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Quemos



Quemos es el dios nacional de los moabitas,[1]​ mencionado en la Biblia en Números 21,29; Jueces 11,24; 1 Reyes 11,7; 2 Reyes 23,13; Jeremías 43,7; 48,13; 48,46. En el diccionario de Gesenius se señala que la deidad probablemente haya sido atribuida equivocadamente también a la tribu de los amonitas.[2]​ (véase Jueces 11 claramente el líder Iftaj menciona a Quemos con los amonitas) La Estela de Mesa es un importante hallazgo arqueológico que da cuenta de la adoración del dios Quemos por parte de los moabitas. De acuerdo con esta estela, los moabitas sacrificaban seres humanos a su dios.

Según 1 Reyes 11,7, Salomón construyó santuarios dedicados a Quemos al este de Jerusalén. El editor deuteronomista induce al lector en 1 Reyes 11,7 a explicarse la construcción de los santuarios dedicados a Quemos en tiempos de Salomón como una obra edificada para algunas concubinas extranjeras del rey, para que estas pudiesen adorar a su dios. De este modo queda implícito que la fe de Salomón en Yavé no es firme. Sin embargo es más lógico pensar que estos santuarios demuestran que la religiosidad de la época estaba marcada por el sincretismo.[3]

Según el Orientalismo contemporáneo, el culto a Quemos apareció cuando se sucedieron las invasiones de los pueblos del mar de los siglos XII y XI a.C. que se asentaron en la costa y cerca de ella. Se cree que el culto se originó en Levante (Siria) en unas de las primeras manifestaciones cuasi monoteístas semíticas, y más tarde fue trasladado a través del mar por los arameos y pequeñas minorías (como los asmoneos) semitas. Aun así el debate sobre su origen aún no se ha dilucidado.

Cuando Ernesto Renán en sus tomos de Historia del pueblo Israel dice que "...Quemos fue el antagonista directo de Baal, fue un precursor del monoteísmo, gracias a este dios los sacrificios humanos llegaron a su fin; ya no habría más holocausto." fue muy cuestionado por la comunidad científica de su época. En la actualidad, orientalistas como Mario Liverani o Amelie Khurt sostienen que el culto a Quemos llegó hasta la cultura griega, creando una gran influencia en el dios Apolo, en oposición a clasicistas como Moses Finley o el historiador-escritor inglés Robert Graves, quienes niegan toda influencia.



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