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Tradición de las tumbas de tiro



Los términos tradición de las tumbas de tiro o, más apropiadamente, cultura de las tumbas de tiro o de pozo se refieren a un conjunto de rasgos de una cultura antigua prehispánica que se ha encontrado en los estados mexicanos de Nayarit, Jalisco, Colima, el área de Zamora-Jacoma en Michoacán, partes del sur Sinaloa y Zacatecas. Se ha datado entre los años 300/200 a.C. y 400/600 d.C. Una buena parte de los objetos producidos por los pueblos de esta cultura ha sido encontrada fuera de contexto arqueológico, debido a la actividad de saqueadores de tumbas cuyos ajuares habían sido vendidos en el mercado negro. Uno de los mayores entierros asociado a esta tradición fue encontrado en 1993, en Huitzilapa (Jalisco).[1]

Aunque en un principio se asoció la cerámica de las tumbas de tiro con los tarascos,[2]​ contemporáneos de los mexicas; hacia mediados del siglo XX se descubrió que estos objetos eran anteriores por lo menos en más mil años. Hasta hace relativamente poco tiempo, lo único que se conocía de los pueblos de la cultura de tumbas de tiro eran los objetos de cerámica y que enterraban a sus muertos en galerías excavadas en el suelo (de donde el nombre de esta cultura). Casi desconocida hasta entonces, la mayor colección de la cerámica clásica del Occidente de Mesoamérica fue presentada en 1998, con el subtítulo de Art and Archaeology of the Unknown Past.[3]​ En la actualidad se sabe que la cultura de las tumbas de tiro no caracteriza a un área cultural única,[4]​ aunque muchos arqueólogos continúan identificando con este nombre a los pueblos que vivieron en el occidente de Mesoamérica durante el Preclásico y el Clásico.

Las llamadas tumbas de tiro son unas sepulturas características de determinados sitios arqueológicos de Jalisco, Nayarit, Colima y Michoacán, en México, aunque también aparecen en lugares de Sudamérica como Colombia o Ecuador. Se consideran pertenecientes a la llamada Cultura de las tumbas de tiro, que se estima se desarrolló entre los años 200 a. C. y 600 d.C.

Consisten en un tiro o pozo de entre 2 a 20 metros de profundidad de sección circular o rectangular que se excava en la tierra. Al llegar a determinada profundidad se excava hacia a un lado una o varias cámaras funerarias que contendrá el cadáver y sus ofrendas. Estas cámaras están comunicadas entre sí con pequeños túneles en las cuales se han encontrado elementos ceremoniales que acompañaban a los muertos. Una vez hecho el enterramiento, se cierra la comunicación entre la cámara y el pozo o tiro, se llena el tiro de tierra y, en general, no queda ninguna huella de la tumba. Las variaciones entre las tumbas pueden deberse a la calidad del subsuelo, a la categoría social de la persona o de las personas enterradas o simplemente al estilo de moda en determinada área o determinado tiempo. Por lo general las tumbas de tiro suelen albergar varios cuerpos.

Los estudios de las piezas contenidas en las tumbas y algunas dataciones por carbono 14 indican que su uso cubre un período que va de poco antes de Cristo hasta el año 400. Algunas de las tumbas son muy complicadas y tienen varias cámaras funerarias.

La tumba de tiro más reconocida es la de Etzatlán, con tres cámaras y 16 metros de profundidad.

Aparte de su presencia en el Occidente de México, este tipo de tumbas existe también en lugares de Sudamérica. Son particularmente abundantes en el área de Ecuador y Colombia. Este hecho y otros rasgos culturales que coinciden entre el Occidente de México y esta región de Sudamérica tiende a indicar antiguas relaciones entre estas dos áreas distintas.

Las ofrendas constaban de piezas de cerámica con representaciones de hombres o mujeres en alguna actividad, como testimonio del modo de vida que habían llevado (cazadores, músicos, agricultores con sus enseres e indumentaria). También había piezas cotidianas o de ornato y su nahual, compañero en el viaje al inframundo, disfraz del dios de la muerte, que conduce o guía el alma del muerto a través de los nueve torrentes que separan al difunto del cielo. Este nahual era un animal que podía ser un loro, un pato, una víbora, aunque usualmente era un perro: estos animales popularmente se convirtieron en los perros pelones o izcuintli, figuras muy representativas y conocidas como emblema de Colima, de las cuales se tienen figuras similares en la cultura mochica del Perú.




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