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Batalla de La Ciudadela



La Batalla de La Ciudadela fue un combate ocurrido durante las guerras civiles argentinas, librado entre las fuerzas federales al mando de Juan Facundo Quiroga y los unitarios de Gregorio Aráoz de Lamadrid en las afueras de San Miguel de Tucumán, Argentina, el 4 de noviembre de 1831.

La Liga Unitaria del Interior había durado lo que duró el mando del general José María Paz y la guerra civil iniciada en 1828 se acercaba a su fin.[10]​ Con la prisión de este en manos de los federales, Lamadrid retrocedió con su ejército de 1.500 desmoralizados soldados hacia Tucumán, su provincia natal, lugar donde sabría que podría recuperarse considerando que Córdoba era indefendible.[11]​ A eso se sumaba la cercanía de Bolivia, cuyo régimen era favorable a su causa.

Mientras tanto, Quiroga recuperaba el poder en Cuyo con apenas 450 hombres, principalmente sacados de las cárceles y calles de Buenos Aires, aunque el reumatismo le impedía moverse con la debida rapidez.[12]​ Pronto reunió en Mendoza un ejército 1.200 a 1.500 jinetes, 500 infantes, 200 artilleros y 4 cañones con los que decidió avanzar hacia Tucumán.[13]​ El general en jefe de los federales, Estanislao López, ordenó a Balcarce retirarse con el grueso del ejército federal de Córdoba a Buenos Aires sin explicación.[7]​ Quiroga quedaba solo.

El ejército unitario estaba falto de buenos caballos, lo que hacía más lentos sus movimientos, siendo posible ser vigilado por Quiroga.[14]​ A pesar de sus limitados recursos y las constantes desavenencias entre Lamadrid y el gobernador Javier López, ambos supieron olvidar sus diferencias y colaborar en la defensa de su provincia, de hecho, el gobernador quedara al mando de la división tucumana, una tropa de más de mil locales.[8]​ El nuevo ejército organizado por los unitarios sumaba más de tres mil efectivos, para ello se trajeron armas desde Bolivia y se atrincheraron en La Ciudadela, fortaleza construida muchos años atrás por José de San Martín.[7]​ Los gobiernos de las provincias de Salta y Tucumán habían sido los mejores aliados de Paz, las únicas administraciones unitarias anteriores a su llegada.[8]​ Caído el resto del país en poder federal, ambas provincias del norte sabían lo que se les venía encima. Ayudados por el tradicional apoyo al centralismo unitario de parte del pueblo, prepararon su defensa y demostrarían ser huesos duros de roer.[15]

Lamadrid rechazo los ataques de los santiagueños en Salta. Esto significó una preocupación tal para las autoridades salteñas que se negaron a enviar los 3.000 hombres que Lamadrid pedía desesperadamente de refuerzo.[14]​ Además, López rechazó a Juan Felipe Ibarra y sus 1.500 santiagueños en Río Hondo el 20 de octubre, obligándolo a regresar a Santiago del Estero.[16]​Quiroga envió a su segundo, el coronel Juan de Dios Bargas, a enfrentar a los unitarios en Catamarca, pero este fue derrotado en Miraflores. Entonces el mismo Quiroga se puso al frente de sus hombres y avanzó hacia Tucumán, persiguiendo a Lamadrid.

El 3 de noviembre al mediodía hubo un principio de batalla en Famaillá, pero las tropas federales fueron detenidas por la espesa selva. A la mañana siguiente, ya en la Ciudadela, Quiroga dividió sus fuerzas en dos mitades y cada una en dos cuerpos,[3]​ la izquierda, al mando del general José Ruiz Huidobro, y la derecha, al mando de Martín Yanzón y Nazario Benavídez, que serían después gobernadores de la provincia de San Juan.[4]​ Las fuerzas de Lamadrid iban al mando de Javier López (ala izquierda apoyada en una zanja) y Juan Esteban Pedernera (ala derecha apoyada en La Ciudadela). En el centro tenía una nutrida infantería y tres baterías de artillería cuyo fuego causaría estragos en el enemigo.[3]​ Otros coroneles destacados serían Juan Arengreen, José María Aparicio y José Félix Correa de Saá. La mayoría de la oficialidad unitaria era veterana de las victorias de Paz en San Roque, La Tablada y Oncativo.[4]​ El plan de Quiroga era flanquear al enemigo con su superior artillería y rodear su bien posicionado centro.[3]

La batalla se desarrolló durante dos horas y media, sin decidirse para ninguno de los dos bandos, y varias veces la victoria pareció a punto de declararse a favor la Lamadrid. Pero Quiroga traía personalmente de regreso al campo de batalla a cada regimiento que se dispersaba, y lentamente quedó claro que la victoria quedaría para las fuerzas federales ya que los subordinados del caudillo lo obedecían incondicionalmente.[17]​ Por otro lado, los unitarios se celaban mutuamente, Lamadrid no tenía la autoridad como para hacerlos obedecer a todos y al final cada oficial hizo con su unida lo que quiso.[4]​ En consecuencia, la ventajosa posición de los tucumanos, un cinturón de fuego formado por la artillería y la infantería atrincheradas alrededor del castillo,[4]​ fue poco importante en el resultado.[17]​ Quiroga cargo con sus tropas contra la artillería con la intención de neutralizarla.[17]​ De los mil dragones a caballo que lo acompañaron en la batalla, solo cuatrocientos sobrevivieron a las cargas contra un ejército muy superior, de las tres armas y perfectamente pertrechado.[11]​ Finalmente, ordena a una de sus alas flanquear al enemigo y atacar la infantería de Lorenzo Barcala, obligando a su rival a usar todas sus reservas en contener ese ataque.[9]​ Los infantes formaron un cuadro pero empezaron a caer ante sus enemigos.[3]​ Entonces el riojano decidió encabezar el mismo una nueva carga apoyado por Ibarra y Reynafé, aunque serían necesarias dos horas para derrotar a los unitarios.[9]​ Lamadrid achacó la derrota a las dudas que tuvieron algunos de sus coroneles al ordenárseles atacar, sobre todo Pedernera.

Los unitarios sufrieron un total de más de mil muertos y más de cuatrocientos prisioneros.[18]​ La caballería escapo con sus oficiales a Salta, mientras la infantería -preparada por Paz en Córdoba- se rindió y paso a los federales.[11]​ Unos treinta y tres oficiales unitarios capturados fueron ejecutados.[1]​ Se desconoce el número exacto de muertos en el campo federal, pero fueron tal altas que toda posibilidad de invadir Salta quedaba descartada.[7]​ Entre ellos estaba el coronel Bargas y otros tres oficiales. Como escribió Quiroga en el parte de la victoria:[19]

Desconfiando de Estanislao López, con su división menguada y temiendo sufrir como los españoles con la Guerra Gaucha si intentaba invadir Salta, Quiroga terminó por renunciar al mando pero esto fue rechazado por sus superiores, Rosas y López.[7]​ El gobernador salteño, Rudecindo Alvarado, pudo aprovechar la debilidad de su enemigo para acabar con él, contaba con armas, hombres y el apoyo boliviano pero tras enterarse del resultado de La Ciudadela supo que estaba solo contra los federales e inicio negociaciones de paz.[20]

Lamadrid y la mayor parte de sus oficiales intentaron refugiarse en Salta, pero el gobierno provincial se negó a organizar un nuevo ejército para oponer a Quiroga, y debieron huir a Bolivia. La victoria federal terminó por varios años con los intentos del partido unitario de controlar la Argentina. A finales de ese año los aliados de Quiroga controlaron la provincia de Salta.

El 2 de diciembre, los gobernadores de La Rioja y Salta firmaron en Tucumán un acuerdo de paz, en el que la segunda provincia se comprometía a seguir políticas claramente federales y a pagar los costes de la guerra a la primera.[21]​ El general Alejandro Heredia fue elegido gobernador de Tucumán, y por su influencia el gobierno salteño fue asumido por el federal Pablo Latorre; años más tarde, el mismo Heredia expulsaría del gobierno a Latorre.[22]​ Gracias a la influencia de su gobernador, Tucumán no tuvo que pagar indemnización.[21]​ Los dirigentes más destacados del partido unitario tucumano fueron obligados a pagar las contribuciones de guerra exigidos por Quiroga, pero éstos no fueron saldados en su totalidad debido a la amistad de Heredia y Quiroga. También la provincia de Catamarca fue obligada a pagar una costosa reparación por la guerra a los riojanos.[21]​ Igualmente fue obligada a pagar la vecina de Santiago del Estero como muestra de la hegemonía que había conseguido Quiroga en el noroeste del país.[21]​ Mientras sigilosamente Heredia extendía sus lazos a Catamarca y Santiago del Estero, pero con asperezas y lentitud se adhería a la Liga del Litoral de Rosas.

Los gauchos apoyaban a Quiroga y López, y estos por un juego de alianzas a Rosas, quien resultaba más un negociador que un guerrero (como se vio en Caseros).[23]​ Tras la guerra se iniciaba un triunvirato entre los caudillos, pero tras la muerte de los dos primeros el porteño Rosas surgiría a finales de esa misma década como el amo absoluto de la Confederación.[24]

Por esa época una comisión de salteños y jujeños llegaba a La Paz para solicitarle a Andrés de Santa Cruz su anexión a Bolivia, país mucho más estable en ese entonces que la confederación.[25]​ Quiroga tuvo que mover los hilos de la diplomacia y sus influencias para impedir un conflicto en que el presidente boliviano intentara expandir sus fronteras sobre Salta y Tucumán, como venía planeándolo desde antes de La Ciudadela.[20]​ Santa Cruz había declarado estar dispuesto a proteger una provincia «soberana e independiente», lo que hubiera sido la excusa para intervenir e invadir el territorio, sin embargo, la guerra que estalló en el Perú le obligó a cambiar de prioridades.[20]​ Pero los conflictos entre ambas repúblicas no pararon durante la década.

Heredia veía la amenaza que se cernía sobre su provincia (además de Jujuy y Salta) y solicitó constantemente apoyo político y militar a Rosas, pero aquel siempre desestimó el poder boliviano, aunque también estaba interesado en anexarse Tarija le movía más el deseo de enfrentar a los unitarios exiliados en Bolivia y que eran el principal apoyo a las ambiciones de Santa Cruz.[26]​ Más interesado en la integridad nacional frente al expansionismo boliviano, Heredia mantendrá una política más tolerante con los unitarios, permitiendo incluso que lleguen al poder en Salta en 1835 a fin de negárselos como aliados a Santa Cruz. Esto motivara a Rosas a planear una expedición contra dicha provincia pero el tucumano lo convencerá de no hacerla.[26]​ Aunque esta política no impedirá un intento de invasión de los opositores de Heredia a Tucumán un año más tarde con apoyo boliviano y unitario, el tucumano seguirá con su estrategia (Santa Cruz esperaba que dichos opositores, una vez en el poder, facilitarían su deseo de anexarse en noroeste argentino).[26]​ Finalmente, para 1837 Heredia unificaría todo el noroeste bajo su poder, justo cuando estallaría el conflicto abierto contra Santa Cruz.



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