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Abdicaciones de Bruselas



Abdicaciones de Bruselas es la denominación de los sucesivos actos de abdicación de Carlos I de España y V de Alemania, que tuvieron lugar en Bruselas a finales de 1555 y comienzos de 1556.

Pocos meses después de la muerte de su madre (Juana "la loca", reina nominal de Castilla, Aragón, Navarra y Nápoles, recluida desde 1514 en Tordesillas, murió el 12 de abril de 1555), convocó a los miembros de su familia y, ante los procuradores de los Estados de Flandes y Brabante, rodeado de una gran pompa cortesana, entre el 25 y el 28 ("día de San Simón y Judas") de octubre de 1555, se produjeron las denominadas abdicaciones de Bruselas,[3]​ por las que renunciaba al Imperio en beneficio de su hermano Fernando (la renuncia no fue formalmente aceptada hasta el 3 de mayo de 1558, pero éste ya venía ocupándose de las obligaciones imperiales desde mucho antes -como archiduque de Austria desde 1520 y rey de Romanos desde 1531-) y cedía a su hijo Felipe II (a quien ya había cedido, en 1540, el ducado de Milán y el reino de Nápoles en 1554, y que era rey consorte de Inglaterra por su matrimonio con María Tudor) los territorios flamencos, borgoñones y españoles (junto con el imperio ultramarino y el resto de territorios italianos). El discurso de aceptación de Felipe, que no dominaba ni la lengua francesa ni la flamenca, tuvo que ser pronunciado por Antonio Perrenot de Granvela.[4]

En realidad, la ceremonia que tuvo lugar en octubre en Bruselas únicamente implicaba a los Países Bajos, puesto que para cada territorio se realizó un acto de abdicación diferenciado; por ejemplo, la escritura de cesión de la Corona de Castilla se otorgó en Bruselas a 16 de enero (o de febrero)[5]​ de 1556 ante el secretario Francisco de Eraso,[6]​ (su proclamación se hizo efectiva en Valladolid el 28 de marzo del mismo año, cuando al recibir la notificación de la cesión, los gobernadores -Juana y Carlos, hermana e hijo respectivamente de Felipe II- convocaron en Palacio una asamblea solemne a la que acudieron el embajador de Portugal, el presidente del Consejo, el Almirante de las Indias, los jueces de la Chancillería y otros dignatarios) mientras que la cesión del Franco Condado se formalizó el 10 de junio de 1556, cuando se comunicó a los Estados Generales de este territorio, reunidos en Dole.[5]

Previamente a las abdicaciones, Carlos había cedido a Felipe en 1555 la dignidad de Gran Maestre de la Orden del Toisón de Oro.

Con el objetivo de no interferir en asuntos políticos, y dedicarse a asuntos espirituales, Carlos se retiró al monasterio de Yuste, donde murió a los pocos años (21 de septiembre de 1558). A los pocos meses, la muerte de la reina de Inglaterra María Tudor (17 de noviembre de 1558), esposa de Felipe II, implicó una aún mayor "hispanización" de los planteamientos políticos de este.

Grabado de Frans Hogenberg, siglo XVI.

Frans Francken II, Alegoría de la abdicación del Emperador Carlos V en Bruselas, ca. 1620.

Louis Gallait, Abdicación de Carlos V, 1841.

Algunos días antes de éstos, había el Emperador tratado su determinación y pedido parecer a sus hermanas, la valerosa reina María y doña Leonor, reina de Francia, y ellas, considerando que el gusto del Emperador era retirarse a descansar en España y acabar el resto de la vida, viéndole tan fatigado con sus enfermedades, tan quebrantado de tantos y tan largos trabajos de las continuas guerras y gobierno de sus Estados, no sólo le disuadieron su buen propósito, antes loaron y aprobaron su intención, suplicándole las trajese en su compañía para acabar con él las vidas. Resuelto el Emperador en esto, ordenadas las escrituras que sobre ello había de otorgar, estando juntos los caballeros y procuradores de las ciudades y Estados de Flandres, a 28 de octubre, habiendo oído misa, día de San Simón y Judas, entregó a su hijo, el rey don Felipe, y renunció en él el maestrazgo y señorío del Toisón, que es la Orden de caballería de la casa de Borgoña, encargándole mucho procurase siempre conservar la grandeza y dignidad de aquella insignia militar, mirando la persona y mérito a quien la daba.

Hecho esto comió, y luego bajó a una gran sala aparejada para este acto, vestido de luto por su madre, la reina doña Juana, y con el collar del Toisón, acompañándole su hijo el rey don Felipe, y su hermana, la reina María, y su sobrino Manuel Filiberto, duque de Saboya, y todos los caballeros y embajadores de príncipes que había en su Corte. Sentóse el César en una silla que estaba algún tanto levantada, y eminente sobre otras, y mandó sentar al rey su hijo y a su hermana la reina María; y al duque de Saboya, y a algunos grandes, para los cuales estaban puestos asientos. Entraron y se hallaron presentes los procuradores de Cortes y otros varones ilustres, los cuales todos cabían bien, porque la sala era capaz, ... Estando todos así congregados con gran silencio, levantóse Filiberto de Bruselas, presidente del Consejo de Flandres, y habló de esta manera:

"... Últimamente os encomienda el César a su único hijo, el rey Felipo, a quien os pide que obedezcáis y améis como a vuestro príncipe y señor natural, y hagáis con él lo que siempre habéis hecho con el César, lo cual os pide tanto por su autoridad cuanto por vuestro provecho. ..."

Con esto calló el presidente Bruselas, quedando todos admirados y con los ánimos suspensos, mirándose unos a otros sin hablar, espantados de la determinación nunca pensada del Emperador. Dolíales dejar un señor que tan valerosa y prudentemente los había gobernado y defendido. Y que los dejase en tiempo que en Francia había un rey tan belicoso y capital enemigo suyo, y cuando aquella nación belicosa, ardía con envidia y odio del bien y riquezas de aquellos Estados, contra la nación flamenca. Y esperando congojados qué fin tendría aquella junta, estaban como atónitos. Lo cual, visto por el Emperador, para más declarar lo que Bruselas había dicho, repitiendo algo de lo referido y añadiendo otras cosas que quiso que allí se entendiesen, levantóse en pie con un palo en la mano derecha, y poniendo la otra sobre el hombro de Guillermo Nasau, príncipe de Orange (que poco después de venido el Emperador inquietó aquellos Estados, revelándose como ingrato contra el rey Felipo) y habló de esta manera:

«Luego sucedió la muerte de mi abuelo, el Emperador Maximiliano, en el año de diez y nueve de mi edad, que hace agora treinta y seis años, en el cual tiempo, aunque era muy mozo, en su lugar me dieron la dignidad imperial. No la pretendí con ambición desordenada de mandar muchos reinos, sino por mirar por el bien y común salud de Alemaña, mi patria muy amada, y de los demás mis reinos, particularmente los de Flandres, y por la paz y concordia de la Cristiandad, que cuanto en mí fuese había de procurar, y para poner mis fuerzas y las de todos mis reinos en aumento de la religión cristiana contra el Turco. Mas si bien fue este mi celo, no pude ejecutarlo como quisiera, por el estorbo y embarazo que me han hecho parte de las herejías de Lutero y de los otros innovadores herejes de Alemaña, parte de los príncipes vecinos y otros, que por enemistad y envidia me han sido siempre contrarios, metiéndome en peligrosas guerras, de las cuales, con el favor divino, hasta este día he salido felizmente. Demás de esto hice con diversos príncipes varios conciertos y confederaciones, que muchas veces por industria de hombres inquietos no se guardaron y me forzaron a mudar parecer, y hacer otras jornadas de guerra y de paz. Nueve veces fui a Alemaña la Alta, seis he pasado en España, siete en Italia, diez he venido aquí a Flandres, cuatro en tiempo de paz y de guerra he entrado en Francia, dos en Inglaterra, otras dos fui contra Africa, las cuales todas son cuarenta, sin otros caminos de menos cuenta, que por visitar mis tierras tengo hechos. Y para esto he navegado ocho veces el mar Mediterráneo y tres el Océano de España, y agora será la cuarta que volveré a pasarlo para sepultarme; por manera que doce veces he padecido las molestias, y trabajos de la mar. Y no cuento con éstas la jornada que hice por Francia a estas partes, no por alguna ocasión ligera, sino muy grave, como todos sabéis.

... En lo que toca al gobierno que he tenido, confieso haber errado muchas veces, engañado con el verdor y brío de mi juventud, y poca experiencia, o por otro defecto de la flaqueza humana. Y os certifico que no hice jamás cosa en que quisiese agraviar a alguno de mis vasallos, queriéndolo o entendiéndolo, ni permití que se les hiciese agravios; y si alguno se puede de esto quejar con razón, confieso y protesto aquí delante de todos que sería agraviado sin saberlo yo, y muy contra mi voluntad, y pido y ruego a todos los que aquí estáis me perdonéis y me hagáis gracia de este yerro o de otra queja que de mí se pueda tener.»

Acabó con esto el César, y volviéndose a su hijo el rey don Felipe con abundancia de lágrimas y palabras muy tiernas le encomendó el amor que

Tras ellas van la parte XXXV, correspondiente a la respuesta de Jacobo Masio, Síndico Mayor de Amberes ("que es un oficio muy honrado"), y la Parte XXXVI, correspondiente a la del rey Felipe II, que en su mayor parte ha de leer Granvela:

...

Pues como el rey vea que su padre lo quiere así, y que vosotros gustáis de ello, admite y acepta el gobierno y señorío que el Emperador su padre le ha

Por último viene el discurso de María, reina de Hungría y hasta entonces gobernadora de Flandes:

darán gracias por mis buenos deseos. Ha gustado el Emperador de quitarme este cuidado, porque le quiero acompañar en la jornada de España, para acabar con él en aquella tierra lo que me queda de la vida, en quietud.

...

Acabando de hablar la reina María respondió en nombre de todos largamente Masio; dio gracias a la reina encareciendo su buen gobierno, y los bienes y mercedes que de su mano aquellos Estados habían recibido, de los cuales habría en ellos siempre la memoria y conocimiento debido, y harían lo

Luego viene "La carta en que el Emperador hizo y otorgó esta renunciación y la firmó con su mano", fechada "en Brusellas de Brabancia a 26 de octubre, año de mil y quinientos y cincuenta y cinco" y termina Sandoval su libro con la parte XXXVII ("Anuncia el Emperador su renuncia del gobierno de España"):

desocupado para tratar de otros reinos de mayor importancia, llamó a su cámara todos los criados españoles que tenía, y estando en la cama les dijo la

son asperísimos; y todo esto hizo con tanta presteza, que a poner un poco más, cogiera al Emperador en Insbruk.

Quedó el Emperador maravillado de que Mauricio con tanta brevedad hubiese ganado la Clusa y otros pasos y vencido la gente que en ellos tenía; y viéndose solo (caso en que jamás se pensó hallar), salióse de Insbruk, porque allí no podía esperar al enemigo si no se quería ver en sus manos, y retiróse, que en rigor es huir, y fue de tal manera, que aún no hubo lugar de recoger la recámara y ropa del Emperador; y el Emperador salió a medianoche, y aún dicen que salía él por una puerta y la gente de Mauricio, con su hermano Augusto, que venía por capitán con los dos hijos del lantzgrave, entraban por otra; tan apretada estuvo la cosa.

El Emperador se fue a Vilac, habiendo dado primero libertad a Juan Federico, duque despojado de Sajonia, porque Mauricio no se gloriase que él se la había dado. Agradeció tanto el duque esta merced, que quiso antes irse con el Emperador que quedar con Mauricio.

Mauricio declaró no haber tenido la pretensión de capturar a Carlos con esta frase: "no tengo jaula para pájaro tan grande" (Citado en Vicente de Cadenas, Caminos..., pg 95 y Diario..., pg. 42).



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