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Isla de Creta



Creta (en griego: Κρήτη [Kriti]) es la isla más grande de Grecia y la quinta en tamaño del mar Mediterráneo. El archipiélago cretense conforma una de las trece periferias y una de las siete administraciones descentralizadas de Grecia. Hasta principios del siglo XX también se la conoció con el nombre de Candía, topónimo que deriva del latín candidus («blanco») y que le aplicaron los marinos y comerciantes italianos de la Edad Media. Posee una superficie de 8300 km², una costa de 1040 kilómetros de longitud y una población de unos 620 000 habitantes. Su capital es Heraclión.

Creta fue antiguamente el centro de la civilización minoica (2700-1420 a. C.), considerada una de las más antiguas civilizaciones de las que se tienen registros en Europa.[1]

La isla de Creta está situada en el mar Mediterráneo oriental, en el extremo sur del mar Egeo y no muy distante del litoral de Egipto.[2]​ Presenta cotas de altura sobre el nivel del mar cercanas a los 2500 metros en el monte Ida (2460 metros) y en Léfka Óri o Montañas Blancas (2452 metros en el monte Pachnes) y una altitud media de más de 200 metros en gran parte de su superficie.

Su relieve está configurado en gran medida por la actividad sísmica, responsable de sus 1040 kilómetros de recortadas costas y de sus llanuras fragmentadas. Su río más importante es el Mesara. Entre sus golfos sobresalen el de Mira bello (Mirampéllou), el Chanión (Khanión) y las bahías de Mesara y de Almyroú. Sus cabos más importantes son el Spátha (Ákra Spánta), el Líthinon (Ákra Lithino), el Stavros y el Sideros (Ákra Sideros).

El clima es mediterráneo con divergencias entre el norte, más húmedo que el sur debido a la menor incidencia de los rayos solares (vertiente de umbría al norte y de solana al sur). La zona oeste (vertiente de barlovento) también es más húmeda que la oriental. La forma alargada de la isla (265 kilómetros de longitud) origina un déficit hídrico en la zona oriental, que se encuentra a sotavento de los vientos del oeste.

Es la típica del clima mediterráneo, aunque muy degradada por la acción humana. Entre la vegetación arbórea se cuentan el ciprés y el castaño; en la arbustiva, las plantas aromáticas típicas del clima: salvia, tomillo y orégano. También están presentes enebros, retamas, adelfas y pinos de Calabria (Pinus brutia), así como arces de Creta (Acer sempervirens), madroños (Arbutus unedo), y plátanos (Platanus orientalis). Entre las especies botánicas singulares de Creta también puede destacarse la palmera datilera de Creta Phoenix theophrasti, cuya población más importante se localiza en el palmeral costero de Vai, en la zona oriental de la isla, que se considera el palmeral natural más extenso de Europa. En la antigüedad fue llamada "la isla de los olivos", por la gran extensión de estos árboles y su cultivo.

Según el censo de 2001, su población es de 601 131 habitantes, casi la misma que la total en el resto de las islas de Grecia. Tiene una densidad de 72 habitantes por kilómetro cuadrado, inferior a la del país (83 hab./km²). Desde mediados del siglo XX, el éxodo rural ha mermado su población. La emigración exterior se ha dirigido hacia Atenas y otros países de Europa, mientras que la interior ha tenido como receptoras a las ciudades insulares de la fachada ebea.

Creta es una de las regiones en que se divide Grecia. La capital es la ciudad de Heraklion y se divide administrativamente en cuatro unidades periféricas: La Canea, Rétino, Heraclión y Lasithi. Existen bases navales estadounidenses en Heraklión y en la Bahía de Grecia.

Otras ciudades importantes son Ierápetra, Agios Nikolaos, Siteia, Muarés, Neápoli, Tympaki y Kissamos.

La economía es básicamente agraria, aunque el turismo va en aumento. Existe un núcleo industrial en torno a la capital. Entre los productos agrícolas destacan las uvas pasas, además del olivo, los cereales, las hortalizas y las frutas. La ganadería, en retroceso, es predominantemente ovina y caprina.

A pesar de su situación geográfica y el favorable clima, los primeros pobladores de Creta no aparecieron hasta el Neolítico, llegando en dos grandes oleadas. El tipo étnico colonizador no está relacionado con ninguna de las grandes corrientes, clasificándose como «mediterráneo», al igual que la gente que poblaba las cercanas costas de Asia Menor o las vecinas islas Cícladas, cuyos pobladores progresaron durante mucho tiempo a un ritmo similar al de los cretenses. Sin embargo, a mediados del III milenio a.C., ya en la Edad del Cobre, se produjo en la isla una gran cantidad de avances, que acabaron conduciendo a la brillante civilización minoica.

Lo más destacable es la aparición de la civilización minoica, una de las primeras aparecidas en Europa y una de las civilizaciones prehelénicas junto a la posterior civilización micénica. Durante la civilización minoica, en la que se dieron varias fases y altibajos, Creta llegó a su máximo esplendor, con el mayor auge en los siglos siglo XVI y XV a. C. Durante ellos, Creta estableció una talasocracia que se extendía hasta la Grecia peninsular, el mar Egeo, las costas de Asia Menor y zonas adyacentes como Sicilia. Durante esta época los contactos con Egipto, ya existentes anteriormente, fueron muy importantes.

Sin embargo, hacia finales del siglo XV a. C., la isla sufrió la invasión de los aqueos, que habían desarrollado una civilización en la Grecia continental, fundamentalmente en el Peloponeso, no exenta de fuertes influencias cretenses. Con la expansión de los invasores, los cretenses abandonaron los palacios.

Se baraja también la posibilidad de que una colonización de emigrados cretenses en las costas del sur de Canaán fuese el origen de los filisteos (peleset), que aparecen en la Biblia y de cuyo nombre procede el topónimo Palestina. Estos filisteos fundaron varias ciudades en la costa meridional cananea: Gaza, Asdod, Ecrón, Ascalón y Gat.

La decadencia de Creta, iniciada con la hegemonía aquea, se acentuó en el siglo XI a. C. con la invasión de los dorios, portadores del hierro. La isla pasó a ser una parte más del mundo griego, sin originalidad y dividida en ciudades rivales. Incluso en la época clásica (siglo V a. C.) conservaba cierto arcaísmo, como lo demuestran las Leyes de Gortina, una de las ciudades que datan de tiempos minoicos. En ese periodo, Creta no tomó parte en los grandes conflictos bélicos, ni en las Guerras Médicas,[3]​ ni en la Guerra del Peloponeso, donde únicamente algunos arqueros cretenses acudieron como mercenarios.[4]

Conquistada por Alejandro Magno, a su muerte Creta gozó de cierta independencia respecto a otros reinos helenísticos cercanos, pero tras la decadencia helenística la isla quedó en manos de piratas de origen siciliano, lo que provocó que los romanos la conquistaran en 67 a. C., en una expedición comandada por Cecilio Metelo, y la agregasen como provincia romana. Tras la división del Imperio romano en 395, quedó en manos del Imperio romano de Oriente o Imperio bizantino, lo que devolvió a la isla cierta relevancia, dada su posición clave para el control del mar Egeo.

Se mantuvo en poder del Imperio bizantino, en el que desempeñó un papel estratégico cuando comenzaron las conquistas musulmanas en el siglo VII. Dos siglos más tarde, en 826, cayó en poder de un grupo de musulmanes andalusíes, que fundaron la base fortificada de «Jandak» (Candía), desde la que hostigaron a los bizantinos.

Parece ser que los musulmanes andalusíes (según AL NUWARYRI, Nihayat al Arab II. p 274) fueron los cordobeses que, a consecuencia del motín del arrabal, fueron desterrados a Alejandría en 813/4 y allí lograron hacerse dueños de la ciudad. En ella se presentó Abd Allah ben Tahir, según se narró en la historia de la dinastía abbasí, en los días del califa Al-Mamún ben Al-Rashid, que les expulsó de Alejandría y los trasladó a Creta en 826. Los cordobeses cultivaron la isla, proclamaron rey a uno de los suyos y armaron hasta cuarenta barcos con los que asaltaron las islas cercanas, próximas a Constantinopla. Penetraban en las islas, cogían cautivos, sin que el emperador de Constantinopla pudiese evitarlo.

El dominio musulmán duró hasta 961, cuando el emperador Nicéforo Focas reconquistó la isla, inaugurando una época de paz y estabilidad que favoreció su desarrollo económico. Cuando Bizancio cayó en manos de los cruzados en 1204, acontecimiento con el que comenzó el llamado Imperio Latino, la isla fue adjudicada a Bonifacio de Montferrato, quien rápidamente la vendió a Venecia, que la convirtió en el punto estratégico clave de sus intereses en el Mediterráneo oriental y la poseyó hasta mediados del siglo XVII.

Desde el siglo XV, Venecia hubo de enfrentarse al expansionismo otomano, al que contuvo hasta que en 1645 los turcos desembarcaron en la isla iniciando su conquista, que finalizó cuando los últimos reductos venecianos sucumbieron en 1669. Se inició para Creta un nuevo periodo de declive.

El declive que se inició con la completa dominación otomana, estuvo jalonado por revueltas que estallaron a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Durante el período de 1832 a 1840 la isla estuvo bajo control del gobierno egipcio y conoció una cierta mejora que no se consolidó al volver a la tutela turca.

Tras el estatuto de 1868, respaldado por el congreso de Berlín de 1878, y a consecuencia de una nueva revuelta de la población griega, se firmó el «Pacto de Halepa» que supuso un cierto avance hacia la autonomía y un gobierno representativo, bajo la supervisión de las potencias europeas. Sin embargo, la mala gestión de las autoridades turcas encabezadas por el gobernador Turhan Pashë Përmeti provocó en 1897 un nuevo levantamiento, esta vez general, que contó con el apoyo militar de Grecia. Aunque el levantamiento acabó siendo aplastado, la intervención de las grandes potencias obligó a las tropas turcas a abandonar la isla en 1898 y a concederle el estatuto de principado autónomo, regido por el príncipe Jorge de Grecia, bajo soberanía otomana. A cambio, Grecia hubo de renunciar a sus aspiraciones con respecto a Creta.

En 1905 se produjo una nueva revuelta que aspiraba a la unión con Grecia, liderada por Eleftherios Venizelos, que culminó en la expulsión del príncipe Jorge. En 1908, los diputados cretenses proclamaron la unión con la Grecia continental. Dicha unión no se formalizó hasta el final de las Guerras Balcánicas en 1913, momento desde el que Creta forma parte del Estado griego.

Durante la II Guerra Mundial, la isla fue escenario de la batalla de Creta.

Según la mitología griega, Rea ocultó a Zeus en el monte Ida, situado en el centro de la isla. El mismo dios llegó a Creta tras raptar a Europa y de su unión nacieron tres hijos, uno de los cuales fue Minos, cuya esposa dio a luz al Minotauro, que luego fue encerrado en el Laberinto.

También existe una leyenda que se desarrolla en esta isla sobre Ícaro y Dédalo.



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