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Shinbutsu bunri



El término Shinbutsu bunri (神仏分離?) indica la prohibición en Japón de fusionar el sintoísmo del budismo, y el esfuerzo de crear una división clara entre el sintoísmo y el budismo por un lado, y de los templos budistas y santuarios sintoístas en otro lado. A finales de la era Edo el sintoísmo y el budismo estaban íntimamente conectados en lo que era llamado shinbutsu shūgō (神仏習合?) al punto en que las edificaciones eran usadas simultáneamente como santuarios sintoístas y templos budistas.

La tendencia de una oposición al budismo fue vista a inicios de la era Meiji como una reacción nacionalista a su expansión[1]​ pero el término usualmente indica al movimiento antibudista que, a partir de mediados de la era Edo, acompañado del confucianismo, el estudio de la literatura y cultura antigua japonesa (o kokugaku), y el nacionalismo sintoísta,[2]​ todos estos movimientos con una visión opuesta al budismo. En un sentido más preciso, el shinbutsu bunri es la política de separación del sintoísmo y del budismo que perseguía el nuevo gobierno Meiji con la Orden de Separación del Sintoísmo y del Budismo (神仏判然令 Shinbutsu Hanzenrei?). Este último evento es de particular importancia histórica, en parte debido a que exacerbó el haibutsu kishaku, un movimiento violento antibudista que durante los años finales del shogunato Tokugawa y durante la Restauración Meiji causó el cierre obligado de miles de templos, la confiscación de sus tierras, el forzado regreso de monjes a la vida común, y la destrucción de libros, estatuas y otras propiedades budistas.[3][2]​ Inclusive campanas de bronce budistas fueron fundidas para fabricar cañones.[2]

Tanto el shinbutsu bunri y el haibutsu kishaku provocaron en esta época un fenómeno que apareció en mayor medida en dominios donde el confucianismo antibudista era prominente, como en los dominios de Okayama, Mito y Yodo. Por ejemplo, en la década de 1660 Tokugawa Mitsukuni de Mito forzó el cierre de miles de templos budistas y ordenó la construcción de un santuario sintoísta por villa.[4]

El gobierno Meiji intentó clarificar la distinción entre el budismo y el sintoísmo con una serie de edictos, y se realizó en varias etapas.

Una primera orden emitida por el Jingijimuka en abril de 1868 ordenó la eliminación del hábito de los shasō (社僧?) y bettō (別当?) (monjes de santuario que celebran ritos budistas en santuarios sintoístas).[1][5]​ Unos días después, el Daijōkan prohibió la aplicación del término budista gongen a los kami japoneses y la veneración de estatuas budistas en los santuarios.[1]​ El tercer paso consistió de la prohibición del término budista Daibosatsu a la deidad sintoísta Hachiman en el Santuario Iwashizumi y el Santuario Usa Hachiman.[1]​ En el cuarto y último paso, todos los shasō y bettō a los que se les retiraron sus hábitos se convirtieron en kannushi (神主? sacerdotes de santuario) y regresaron a sus santuarios.[1]​ También, los monjes de la secta Nichiren no podían referir a sus deidades como kami.[1]

La política de shinbutsu bunri en la era Meiji significó como el primer paso para convertir el sintoísmo en la religión oficial del estado; sin embargo, la idea fracasó debido a la abierta oposición y fue desechado. En 1873 el gobierno admitió que sus esfuerzos de elevar el sintoísmo sobre el budismo fracasaron.[5]​ Sin embargo, el gobierno tuvo éxito en crear la falsa impresión de que el sintoísmo y el budismo en Japón eran completamente diferentes e independientes.

De cualquiera forma, en menos de dos décadas el budismo no sólo se recuperó, sino que se modernizó, convirtiéndose una vez más en una fuerza significativa.[2]​ Esto condujo a la coexistencia del sintoísmo y del budismo como se ve hoy en día.[6]

Los sentimientos antibudistas comenzaron a surgir durante el shogunato Tokugawa, y numerosos grupos tenían razones para oponerse al budismo. El shinbutsu bunri fue visto como una forma de debilitar el budismo y restar su inmenso poder económico y social. Al mismo tiempo, suponía que daba realce al sintoísmo y su culto al Emperador, mientras que estimulaba el orgullo nacional japonés. El movimiento antibudista fue liderado por eruditos confucionistas, neoconfucionistas, sintoístas y del Kokugaku como Toju Nakae, Kumazawa Banzan, Yamaga Sokō, Itō Jinsai, Ogyū Sorai, Norinaga Motoori y Hirata Atsutane.[7]​ Debido a que los motivos eran diferentes y a veces contrastaban, no existió una unidad. De hecho, existieron personas que apoyaban el modernismo, pero que recibían críticas de aquellos que mantenían ideas feudales o un emotivo y simple nacionalismo.[7]

La relación entre el budismo y el shogunato Tokugawa fue compleja. A pesar de que la filosofía oficial estuvo apegada al neoconfucianismo,[8]​ el budismo se convirtió en parte integral del estado como consecuencia de la política de los Tokugawa de perseguir a los cristianos. Para detener la propagación del cristianismo, se introdujo el sistema danka, que obligaba a las familias a afiliarse a un templo budista,[6]​ y a cambio recibían una certificación que confirmaba que no eran cristianos. Sin esta certificación era imposible vivir de manera normal en el Japón de la era Edo.[6]​ Las familias tenían por ley realizar varias obligaciones a través de las instituciones budistas, sobre todo hacer donaciones monetarias al templo afiliado.[6]​ Debido a que existían 100.000 templos en un país de 30 millones de habitantes, existía un promedio de 300 personas que patrocinaban un templo, causando una considerable carga económica.[9]​ Esto causó un descontento general y posteriormente generó en un repudio. El hecho de que el budismo estuvo profundamente arraigado con los shōgun también significó que se había convertido en uno de sus símbolos y en un enemigo de aquellos que buscaban la caída del shogunato. Todas estas facciones anhelaban la caída del budismo y el fortalecimiento del sintoísmo era considerado como una forma de buscar dicho objetivo.

El pensamiento neoconfucionista en Japón enfatizó el uso de la razón y era esencialmente humanística; por lo tanto rechazaba el budismo como superstición.[8]​ También enfatizaba la lealtad al Emperador y fue radicalmente xenofóbica.[8]​ El confucianismo antibudista fue la causa de los sucesos de haibutsu kishaku en los dominios de Aizu, Okayama y Mito durante la era Edo.[3]​ Algunos de los líderes del movimiento neoconfucionista fueron antiguos monjes budistas. Fujiwara Seika, Hayashi Razan y Yamazaki Ansai fueron antiguos monjes Rinzai.[7]

El kokugaku fue una escuela de filología y filosofía japonesa que surgió en la era Edo. Los eruditos del kokugaku preferían el estudio filológico de los antiguos clásicos japoneses en vez del estudio de textos chinos y budistas. Los estudiosos del kokugaku criticaban la moral represiva de los pensadores confucianos y trataron de restablecer la cultura japonesa anterior a la llegada de formas extranjeras de pensamiento y costumbres. Uno de sus exponentes más influyentes fue Norinaga Motoori.

A mediados del siglo XIX, los estudiantes del kokugaku se involucraron en la lucha contra el shogunato y apoyaban al emperador.[10]​ Reclamaban que los antiguos documentos japoneses decían que solamente el emperador era divinamente autorizado para gobernar Japón.[10]

Los modernistas tenían aversión al carácter no científico del budismo y justificaban que drenaba la economía nacional.

A pesar de que los edictos gubernamentales no ordenaban explícitamente el cierre de los templos, la destrucción de propiedades budistas y la eliminación de los hábitos de monjes y monjas budistas, en ocasiones eran interpretadas como tales, y el movimiento haibutsu kishaku se expandió en todo el país con trágicas consecuencias.[1]​ Una gran parte de la población que se sintió afectada económicamente con el sistema danka ( 檀家制度 Danka seido?) participaron en el movimiento. Dicho sistema fue creado por el shogunato Tokugawa con el fin de detener la expansión del cristianismo y obligó a todas las familias a afiliarse y patrocinar un templo budista.[1]

La política de shinbutsu bunri por sí misma fue la causa directa de daños serios a importantes propiedades culturales. Debido a que la sincretización entre ambas religiones se prohibió, los santuarios y templos tenían que donar algunos de sus tesoros, y eso condujo al daño de su herencia cultural y decreció el valor histórico y económico de sus propiedades.[11]​ Por ejemplo, en el santuario sintoísta Tsurugaoka Hachiman-gū de Kamakura, los gigantes Niō ( 仁王?) (los dos guardianes de madera que se encuentran en los lados de la entrada de un templo), que eran objetos de adoración budista y por ende eran ilegales en el santuario, fueron vendidos al templo Jufuku-ji, en donde se encuentran actualmente.[12]​ El santuario también tuvo que destruir las edificaciones relacionadas al budismo, por ejemplo su torre tahōtō (多宝塔?), su midō (御堂?) y su garan (伽藍?).[11]​ Muchos templos budistas fueron simplemente clausurados, como el Zenkō-ji, en el que el ahora independiente Meigetsu-in fue su reemplazo.

Otra consecuencia de la política fue la creación de las llamadas “tradiciones inventadas”.[13]​ Para evitar la destrucción de material ilegal durante las nuevas reglas, los monjes budistas y sintoístas inventaron tradiciones, genealogías y otra clase de información que justificara su presencia.[13]​ Esto conllevó a que el conocimiento de su origen a veces se perdía, causando grandes confusiones entre los investigadores.



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