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Monarquistas



El monarquismo es una ideología que busca defender el establecimiento, preservación o restauración de una monarquía como forma de gobierno.

El monarquismo absolutista propugna o defiende que el Monarca o soberano debe ejercer todos los poderes públicos (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) sin ningún tipo de restricción o límite en la práctica; aunque se dé por sentado que el monarca deba gobernar teniendo como límites los preceptos religiosos y en algunos casos históricos las llamadas "Leyes Fundamentales" (leyes de carácter consuetudinario que ordenan la vida política del país, las que el rey no puede vulnerar), aunque esos límites casi siempre han sido muy difusos (por estar sujetos a la interpretación más conveniente al monarca) y poco eficaces. Por lo tanto, los monárquicos absolutistas rechazan la existencia de una Constitución en el sentido moderno y liberal y de un Parlamento, son contrarios a formas de gobierno demócratas y defienden al monarca como el único titular de la soberanía.

En la actualidad, las monarquías absolutistas y sus partidarios son prácticamente inexistentes en Europa o América y son insignificantes en la mayoría de los países de Asia; solo sobreviven en algunos países árabes como Arabia Saudita y en al menos uno de África.

El monarquismo constitucional defiende un sistema donde las leyes del gobierno reposan sobre una serie de prerrogativas reales entre el monarca (responsable máximo del Poder Ejecutivo) y el Parlamento (responsable máximo del Poder Legislativo).

Para los constitucionalistas más moderados, el rey todavía debe ejercer importantes poderes ejecutivos conjuntamente con el Gobierno que cuente con la confianza del parlamento, y de hecho proponen una soberanía compartida entre el monarca y el Pueblo (representado este último por sus representantes políticos surgidos de elecciones democráticas).

Sin embargo, para la mayoría de los monárquicos constitucionalistas toda la soberanía debe ser para el Pueblo o Nación (de allí llamarla soberanía nacional); el monarca solo lo es porque el pueblo se lo permite por medio de la Constitución Nacional y, si la mayoría del pueblo le retirara la confianza, podría destituirlo en cualquier momento mediante una reforma constitucional (para implantar la República o elegir otro Monarca). Para ellos el monarca no debe tener ningún poder real; sus funciones solo deben ser de dos tipos: ceremoniales o decorativas (presidir ceremonias públicas solemnes, servir de anfitriones de personalidades y gobernantes extranjeros, inaugurar obras públicas, y en general "relaciones públicas"); y simbólicas gubernativas (firmar los decretos y reglamentos ya redactados y aprobados por el primer ministro y su Gabinete, y también las leyes aprobadas y sancionadas por el parlamento; "nombrar" al primer ministro elegido por el Pueblo, etc.)

Para ellos el verdadero gobernante del país debe ser el primer ministro o Presidente del Gobierno elegido por el parlamento (que a su vez es elegido por el pueblo en elecciones). En la actualidad casi todos los países europeos monárquicos tienen sistemas de gobierno organizados de acuerdo a estas ideas de los constitucionalistas.

Esta forma de gobierno, que confiere la soberanía de reales prerrogativas gubernamentales, esta actualmente en vigor en Bélgica, Camboya, Dinamarca, Liechtenstein, Luxemburgo, Noruega, Países Bajos, Tailandia y la Mancomunidad de Naciones que son monarquías y antiguas posesiones de la corona británica: Reino Unido, Antigua y Barbuda, Australia, Bahamas, Barbados, Belice, Canadá, Granada, Islas Salomón, Jamaica, Nueva Zelanda, Papúa-Nueva Guinea, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas y Tuvalu. Como el caso de Australia y Nueva Zelanda donde el monarca británico puede destituir al primer ministro.

Los partidarios de una monarquía parlamentaria abogan por un sistema donde el rey no dispone más que de poderes simbólicos, mientras que el Parlamento asume la gran mayoría de poderes prácticos. Este sistema está actualmente en vigor en Japón, Suecia o España

La monarquía tradicional se entiende como una monarquía regida por los principios del tradicionalismo o la tradición, entendida como la implementación del reinado social de Jesucristo, en contraposición a las monarquías heterodoxas de tipo absolutista, constitucionalista o parlamentario, se trata de una monarquía confesional combinada con fuertes poderes reales, con algunos controles y contrapesos proporcionados por la representación organicista, y con una sociedad jerárquica estructurada sobre una base corporativa (gremios, nobleza, etc). La monarquía, entonces, significa la unificación de estos dos, el trono y el altar, en un sentido espiritual y moral.

El concepto tradicionalista de gobierno monárquico abrazó una doctrina de poder público integral e indiviso; se rechazó la división de poderes legislativo,[1]​ ejecutivo y judicial (en su sentido liberal).[2]​ En algunos escritos esto se denomina literalmente regla "absoluta", lo que llevó a algunos historiadores a concluir que la monarquía tradicional era una rama del absolutismo;[3]​ muchos otros, sin embargo, subrayan que los dos no deben confundirse.[4]​ Ni el rechazo de la división de poderes, ni la teoría de la soberanía política no compartida tienen que llevar a la doctrina de los poderes reales ilimitados; muy por el contrario, la mayoría de los planteamientos tradicionalistas afirmaron enfáticamente que un rey solo puede gobernar dentro de límites estrictos,[5]​ determinadas principalmente por 3 factores: la ley natural definida en el orden divino, las leyes fundamentales del Reino, y el autogobierno[6]​ de los grupos que forman la sociedad, llamados Cuerpos intermedios.[7]​ Un rey que trasciende estos límites se convierte, no sólo en un tirano, sino también en un hereje,[8]​ y puede ser derrocado.[9]​ Esto en base al legitimismo donde no solo debe ser por origen, si no también por ejercicio.[10]​ Por otro lado, la doctrina se inspira en el ideal medieval de poder temperado, por poder temperado, se entiende; el poder que cualquiera que sea su denominación y su forma de legitimidad, está limitado por la constitución medieval. Por constitución medieval se entiende; ese conjunto de vínculos, convenciones, pacto, contratos, limites, reglas y relaciones entre hombres y cosa, que se dan en un lugar determinado y que cambian de lugar a lugar (constitución), que tienen su origen de forma factual, es decir, a través de la praxis social. En pocas palabras, es reputado por los medievales como un orden jurídico dado, preexistente al misma a cualquier autoridad y al que el príncipe está llamado a garantizar (en contra al concepto moderno del contrato sociall).

Además, se enfatiza con el principio foral y el de subsidiariedad (resumida en la dicha de que: lo que puede hacer una entidad más pequeña, dentro de sus posibilidades, no lo haga una entidad más grande),[11]​ haciendo que se delegue más poder en los Municipios, en lugar de concentrarse el poder en un Parlamento estatal, terminando así la corrupción del poder central, con todo lo que ella acarrea en el Estado unitario y centralista, que en el peor de los casos desemboque en totalitarismos.

También está fuera de la doctrina monárquica tradicionalistas la idea de que todo lo que meta la Nación está en manos de los partidos políticos, los partidos en una Monarquía Tradicional pueden existir siempre y cuando se autofinancien y no tengan costos para los contribuyentes, sin embargo, por principio, la representación no puede ser por partidos, porque estos no reflejan la estructura social, sino los intereses políticos de los grupos que buscan el acceso al gobierno, y lo que las Cortes (representante de la soberanía social) significan es precisamente la contraposición de la sociedad al poder, para que las leyes que se dicten y que aquella tiene que cumplir lo sean con su colaboración y conformidad, entonces la representación política recomendada sería por medio de asociaciones y corporaciones (territoriales e institucionales principalmente) en las que la sociedad se organiza espontáneamente en su variedad y que expresan la vivencia de los problemas que la ley debe regular o dar solución en su caso.[12]

Entonces, estos son los rasgos principales de la monarquía:[13]

El sistema tradicional, natural per se, podría definirse como un conjunto de familias gobernadas por una familia. Y la monarquía tradicional viene a ser la prolongación natural de las sociedades que, mediante su desarrollo natural a través de cuerpos intermedios, poseen a la familia como base y culminación. La familia por culminación vendría a ser la Familia Real. El reino, por tanto, ve en los reyes aquellos que tienen la vocación divina del gobierno, y sobre ellos pesa la responsabilidad del bien de sus súbditos (al igual que sobre el padre pesa el bien de sus hijos). Hechas estas aclaraciones, es claro que la monarquía preferiblemente es por atributo hereditario, no sólo por razones prácticas (los reyes electivos serían difíciles de obedecer, pudiendo no tener la conciencia del reinado desde niños, pudiendo deber antes a los intereses de sus electores que a su reino) sino porque en la Familia Real, mediante la transmisión biológica, se transmite toda la Tradición de los reinos gobernados. Así, el príncipe es consciente de que por sus venas corre la sangre de los padres del reino y es preparado, por tanto, para estar a la altura de su estado, siendo entonces personal y hereditario (preferiblemente).

Primeramente, toda monarquía que quiera ser restaurada como concepto en el cual queda materializada la Tradición, debería ser religiosa, y énfasis en la católica en el mundo hispano, pues católica sería la esencia de las Españas, siendo la defensa de la Fe la causa y fin de la propia monarquía hispánica por tradición. Además, la monarquía tradicional en Occidente debería estar integrada en la Cristiandad (materialización civil de la unidad católica). Para ello debe ser un régimen en el cual la gracia pueda operar, es decir, debe ser un régimen natural.

Por eso debe estar integrada en el orden natural de la Creación, de tal suerte que respete el origen divino del poder y, por tanto, la subordinación indirecta de lo civil a lo religioso. Por ello, no se concibe la monarquía tradicional sin su esencia religiosa, y en el caso occidental, siendo católica.

La consecuencia del espíritu desvinculandor e individualista engendró el apartamiento de la sociedad respecto del hombre concreto. La sociedad tradicional sería algo que, impalpablemente, estaba entre los hombres constituyendo su profesión, su familia, su pueblo. No obstante, la sociedad moderna habría convertido al hombre en una criatura al servicio del Estado, el cual le haría creer que es dueño de la libertad que el propio Estado le otorga por Contrato social. Libertad que para obtenerla ha sido despojado de sus libertades concretas. La monarquía tradicional entonces viene a diferenciar que el concepto de sociedad no es sólo el Estado, sino que hay sociedades previas al mismo. El rey, por tanto, sabe que está sustentado por unas sociedades, que configuran otras sociedades, dando todo ello lugar a un sistema presidido por el propio monarca. La monarquía tradicional entonces es social (no colectivista) porque constituye pues el Régimen contrario a la libertad abstracta, y garante de las libertades concretas.

Se definiría además a la monarquía católica como un sistema representativo. Anclado y basado en el principio de subsidiariedad que cristaliza en los fueros. Los fueros son la manifestación legal y política de la visión de la comunidad a manera de “corpus mysticum” de que hablan nuestros clásicos políticos. Los fueros son un concepto fundamental en la monarquía pues es el revestimiento legal de esas sociedades de las que hablamos en el epígrafe anterior. Por los fueros, las sanas costumbres cristalizan en leyes que pasarán a formar parte de la esencia de la sociedad. Siendo misión de la política no definir abstracciones irrealizables, sino hacer posible para cada hombre el ejercicio de la libertad en elegir su destino trascendente, desenvolviendo su naturaleza libérrima de modo que no sea lesivo para sí ni perjudicial para el orden social; lo cual sólo será posible cuando se articule la convivencia humana en sistemas orgánicos de libertades concretas. La realidad histórica y la raigambre metafísica del hombre proclaman su condición de ser concreto, capaz de usar apenas de libertades políticas concretas. Siendo entonces la Monarquía tradicional también representativa.

El monarca es elegido por votación a través de algún mecanismo de naturaleza variable. Camboya, Samoa, la Soberana Orden de Malta, la Ciudad del Vaticano, los Emiratos Árabes Unidos y Malasia se administran mediante esta forma de gobierno.

La principal organización monárquica de Alemania es Tradition und Leben. Tiene unos 170.000 miembros en todo el país aunque su fortaleza se ubica principalmente en Renania y Sajonia. Su meta es transformar a la República Federal de Alemania en una monarquía constitucional bajo la dinastía Hohenzollern.

El Plan del Inca fue una propuesta de Manuel Belgrano ante el Congreso de Tucumán de 1816 para que las Provincias Unidas del Sur (hoy Argentina) se gobernaran mediante una monarquía constitucional bajo el trono del Inca, que sería propuesto a Juan Bautista Túpac Amaru, de origen noble incaico. El plan fue discutido ampliamente y tuvo diversos apoyos, pero fue finalmente rechazado. Según algunos historiadores, personajes históricos argentinos como Mariano Moreno, Bernardino Rivadavia, Juan Bautista Alberdi y José de San Martín fueron monárquicos al menos en algún momento.

Actualmente existen diversos movimientos monárquicos, siendo el MMA (movimiento monárquico argentino) el más conocido, contando con 30 000 integrantes aproximados. Este movimiento tiene grandes lazos con movimientos brasileños como el Círculo monárquico de Río de Janeiro o la CONFEMBRAS. El Objetivo de este movimiento es establecer una monarquía constitucional parlamentaria.

Schwarz-Gelbe Allianz es la principal organización monárquica austríaca. Su objetivo es convertir a Austria en una monarquía constitucional similar a Holanda donde el trono sería otorgado a Carlos de Habsburgo-Lorena jefe de la Casa de Habsburgo.

El Movimiento Monárquico Parlamentario fundado por el diputado Antônio da Cunha Bueno buscó restaurar la monarquía en Brasil durante el Referéndum constitucional de 1993 con una activa campaña, sin embargo la opción monárquica solo obtuvo 13% de respaldo popular. Actualmente el monarquismo sigue siendo importante, con organismos tales como el Círculo Monárquico de Río de Janeiro y la CONFEMBRAS (Confederación monárquica del Brasil)

Uno de los principales partidos políticos del país es el Movimiento Nacional para la Estabilidad y el Progreso, liderado por el antiguo y depuesto zar de Bulgaria Simeón de Sajonia-Coburgo Gotha, quien llegó a ser primer ministro búlgaro gracias a este partido convirtiéndose en el primer exmonarca en retomar el poder político por medios democráticos republicanos.

El partido monárquico Funcinpec ha sido uno de los socios de la coalición de gobierno camboyana desde hace ya más de tres décadas.

La lucha entre monárquicos y republicanos llevó al país a enfrentarse en la guerra civil costarricense de 1823. Entre las figuras políticas que destacan como monárquicos costarricenses se incluye a Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad, José Santos Lombardo y Alvarado y José Rafael Gallegos Alvarado entre otros.

Costa Rica destaca por ser uno de los pocos países con un monarquismo extranjero, es decir, donde los monárquicos no pretendían establecer una monarquía autóctona. Los monárquicos costarricenses eran leales al Emperador Agustín de Iturbide del Primer Imperio Mexicano.

El primer presidente del Ecuador, general Juan José Flores, intentó fallidamente instaurar una monarquía en ese país andino tras regresar de su exilio en el año 1846. La pretensión original consistía en nombrar al joven Agustín Muñoz y Borbón, hijo del segundo matrimonio de la reina regente española María Cristina con su segundo esposo, el duque de Riánsares, como rey de Ecuador. La propuesta de Flores habría enganchado a la reina y al ministro de Guerra, que aportaron con dinero y soldados respectivamente.[14]

Algunas fuentes diplomáticas de la época afirman que el plan floreanista estuvo también patrocinado por Luis Felipe I de Francia, involucrándose con los españoles en un proyecto para en realidad nombrar a Antonio de Orleans, hijo del monarca francés, y a su esposa Luisa Fernanda de Borbón como reyes de Ecuador. La iniciativa, que pretendía además expandir el territorio hasta absorber las repúblicas de Perú y Bolivia en un Reino Unido de Ecuador, Perú y Bolivia, fue denunciado a tiempo por los pocos diplomáticos latinoamericanos acreditados en las cortes europeas, truncándose la salida de los buques y soldados desde el puerto de Santander, sepultando la intentona para siempre.[15]

La rama existente desemboca en Alfonso de Orleans-Borbón y Ferrara-Pignateli, VII duque de Galiera.

Siendo uno de los primeros países en abolir la monarquía, los monárquicos siguieron existiendo en Francia después de la Revolución francesa, a menudo considerados como representantes de la extrema derecha y defensores del Antiguo Régimen desde los tiempos de la Francia posrevolucionaria hasta tiempos más recientes como el grupo ultraconservador Acción Francesa de Maurras. Hoy en día existen tres grupos monárquicos; los orleanistas, los legitimistas y los bonapartistas que respaldan a tres diferentes dinastías monárquicas en caso de restaurarse el trono francés.

El Primer Imperio Mexicano fue gobernado por el emperador Agustín de Iturbide casi inmediatamente después de la independencia. Se disolvió tras la rebelión liderada por Vicente Guerrero y Antonio López de Santa Anna en 1823.

Sin embargo, tras su derrota en la Guerra de Reforma, los conservadores mexicanos buscaron restaurar de nuevo la monarquía en México para lo cual buscaron el apoyo de las diversas casas reales europeas. Finalmente Maximiliano de Habsburgo aceptó y viajó a México con apoyo de Napoleón III de Francia que en ese momento deseaba tener un gobierno afín en América. Tras la toma de Puebla por parte de los conservadores se proclamó el Segundo Imperio Mexicano como monarquía con Maximiliano de Habsburgo-Lorena a la cabeza que terminó con su muerte en 1867.

En 1821, José de San Martín y Bernardo de Monteagudo, tras establecer el Protectorado, abogaron por una monarquía como mejor opción de gobierno para Perú y se envió representantes a Europa para convencer a un representante de la Casa de Sajonia-Coburgo-Gotha para que aceptara el trono, aunque se barajaron otras opciones de casas nobiliarias europeas.[16]​ Esto nunca se concretó.[17]​ También se recolectaron firmas para la proclamación de San Martín mismo como emperador, lo cual fue detenido de inmediato por el líder peruano José de la Riva Agüero. Este proyecto de sistema de gobierno fue propuesto por José de San Martín al Virrey del Perú en las conferencias de Punchauca, el 4 de mayo de 1821 y el 2 de junio de 1821.

El Partido Monárquico Peruano, promueve una Monarquía Constitucional.

El Partido Popular Monárquico, conservador de centroderecha, busca restaurar el trono portugués, sin embargo, el partido tiene escasa injerencia en la política portuguesa.

El Partido Monárquico de Rusia liderado por el acaudalado empresario Antón Bakov pretende la transformación de la Federación Rusa en una monarquía constitucional. Bakov sostiene además que el Imperio ruso nunca fue legalmente abolido pues la revolución rusa fue ilegal, declarándose representante del Imperio ruso al estilo de una micronación.

Tras su independencia del Reino de los Países Bajos en 1975, hubo un movimiento partidario de crear una monarquía propia de Surinam, dentro de lo cual una mayoría de la población católica optó por la nueva rama de católicos de los príncipes de los Países Bajos, los Borbón-Parma. Actualmente la línea hacia el posible trono de Surinam recaería en Carlos Javier de Borbón-Parma, V Duque de Parma, Piacenza y Guastalla.[cita requerida]



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