para ser ejecutada. Se le aplicó el garrote vil y después el cadáver fue quemado en la hoguera.[9]

Se suele afirmar que el último condenado a muerte por la Inquisición fue el maestro valenciano Cayetano Ripoll ahorcado en 1826 y quemado después por hereje, pero en aquel momento la Inquisición no existía porque el rey Fernando VII no la había restablecido tras su abolición por los liberales durante el Trienio (1820-1823).

Según Henry Kamen, hubo un "número proporcionalmente pequeño de ejecuciones" lo que "constituye un argumento eficaz contra la leyenda de un tribunal sediento de sangre. Nada, ciertamente, puede borrar el horror de los primeros y terribles años. Ni pueden minimizarse ciertas explosiones ocasionales de salvajismo, como las padecidas por los chuetas a finales del siglo XVII. Pero está claro que la Inquisición, durante la mayor parte de su existencia, estuvo lejos de ser una máquina de la muerte, tanto por sus propósitos como por lo que realmente podía llevar a cabo". Pasado el primer periodo el número de relajados se redujo drásticamente, como lo muestran los datos de los tribunales de Valencia y de Santiago. En Valencia entre 1566-1609 solo el 2% de los acusados fueron quemados en persona y el 2,1% en efigie; en Santiago, entre 1560 y 1700, el 0,7% en persona y el 1,9% en efigie. Se estima que el número total de ejecuciones en persona en el conjunto de los tribunales no superó el 2% entre 1540 y 1700.[10]​ En el siglo XVIII las relajaciones disminuyeron aún más y así durante los veintinueve años de los reinados de Carlos III y Carlos IV solo cuatro personas murieron en la hoguera.[11]



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