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Patriarcado (sociología)



En la sociología, se denomina patriarcado a un tipo de «organización social primitiva en que la autoridad es ejercida por un varón jefe de cada familia, extendiéndose este poder a los parientes aun lejanos de un mismo linaje[4][5]

El dominio y liderazgo por parte de los hombres en las sociedades primitivas implantó simultáneamente un orden simbólico mediante mitos y religiónes, que reprodujeron aquella superioridad como única estructura posible.[6]

El feminismo también usa el término «patriarcado» para referirse a la supremacía masculina en sociedades no primitivas.[7][8]

La palabra «patriarca» proviene de las palabras griegas ἄρχειν árchein, que significa mandar, y πατήρ patḗr, que significa padre. En su sentido literal, el patriarcado es la autoridad del padre.[9]

Fueron patriarcas los jefes de las primeras familias hebreas. Luego pasó a ser el nombre de una jerarquía eclesiástica de la iglesia cristiana primitiva. Varias iglesias cristianas modernas siguen usando la palabra patriarcado para designar un grupo de diócesis.[cita requerida] En la antropología de la organización social se suelen considerar tres criterios: la filiación ―relacionada con la descendencia―, la autoridad y el patrón de residencia posnupcial. La filiación unilineal puede ser patrilineal o matrilineal, la autoridad puede ser patriarcal o matriarcal y la residencia posmarital puede ser patrilocal o matrilocal. Estos conceptos teóricamente pueden combinarse de diversas manera (por ejemplo, una sociedad puede ser matrilineal y al mismo tiempo patrilocal, etc.). Sin embargo, en la práctica, la documentación existente sobre sociedades humanas muestra que algunas combinaciones son mucho menos frecuentes que otras, en concreto no se conoce ningún ejemplo documentado de un genuino matriarcado.[10]​ Al igual que muchos otros conceptos correspondientes a las ciencias sociales, no tiene una definición precisa con la que generalmente todo el mundo esté de acuerdo.[9]

Las sociedades tradicionales preestatales estudiadas por los antropólogos durante los siglos XIX y XX, muestran gran igualdad social entre individuos de una misma comunidad debido a la ausencia de grandes excedentes de producción y la imposibilidad de acumular riqueza (por esa razón la concepción de propiedad privada moderna está ausente en estas sociedades). Aun así, en casi todas ellas se aprecia división del trabajo por sexos. Siendo la caza, en particular, practicada en mayor medida por los hombres, y dedicándose las mujeres más intensivamente a la recolección.[11]​ Incluso en la repartición de alimentos existe inequidad. Las mujeres de la casa comen de último y lo que quede.[12]​ Se ha discutido hasta qué punto las sociedades preestatales tradicionales (tanto americanas, africanas, asiáticas como oceánicas, que generalmente ocupan regiones periféricas) habrían sido representativas de las sociedades paleolíticas. Si bien la mayor parte de antropólogos acepta que el nivel de complejidad de las sociedades paleolíticas y su organización podrían compartir muchos rasgos con las sociedades preestatales documentadas posteriormente, también coinciden en que se debe ser cauteloso a la hora de extrapolar hechos, debido a las diferencias en las condiciones ecológicas y materiales.

La mayor parte de las sociedades preestatales documentadas por antropólogos y exploradores consiste en una comunidad de centenares o miles de individuos con una jerarquía mínima, en donde destaca más el concepto de espiritualidad comunitaria que de poder temporal individual o autoritario sobre los demás. Al ser una sociedad de autosuficiencia, el objetivo principal era la alimentación, la procreación y la seguridad de la integridad de todos. Esta autoprotección de la comunidad ha sido uno de los principales hechos que propiciaron la calidad de vida y por tanto, la evolución de la especie. Los miembros de comunidades fragmentadas morían pronto y el hecho de estar aislados provocaba que no pudieran llegar a reproducirse, por tanto los miembros aislados no tenían descendencia y no sirvieron para la continuidad de la especie. Por este motivo muchos primates evolucionaron hasta convertirse en especies altamente sociales.

Como se ha dicho, dentro de la comunidad sí existía una repartición del trabajo. Las mujeres se dedicaban más a permanecer en la casa, y practicaban la recolección no solo de vegetales sino también de invertebrados y vertebrados pequeños, por su aporte de proteína y grasa. Los machos se dedicaban a la recolección de carne cazando, aunque al principio eran más bien carroñeros y salían al exterior mayormente en busca de alimento. Dicha separación del trabajo se produjo por el papel primordial que la evolución le otorgó a las hembras, ya que mientras ellas cuidaban, organizaban y decidían sobre la vida de los menores cuando estos no estaban, los demás machos ya adultos eran llamados por las mujeres a emplear su tiempo en otras tareas, las cuales siempre tuvieron el fin de la supervivencia de todos los miembros. El sentido de «cabeza» de familia tampoco existía y de la educación de los miembros menores eran encargados todos los miembros de la comunidad. Los linajes de sangre eran apenas valorados. No había familias de pocos miembros, ni emparejamientos a largo plazo, ni redistribución de recursos en virtud de un «contrato sexual» entre machos y hembras. No había rivalidad despiadada entre machos infanticidas, propia del chimpancé común. El término sociológico empleado frecuentemente es «macho alfa», sin embargo es un concepto moderno e inexistente en la evolución de la sociabilización del chimpancé, y por tanto, no heredada por los seres humanos en ninguna etapa. La evolución humana sucedió gracias al desarrollo intelectual y a las motivaciones por conocer, construir, crear, etc, que esto conlleva. Cabe tener en cuenta que los conceptos de evolución y mantenimiento de tradiciones acérrimas son contradictorios. Por tanto, todos los medios que cualquier miembro de la comunidad conseguía eran repartidos entre los demás con el fin de mantener siempre a tantos miembros vivos como fuera posible. En una fase evolutiva en la que el rendimiento de la caza todavía era modesto, la monogamia aún no había sido inventada, ya que el chimpancé, como buen ser curioso, siempre ha sido abierto a mantener relaciones sexuales con todos los miembros de la comunidad, tanto hembras como varones, y también, tanto en épocas de apareamiento como por placer, además de practicar la plurisexualidad. Esta etapa fue considerada la más larga.[cita requerida]

Poco a poco, los ancestros se convirtieron en cazadores de alto rendimiento. La comunidad adquiría, gracias a la carne, la importancia de las proteínas para el desarrollo del cerebro. Esto, entre otros aspectos, fue propiciado por la evolución. Por eso, el papel del hombre tomó más importancia que antes, aunque la educación y formación continuó siendo responsabilidad de toda la comunidad, y en ningún momento esto les otorgó grandes privilegios, ya que la procreación y la crianza de los miembros menores continuaba siendo de la mujer, algo que era visto como un signo de superioridad.[cita requerida]

Pero la situación cambió con el desarrollo muscular mayor en los hombres, que comenzaron a interesarse por tener un papel igual de relevante que el de las mujeres en las decisiones sociales. Por ese motivo, vieron una posibilidad interesante en la permanencia al lado de la mujer para, de esta forma, participar y contribuir de la misma manera en la organización social. Dicha fuerza fue empleada por los hombres en un principio para mejor transporte de los materiales o piezas de caza. No obstante, esto derivó poco a poco en la utilización de la violencia y de la agresividad en todos los aspectos de la vida. Esto justificaría porqué el cerebro de los hombres invierte más en reacciones físicas. Es un resto de la evolución humana, como por ejemplo, el apéndice. En algún momento tuvo su utilidad pero ya no es funcional para ningún fin actualmente. Sin embargo, la imposición de la fuerza fue lo que provocó una amenaza para las mujeres, quienes se vieron obligadas a permitir a los hombres participar en las decisiones que implicaban al grupo. La fuerza física permaneció como una característica plenamente masculina, al igual que la procreación es femenina. Esto provocó la reafirmación entre ellos por reforzar su propia potencia como seres fuertes.

El resultado de este proceso evolutivo habría sido la organización de la comunidad en familias nucleares monógamas. Así, hace 2 millones de años, cuando el género humano se expandió junto a las praderas y colonizó Eurasia, ya había desarrollado pautas de conducta universales, como el vínculo de pareja duradero, los celos y la división sexual del trabajo dentro de la familia nuclear monógama.

Esta división sexual del trabajo primitivo se explica en el hecho de que la caza es una actividad que necesita esfuerzos violentos e implica riesgo para la integridad física, algo poco recomendable para mujeres embarazadas o con hijos lactantes. La caza también podría haber tenido cierta función militar: mantener grupos de varones entrenados y vigilando los territorios de posibles grupos rivales, un fenómeno que también se encuentra en el antecedente chimpancé, cuyas únicas divisiones del trabajo se centran en encomendar a los varones a cuidar del territorio ocupado y a las hembras a formar a las crías.

La recolección de las mujeres servía como seguro de alimentación de los varones también los días en que la caza era infructuosa, algo que para la caza mayor no es infrecuente. Los varones pudieron especializarse en cazar presas cada vez más grandes cuya caza podía compensar la incertidumbre de su captura, porque contaban con el alimento diario que proveían las mujeres. Este esquema le permitía a la especie explotar eficientemente un amplio abanico de recursos. Así, tenemos un escenario de división sexual del trabajo pero dependencia económica mutua.[13]

La antropología ha revelado que la conexión entre sexo y procreación no estaba clara en ciertas sociedades, por lo que se admite que en las primeras culturas humanas esta conexión pasó inicialmente inadvertida. Sin embargo, en la mayoría de sociedades de cazadores-recolectores, el vínculo era conocido. El conocimiento culturalmente añadido de la conexión entre sexo y procreación habría estado relacionado con el concepto socialmente construido de adulterio. Este descubrimiento constituye un hito importante, porque en ninguna otra especie la actividad sexual estaba tan desconectada del acto generativo en sí. Este descubrimiento originó la subordinación forzosa de los intereses reproductivos femeninos a los masculinos.[cita requerida] En cualquier caso, esta constatación tuvo que trastornar profundamente las relaciones naturales entre los sexos. Se convirtió en una amenaza a ojos de las mujeres, para las que el sexo quedó asociado a las penalidades de un embarazo prolongado y un parto difícil y doloroso que, además, era una causa significativa de mortalidad femenina. Para los varones, en cambio, trajo consigo la conciencia de la paternidad. Ahora cada neonato tenía un padre. Si bien ya había un lazo instintivo entre los hombres y los hijos de sus compañeras, ahora el conocimiento consciente del parentesco paternofilial le dio sentido y contribuyó a intensificarlo. También contribuyó a exacerbar los celos y la fobia al adulterio.[13]

La contribución femenina a la subsistencia en las sociedades protoagrícolas habría continuado siendo lo bastante importante para que las mujeres conservaran cierto poder económico limitador del dominio masculino. Pero la degradación de la condición femenina iba a acentuarse con el desarrollo de sociedades agrícolas sedentarias. La horticultura y la ganadería itinerantes no supusieron el fin del modo de vida nómada, porque la comunidad debía trasladarse a un nuevo emplazamiento cada vez que se agotaba la fertilidad del suelo, lo que obligaba a espaciar los embarazos (a base de prolongar la lactancia) para no cargar con más de una criatura incapaz de seguir la marcha del grupo. Esta limitación dejó de regir en los asentamientos que prosperaron en los deltas de los ríos y otros terrenos cuya fertilidad se renovaba por sí sola; y puesto que una población numerosa era la mejor defensa de estas comunidades sedentarias frente a la presión de los grupos nómadas rivales, ahora resultaba más conveniente que las mujeres se consagraran a la maternidad intensiva y los varones trabajaran duro para mantener familias todo lo numerosas que permitiera el potencial reproductivo femenino. La dedicación exclusiva a la maternidad extremó la dependencia económica femenina y, con ello, el sometimiento forzoso del sexo femenino al masculino. Las tribus con esta mentalidad se demostraron tan competitivas y pujantes que en pocos milenios se propagaron por todo el planeta, desplazando y arrinconando a otras etnias con tasas de natalidad más bajas, hasta convertir el machismo exacerbado y la violencia sexual concomitante en un rasgo casi universal del comportamiento social humano.[13]

Las culturas mediterráneas antiguas y de Oriente Medio difieren en gran medida sobre la consideración social de la mujer. Algunos autores, como Robert Graves y Johann Jakob Bachofen, han planteado que habrían existido en esta región sistemas de organización matrilineales.[14]​ En la antigua Grecia, Libia y algunas regiones de Asia Menor, durante siglos las reinas tribales ejercían un poder sagrado hegemónico que implicaba que cada año, se llevase a cabo una ceremonia de sacrificio donde la reina traicionaba con un amante a su consorte regio y luego este era sacrificado, ya sea en una hoguera o incluso descuartizado y comido por sacerdotisas antropófagas. El sacrificio del rey puede verse reflejado en la apoteosis de Hércules y en rituales como el de la Comiria. [15]

Dado que en estas sociedades matrilineales, la mujer tenía mucho más poder e influencia que en las culturas tradicionalmente patrilineales con el correr de los siglos los reyes tribales lograron comenzar a imponerse evitando el sacrificio anual. [16][17]

Aristóteles también mantenía la teoría del sexo único, según la cual la mujer era un varón disminuido, imperfecto. En relación al cuerpo femenino, lo menciona como dependiente del hombre para su salud y maltratado por su matriz, algo inacabado, débil, frío, todo producto un defecto natural. Decía sobre ella: es como «el defecto, la imperfección sistemática respecto a un modelo», el masculino. Con respecto a características sociales, Aristóteles decía que en la administración doméstica el varón tenía que mandar sobre los esclavos, los hijos y la esposa. Y que el varón es, naturalmente, «más apto para el mando que la mujer...».[18]

En la Antigua Roma, se denegaba a las mujeres todo derecho emanado del alumbramiento.[19]​ La mujer recibió voz jurídica activa y el consecuente derecho a participar activamente a la vida pública en tiempos del emperador Teodosio I.

En las zonas del Sur de Europa, debido a las invasiones y conquistas islámicas, la situación de la mujer empeora, ya que en el islam una mujer vale como la cuarta parte de un varón. Por contraste, en la Europa cristiana, debido a la antropología equitativa propia del cristianismo, asistimos a una progresiva emancipación femenina, así llegan haber mujeres soberanas, autoras, investigadoras e profesoras de escuelas catedralicias. Las mujeres frecuentemente acompañan a sus maridos en las Cruzadas, y emplean actividades como la caza. Según la nueva antropología cristiana la mujer ya no está sujeta a su varón en lo referente a su propio cuerpo como era en la Antigüedad romana, si bien se mantiene, por herencia grecorromana el dominio del varón en decisiones sobre el patrimonio. Santo Tomás de Aquino en la Suma contra los Gentiles afirma en defensa de la monogamia que el matrimonio es una unión basada en la amistad, y esta puede darse solamente entre iguales, y por esto el matrimonio puede ser solamente monógamo.



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