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Sacrificios humanos en la antigua península ibérica



El sacrificio humano en la península ibérica prerromana se encuentra reflejado en fuentes grecolatinas, que lo ubican entre los antiguos lusitanos y otros pueblos celtas del norte de la península. Su mención más prolífica proviene de la obra del cronista griego Estrabón, en la que se da a estas ceremonias una finalidad adivinatoria. Autores modernos han visto también en este testimonio indicios de una posible clase sacerdotal entre los mencionados pueblos, similar pero diferenciada de los druidas galos y britanos.

Estrabón habla de un contexto de prácticas religiosas cruentas, realizadas por un oficiante al que llama "hieróscopo" (del griego ἱερόσκοποσ, "el que observa lo sagrado") y centradas alrededor de un sacrificio humano por evisceración utilizado para extraer auspicios del cuerpo de un prisionero de guerra. Estos rituales los enmarca no sólo en la cultura propia de los lusitanos, sino también la de otros pueblos del norte peninsular, así como los vetones, a los que Plutarco también atribuye sacrificios de hombres.[1][2]

Junto a estas prácticas se enmarca el sacrificio animal tradicional, hallándose tanto éste como el humano dirigidos al dios Ares, al que los hispanos venerarían especialmente. Este nombre no es sino una asimilación interpretativa (interpretatio graeca) de una deidad de la guerra indígena, identificada por historiadores como la dueña de distintos teónimos hispanos: Neto, Cosus, Borus, Tarbucellus, Cariocecus, Sagatus y Tilennus, entre otros.[5]

Una conjunción de ambas clases sacrificiales, consistente en la inmolación de un hombre y un caballo, era utilizadas para sellar pactos,[7][8]​ o bien como preparativo antes de emprender acciones bélicas,[9]​ como contó Servio Sulpicio Galba ante el senado romano.[6][5][10]​ En el funeral de Viriato se describen múltiples sacrificios, que para algunos historiadores serían también inmolaciones humanas.[3][8]​ Así mismo, entre los adivinos y magos expulsados por Escipión Emiliano de su campamento en el asedio de Numancia podrían haberse hallado indígenas.[8]

Los oficiantes de sacrificios son nombrados solo por Estrabón,[11]​ aunque los ritos en sí se encuentran incluidos en los escritos de Diodoro,[12]Tito Livio[10]​ y Plutarco, partiendo los dos primeros probablemente de crónicas de Posidonio anteriores.[12][13]​ La arqueología hispana, plena en hallazgos relacionados con los prácticas mánticas,[4]​ también ofrece alguna corroboración, destacando la inhumación de una probable víctima humana bajo las murallas vetonas de Bletisama (actual Ledesma), destinada a consagrar la construcción.[6]

Siendo los sacrificios humanos una temática controvertida y que hiere sensibilidades,[12][14]​ la interpretación de estas fuentes griegas y romanas llama a la cautela por su disputable objetividad,[3]​ que vuelve igualmente posible que se trate o bien de invenciones etnocéntricas contra los pueblos bárbaros o bien de costumbres extrañas pero verídicas.[4]​ En este caso, los historiadores conceden que el posible tono hostil de las fuentes, como la del propio Estrabón,[12]​ no implica necesariamente una total invención de los ritos referidos,[6]​ pudiendo éstos haber sido eventos excepcionales,[12][14]​ o bien incluso frecuentes.[3]​ La coherencia interna de los testimonios, a pesar de su diversa procedencia temporal y autoral, también aporta pruebas de ello.[12][6]​ Destaca también que los propios griegos y romanos reconocen la celebración de sacrificios humanos en sus anales, siendo célebre el caso de los prisioneros inmolados por enterramiento tras la Batalla de Cannae (226 a. C.) o durante los conflictos con los galos (216 y 114-113 a. C.).[3][11][15]

La labor de los hieróscopos sería prohibida en 97 a. C. cuando Publio Licinio Craso llamó al cese de los sacrificios humanos en todo el territorio conquistado por Roma.[4][8][11]​ A pesar de ello, Plutarco informa de que la tribu vetona de los bletonenses (adscrita a la mencionada Bletisama) continuó con su realización hasta tres años más tarde, cuando las autoridades romanas lo impidieron.[4][6][14]​ No sería este tampoco el último caso, ya que los emperadores Tiberio y Claudio tendrían que sofocarlos en la Galia y el norte de África.[3]​ Los propios cultos de dioses lusitanos y célticos que los sustentaron en Hispania parecen haber sido practicados hasta el 399 d. C., bien entrada la cristianización.[8]

Se han hecho notar similitudes entre el rito lusitano y el atribuido a otros pueblos indoeuropeos.[6][12]​ De los druidas galos, Diodoro cuenta que adivinaban de la misma manera: tras matar a la víctima de una estocada en la espalda, auscultaban la forma de su caída, el manar de la sangre y las convulsiones de sus miembros.[2][3][12]​ Las sacerdotisas germánicas de los cimbrios también examinaban las entrañas de los prisioneros, a los que previamente desangraban por degüello.[12]​ Incluso los escitas eurasiáticos, cuyas costumbres describe Heródoto, comportan fuertes similitudes con los lusitanos, ya que también sacrificarían prisioneros a Ares y les amputarían el brazo derecho como ofrenda.[6][12]​ La inmolación de chivos y caballos, también un rito escita, se asemeja al ritual romano de la suovetaurilia[5][8]​ y al hindú del sautramani.[6]

Para algunos autores, los practicantes de sacrificios a los que Estrabón denomina hieróscopos podrían constituir alguna clase de oficio sacerdotal dentro de la religión septentrional hispana, posiblemente relacionada con el druidismo celta dada la similitud de sus ritos adivinatorios.[4][5][12]​ Estos sacerdotes podrían haber aglutinado otras funciones trascendentes, como la de la herbología, la astronomía y el mantenimiento de calendarios,[14]​ así como los ritos de incubación asociados con los santuarios del dios Endovélico.[8]

Tradicionalmente, la existencia de especialistas religiosos en Hispania se ha manejado con circunspección, ya que las fuentes no dan testimonio de ello más allá de lo mencionado, y la existencia de druidas en particular se ha desestimado por su ausencia literaria en comparación con su prolífica documentación en la Galia y Britania, otras dos regiones célticas.[5][12]​ A criterio de Blázquez y otros, la estrecha vinculación entre el druidismo y las monarquías celtas podría ser la razón de que no se desarrollase una casta similar en Hispania, ya que, al no haber estructuras políticas equivalentes, tampoco las habría druídicas. También conjetura con una menor influencia céltica en Hispania.[12][4][11]​ A la vez, el historiador concede que hay analogía entre druidas y hieróscopos, lo que ha llevado a autores como Quintela y Cardete a opinar que resulta verosímil una clase sacerdotal embrionaria.[12][4]

Los autores afines a esta teoría razonan que la extensa evidencia arqueológica de templos, santuarios y rituales no se entendería sin un personal sacerdotal que los mantuviera y administrase,[5][8]​ especialmente dado el nivel de desarrollo social de las culturas hispanas.[14]​ También se citan hallazgos como la necrópolis vetona de La Osera,[1]​ el bronce de Luzaga y los bronces de Botorrita como posibles evidencias sacerdotales.[5]​ Una inscripción en Queiriz, Beira Alta en la que se lee "ouatius" ha sido tentativamente identificada por Quintela con el término vate (ouate), asociado con los profetas y filósofos galos.[12]​ También se ha comparado a estos posibles sacerdotes no con los druidas, sino con los arúspices griegos y romanos.[5]

Se encuentra debatido, sin embargo, el grado de profesionalización que ostentarían estos adivinadores, yendo desde una ocupación de carácter ocasional, asumida eventualmente por caudillos, ancianos o figuras políticas, hasta una verdadera clase religiosa, enteramente dedicada a ella.[4][8][14]​ También se ha propuesto una profesión adivinatoria individualizada, sin auténtica organización de casta.[11]



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