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Hyacinthe Sigismond Gerdil



Hyacinthe Sigismond Gerdil fue un cardenal, célebre escritor, filósofo y teólogo. Nació el 23 de junio de 1718 en Samoens, pequeña ciudad de Saboya.

Recibió su primera educación en el seno de su familia y más tarde frecuentó las escuelas de los bernabitas de Thonon y de Annecy, en donde se señaló bien pronto por su precoz ingenio. Iba frecuentemente en compañía de su padre a Ginebra, en donde sostenía frecuentes discusiones con los calvinistas, siendo su obra predilecta la Historia de las Variaciones de Bossuet que citaba casi de continuo. En 1732 ingresó en el noviciado de los bernabitas de Bonneville, y concluido este fue enviado a Bolonia a estudiar teología. Allí se hizo notar del célebre Arzobispo Lambertini, más tarde Benedicto XIV, quien se valió de la pluma del joven bernabita para su obra de Servorum Dei beatificatione et de Beatorum canonizatione. Allí también, bajo la dirección del célebre Corticelli, aprendió la lengua italiana con tanta perfección que llegó a serle tan familiar como la francesa que era la suya propia, dando de ello una señalada prueba en su primera obra, escrita en italiano con el título de Introducción al estudio de la religión, que dedicó a Benedicto XIV. Su espíritu siempre activo abrazó con una energía increíble todos los ramos de los conocimientos humanos, ganándose la amistad y estimación de los sabios más notables de Bolonia, de Bianconi, Zanutli, Manfredi, además de Lambertini, ya citado.

En 1735, a la edad de 19 años, fue nombrado profesor de filosofía en Macerata, y eclipsó bien pronto a los demás profesores sin pretender hacer patente su superioridad. Su carácter amable y dulce le granjeaba el afecto de todos así como su talento y su saber inspiraban admiración; por esto, cuanto menos quería ser conocido, tanto más era buscado por los sabios. De Macerata pasó a una cátedra de filosofía a Caral Monferrato, en donde fue conocido de la familia real y llamado en 1740 a Turín fue creado secretario de la academia fundada por Víctor Amadeo, duque de Saboya. En 1747 y 1748 publicó algunos escritos que le aseguraron el nombre de filósofo inteligente. El plan de vida que se propuso entonces y al que siempre fue fiel se redujo a dos puntos: combatir la herejía y defender la doctrina católica. Había estudiado y conocía a fondo los sistemas de Locke, Spinoza, Descartes y Malebranche, y combatió vigorosamente a los pseudofilósofos de Francia, conquistándole su obra Historia de la antigua filosofía griega, los sufragios del sabio Brucker, quien se valió de las investigaciones de Gerdil sobre las escuelas jónicas y pitagóricas.

Más tarde protestó en una carta fechada en Turín el 7 de abril de 1769 contra las aserciones del sabio alemán, que pretendía haber sentado Gerdil que no existía diferencia alguna esencial entre la doctrina de la creación y la de la emanación, igualmente admitida por muchos Padres de la Iglesia. También fueron muy apreciadas por los sabios las obras de física y matemáticas que publicó Gerdil, prodigándole por ellas grandes elogios Mairan y d'Alambert en sus cartas de 26 de julio de 1754 y 4 de octubre de 1755.

El sabio bernabita tenía que evacuar una infinidad de negocios además de sus numerosas ocupaciones como profesor y como escritor. Era confesor del Arzobispo, provincial de los colegios de su orden en Cerdeña, teólogo arzobispal y consultor del Cardenal de Lanza, y querían elegirle general cuando a instancia de Benedicto XIV, el Rey Carlos Manuel III le encargó la educación de su hijo el Príncipe del Piamonte, luego Carlos Manuel IV. Gerdil desempeñó su cometido con prudencia, celo y buen éxito y su real pupilo le honró siempre como a un padre.

En los intervalos que este cargo le dejaba libres compuso una serie de pequeños tratados pedagógicos y escritos especiales para el joven Príncipe: una Lógica abreviada, una Historia de la filosofía, una Exposición de los principios más generales de metafísica, varios compendios de Historia, una Introducción a las instituciones de Justiniano, etc.

Unía Gerdil a su profunda ciencia una verdadera piedad, y con razón se le comparó en su cargo de preceptor a Bossuet y a Fenelon. Su discípulo perseveró durante el tiempo de prueba constante en los principios que su maestro le había inspirado y habiendo resignado la corona en 1802 entró en la Compañía de Jesús y falleció en Roma el 1819.

Gerdil vivía muy retirado en la corte; las rentas de la rica abadía que se le había dado, las destinaba al socorro de los necesitados y cuando su fama se había extendido por toda Italia, él solo parecía ignorarlo. Cuando Pío VI le llamó a Roma, le nombró consultor del Santo Oficio y le consagró Obispo de Dybonne, proclamándole Cardenal el 15 de diciembre de 1778, dignidad para la cual le tenía ya reservado in pello Clemente XIV. Bien pronto el nuevo Cardenal fue nombrado prefecto de la Propaganda, protector de los maronitas y miembro de la mayor parte de las congregaciones del sacro colegio, sin que estas dignidades le impidieran trabajar con asiduidad en la corrección de los libros litúrgicos de los orientales y en dar a luz numerosos escritos teológicos principalmente contra Eybel, Febronio y el sínodo de Pistoya. Queriendo oponerse directamente y de una manera positiva, con su ejemplo, al mal efecto de esta asamblea, hizo presidir por su vicario general un sínodo diocesano en su abadía exenta de San Michele della Chiusa en Cerdeña, en septiembre de 1789 cuyas excelentes constituciones se hallan en el volumen XIX de la edición romana de sus obras completas.

El palacio de Gerdil en Roma era el punto de reunión de to los sabios; su espíritu lúcido y penetrante, enérgico y capaz brillaba en las cuestiones más difíciles y por otra parte sus costumbres eran tan sencillas ahora como siempre permaneciendo pobre bajo el brillo de la púrpura. Después de la ocupación de Roma por el general Berthier, en febrero de 1798, se vio obligado a abandonará Roma que había llegado a ser para él una segunda patria, siéndole preciso vender su preciosa biblioteca para atender los gastos del viaje.

Resignado y animoso en su desgracia se dirigió a Siena junto a la persona de Pío VI pero no le fue permitido gozar de tan santa compañía. Con los socorros de sus dos generosos amigos el Cardenal español Lorenzana y el Arzobispo de Sevilla, Despuig, marchó al Piamonte y desde Turín se dio a conocer en una circular de 14 de agosto de 1798 como delegado apostólico, manifestando los poderes extraordinarios de que a petición del Rey, le había investido el Papa durante su ausencia de Roma. Desde aquí pasó a su abadía della Chuisa y retirado en su seminario vivió en una penuria extrema bajo el enorme peso de sus ochenta años, ocupado en la oración y el estudio pero manteniéndose su espíritu siempre alegre, dispuesto y tranquilo.

En diciembre pasó a Venecia al cónclave. Un gran número de votos se reciñeron en él y ya temblaba ante la inmensa carga que le amenazaba, cuando movidos los Cardenales por la exclusión que Austria hizo valer contra el súbdito del Rey de Cerdeña y más aún contra un francés y considerando además la avanzada edad del Cardenal Gerdil, cambiaron de opinión. Gerdil siguió al nuevo Papa Pío VII a Roma, y después de haber publicado muchas de sus obras en Venecia, murió a consecuencia de una enfermedad de 25 días el 12 de agosto de 1802 a la edad de 84 años, dulce, en una celda del convento de Bernabitas El llanto fue general y se honró su memoria con una medalla acuñada en su honor y un epitafio compuesto para el monumento erigido en la iglesia de su orden por el padre Fontana, general de las Bernabitas (después Cardenal) quien pronunció también su oración fúnebre.

Durante sesenta años había sido Gerdil infatigable defensor de la iglesia y elevó a su gloria innumerables y excelentes escritos. Desde 1781 a 1794, el Padre Toselli publicó una edición en seis volúmenes en Bolonia, pero Fontana desde 1806 a 1809 y Grandi en 1819, publicaron en Roma ediciones mucho más completas en veinte gruesos volúmenes en 4.*, que sin embargo no contienen aun todas las obras de Gerdil, pues muchos de sus manuscritos se perdieron en los últimos años de su vida. Las obras del sabio Cardenal están escritas en francés unas, en italiano otras y otras en latín, y tratan de todas las materias de los conocimientos humanos: se las puede clasificar del medo siguiente:

Deben finalmente citarse entre sus obras bajo el punto de vista de la historia:

Wetzer (1868). Diccionario enciclopédico de la teología católica: redactado por los mas sabios profesores y doctores en teología de la Alemania católica moderna. Filostorge-German. imprenta de J. Fernández y Cía. pp. 449-. 



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