Diploma



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Para las ciencias históricas, el diploma (del latín, díplōma, y del griego clásico: δίπλωµα, significando «doblado»)[1]​ es un documento emanado generalmente de una autoridad soberana o de un entidad oficial, confiriendo o atestiguando un derecho (patente, bula), un título (nobiliario, profesional), un reconocimiento (condecoración, premio) o un título académico (grado, máster, doctorado). Conlleva elementos de autentificación mediante unos signos de validación como puede ser un sello, un monograma, una firma manuscrita o un reconocimiento del escribano.[2]​ Es parte del objeto de estudio de la Diplomática.[3]

Pero un diploma también, desde el punto de vista más concreto de la Diplomacia, era un documento oficial, «una carta de recomendación o que otorgaba una licencia o privilegio»,[4]​ remitida por la autoridad suprema de una entidad política soberana a las autoridades de otra, para informarles que el poseedor desempeñaba funciones de representación oficial y para solicitarles ciertos privilegios para el funcionario en la jurisdicción del destinatario. Dicho documento se caracterizaba por estar doblado,[5]​ y en algunas ocasiones cosido[6]​ en razón de que el contenido era una comunicación privada entre el remitente y el destinatario. El documento se entregaba doblado, y contenía una recomendación oficial —con ciertos poderes— para aquellos funcionarios que se dirigían a otro país o provincia de un imperio. El portador del ‘pliego’ o diploma era ipso facto un diplomático.[7]

En su acepción clásica era cualquier instrumento o documento (como tablillas o placas metálicas enganchadas en dos) expedido por alguna autoridad pública para otorgar a los soldados licenciados, que en muchos casos se debía entregar en el domicilio del premiado, certificando los años de servicio y los derechos y privilegios concecidos como gratificación.[8][9][10][11]

Entre los diferentes nombres usados antiguamente, se hallan comúnmente los siguientes: cártula, carta o karta, instrumento, testamento, página o escritura. Se da el nombre de cartulario, libro, becerro o tumbo, al códice que reúne las copias literales de los diplomas o privilegios concedidos a una iglesia o institución, y que se guarda en el archivo de la misma. El término pergamino sería otra denominación antigua determinada por el tipo de soporte material utilizado.

En todo diploma figuran tres elementos personales:

Los diplomas o documentos se clasifican por razón de:

La materia clásica de los buenos diplomas en la Edad media, desde el siglo VII y aún en la moderna ha sido constantemtne el pergamino más o menos avitelado pero sin exclusión de otras láminas en los primeros siglos medievales. Hasta la época de Carlomagno se usó algunas veces el metal y hasta el siglo XI obtuvo algún favor el papiro. Desde el siglo XIII se prepara mejor el pregamino y se distingue por su mayor blancura y en el mismo siglo o antes (desde el XII en Sicilia por Roger II) comenzó a usarse el papel común en documentos de menor importancia lo cual se generaliza en el siglo XV a pesar de lo grosera y floja que resultaba dicha materia por entonces y que se iba mejorando de siglo en siglo. El documento más antiguo en papel que se conoce en España es un registro del año 1237 sobre el repartimiento del reino de Valencia que mandó hacer Jaime el Conquistador.

La tinta empleada comúnmente en los diplomas es la negra salvo en pequeños adornos de las letras y en firmas o rúbricas de antiquísimos documentos imperiales que la tienen roja. Alguna rara vez en documentos imperiales o reales de la época de Carlomagno se aplicó tinta áurea y más a menudo lo hicieron los Emperadores de Oriente. Pero no se refieren a ella sino al sello de oro los nombres de carta áurea o bula áurea que se dan a ciertos diplomas regios y pontificios de la Edad Media. En los documentos escritos con tinta negra desde el siglo XIII, se observa a menudo notable palidez o color amarillento en las letras debido a la descomposición química lentamente producida con el andar del tiempo. En cambio se conserva negra la de los siglos XI y XII. Se atribuye esta diferencia a que en los siglos anteriores al XIII solía emplearse la tinta de negro de humo y no la de agallas que se usó desde entonces.

La forma externa de los diplomas es la de una lámina rectangular escrita por una de sus caras (que en los pergaminos, es la interior o de carne) y dispuesta para guardarse arrollada o doblada pendiendo del borde inferior uno o más sellos de cera o de metal en los documentos más solemnes. Si estuviera escrito por ambas caras probaría con esto no ser original sino una copia o un documento falso a no ser en actas y ejecutorias cuando tienen la forma de cuaderno, lo cual es rarísimo antes del siglo XIV.

En las antiguas civilizaciones asirio-caldeas y egipcias, lo mismo que en la griega y primitiva romana, hubo sin duda, verdaderos diplomas pero su materia y su forma no se distinguían aparentemente de otros escritos nacionales consistiendo por tanto en tabletas de arcilla, papiros y láminas de bronce.

En la Edad Antigua y en la Edad Moderna el idioma usado en los documentos era el propio de la nación respectiva, al menos, en esta última en los que no eran internacionales. Durante la Edad Media se redactaron en general en latín los documentos de las naciones correspondientes al Occidente cristiano y en griego, las de Oriente y por muchos siglos, también las de Sicilia y Sur de Italia. Pero ya desde el siglo X se van mezclando cn el latín frases vulgares o en romance y desde fines del XII se redactan algunos documentos por entero en lengua vulgar, por lo menos, en las naciones europeas (en Provenza, ya desde el siglo XI) cuando no se trata de comunicaciones internacionales, que aumenta de tal modo en el siglo siguiente que llega hasta hacerse exclusivo el idioma vulgar para documentos eclesiásticos.

En los documentos castellanos y leoneses cesó el latín desde mediados del siglo XIII aunque algo más lo retuvieron los notarios, sobre todo, en el formulismo de sus actas. En la Corona de Aragón siguió el latín hasta el siglo XVII pero desde mediados del XIII se redactaron en catalán algunos documentos notariales. En Navarra se adoptó el castellano y alguna vez, el francés desde el siglo XIV.

El idioma latino de los documentos medievales se presenta en todas las naciones muy decadente y lleno de barbarismos y esto aún en la misma Corte Pontificia desde el siglo VIII hasta mediados del XI. Pero desde esta última fecha va mejorando en Italia, mayormente desde el siglo XIII imitándole algo las demás naciones.

En cuanto al tipo de letra adoptado en los diplomas, según su clase en general puede afirmarse que en Occidente se usó la letra capital y uncial romana hasta el siglo VII. Siguieron después las escrituras nacionales y durante los siglos XIII, XIV y XV se empleó la llamada escritura gótica con sus derivaciones, para reemplazarla con la itálica desde finales del siglo XV en los mejores documentos. A la escritura acompañan algunos adornos siempre con sobriedad en los diplomas y se iluminan con algún color las iniciales y los signos rodados pero en las copias de algunos diplomas de gran importancia se observa con frecuencia mayor decoración pictórica ostentando a menudo el retrato de la persona regia que otorgó el documento.



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