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Versión crítica



La Estoria de España, conocida en la edición de Menéndez Pidal como Primera Crónica General, es un libro de carácter histórico escrito por iniciativa de Alfonso X el Sabio (que colaboraba activamente en su redacción) y supone la primera historia de España extensa que no era una mera traducción del latín.[1]​ Su contenido alberga cronológicamente desde los orígenes bíblicos y legendarios de España hasta la inmediata historia de Castilla bajo Fernando III.

La obra es en realidad un planteamiento inicial que no llegó a ser culminado satisfactoriamente en vida del rey Alfonso X. Por ello han llegado hasta nosotros varias redacciones en vida del monarca denominadas comúnmente «versiones alfonsíes», y refundiciones posteriores al siglo XIII llamadas «crónicas alfonsíes». La primera redacción del scriptorium del rey de Castilla fue elaborada entre 1270-1274 y recibe el nombre de Versión primitiva.[2]​ Bajo la supervisión del propio rey se redactó en Sevilla entre 1282 y 1284 la llamada Versión crítica, algo más sintética. Ya bajo Sancho IV se elabora, a partir de los materiales del equipo de Alfonso X, la denominada Versión sanchina, terminada en 1289. A ellas se sumarían, en el siglo XIV y siguientes, varias refundiciones derivadas del proyecto del rey Sabio que suelen denominarse «crónicas alfonsíes» (aunque son, propiamente dichas, postalfonsíes), entre las que los jalones fundamentales son la Crónica de Castilla (c. 1300), la Traducción gallega (c. 1312)?, la Crónica de 1344 y la Crónica de veinte reyes.

Menéndez Pidal publicó en 1906 una edición de la Estoria de España titulada Primera Crónica General que utilizaba un manuscrito refundido que contenía versiones de varia procedencia, tanto del taller alfonsí como del de Sancho IV, e incluía material de la Crónica particular de San Fernando de mediados del XIV. Su influencia y difusión a lo largo de la mayor parte del siglo XX hizo que se identificara esta edición con la Estoria de España alfonsí hasta que los estudios de su nieto Diego Catalán[3]​ desvelaran que el manuscrito E en que se basó el erudito coruñés era un códice facticio e identificara las diferentes «versiones alfonsíes» básicas, señalando su cronología y procedencia.

Para su composición se usaron fuentes muy diversas, pero destaca la utilización de De rebus Hispaniae (1243) de Rodrigo Jiménez de Rada el Toledano, que supone la base de la Estoria de España alfonsí.[4]​ A ella se sumarían el Chronicon mundi (1236), de Lucas de Tuy el Tudense, cuando se requería completar al Toledano. Entre las fuentes secundarias cabe mencionar otras crónicas latinas medievales, la Biblia (fundamentalmente para la Historia Antigua, completada con alguna obra clásica latina), obras eclesiásticas, cantares de gesta e historiografía árabe.

Esta obra del escritorio alfonsí se divide en cuatro grandes partes. La primera incluye una historia de Roma (los reyes medievales europeos se consideraban herederos del Imperio romano); la segunda cuenta la historia de los reyes bárbaros y góticos (sus antecedentes en los reinos hispanos); la tercera es una historia del reino astur-leonés (desde que comenzó la Reconquista), y la cuarta, la del castellano, aunque el castellanocentrismo con que está concebida (y que proviene de su principal fuente, la Historia de rebus Hispanie) considera reyes de Castilla a muchos monarcas que fueron privativos del reino de León. Esta «cuarta parte» ha recibido gran atención de la crítica, pues no fue completada en la Versión primitiva del escritorio alfonsí, y el estudio de sus variantes es fundamentalmente para deslindar las distintas redacciones de la sección correspondiente a la historia de los reyes leoneses y castellanos.

En su primera redacción, la denominada Versión primitiva, se había culminado hasta el reinado de Alfonso VI, y posiblemente hasta el de Alfonso VIII de Castilla; esto es, la redacción fue completada hasta un punto bastante más avanzado de lo que se consideró primeramente, cuando se pensaba que a partir de la historia del reino astur-leonés los materiales solo habían llegado al estado de borrador. Así, de la «cuarta parte», relativa a los reyes que la Estoria de España consideraba de Castilla, estaban casi concluidos los reinados de Fernando I, Sancho II y Alfonso VI; medianamente elaborados los de Urraca I, Alfonso VII y Sancho III; y en el inicio del proceso (solo traducidos de De rebus Hispaniae) Alfonso VIII, Fernando II y Alfonso XI.[5]​ Si bien se había creído que la redacción de la Estoria de España había sido abandonada hacia 1274 para emprender otro monumental proyecto al que dedicaría Alfonso X nuevas energías, la compilación de una historia de carácter universal titulada General estoria (o Grande e general estoria), que interrumpiría la redacción de la Estoria de España, actualmente se sabe que tanto la Estoria de España como la General Estoria fueron proyectos emprendidos a la vez y desarrollados en paralelo, aunque el primero fue dejado en segundo plano entre 1274 y 1282. La Estoria de España careció de redacción definitiva (en su Versión primitiva) en el periodo que comprendía los últimos reyes de Castilla, la llamada «cuarta parte» (probablemente desde Alfonso VIII en adelante, pues solo se ha trasmitido de estos reinados una mera traducción de De rebus Hispaniae),[6]​ pero fue culminada en una versión un poco más sintética en dos años al final de su reinado, en la redacción denominada Versión crítica, que llega hasta el reinado de su padre Fernando III el Santo; todo ello indica que en ningún momento Alfonso X se desentendió completamente del proyecto de la Estoria de España.[7]

La Estoria de España, como sucede en las crónicas de su tiempo, se remonta para contar la historia a los más remotos orígenes hallados en la Biblia. En concreto hasta Moisés, para continuar entre mitos y leyendas mezcladas con fuentes griegas con la historia antigua. Sin embargo, conforme avanza el relato, aumenta la prolijidad en los detalles, sobre todo desde las invasiones germánicas hasta Fernando III.

La obra tuvo dos redacciones en vida de Alfonso X, la primera, llamada Versión primitiva, comienza hacia 1270 y está casi concluida hacia 1274; y la segunda, llamada Versión crítica, fue elaborada entre 1282 y 1284, fecha de la muerte del monarca, y culmina el proyecto, ya que su redacción comprende el reinado de Fernando III de Castilla.

A las sucesivas ampliaciones de la Estoria de España, la historiografía literaria les había ido llamando, a partir de la publicación de la Primera Crónica General de Menéndez Pidal, Segunda Crónica General (la actual Crónica de 1344) y Tercera Crónica General (llamada Crónica General Vulgata, que se conserva —entre otros manuscritos— en la edición de Florián de Ocampo de 1541).[8]​ Esta nomenclatura ha sido desechada por la crítica filológica desde que Inés Fernández-Ordóñez identificara con precisión la Versión crítica en su edición de Madrid, Fundación Menéndez Pidal; Universidad Autónoma, 1993.

La nueva ordenación generalmente aceptada de las diversas versiones de las crónicas alfonsíes es:

Además aparecieron síntesis, amplificaciones o refundiciones, como la Crónica general abreviada o manuelina (1295-1312) o la Crónica fragmentaria. Más tarde, en el Renacimiento, continuaron publicándose versiones impresas que, como la de Florián de Ocampo, titulada Las cuatro partes enteras de la Crónica de España que mandó componer el sereníssimo rey don Alonso llamado el Sabio (Zamora, Agustín de Paz y Juan Picardo, a expensas de Juan de Spínola, 1541), que está basada en una crónica alfonsí y la sección correspondiente al ms. F de la Versión sanchina de la Estoria de España.

La edición de Menéndez Pidal de 1906, que tituló Primera Crónica General, es en realidad la fusión de dos manuscritos, de los cuales solo uno y la primera parte del otro, corresponden a la labor de Alfonso X. El resto de los materiales del segundo manuscrito que Menéndez Pidal creyó original del escritorio alfonsí, es en realidad un conjunto de refundiciones y continuaciones elaboradas desde los reinados de Sancho IV (1284-1295) hasta Alfonso XI en la primera mitad del siglo XIV, como demostró Diego Catalán.

La primera edición de la Estoria de España realizada por Menéndez Pidal se basó el manuscrito E, que es en realidad un códice de dos volúmenes (E1 o Escurialense Y-I-2 y E2 o Escurialense X-I-4) que recoge materiales diversos. Tomando E como texto base de su edición, lo completó en sus lagunas y enmendó en varios lugares con otros (si bien recogiendo en notas a pie de página la procedencia de sus interpolaciones y correcciones), en la idea de ofrecer lo que habría sido el códice óptimo o arquetipo que habría elaborado el scriptorium alfonsí de haber dado fin a lo que, en la concepción de la época de Pidal, había quedado en forma de borradores incompletos. Pero el manuscrito E no era la versión más cercana al plan original de Alfonso X, sino que contenía en el primer volumen (ms. E1) y los folios 2-17 del segundo (ms. E2) la Versión primitiva alfonsí original, y en la mayor parte del segundo (ms. E2) un manuscrito de la Versión sanchina de la familia denominada Versión amplificada o Versión retóricamente amplificada (elaborado durante el reinado de Sancho IV de Castilla), que fue interpolado hacia 1345-1350 con materiales compilados por el canciller Fernán Sánchez de Valladolid con otros pasajes procedentes de:

Las fuentes que proporcionan más datos a la historia alfonsí son las dos grandes crónicas latinas que constituían el conocimiento más completo de la historia de España en aquel tiempo: el Chronicon mundi (1236), de Lucas de Tuy, obispo de la sede episcopal de su apellido toponímico, llamado «el Tudense»; y De rebus Hispaniae (1243), de Rodrigo Jiménez de Rada, obispo de Toledo, conocido como «el Toledano». La crónica del Toledano (junto con otras de sus obras como la Historia arabum y la Alanorum, vandalorum et silinguorum historia) fue la primera en ser traducida y constituyó la base de la mayor parte de la Estoria de España. La crónica del Tudense se utilizó para cotejar con detenimiento los materiales de Jiménez de Rada y ofrecer las posibles variantes entre estas dos fuentes.

Además, Alfonso X se sirvió de otras crónicas latinas medievales hispánicas: la Crónica de Sampiro continuada por el obispo de Oviedo Pelayo, de quien también se usó su Liber chronicorum,[13]​ la Crónica najerense y la Historia Roderici.[14]​ Pese a la escasa existencia de historiografía en romance anterior al rey castellano, no dejó de usarse, como muestra el empleo del aragonés Libro de las generaciones y linajes de los reyes, más conocido como Liber regum.[15][16]

Una fuente esencial, sobre todo para historiar la Antigüedad peninsular, fue la Biblia. Sin embargo, también se consultó historiografía clásica latina: la Farsalia de Lucano, las Heroidas de Ovidio o las Filípicas del galorromano Pompeyo Trogo a través del epítome de Marco Juniano Justino.

Otros materiales consultados proceden de la literatura tardoantigua. Así, está probada la concurrencia de Eusebio de Cesarea, Jerónimo de Estridón, Paulo Orosio y Pablo el Diácono, de quien se utiliza una Estoria de los romanos que se identifica con su Historia romana, continuación a su vez del Breviarium de Eutropio.[17]​ A esto cabe sumar las noticias procedentes de las leyendas eclesiásticas y martirologios.

Entre las fuentes romances es preciso señalar la presencia de leyendas y cantares de gesta. Gracias a ello se ha podido documentar la existencia de epopeyas o relatos como el del Mainete o Bernardo del Carpio. Destaca la utilización de un ejemplar del Cantar de mio Cid. El empleo de la épica en romance contaba con precedentes, pero en ningún caso con el detalle con que el rey sabio refunde en prosa versiones cronísticas de estos poemas, hasta el punto de que a partir de ellas podemos reconstruir tentativamente cantares de gesta hoy perdidos, como el de la Condesa traidora, el Romanz del infant García y el Cantar de Sancho II, así como grandes fragmentos de los Siete Infantes de Lara, el Cantar de Fernán González perdido o la Gesta de las Mocedades de Rodrigo.

No faltaron tampoco las fuentes de historiadores árabes, como las que relatan el gobierno del Cid en Valencia. Estas proporcionaron al estilo alfonsí el uso de comparaciones y símiles no habituales en la prosa occidental y un afán de perspectiva histórica y equilibrio notables en episodios que las fuentes andalusíes afrontaban con distinto enfoque. También al manejo de la historiografía árabe debe la prosa de la Estoria de España la preocupación por aspectos económicos y sociales.[18]

Todo ello debió ser compaginado con anales y cronologías, como la Chronographia de Sigeberto Gemblacense o el Chronicon de Martín Polono, que daban cuenta de las dataciones de los papas, de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico y de los monarcas de Francia.[13]




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