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Caída de Tenochtitlán



El Sitio de Tenochtitlan (1521), la capital del la Confederación del Anáhuac, fue llevado a cabo mediante la negociación entre los clanes locales y las divisiones anti-mexicas existentes y el conquistador español Hernán Cortés. Muchas batallas existieron entre los mexicas y los españoles, que ocurrieron principalmente en las ciudades de Cempoala, Texcoco y Tlaxcala.

El episodio final tuvo lugar en Tenochtitlan, batalla que marcó la caída de los Mexica y el inicio de lo que sería el México mestizo de hoy y que marca el final de la primera etapa de la unión del mundo europeo y el mesoamericano, siendo la victoria de los aliados parte de la colonización española de América.

Tras la Batalla de Otumba en julio de 1520, los restos del ejército español de Hernán Cortés y sus aliados tlaxcaltecas alcanzaron las tierras de estos últimos, donde pudieron guarecerse. Días después el emperador Cuitláhuac envió seis emisarios a los tlaxcaltecas proponiéndoles la paz a cambio de la entrega de Cortés y sus hombres, pero estos rechazaron su idea y en su lugar acordaron una nueva alianza con los españoles para reconquistar Tenochtitlan. A pesar de la abierta oposición de Xicohténcatl II Axayacatzin, opuesto a los españoles, su padre Huehue Xicohténcatl I y Maxicatzin pactaron la alianza con Cortés.[11]

En Tenochtitlan, Cuitláhuac nombró a Atlacótzin —nieto de Tlacaélel— como su nuevo cihuacóatl y a Cuauhtémoc como teotecuhtli o sumo sacerdote. La Excan Tlahtoloyan o Liga del Anáhuac fue restablecida, Tetlepanquetzaltzin asumió el trono de Tlacopan y Coanácochtzin el de Tetzcuco. El 7 de septiembre de 1520, durante los festejos de la coronación del nuevo huey tlatoani, fueron sacrificados los prisioneros españoles y algunos de los caballos que habían sobrevivido al episodio de la Noche Triste, sus cabezas fueron colocadas de forma alternada en el tzompantli del Huēy Teocalli o Templo Mayor. Sin embargo el gobierno de Cuitláhuac solo duró hasta el 25 de noviembre, en esa fecha el huey tlatoani murió a consecuencia de la epidemia de viruela que había comenzado a diezmar a la población indígena y que había comenzado a esparcirse por un esclavo africano que había llegado enfermo en la expedición de Narváez.

A fin de restablecer sus fuerzas, Cortés se dedicó a recabar ayuda contra los mexicas, ya fuera por la fuerza de la negociación o de las armas, y el primer gran aliado sería el estado de Texcoco, irónicamente un antiguo integrante de la Triple Alianza junto con Tlacopan y la misma Tenochtitlan. Debido a que la previa rebelión mexica contra Cortés había sido azuzada precisamente por el señor de Texcoco, el difunto Cacamatzin, Cortés colocó como siguiente señor al mayor enemigo de Cacamatzin, su hermano Ixtlilxochitl II, que era afín a los españoles y opuesto al centralismo imperial azteca. Algunas facciones texcocanas, sin embargo, continuaron siendo leales a Tenochtitlan.

Cortés debió también ocuparse de solventar disturbios entre sus tropas ibéricas también. El campamento estaba dividido: algunos apoyaban el ataque de Tenochtitlan por venganza o ambición, mientras que otros sólo deseaban abandonar la conquista, o al menos regresar a Veracruz y esperar refuerzos allí. Cortés se encargó de convencer a esta segunda facción, ya que la suerte de toda su empresa dependía de terminar lo que habían empezado. Al haber desafiado al gobernador de Cuba Diego Velázquez de Cuéllar, desobedeciendo sus órdenes y asimilando a su fuerza punitiva comandada por Pánfilo de Narváez,[12]​ el conquistador era consciente que, de regresar bajo compromiso, sería considerado un traidor a España y juzgado como tal, mientras que todo sería perdonado si derribaba el imperio mexica y lo convertía en territorio español.[3]

Cortés invirtió los primeros meses de su ofensiva en someter o aliarse con pueblos tributarios de los aztecas, como Tepeyac, Yauhtepec y Cuauhnahuac. Sabedor ahora de que los puentes de Tenochtitlan le suponían un terreno densamente desventajoso, Cortés ordenó la construcción de trece bergantines cañoneros que le servirían para controlar los lagos circundantes. Los navíos se ensamblaron en la base aliada de Tlaxcala, a cargo del maestro armador Martín López, mientras Cortés recibía en Veracruz a tres barcos de suministros que iban originalmente dirigidos a Narváez. También adjuntó a sus fuerzas pequeñas expediciones mandadas por el gobernador de Jamaica, Francisco de Garay, con destino a Panuco, así como otro contingente aliado tlaxcalteca enviado por Xicohténcatl el Viejo al mando de Chichimecatecle. En Navidad de 1520, Cortés hizo desplazar sus fuerzas y barcos a una ciudad aliada mejor situada, Texcoco, desde la que podría acceder al mayor de los lagos.[13]

Durante este tiempo, la capacidad de los mexica de operar se había visto poderosamente reducida debido a la epidemia de peste y a la inestabilidad política de la sucesión, pero el regente Cuauhtémoc se vio capaz de enviar a cuatro expediciones 10.000-20.000 guerreros para tratar de impedir la toma de las ciudades tributarias. Estas fuerzas fueron derrotadas, en muchos casos por los propios aliados indígenas de Cortés, lo que ayudó a recuperar la moral de los españoles y a disipar el terror que los indígenas tenían hacia sus antiguos señores aztecas.[3]​ Tras asegurar en marzo de 1521 el control de Chalco, Tlamanalco y Huaxtepec, Cortés envió prisioneros a Cuauhtémoc con el mensaje de que los dominios aztecas ahora le pertenecían y que Tenochtitlan estaba acorralada. En abril, reuniéndose con los caciques locales para aglutinar sus fuerzas, Cortés capturó la última ciudad portuaria de Xochimilco, en la que fue derribado del caballo y habría perdido la vida si no fuera por Cristóbal de Olea (no confundir con Cristóbal de Olid), y poco después repelió un asalto de 17.000 aztecas que intentaron recapturar la ciudad. Poco después encontró evacuados y desiertos los señoríos de Coyoacán, Tacuba, Atzcapotzalco y Cuauhitlan.[13]

A su retorno a Texcoco, que había quedado bajo el mando de Gonzalo de Sandoval, Cortés descubrió un complot para acabar con su vida e hizo ahorcar al cabecilla, Antonio de Villafana, tras lo que se acostumbró a moverse en todo momento con seis guardaespaldas encabezados por Antonio de Quiñones. A continuación, subastando a los esclavos mexicas que les quedaban, el español preparó a su contingente para el ataque final. Contaba con alrededor de 1300 soldados españoles, dotados de 100 caballos, así como de cerca de 200.000 guerreros de los señoríos Tlaxcala, Texcoco, Totonacapan, Xochimilco, Tlatlauquitepec, Huexotzinco, Atlixco, Cholula, Chalco, Alcohua y tepanecas, entre otros. Todas estas poblaciones eran rivales o antiguos tributarios de los aztecas, y sus integrantes estaban enardecidos a tomar la ciudad para cobrarse la venganza de siglos de tiranía. La única disensión sucedió cuando Xicohténcatl II Axayacatzin desertó de la alianza, debiendo ser apresado y ahorcado el 12 de mayo cuando su padre advirtió a Cortés de que planeaba adueñarse del trono y volverse contra los españoles.[13]

El 22 de mayo, Cortés inició el ataque dividiendo a sus fuerzas. A Pedro de Alvarado, acompañado de su hermano Jorge, Gutiérrez de Badajoz y Andrés de Monjaraz, le ordenó posicionarse con parte de los tlaxcaltecas en Tacuba; Cristóbal de Olid, secundado por Andrés de Tapia, Francisco Verdugo, y Francisco de Lugo, fue puesto en cargo de Coyohuacan con otra hueste de Tlaxcala; Gonzalo de Sandoval, junto con Luis Marín y Pedro de Ircio, lo fue de Ixtlapalapan, otra localidad estratégica, apoyado por guerreros de Chalco y Huexotzinco; y el propio Cortés, por último, se puso al mando de la flota de bergantines.[3][13]​ Las mujeres soldado del contingente español, como Isabel Rodríguez, Beatriz de Palacios y Beatriz Bermúdez de Velasco, se unieron también en estas compañías.[14]

Las fuerzas al mando de Alvarado y Olid se desplazaron a Chapultepec a fin de cortar el suministro de agua de los aztecas, ya que la mayor parte de este llegaba a Tenochtitlan desde acueductos situados allí. En el transcurso de la misión se toparon con las tropas aztecas cerca del puente de Tlacopan, resultando en una escaramuza en la que españoles y tlaxcaltecas debieron detenerse ante el fuego enemigo, llegado desde guerreros en tierra y tripulantes de canoas en el agua.[13][15]​ Al mismo tiempo, las embarcaciones de Cortés se topaban con otra flotilla de casi un millar de canoas, a las que vencieron gracias a una brisa favorable. Cortés se reunió con las fuerzas de Olid para reagruparse.[15]

Cortés comenzó un avance conjunto por los puentes, utilizando los bergantines para invalidar el empuje naval mexica y mover refuerzos a donde fuera necesario. Sin embargo, este plan fue deducido por Cuauhtémoc, que mandó construir trampas y estacadas en tierra y agua para tratar de detener a la flota y la caballería españolas.[13]​ Cortés comprobó que era inútil emplear ataques relámpago para degradar estas defensas, ya que los aztecas aprovechaban sus retiradas nocturnas para recuperar valerosamente los puentes y barricadas que perdían por el día. Por ello, cambió de planes, ordenando a las tropas que acamparan en los propios puentes sin retirarse y que los jinetes durmieran con los caballos ensillados y preparados.[13]​ Mediante paciencia y tenacidad, las huestes españolas y tlaxcaltecas comenzaron a ganar terreno de manera consistente hacia la ciudad.[3]

Con el control de los puentes, los sitiadores se aseguraron de que dejara de llegar reaprovisionamiento fluvial a la ciudad, empleando botes pequeños para combatir a los convoyes de canoas. Sin embargo, la defensa mexica no cejaba, y en un determinado momento tendieron una emboscada a los guerrilleros, abatiendo a los capitanes Juan de la Portilla y Pedro Barba junto con gran cantidad de tlaxcaltecas.[13]​ Precaviéndose de intentos posteriores, Cortés se enteró de otra emboscada tras interrogar a dos capitanes aztecas capturados, por lo que tendió una contraemboscada que se saldó con numerosas muertes y prisioneros. Tras este revés, los aztecas dejaron de emprender celadas, y algunas poblaciones de la costa, como Iztapalapa, Churubusco, Culiacán y Mixquic se rindieron.[13]

El día de San Juan, Cuauhtémoc ordenó marchar contra los tres campamentos simultáneamente. En medio de la refriega, Pedro de Alvarado se vio obligado a ejecutar una temeraria carga de caballería por el puente que cruzaba el lago de Texcoco (hoy en día conocido como Puente de Alvarado en Ciudad de México), en donde se vio rodeado de canoas bloqueando su retirada. Alvarado y ocho jinetes lograron escapar con sólo heridas, pero cinco fueron capturados vivos por los aztecas y llevados a los templos cercanos para ser sacrificados, cuya algazara podía ser vista desde las líneas aliadas. Cortés decidió llevar a cabo una represalia inmediatamente, pero los aztecas descubrieron un hueco en su avance y causaron grandes bajas en sus filas, hasta el punto de que el propio Cortés fue capturado y sólo pudo escapar gracias al sacrificio de su mayordomo Cristóbal de Guzmán y de Cristóbal de Olea (quien ya le había salvado la vida anteriormente en Xochimilco). Alrededor de sesenta españoles fueron tomados y sacrificados de nuevo.[6]

En los espacios entre los combates, Cuauhtémoc utilizó tácticas de guerra psicológica contra los sitiadores, no sólo sacrificando a prisioneros en las posiciones más visibles cada noche, sino también mandando arrojar las cabezas, las manos, los pies y las pieles de las víctimas a los campamentos enemigos. El cronista Bernal Díaz del Castillo llegó a describir que los aztecas cometían canibalismo, devorando los restos de los cadáveres ya fueran españoles o indígenas.[13]​ Como resultado de estos actos, los cristianos tomaron la costumbre de dar gracias a Dios, al final de cada día de batalla, por no haber sido capturados y sometidos a los mismos tormentos. A causa de los continuos combates sin avance previsible, los ejércitos de varios estados aliados abandonaron el sitio, aunque no cambiaron de bando, ya que su odio hacia los mexicas no había hecho más que crecer por las afrentas a sus cautivos.[6]

Sin ceder a este revés, Cortés cambió de estrategia y ejecutó un estancamiento con las tropas que le quedaban. Dejando transcurrir el tiempo para que las provisiones en Tenochtitlan se vieran mermadas, mandó demoler todas las ciudades cercanas y transportar los escombros para llenar canales y cerrar calzadas y puentes, montando posiciones defensivas desde las que hostigar a los mexicas.[6]​ Además, sus ingenieros descubrieron un método para quebrar las estacadas fluviales mexicas, lo que permitió a los bergantines maniobrar libremente en los lagos. Tras doce días de cuidadosas victorias, varias de las tribus aliadas regresaron al lado español.[13]​ Cuauhtémoc atrajo a su causa a gentes de Matlazingo, Malinalco y Tulapa, que atacaron a los sitiadores por la retaguardia, pero Gonzalo de Sandoval y Andrés de Tapia, saldándose con la captura de dos de los caciques de Matlazingo.[13]

Con esta nueva estrategia, las tornas comenzaron a decantarse del lado de los españoles, ya que el sitio de Tenchtitlan y los cada vez mayores bloqueos causaron la hambruna entre aztecas. Desesperado por romper un punto de la red, Cuauhtémoc organizó un ataque a gran escala al campamento de Alvarado en Tlacopan, pero fueron rechazados. Varios de los pocos estados tributarios que les quedaban se pasaban al lado de los sitiadores, ya que las tropas de Cortés les hostigaban y trataban de atraer con negociaciones, aplastando a toda población que se negaba para así dar ejemplo al resto. A fin de incrementar la escasez de los ciudadanos de Tenochtitlan, los atacantes abatían incluso a los que se atrevían a pescar en los lagos.[3]​ La situación en la ciudad era crítica, ya que el hambre y la peste les diezmaban, y la poca agua que podían beber era sucia y les causaba disentería. Se dice incluso que, a falta de nada comestible, comenzaron a comer maderas, cueros y arcillas.[16]

Los españoles y los aliados que les quedaban avanzaban cada vez más hacia la ciudad, aunque la resistencia azteca seguía siendo encomiable y les dificultaba la victoria. Esta, sin embargo, se acercó decisivamente con la llegada de una serie de suministros desde Vera Cruz, permitiéndoles preparar el asalto final.[3][13]

Cuando Cortés divisó el momento propicio, ordenó el ataque final contra las posiciones de la ciudad, mandando a las tropas de los tres campamentos que tomaran el distrito de Tlatelolco, la entrada a Tenochtitlan. La compañía de Alvarado llegó primero, capturando el baluarte azteca y plantando la bandera española en la cúspide del templo de Huichilopotzli, mientras que las partidas de Cortés y Sandoval se unieron tras cuatro días más de lucha.[13]

Una vez los sitiadores accedieron al recinto, los aztecas custodiaron su ciudad con ardor en un lapso de guerra urbana, pero fueron derrotados a causa de su debilitamiento, y algunos de ellos optaron por volver atrás y sacrificar a todos los prisioneros que encontraron. Del resto, muchos aprovecharon el caos para escapar de la ciudad antes de que la resistencia de la mayor parte de los distritos fuera doblegada. En aquel momento, viéndose por fin capaces de vengarse de la centenaria opresión azteca, los aliados indígenas de Cortés procedieron a ensañarse con la población de la ciudad, masacrando a los ciudadanos y capturándolos para ser sacrificados en sus propios templos, hasta el punto de que se dice que 15.000 mexicas fueron apiolados sólo el primer día. Cortés había dado órdenes a los aliados indígenas de no excederse, pero la enorme superioridad numérica de éstos les volvía imposibles de controlar para los españoles.[6]

Cuauhtémoc y sus allegados resistían en una sección de la ciudad que no había caído aún. Al ver próxima la derrota, su consejo de nobles le impelió a emprender negociaciones de paz con los españoles, pero estas resultaron infructuosas, y a su término Cortés ordenó a Sandoval asaltar el último bastión azteca. Los últimos cientos de canoas de guerra mexicas fueron echadas al agua, donde los bergantines españoles las interceptaron y destruyeron.[6]​ El mismo Cuauhtémoc trató de huir por su cuenta, cargando con su tesoro y su familia en cincuenta piraguas, pero fueron capturados por un bergantín español al mando de García Holguín. Así, el 13 de agosto de 1521 de la cuenta juliana, correspondiente al día 1 Coatl del año 3 Calli del mes Tlaxochimaco o también se dice de Xocotlhuetzi para los anahuacas,[17][18]​ Tenochtitlan se declaró tomada por fin.[13]

Cuando Cuauhtémoc fue traído ante Cortés, este demandó el oro perdido durante La Noche Triste. Sólo bajo intensa tortura el señor azteca habló, confesando que habían arrojado los tesoros al lago.

En los siguientes tres días, casi toda la nobleza de la ciudad estaba muerta, y los supervivientes restantes eran en su mayoría niños muy jóvenes. Se estima que 240.000 mexicas murieron durante el asedio, que duró ochenta días, por su parte Cortés cifra las muertes en 67.000 por combate y 50.000 de hambre.[19]​En las fuerzas españolas, sobrevivieron 900 soldados, 80 caballos, 16 piezas de artillería y 13 bergantines.[3]

Es comúnmente aceptado que los aliados indígenas de Cortés, que podrían haber sumado hasta 200.000, fueron los principales responsables del éxito, aunque su ayuda pasó virtualmente inadvertida en fuentes históricas tardías. Dado que varios grupos grandes se contaban entre los aliados, ninguno en particular fue capaz de alzarse con el poder, algo de lo cual se benefició Cortés.[11]​ Los fieros combates que se sucedieron fueron relatados por Francisco López de Gómara y Bernal Díaz del Castillo.



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