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Sarcófagos



Un sarcófago es un recipiente, generalmente tallado en piedra, destinado a contener un cadáver. En el Antiguo Egipto, los sarcófagos de la realeza albergaban al menos un ataúd, generalmente de madera, donde se custodiaba la momia del difunto que previamente era sometido a un proceso de embalsamamiento.

Procede del latín sarcophagus, siendo este la transcripción de σαρκοφάγος, palabra griega compuesta σαρκος - φαγος, que en castellano se traduciría como «el que devora la carne». La palabra proviene de la expresión lithos sarkophagos (λιθος σαρκοφάγος). La explicación del nombre surge con Eratóstenes y la recoge Plinio el Viejo. Comentan que el nombre se debía a que los griegos los construían con un tipo de piedra calcárea muy porosa procedente de las canteras de Asos, en la Tróade, que en poco tiempo consumía los cadáveres.[1][2]

Muchos sarcófagos fueron construidos para permanecer en mausoleos, templos o criptas visitables, y por tanto solían estar elaborados, tallados, o adornados esmeradamente.

En el Antiguo Egipto el sarcófago estaba relacionado con los rituales de embalsamamiento y momificación, tendentes a conseguir la vida eterna. Los sarcófagos eran depositados en mastabas, pirámides, hipogeos, y otros tipos de sepulturas o edificaciones funerarias. Son destacables los sarcófagos antropomorfos elaborados en piedra, oro, plata o madera policromada. Es célebre el de Tutankamon (Tut-anj-Amón), faraón de la dinastía XVIII, descubierto por Howard Carter en el Valle de los Reyes, frente a Tebas. Estaba elaborado en cuarcita y albergaba tres ataúdes y la momia, que portaba una máscara funeraria de oro y piedras preciosas.[3]

En Etruria, durante los siglos III y II a. C., se elaboraron sarcófagos de terracota (como el Sarcófago de los esposos, del siglo VI a. C.).

Los sarcófagos, tanto de metal o yeso así como de piedra caliza, también fueron utilizados por los romanos hasta que apareció la costumbre cristiana del enterramiento en sepulcros, con lo que cayó en desuso el sarcófago.[2]

Ejemplos de sarcófagos paleocristianos:

Con la llegada de la Edad Media, la costumbre de elaborar sarcófagos para los dignatarios y monarcas vestidos con sus regalías más suntuosas, tallándolos yaciendo plácidamente como si durmiesen, cada vez aumentó más. A finales de la Edad Media, y con la llegada del Renacimiento, una serie de símbolos aparecieron paulatinamente, donde leones, perros y otros animales aparecían bajo los pies del difunto tallado, reflejando su supremacía. También junto a los personajes eclesiásticos y laicos, ángeles sostenían un manto por encima de él, o sencillamente portaban el escudo de armas de la familia.

Estos ricos tallados en los sarcófagos fungen como una valiosa referencia para conocer las armaduras y vestimenta de la época, definir la heráldica y simbolismo en torno a esa persona y su dignidad, e inclusive, atrevidamente para definir los rasgos físicos, fisionómicos del personaje histórico.



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