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Infierno (La Divina Comedia)



El Infierno (en italiano Inferno) es la primera de las tres cánticas de La Divina Comedia del poeta florentino Dante Alighieri. Los sucesivos cantos son el Purgatorio y el Paraíso. Está formada por 33 cantos, más uno de introducción, cada canto está subdividido en tercetos cuya rima está intercalada. De hecho, su estructura doctrinal hace un uso constante del número tres: los condenados están repartidos en tres categorías, cada una localizada en una sección decreciente de la cavidad subterránea. El orden de las penas, como dice Virgilio en el canto XI, depende de la Ética Nicomaquea de Aristóteles, y prefigura una jerarquía del mal basada en el uso de la razón. La elección de las penas sigue la ley del contrapaso, que castiga los pecadores mediante el contrario de sus pecados o por analogía a ellos. En ese sentido, los pecadores más "cercanos" a Dios y la luz, es decir puestos en los primeros círculos, son los incontinentes, que incluyen a los lujuriosos, los glotones, los avaros y los iracundos. Siguen los violentos, que fueron cegados por la pasión, si bien a un nivel de inteligencia mayor que los primeros. Los últimos, ubicados en las Malasbolsas, son los fraudulentos y los traidores, que quisieron y realizaron el mal conscientemente. Entre los traidores hay cuatro categorías: a Caína van los traidores a la familia; a Antenora, los traidores a la patria; a Tolomea, los traidores a los huéspedes y a Judeca, los traidores a los benefactores y a Dios. Todos los pecadores del Infierno tienen una característica en común: sienten la separación de Dios como el mayor castigo. Cuanto mayor es el pecado, menor es el espacio físico en el que habitan las almas.

El poema comienza el día antes del Viernes Santo, en el año 1300. El narrador, Dante Alighieri, tiene treinta y cinco años, y por ende se encuentra "a mitad del camino de la vida" (Nel mezzo del cammin di nostra vita) —mitad de la expectativa de vida de setenta años según la Biblia (Salmo 90:10). El poeta se encuentra perdido en «una selva oscura» y es asaltado por tres bestias, un león, un leopardo (lonza en italiano que puede referirse también a una pantera o un lince), y una loba, a los que no puede evadir, y es incapaz de encontrar la «senda recta» (diritta via) a la salvación. Estos animales son una alegoría de la soberbia, la lujuria y la codicia, tres pecados capitales. Consciente de que él mismo se está haciendo daño y de que está cayendo en un «profundo lugar» (basso loco) donde el sol calla (l sol tace), Dante es finalmente rescatado por el poeta romano Virgilio. Los dos comienzan un viaje al mundo de ultratumba (Canto I). Cada castigo en el Infierno es por contrapaso, una representación de la justicia poética; por ejemplo, los adivinos deberán caminar con sus cabezas al revés, incapaces de ver lo que está enfrente, resultado de tratar de ver siempre el futuro.

Dante pasa a través de la puerta del infierno, que tiene una inscripción cuyo texto dice: «Es por mí que se va a la ciudad del llanto, es por mí que se va al dolor eterno y al lugar donde sufre la raza condenada, yo fui creado por el poder divino, la suprema sabiduría y el primer amor, y no hubo nada que existiera antes que yo, abandona la esperanza si entras aquí». Antes de entrar completamente al infierno, Dante y su guía ven a aquellos que nunca se comprometieron, las almas de aquellos que jamás hicieron algo bueno o malo (entre ellos, Dante reconoce a Celestino V, un papa que renunció a su cargo). Con ellos están los exiliados que no tomaron parte en la rebelión de los ángeles. Estas almas no están ni en el Infierno ni fuera de este, pero residen en las orillas del Aqueronte. Su castigo es el de perseguir eternamente una bandera en blanco mientras son atacados por abejas y avispas que continuamente los pican mientras gusanos y otros insectos succionan su sangre y lágrimas. Este castigo se debe a que en vida no fueron capaces de abanderar ninguna causa; ahora deben correr detrás de un estandarte vacío y no por motivación propia, sino por evitar las picaduras de las abejas. Como el Purgatorio y el Paraíso, el Infierno tiene una estructura de 9+1=10, pues cuenta con un "vestíbulo" de diferente naturaleza que los otros nueve círculos que lo componen, de los cuales lo separa el Aqueronte.

Tras franquear el vestíbulo, Dante y Virgilio llegan a la barca que les permitirá cruzar el Aqueronte y llegar al infierno propiamente dicho. Quien conduce la embarcación es Caronte, quien, al saber que Dante procede del mundo de los vivos, se niega a dejarlo pasar. Virgilio, sin embargo, lo obliga a acceder pronunciando la frase Vuolsi così colà ove si puote ("así se dispuso allí donde se tiene la autoridad"), indicando que el viaje de Dante es deseado por Dios. Las protestas y blasfemias de las almas condenadas llenan la atmósfera (Canto III). Sin embargo, el poeta pierde el conocimiento y en su poema no se describe el cruce del río propiamente dicho (Canto IV).

A continuación, Virgilio guía a Dante por los nueve círculos del Infierno, que son concéntricos, representando la progresión de la gravedad del pecado castigado, y culmina en el centro de la Tierra, donde Satán es prisionero. Los pecadores de cada círculo son castigados con penas eternas, pero aquellos que se arrepintieron y oraron antes de fallecer se encuentran en el Purgatorio, donde deben expiar sus culpas. En el Infierno se encuentran quienes justificaron sus pecados y no se arrepintieron.

En un sentido alegórico, las tres bestias representan los tres tipos de pecados: la autoindulgencia, la violencia, y la perversidad,[1]​ lo cual es de importancia pues determina la estructura del lugar, de modo que el alto Infierno (los primeros cinco círculos) corresponden a los pecados de autoindulgencia, el sexto y el séptimo a los caracterizados por la violencia, y el octavo y el noveno a los marcados por la perversidad.

En el limbo se encuentran los no bautizados y los paganos virtuosos quienes, pese a no ser pecadores, no conocieron a Cristo. Estos pecadores no son efectivamente atormentados, pero aun así están condenados ya que están separados de Dios, sin esperanza de reconciliarse con Él. El limbo comparte muchas características con los prados asfódelos griegos; "un lugar neutral, ni bueno ni malo, donde esta gente estará eternamente siempre deseando a Dios pero sin poder tenerlo nunca."[2]​ El limbo incluye prados verdes y un castillo, el lugar donde están los hombres más sabios de la antigüedad, incluyendo al mismo Virgilio, así como filósofos islámicos como Averroes y Avicena. En este castillo Dante conoce a los poetas Homero, Horacio, Ovidio, y Lucano, a la reina amazona Pentesilea, al matemático Euclides, a los filósofos Sócrates, Platón y Aristóteles, y a muchos otros, entre ellos César en su rol de general de Roma ("César en armas, de ojos rapaces"[3]​). Curiosamente, Dante también se encuentra con Saladino en el limbo (Canto IV). Dante da a entender que todos los no cristianos virtuosos se encuentran en ese lugar, aunque luego se encuentra a dos (Catón de Útica y Estacio) en el Purgatorio y a otros dos (Trajano y Rifeo) en el Paraíso.

Después de este primer círculo, todos los condenados por pecados "activos", es decir, que deliberadamente han pecado dañando a alguien, son juzgados por Minos, quien sentencia cada alma y le asigna su lugar, enrollando su cola sobre sí mismo tantas vueltas como círculos debe descender. Los círculos más profundos están estructurados de acuerdo con la concepción clásica (aristotélica) del vicio y la virtud. Están agrupados de acuerdo con los pecados de incontinencia, violencia y fraude (representados, según diversos comentaristas, por el leopardo, el león, y la loba, respectivamente). Los pecados de incontinencia, es decir, la incapacidad de controlar los deseos e instintos propios, son castigados en un primer lugar, mientras que la violencia y el fraude aparecen después.

En el segundo círculo del Infierno se encuentran aquellos que han pecado de lujuria. Dante condena a estos "malefactores carnales"[4]​ por dejar que sus apetitos sobrepasaran su razón. Ellos son los primeros en ser verdaderamente castigados en el Infierno. Estas almas están condenadas a ser impelidas por un fuerte viento que las embiste contra suelo y paredes, las agita y las hace chocar entre ellas sin descanso, de la misma forma que en vida se dejaron llevar por los vientos de la pasión.

En este círculo, Dante encuentra a Semíramis, Dido, Cleopatra, Helena, Aquiles, Paris, Tristán, y muchos otros que no controlaron el amor sensual durante su vida. Francesca de Rímini le cuenta a Dante cómo ella y su cuñado Paolo cometieron adulterio, y después murieron de manera violenta, en el nombre del Amor, en las manos de su esposo, Gianciotto Malatesta. Francesca le cuenta a Dante que su acto de adulterio fue inspirado por la historia de Lanzarote y Ginebra (un episodio esculpido por Auguste Rodin en El Beso). Sin embargo, ella cree que su esposo será castigado por fratricidio en Caína, en el Noveno Círculo (Canto V).

Recobrando el sentido, el poeta se halla en el tercer círculo, donde se castiga a los condenados por el pecado de la gula con la pena de ser batidos por una fortísima lluvia fría mezclada con grueso granizo, y ensordecido por los terribles ladridos de Cerbero, que además los desgarra con uñas y dientes. Entre esos infelices encuentra a Ciacco.

Aquellos cuya actitud hacia los bienes materiales se desvió de la media inadecuada son castigados en el cuarto círculo. Aquí están condenados los avaros, que acumularon posesiones, y los pródigos, que las derrocharon. Ambos grupos empujan grandes pesos a lo largo del círculo, pero cada uno en dirección opuesta. Cuando se encuentran, chocando, se injurian. Unos reprochan: "¿Por qué acaparas?", los otros: "¿Por qué derrochas?". A continuación cada grupo da la vuelta para recorrer el círculo en sentido contrario, hasta chocar de nuevo con el otro.

El contraste entre estos dos grupos, Virgilio conduce al discurso sobre la naturaleza de la fortuna, que resucita a las naciones a la grandeza, y luego los sume en la pobreza, como ella cambia "esos productos vacíos de nación a nación, clan a clan.", expresión llena lo que de otro modo sería una brecha en el poema, ya que ambos grupos están tan absortos en su actividad que Virgilio le dice a Dante que sería inútil tratar de hablar con ellos - de hecho, han perdido su individualidad, y se conviertan en "irreconocible" (Canto VII).

Las almas de los iracundos están encenagadas en la espantosa y pantanosa laguna Estigia. Rabiosas, se golpean entre ellas, y se despedazan a mordiscos mientras se ahogan en sus infectas aguas. Bajo el agua y hundidos en el lodo, están las almas de los acidiosos. De mala gana, Flegias transporta en su barco a Dante y a Virgilio a través de la laguna Estigia. En el camino un condenado les habla, Filippo Argenti, güelfo negro de una prominente familia, que en vida atropellaba con su carroza jalada por caballos a todo aquel que se le cruzara en su camino. Ofendido tras ver la reacción de Dante al verlo, Filippo intenta sumergir a Dante dentro de las aguas del Estigia, pero Virgilio rápidamente lo empuja, devolviéndolo a las infectas aguas y golpeándose a sí mismo como rabieta ante su fracaso. Cuando Dante responde "con el llorar y con el luto quédate, espíritu maldito,"[5]​ Virgilio lo besa. Literalmente, esto muestra el hecho de que las almas en el Infierno están eternamente fijadas en el estado que eligieron pero, alegóricamente, refleja cómo Dante se "contagia" del pecado de la ira[6]​ (Cantos VII y VIII).

Las partes más bajas del Infierno se encuentran dentro de los confines de la ciudad de Dite, que a su vez está rodeada por la laguna. Los castigados dentro de Dite son pecadores activos (no pasivos). Los muros de Dite están custodiados por ángeles caídos. Virgilio no logra convencerlos de que lo dejen pasar con Dante y las Erinias y Medusa amenazan a Dante. Un ángel mandado del Cielo los deja entrar, abriendo la puerta al ser tocada por una vara. Alegóricamente, esto revela el hecho de que el poema está empezando a tratar con pecados que ni la filosofía ni el humanismo pueden comprender del todo[6]​ (Cantos VIII y IX).

En el sexto círculo, los epicúreos, quienes negaron en vida la inmortalidad del alma, están condenados a yacer en flamígeros sepulcros destapados. Dante habla con un epicúreo florentino, Farinata degli Uberti, un gibelino (condenado póstumo por herejía en 1283); y Cavalcante dei Cavalcanti, un güelfo y padre de Guido Cavalcanti, amigo de Dante y poeta. Las afiliaciones políticas de estos dos hombres crean una discusión sobre la política florentina (Canto X).

En respuesta a una pregunta de Dante sobre la profecía que recibió, Farinata explica que el alma en el Infierno puede ver el futuro pero no el presente. En consecuencia, cuando "se aproximan o son",[7]​ es todo en vano su intelecto.

En los últimos círculos del Infierno se castigan los pecados relacionados con el fraude consciente o traición. A estos círculos solo se puede llegar descendiendo un gran acantilado, que Dante y Virgilio hacen en la espalda de Gerión, un monstruo alado tradicionalmente representado con tres cabezas o con tres cuerpos unidos,[14]​ pero descrito por Dante con tres distintas naturalezas: humana, bestial y reptil.[14]​ Gerión es la imagen del fraude, con la cara que parece de un hombre honesto, su cuerpo hermosamente coloreado, pero con una punta venenosa en la cola[15]​ (Canto XVII).

Los fraudulentos de forma deliberada, a sabiendas del mal que causan, están localizados en un lugar llamado Malebolge ("Malas fosas"), dividido en diez Bolgias unidas por puentes:

El noveno círculo está rodeado de gigantes clásicos y bíblicos, quienes quizás simbolizan el orgullo y otros defectos espirituales que se esconden detrás de los actos de traición.[30]​ Los gigantes están echados en el suelo y por eso se pueden ver desde más arriba. Entre ellos está Nemrod y Efialtes, quien con su hermano Otus trató de derrotar al Olimpo. El gigante Anteo está en el pozo que forma el noveno círculo (Canto XXXI).

Los traidores se diferencian de los "simples" fraudulentos por el hecho de que sus acciones envuelven el engañar a alguien con quien se tiene una relación especial. Hay cuatro zonas concéntricas (o "rondas") de traidores, correspondientes, en orden de seriedad, a las traiciones hacia algún familiar, hacia alguien con lazos de comunidad, hacia los huéspedes, y hacia el señor feudal. En contraste con la imagen popular del Infierno como ardiente, los traidores están congelados en un lago de hielo conocido como Cocito, en donde cada grupo está encajado a profundidades cada vez mayores.

En el centro del Infierno, condenado por cometer el último pecado (la traición hacia Dios), está Satanás. Satanás es descrito como un gigante, espantosa bestia con tres caras, una roja, una negra y otra de color amarillo pálido:

Una delante y era bermeja,
las otras eran dos, que a aquella se unían
de cada hombro en el medio,
y se juntaban en el lugar de la cresta:
y la derecha parecía entre amarilla y blanca,
la izquierda a la vista era tal cuales son
los que vienen de donde el Nilo se encauza.[35]

Satanás está inmerso en el hielo hasta la cintura, llorando y babeando. Aletea como si intentase escapar, produciendo un viento que hiela todo el Cocito. Cada boca tiene un famoso traidor, con Bruto y Casio en las bocas de la izquierda y derecha, respectivamente. Estos dos hombres estuvieron involucrados en el asesinato de Julio César - un acto que para Dante significa la destrucción de la unificación de Italia ya que mataron al hombre que debía gobernar al mundo.[36]​ En el centro, está Judas. A él se le aplica la peor de las torturas, su cabeza es roída por la boca de Satanás. Lo que se ve aquí es una perversión de la trinidad: Satanás es impotente, ignorante, y está lleno de odio, en contraste con la omnipotencia, omnisciencia, y amor de Dios.[36]

Los dos poetas salen del Infierno escalando sobre Satanás, pasando a través del centro de la tierra (con un cambio del sentido de la gravedad), y emergen en el otro hemisferio (descrito en el Purgatorio) justo antes del amanecer en Pascua, bajo un cielo lleno de estrellas (Canto XXXIV).



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