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Isla flotante



Se denomina isla flotante a un tipo de territorio insular de suelo firme que se caracteriza por estar suspendido en la superficie del medio acuático que lo contiene, sin contactar con su lecho, al estar separado de este por agua libre. Generalmente su formación es el resultado de procesos naturales, sin embargo también las hay originadas artificialmente.

Ya desde antiguo, los griegos y romanos pusieron atención en las islas flotantes, maravillados por lo absurdo de su existencia y especulando sobre su formación y las razones de su flotabilidad.[1]​ En el año 1665, publicó sus escritos sobre islas flotantes el jesuita naturalista y filósofo Atanasius Kircher.[2]​ En 1711 hace lo propio George Christoph Munz.[3]​ Sobre el tema de las plantas que forman islas flotantes, en 1741 Carlos Linneo publicó un artículo en “Analecta Transalpina”, al que luego (traducido al sueco) reprodujo ese mismo año en “Kongl. Swenska Wetenskaps Academiens Handlingar Stockholm”.[1]​ En la segunda mitad del siglo XIX y en todo el siglo XX las islas flotantes fueron materia constante en los análisis de biogeografía.

Desde antiguo, las islas flotantes despiertan curiosidad y asombro. El hecho que desafíen la lógica (al no hundirse) más la eventualidad de su —a veces solo latente— movilidad, las ha hecho protagonistas de leyendas fantasmagóricas y ser poseedoras de cualidades místicas o sobrenaturales.[1]​ La posibilidad de ser llevada por los circunstanciales vientos, les otorga cierta evocación a las vidas humanas, afectadas por los eventos que puedan suceder, alegoría que las constituye un espacio como dimensión para conocer lo humano.[1]

Para dar respuesta a algunos interrogantes biogeográficos, se ha postulado la hipótesis del traslado de propágulos a través de islas flotantes de masas de vegetación que fueron arrastradas largas distancia impulsadas por vientos marinos, especialmente en el pasado geológico, cuando la amplitud de la separación física que representaba el trecho marino a superar, eran muy inferior a la actual.[4]​ Este tipo de traslado fue postulado para roedores caviomorfos,[5]monos platirrinos,[6][7]nesofontes[8]gasterópodos marinos bentónicos, etc.[9]​ De una forma más simple, las islas flotantes permiten el traslado de ejemplares faunísticos desde una margen de un gran lago hasta la opuesta.[10]

Las islas flotantes proveen múltiples beneficios a los seres humanos.[11]

Este uso se les da en Níger (en el lago Chad), en la India (en el lago Loktak) o en China.[1]

Este uso se les da en la India (en el lago Dal) en Malasia (en Perak) , en varios lagos de China, en Birmania (en el lago Inle) o en las chinampas próximas a la ciudad de México.[1]

Este uso ocurre en las islas flotantes artificiales de los urus del lago Titicaca,[12]​ en los pueblos de pescadores de la bahía de Ha-Long (Vietnam), en varios lagos de China, en Uganda (en el lago Kyoga), en Zaire (en el lago Kisale), en Irak (en los pantanos del río Éufrates), etc.[1]​ Un zona donde son habituales las islas flotantes es la Amazonia, por ejemplo en los pueblos de caboclos pescadores brasileños o en algunos barrios de Iquitos], Perú.[13]

También se han construido islas flotantes como método de remediación de aguas contaminadas, para que sirvan como lugar de nidificación de aves,[14]​ o para proporcionar hábitats para peces.[1]

Las islas flotantes, especialmente las naturales, pueden también generar algunos perjuicios para los seres humanos. En el estado de Massachusetts, las islas flotantes del lago Island Pond suelen instalarse frente a las casas ubicadas en la costa, obstruyendo las vistas del paisaje que se podrían contemplar desde las mismas. También en Estados Unidos, causan problemas en el estado de Minesota, por lo que se otorgan permisos para ser removidas.[1]

En algunas zonas las islas flotantes contienen en su interior hábitats adecuados para la multiplicación de mosquitos transmisores de enfermedades, como ocurre en el lago Victoria, en África y en el lago Gatún, en Panamá.[1]

Las islas flotantes pueden afectar las operaciones portuarias, como ha ocurrido en Kenia (en el puerto de Kisumu, sobre el lago Victoria), en Uruguay (con el puerto de Montevideo)[1]​ y en la Argentina (con el puerto de Buenos Aires).[15]

También llegan a cambiar las características ecológicas de los lagos, dañando tanto a su ecosistema como a la economía del área. Esto ha ocurrido en la India en Manipur (en el lago Loktak) y en Estados Unidos, en lagos del estado de Florida, como el Orange, el Kissimmee y el Istakpoga.[1]

En los casos de islas flotantes naturales, por lo común se produce por un crecimiento vigoroso de determinadas plantas hidrófitas, las que van entrelazando sus raíces produciendo un entramado que retiene los restos vegetales, acumulando de este modo materia orgánica, la que con el tiempo otorgará mayor sustentación al medio así formado, permitiendo que sobre él puedan crecer otras plantas.[16]​ Este proceso puede ocurrir no solo en áreas tropicales, también se presenta en zonas templadas. Por ejemplo, la isla flotante de origen natural de mayor tamaño fue una observada en el año 1881, viajando a la deriva en un río de tamaño medio, cerca de Waterloo en la provincia de Quebec, Canadá. La misma contenía árboles de hasta 15 metros de altura.[17][18]

Otro modo de origen es cuando masas de turba que estaban depositadas en el lecho de un lago, se desprenden y alcanzan la superficie. Posteriormente son pobladas por hierbas, que las consolidad y aglutinan.[19]

Del tipo flotante también hay islas originadas por la acción humana directa.[20]​ Un ejemplo de estas son las islas flotantes de los urus, indígenas del lago Titicaca, los que las construyen atando mazos de juncos o totoras secas, hasta formar una forma de balsa sobre la cual construyen sus viviendas y realizan múltiples actividades.[21][22]

La clave para que estas islas no se hundan es su capacidad de flotar, la cual depende de si su origen es natural o artificial, y en este último caso, de los materiales empleados. Las islas naturales puede hacerlo en muchas ocasiones por originarse en plantas flotantes, las cuales desprendían sus muy livianos restos parenquimatosos, retenidos luego por las raíces de otras especies.[23]​ Los gases producidos por la descomposición de los restos vegetales también operan en elevar la estructura sobre las aguas. En otros casos el medio es turba (formada en el pasado por comunidades de musgos) que por distintas razones logra ascender a la superficie.

En el caso de islas artificiales, estas son construidas con materiales livianos, como la totora seca, maderas de bajo peso específico y, las más sofisticadas, antaño eran sustentadas por barriles, hoy reemplazados por tambores de metal o plástico con aire en su interior y cerrados herméticamente, sobre los cuales se levanta una estructura de tipo plataforma.



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