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Reliquia (catolicismo)



Este artículo trata sobre las reliquias en la Iglesia católica

En la Iglesia católica, se llama reliquias a los restos de los santos después de su muerte. En un sentido más amplio, una reliquia constituye el cuerpo entero o cada una de las partes en que se haya dividido, aunque sean muy pequeñas. Las reliquias también designan a los ropajes y objetos que pudieran haber pertenecido al santo en cuestión o haber estado en contacto con él, considerados dignos de veneración.[1]

El culto a las reliquias se remonta a los principios del cristianismo: como consecuencia de las persecuciones comenzaron a conservarse y a tenerse en gran estima los objetos relacionados con los que habían muerto por la fe. Ejemplo de ello, San Ambrosio (Siglo IV) recogió estos objetos después de la muerte de los santos Vital y Agrícola en su patíbulo en Bolonia y los llevó a la iglesia de Santa Juliana de Florencia. Los primeros restos recogidos de los que se tiene noticia (y documentación a través de los siglos), son los de san Esteban primer mártir de la Iglesia católica. Agustín de Hipona da noticia en sus escritos sobre una de las piedras con que lapidaron a Esteban que fue llevada a Ancône (Francia), y que contribuyó a extender el culto y la devoción hacia este santo. En los Museos Vaticanos se conservan muchas reliquias de este tipo.

El culto a las reliquias ha sido siempre un fenómeno de gran importancia social, económica y cultural.

Los cuerpos de los mártires llegaron a ser tan preciados y dignos de veneración para aquellos primeros cristianos, hasta el punto de exponer muchas veces su propia vida, precipitándose en la arena de los anfiteatros para recogerlos. Recogían asimismo la sangre derramada, empapándola en esponjas, paños o cualquier otra materia absorbente. Esta reliquia era llamada sangre de los mártires.

Otra manera de obtener estas reliquias era mediante la compra, generalmente pagando en plata. Una vez obtenidas de una forma o de otra las preparaban con perfumes y ungüentos y las envolvían en ricos tejidos, sobre todo en dalmáticas enriquecidas con oro y púrpura. Muchas de estas reliquias de cuerpo entero se encuentran todavía en las catacumbas, en lugares especiales para su enterramiento llamados loculi. Una vez envuelto el cuerpo en la dalmática buscaban un enterramiento digno y lo decoraban, convirtiéndolo en santuario para sus oraciones.

El culto a las reliquias estaba totalmente arraigado en este periodo de los mártires y las persecuciones a los cristianos. El cuerpo de un santo como reliquia llegó a ser indispensable para presidir las asambleas. Las personas particulares también hacían lo imposible por conseguir una reliquia. Se llegaba a pagar por el cuerpo de un mártir sumas considerables. Así lo hace constar Baronio en sus notas al Martirologio romano cuando dice: Christianos consuevisse redimere corpora sanctorum ad sepeliendum ea, acta diversorum matyrum saepe testantur ("Los cristianos acostumbraban recuperar los cuerpos de los santos para darles sepultura, dando fe de los hechos de los distintos mártires").

La adquisición de una reliquia fue motivo en más de una ocasión de altercados, incluso combates, entre distintas ciudades que se la disputaban. Así ocurrió en Francia, entre los habitantes de Poitiers y los de Tours, que mantuvieron una larga reyerta por la posesión del cuerpo de San Martín.[2]

Desde los comienzos del cristianismo, los restos de los mártires estuvieron ligados al sacrificio eucarístico, celebrando los misterios sobre su tumba. No se concebía un altar si no era enterramiento de un santo. En el año 269 el papa san Félix I promulgó una ley para asegurar esta costumbre. Las primeras basílicas construidas después de las persecuciones fueron erigidas encima de las criptas donde yacían los cuerpos de los mártires. Más tarde, algunos de estos cuerpos fueron trasladados a las ciudades para depositarlos en los templos suntuosos construidos para recibirlos. Es más, el quinto concilio de Cartago decretó que no sería consagrada ninguna nueva iglesia que no tuviera una reliquia en su altar.

Se llegaron a depositar los cuerpos-reliquia en las puertas de las iglesias que los fieles besaban antes de entrar. Otro lugar donde se conservaban era en oratorios privados y a veces incluso en casas particulares.

En la segunda mitad del siglo IV empezó la práctica de fragmentar los cuerpos de los santos para repartirlos. Varios teólogos apoyaron la teoría de que, por pequeño que fuera el fragmento, mantenía su virtud y sus facultades milagrosas. Así las reliquias se convirtieron en instrumento de prestigio y fuente de ingresos. Todo esto favorecería el terreno artístico pues algunos autores creen que el inicio de las imágenes está precisamente en ser receptáculo para las reliquias.

A comienzos del siglo XIII, en el IV Concilio de Letrán, se prohibirá la veneración de reliquias sin "certificado de autenticidad"; así el comercio de reliquias, que había ido en auge en los últimos siglos (en el siglo IX había surgido una asociación consagrada a la venta y regulación de reliquias), irá disminuyendo.

En este concilio se acuerda:

También hay que mencionar que actualmente, varias reliquias están extraviadas o ya no existen como las reliquias de Santa Genoveva, patrona de París, a quien Luis XV de Francia levantara una iglesia en 1764. Sin embargo en 1793 durante la Revolución francesa, el gobierno transformó esta iglesia en el Panteón, situando bustos de franceses famosos en los lugares de honor y el féretro de plata en el que reposaban sus restos fue fundido, y las reliquias quemadas y esparcidas al río Sena.

No sólo era una reliquia sagrada el cuerpo entero del mártir, sino multitud de objetos grandes o pequeños que habían pertenecido al santo o habían estado en contacto con él.

La Santa Túnica o túnica inconsútil (sin costuras), que la piadosa tradición supone tejida por su madre, se cree es la que se conserva en la catedral de Tréveris en Alemania.[25]​ También actualmente, se conserva otra túnica (parecida a un manto), en la basílica de Saint-Denys d'Argenteuil en Francia.[26][27]

Se atribuye que lo que queda de las sandalias de Jesús están en la Basílica del Santo Salvador (Prüm) en Alemania, incorporadas a un decorado «relicario textil».[28]

El Evangelio cuenta que al nacer Jesús, fue envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Pedazos de madera de lo que tal vez era parte de esa "cuna", se exhiben en un relicario en la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma.[29]​ Con respecto a los pañales que lo envolvieron, se dice que unos están en un gran cofre de la Catedral de Aquisgrán, Alemania.[30][31]​ También se menciona que en España (por ejemplo en Catedral de la Seo Vieja (Lérida)), se guardaban supuestos santos pañales, pero que desaparecieron durante la guerra civil, no quedando más que pequeñísimos retazos.[32]

En una época que se desconoce comenzó la costumbre de jurar sobre las reliquias, de la misma manera que se jura sobre la Biblia o los Evangelios en determinados casos. Los ejemplos documentados son del siglo VI en adelante.

Existe uno muy interesante por la cantidad de detalles que se dan, en que San Gregorio llama a unos personajes ilustres de la ciudad de Rávena para que se presenten ante la tumba de San Apolinar de Rávena (primer obispo de la iglesia de esta ciudad); con la mano puesta sobre las reliquias de este santo, aquellos hombres dieron testimonio de lo que se les pedía, empleando para este juramento una fórmula especial que se conserva en diversos documentos.

Después de los debates habidos en el Concilio de Trento, las reliquias y lo que representaban tomaron más importancia todavía y su posesión llegó a ser una especie de obsesión. Gente particular, gente de la nobleza, religiosos y los mismos reyes se desvivían por adquirir y acumular reliquias que en alguno de los casos llegaron a constituir colecciones magníficas que implicaban obras de arte muy buenas.

En España el rey Felipe II fue un destacado coleccionista de reliquias. Entre 1569 y 1599 llegó a acumular cerca de 800 piezas. Su colección se hizo famosa en toda la cristiandad, llegándose a afirmar que poseía reliquias de la práctica totalidad de los santos que integraban el santoral.[38]​Además promovió una especie de rescate de reliquias pertenecientes a santos de la iglesia española que por distintas causas se encontraban en el extranjero, como fue el caso de las reliquias de Santa Leocadia.

La colección privada de este rey se encuentra en la basílica del Monasterio de El Escorial (Madrid), donde mandó construir dos altares especiales a ambos lados del altar mayor. Uno está dedicado a san Jerónimo y el otro a la Asunción. En ellos mandó realizar 80 relicarios al orfebre Juan de Arfe; muchos de ellos están firmados por el artista y otros no, lo que hace suponer que salieron de su taller y bajo su dirección aunque no fuera él su autor directo. El resto de los relicarios son obra de otro platero cuyo anagrama puede leerse en una placa en la parte posterior del relicario.

En el conjunto predomina el busto parlante, muy del gusto de la época, que revela al espectador de una sola ojeada el tipo de reliquia que aloja. Juan de Arfe realizó 22 cabezas o bustos parlantes, 6 de santos, 16 de santas. La policromía corrió a cargo de Fabrizio Castelo. Se conservan los libros de entregas en los que se describe con todo detalle la fecha y la descripción de cada relicario.

La noble castellana doña Magdalena de Ulloa, como Felipe II, sentía una devoción especial hacia las sagradas reliquias. Tutora de Juan de Austria, a quien crio en el Castillo-palacio de los Quijada en Villagarcía de Campos, se valió del favor de que gozaba en Roma don Juan, después de la Batalla de Lepanto, con Pío V y su sucesor Gregorio XIII, para obtener una valiosa colección. También los Generales de la Compañía de Jesús, Everardo Mercuriano y Claudio Acquaviva, en agradecimiento a su bienhechora, enviaron reliquias a Villagarcía.

Alcanzó y juntó tantas que le pareció conveniente dedicar la primera capilla de la Colegiata de Villagarcía a las mismas. El artífice principal de la capilla es Tomás de Sierra (discípulo de Gregorio Fernández) y a su gubia se deben la mayoría de las estatuas que hay en ella.

Hay en la Colegiata cincuenta estatuas de Sierra, entre pequeñas y grandes; además de los grupos escultóricos. El pequeño tamaño de muchas de estas figuras realza su valor artístico, haciendo de la Capilla del Relicario de Villagarcía uno de los conjuntos capitales de la escultura española.



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