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Pedro Antonio González



¿Qué día cumple años Pedro Antonio González?

Pedro Antonio González cumple los años el 3 de septiembre.


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Pedro Antonio González Valenzuela (Coipué,[1]Departamento de Curepto, 22 de mayo de 1863 - Santiago, Región Metropolitana de Santiago, 3 de octubre de 1903)[2]​ fue un escritor, poeta y periodista chileno.[3]

Pedro Antonio González nació el 22 de mayo de 1863, en la localidad de Coipué, Departamento de Curepto en la Región del Maule.[1]​ De pequeño sintió con vehemencia la vocación religiosa y expresó sus deseos de convertirse al sacerdocio, pero extrañamente, su tío Fray Pedro Armengol Valenzuela lo hizo desistir y lo envío a estudiar Derecho a Santiago para que hiciera su aporte a la frágil economía familiar.

En Santiago, el poeta comenzó la exploración de caminos señalados por la más vanguardista poesía, de lugares y amistades reñidas con la religiosidad, hasta la pérdida de su fe.

Los rumores sobre el descarriado joven llegaron hasta el apacible pueblo, y el tío suspendió las entregas de dinero, único sustento del estudiante.

En un Santiago muy distinto, quizás más desolado y frío, donde los servicios eran precarios y el alumbrado público casi no existía, el poeta se encontró solo y sin dinero. El barrio Recoleta y Avenida la Paz con sus cementerios y sus casas de orates, se convirtieron en su nuevo hogar, el poeta en ciernes se instaló en esos arrabales de locura y muerte para nunca más salir.

Lector impenitente de Dante, Byron, Víctor Hugo, Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, comenzó la metamorfosis y la conversión en lo que llamarían “poeta maldito”, definición que aun no adquiría valor en el siglo de renovación estética que inspiraría a almas jóvenes.

Enigmático, oscuro, huraño y melancólico, deambuló por las sucias callejuelas del otro lado del río, en los oscuros bares de barriadas extremas, bebiendo el vino en los amaneceres, perdido en los suburbios con sus manuscritos escondidos y arrugados en los bolsillos.

El escritor Antonio Orrego Barros, amigo de González, cuenta que éste arrendaba una pequeña casita en la calle Salas, donde reservaba una pequeña habitación y subarrendaba el resto a obreros que le adeudaban eternamente el pago. La hermandad que sentía por sus pares, le impedía el lanzamiento a la calle.

En alguno de los períodos menos oscuros, cuando se ganaba la vida como profesor (a la manera de Allan Poe, que encuentra la tierna y momentánea salvación en los ojos de su prima Virginia Clemm), el poeta se enamora de una de sus alumnas, Emma Contador.[1]​ Se casaron el martes 13 de mayo de 1897, ella vestida de colegiala.

Uno de los episodios más conocidos de su anárquica forma de vida fue noche de su boda. Los recién casados pernoctaron en un cuartucho aledaño a la casa de orates y sin siquiera tocar a la joven virgen el poeta se perdió en la noche. Emma, asustada, lo abandonaría pocos años después y se marcharía con un circo pobre, pero de esos que recorren el país entregando un teatro miserable. El poeta le dedica los poemas “Sombra” y el “Asteroide XL”.

De vuelta a su miseria, es difícil imaginar que convivió alejado, pero al mismo tiempo, con poetas como Rubén Darío, Carlos Pezoa Véliz (que tuvo una vida quizás tan atormentada como el poeta de Curepto), de los cuales estuvo lejos de compartir sus experiencias literarias. González era de poco trato social, no rendía concesiones, pero bailaba en su pobreza con la gracia de un noble, odiaba los círculos literarios y podía ser muy pedante o extremadamente tímido.

Sus últimos años los pasó como el habitante más ilustre que ha tenido el bar “El Quitapenas”, lugar que se convirtió, alrededor de 1900 en su biblioteca, dormitorio, sala de trabajo y bar. Aunque incurría en deudas, estas eran canceladas por Orrego Barros, su amigo de toda la vida.

De la propia mano del escritor conocemos un desgarrador retrato de sus últimos días: “Cuando las puertas del hospital se cierran y ya está entrando el crepúsculo, me pongo triste. Esta sala se va oscureciendo poco a poco. Voy persiguiendo la luz que se va por arriba del muro. Entonces entra la luz mortecina del farol. Pienso las cosas más disparatadas… Y aunque me han puesto este biombo para que no mire a los otros enfermos, miro todas las camas y me imagino los rostros flacos, amarillentos con los ojos hundidos…”.

Pedro Antonio González murió a los cuarenta años, el 3 de octubre de 1903, en una sala común del hospital San Vicente de Paúl,[1]​ en Santiago, por una enfermedad causada por el consumo de alcohol.[2]

Fue un poeta de vida bohemia e influencia romántica que vivió y murió en la miseria. Escribió en los diarios La Tribuna, La Ley, La Revista Cómica y Santiago Cómico, que aparecían en Santiago a fines del siglo XIX.[1]​ Sólo pudo ver impreso uno de sus libros poéticos, Ritmos (1895), que constituye una de las primeras manifestaciones del modernismo en su país. Buscó renovar la forma y ensayó distintos experimentos métricos. Ha sido llamado el «padre del modernismo chileno».

En el libro Los líricos y Los épicos, Miguel Luis Rocuant se refirió a Pedro Antonio González así:

MI VELA[5]

Escritor satírico, fue autor de la Oda al peo:[6]

más grande la algazara
con que al mundo pregonas tu alborozo.
Sale, oh fluido inmortal; ¡Tú no varías!
Sucédense los reyes;
termínanse las leyes
como si fuesen días;
igual se muda el Papa;
terribles convulsiones
alteran todo el mapa;
los amigos se pierden
y la mujer olvida
los tiernos y amorosos juramentos
que prometiera un día;
sólo tú, ser gaseoso, no varías.
De noche, o bien de día,
en la calle, en la mesa o en la cama
eres el mismo siempre; eres sincero.
Bajo la seda de la airosa dama,
o el flamante vestón del caballero;
en la vesta papal cardenalicia;
bajo el traje pomposo de los zares
y en la severa toga de justicia;
por tierras y por mares,
en el calzón de sucia verdulera
o bajo el poncho del mugriento roto
apareces, de idéntica manera,
de entre la misma lobreguez del poto.
Por campos y ciudades,
¡sarcasmo de mundanas vanidades!
predicas, convencido,
santa humildad a muchos infelices;
que, si no llega al oído,
la comprenden, al menos, las narices...
¡De mí nunca receles
que intercepte tu paso noble y fiero!
Hallarás, al contrario, siempre franca



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