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Terror Rojo en España



«Terror Rojo» es un término revisionista utilizado por parte de la historiografía para referirse a la represión en la zona republicana durante la guerra civil española, y alude a una sucesión de actos criminales por parte de grupos de izquierda que en ocasiones incluyen al Gobierno de la Segunda República Española.

Los sublevados atribuyeron a estos crímenes una intencionalidad política o anticlerical.[1][2]​ Aunque el anticlericalismo no era exclusivo de las fuerzas revolucionarias,[cita requerida] la violencia contra la iglesia y sus miembros por parte de integrantes de los grupos radicales de izquierda en las fases inmediatamente posteriores al levantamiento del 18 de julio fueron bautizados como «Terror Rojo» por la maquinaria de propaganda del bando sublevado. Esta empleó la represión republicana como justificación a posteriori de la necesidad de un levantamiento armado para detener los desmanes de la «horda roja».

El término «Terror Rojo» se empleó por primera vez para definir las últimas seis semanas del período conocido como El Terror durante la Revolución francesa, que finalizaron con la ejecución de Maximilien Robespierre. En contraposición, se llamó Terror Blanco al período represivo inmediatamente posterior, en el que las anteriores víctimas se transformaron en verdugos.[3]

Tras la revolución rusa de 1917, se llamó «Terror Rojo» a un período de tiempo entre 1918 y 1922 durante el cual los bolcheviques efectuaron una campaña de arrestos y ejecuciones masivas. Antes de la Guerra Civil el término «Terror Rojo» se empleaba exclusivamente en referencia a dicho período. Tras iniciarse la guerra, las fuentes de propaganda del autodenominado bando nacional reacuñaron el término para referirse a los incidentes de asesinatos organizados que ocurrieron en el bando republicano, hablando de un «nuevo Terror Rojo».[2][4][5]

Algunas fuentes han argumentado que el concepto mismo de «Terror Rojo» debe considerarse como iniciado durante la sofocada revolución de Asturias de 1934, que ocasionó la muerte de 37 miembros del clero y la quema de 58 iglesias.[6][7]​ Sin embargo, los brotes de violencia ocasionados por el anticlericalismo venían ocurriendo de forma habitual desde el siglo XIX, es decir, mucho antes del primer uso moderno del término como referencia a violencia política originada por un partido revolucionario. Estos brotes se daban cada vez que se producía una disminución en el control del gobierno por efecto de una revuelta o incidente social similar; incluso la proclamación misma de la Segunda República vino acompañada de la quema de unas 20 iglesias, sin víctimas mortales.[4][8]

Otros autores relacionan directamente varias de las muertes de este periodo con una clara intervención política a favor de las fuerzas de derecha por parte de miembros del clero ejecutados por los revolucionarios.[9]​ Del mismo modo, se citan también casos de miembros del clero (especialmente monjas) tratados de forma decorosa y respetuosa, relatados por los mismos religiosos.[9]

Los crímenes etiquetadas de inmediato por el bando sublevado como Terror Rojo, al igual que las originalmente ocurridas durante la revolución bolchevique, eran cometidas por grupos de revolucionarios contra aquellos a los que percibían como sus enemigos de clase. En España, eso incluía tanto a empresarios, industriales, terratenientes y políticos de la derecha como a miembros y bienes de la iglesia católica, a quien tradicionalmente las fuerzas de izquierda había visto siempre como alineada junto a las clases capitalistas y reaccionarias, y actuando como un factor necesario para la represión psicológica del obrero.[2][4][5]​En su libro el Delegado de Propaganda Antonio Bahamonde Sánchez de Castro sitúa la cifra de víctimas en alrededor de 85.000.

Los saqueos y quema de monasterios e iglesias y el asesinato de miembros del clero católico se convirtieron en una característica percibida en las fuerzas leales al Gobierno de la República y opuestas al golpe de Estado, gracias a las crónicas sensacionalistas de los corresponsales extranjeros destacados en el país.[2][4]​ A pesar de que el total de incidentes fuera enormemente exagerado en la época,[10]​ de que no fuera ordenada por el gobierno sino ejecutada por grupos incontrolados,[11][12]​ y de que su cantidad fuera proporcionalmente inferior al de otros incidentes,[13]​La persecución al clero fue un punto central en el apoyo incondicional de la iglesia al bando sublevado, que llevaría posteriormente al nacionalcatolicismo. El Terror Rojo pasó así de tener un significado originalmente de violencia política encuadrada en una supuesta lucha de clases, a ser sinónimo de intolerancia y persecución religiosa.




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