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Sacrificios humanos en la América precolombina



El sacrificio humano en el mundo precolombino fue una práctica religiosa que se realizaba en el contexto de ciertos cultos de los pueblos indígenas de América. Esta práctica fue prohibida por los españoles a los pocos años de su llegada al continente americano. Gran diversidad de documentos y relatos son corroborados con abundante evidencia arqueológica e histórica dando cuenta de ello.[1]​ La arqueología desde el siglo XX da clara muestra de su extendida práctica en Mesoamérica.[2]

Durante y después de la Conquista de México, se reportaron incidentes en los cuales se involucraba el ofrecimiento ritual de seres humanos en sacrificio a las deidades mesoamericanas. Uno de los incidentes más famosos y utilizados por investigadores a nivel mundial es el que sucedió después de la Noche Triste, cuando Hernán Cortés escapaba con sus tropas de Tenochtitlan. Mientras rodeaba el lago de Texcoco para dirigirse a territorio aliado en Tlaxcala, observó desde la orilla del lago el sacrificio ritual de españoles que no lograron escapar. Este evento fue documentado por Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España y por Hernán Cortés en sus Cartas de Relación dirigidas al rey Carlos V.

Uno de los mayores ejemplos de esta práctica se localiza en el Templo Mayor, la ofrenda 111 excavada por el arqueólogo López Luján. Además de múltiples representaciones en códices precolombinos y estelas mayas.

La evidencia arqueológica es abundante, entre los que destacan varios techcatl (piedra de sacrificios) con restos de hemoglobina, herramientas de obsidiana para esta labor, esqueletos humanos ejecutados por cardioectomía con marcas de corte en las costillas, decapitaciones, etc.

Esta afirmación es duramente criticada como una falacia por parte del etnógrafo alemán Peter Hassler, ya que en ambas obras se afirma observar al detalle dichos hechos mientras los españoles se encontraban en el campamento de Pedro de Alvarado en Tlacopan (actual Tacuba). Afirma que la distancia entre Tlacopan y el Templo Mayor donde presuntamente se realizaron los sacrificios, era demasiada para observar que sucedía y mucho menos distinguir si un corazón palpitaba. La distancia entre Tacuba y el centro de la Ciudad de México es de aproximadamente 6 kilómetros. Sin embargo, este autor no toma en cuenta la evidencia arqueológica para su afirmación.

Un autor antiguo que negó la existencia de los sacrificios fue Bartolomé de las Casas quien ejerció como encomendero y luego como fraile dominico. En su Historia de Indias afirma que nunca se realizaron sacrificios humanos:

Como cualquier hecho histórico los sacrificios humanos de los americanos precolombinos o la conquista de América por los europeos ha de ponerse en contexto. Los sacrificios humanos han sido practicados en muchas culturas, especialmente en la antigüedad. Se mataba a las víctimas ritualmente de una forma que pretendía apaciguar a los dioses en caso de sequías, epidemias o similares desgracias o para obtener algún favor como la victoria sobre un enemigo. El sacrificio de prisioneros de guerra a la deidad y el de servidores, esclavos y concubinas en ocasión del funeral de un soberano para que lo acompañaran al otro mundo también se dio. Sacrificios de este tipo fueron practicados en las regiones celtas y germánicas de la edad del bronce y del hierro así como en los rituales relacionados con la adoración de algunos dioses en Escandinavia. Plinio el Viejo informa que Roma prohibió los sacrificios humanos en 97 a. C. aunque para entonces ya eran muy raros y la medida fue más bien simbólica. Para los habitantes de la antigua Cartago, el sacrificio de infantes era también una manera de aplacar a sus dioses. Excavaciones en el palacio de Cnosos muestran que también los primeros griegos, minoicos y micénicos, sacrificaban personas en casos difíciles. En la India contemporánea, el antiguo ritual llamado sati, en que la viuda de un difunto tiene que arrojarse a la pira funeraria, aún ocurre ocasionalmente, especialmente en las áreas rurales.[3]​ A la llegada de los europeos a América los sacrificios humanos fueron observados con horror por estos pues los consideraban actos de barbarie primitiva.

Los historiadores conocen mejor el Posclásico del altiplano que de otras regiones. La práctica de exponer los cráneos de los sacrificados ya se observa en Huamelulpan (Oaxaca) a principios de nuestra era; y en sitios de períodos posteriores como Copán, Honduras y Uxmal. Estos tzompantli alcanzaron grandes proporciones, mayores incluso que las de los posteriores tzompantli de la gran capital azteca Tenochtitlán.[4]

Los olmecas fueron la primera gran civilización mesoamericana. Aunque no existe evidencia irrefutable de sacrificio de infantes en esta cultura, se han encontrado esqueletos completos de recién nacidos, así como fémures desmembrados y calaveras, en un sitio olmeca en el estado de Veracruz llamado El Manatí. Estos huesos han sido asociados con ofrendas sacrificiales, particularmente, unos bustos de madera. Aún no se sabe cómo murieron los infantes.[5]

Algunos investigadores también han asociado el sacrificio de infantes con el ritual olmeca que muestra a bebés laxos o flácidos, siendo el más famoso la enorme piedra labrada que se encuentra en el Altar 5 de La Venta, o la figura de Las Limas.[6]​ Podría ser indicio de que ya entonces existía el sacrificio infantil al dios de la lluvia.

En Teotihuacan, la gran metrópolis del Clásico, el sacrificio por extracción del corazón fue una práctica importante, como se observa en la pintura mural. Muy poco se sabe de Teotihuacan. No se conoce el nombre de un solo rey y el mismo nombre de Teotihuacan es una invención mesoamericana posterior. Los huesos encontrados en las pirámides del Sol y de la Luna hacen suponer que se realizaban sacrificios a Tláloc.[7]​ En 2007 análisis del ADN confirmaron que las víctimas eran traídas de pueblos conquistados.[8]

El sacrificio de prisioneros recreaba el mito cósmico y fue clave en la ideología de los señoríos mayas. Michael Coe explica el gran cambio producido por los nuevos estudios de la civilización maya, a partir de que descifraron los jeroglíficos:

La extracción del corazón aparece en algunos cuantos casos del arte maya. Los sacrificados casi siempre parecen haber sido niños. La extracción de corazones de niños se ve en la cerámica pintada. Otro caso conocido es la Estela 11 de Piedras Negras en Guatemala, en que se ve la cavidad pectoral de un niño sacrificado.

En el sacrificio de adultos, existe una imagen pintada sobre una vasija en que se ve el sacrificio ritual de un prisionero atado a un cadalso y un grotesco personaje que le saca las entrañas con una lanza, mientras los músicos tocan tambores y trompetas —«una de las escenas más terribles del arte maya».[10]​ En los muros de Bonampak también hay terribles imágenes de tortura ritual.

Otra forma de sacrificio maya era arrojar a la víctima al interior de un cenote.

En 2007 los arqueólogos anunciaron que habían analizado los restos de dos docenas de niños, de cinco a quince años, encontrados enterrados con figurillas de Tláloc. Los niños, encontrados cerca de las viejas ruinas de Tula, la capital tolteca, habían sido decapitados. Los restos fueron fechados de 950 a 1150 d.C.

«¿Cómo explicar que existan 24 cuerpos reunidos en un mismo espacio? Pues la única forma es pensar que hubo un sacrificio humano», afirmó el arqueólogo Luis Gamboa, responsable de la exhumación de los restos en Tula.[11]

Los totonacas en ocasiones sacrificaban niños para extraerles la sangre, la cual era mezclada con semillas para hacer una pasta la cual era comida entre los adultos en un banquete ritual.[12]​ La isla de Sacrificios, actualmente en el estado de Veracruz y descubierta por el español Juan de Grijalva, recibió ese nombre debido a que en ella se hallaron cuerpos sacrificados de indígenas durante una ceremonia de ofrenda a sus dioses.[13]

En Xochimilco, al sur de la actual Ciudad de México se encontraron los restos de un niño de tres a cuatro años cuyos huesos presentaban una coloración naranja o amarilla traslúcida; texturas tersas o vítreas, y compactación del tejido esponjoso, además de estallamiento del cráneo debido a elevadas temperaturas. Dado que después de sacrificarlos los mexicas solían hervir algunas de las cabezas, brazos y piernas para banquetes caníbales los arqueólogos concluyeron que el cráneo fue hervido y estalló debido a la ebullición de la masa encefálica. Fotografías del cráneo han sido publicadas en revistas especializadas.[14]

En Tula, los toltecas asociaban la práctica de sacrificios humanos a la veneración de Tezcatlipoca. En la mitología mexica, a partir de las reformas de Tlacaélel el sacrificio era el recurso humano para salvar al universo de su destrucción, asegurando la supervivencia del sol, y con ello la vida misma. Un ciclo de 18,980 días se repetía cada 52 años, al término del cual el «Quinto Sol» (Nahui Ollin) corría el riesgo de extinguirse para siempre, y la tierra de ser dominada por los seres de la noche. Un enemigo debía entonces ser sacrificado en el monte Huixachtépetl para hacer brotar el fuego nuevo, después de lo cual sangre y corazones humanos debían, periódicamente, nutrir al dios durante los siguientes 52 años. La práctica servía también a una estrategia de dominación: garantizar los privilegios de las clases dominantes.

Para interpretaciones más modernas como la de Lloyd deMause, resulta significativo que las víctimas fueran investidas de un profundo significado cosmológico. Según los psicohistoriadores el sacrificio era una forma inconsciente de vengar los métodos brutales de puericultura en la América precolombina (a la vindicación sobre chivos expiatorios los psicólogos denominan desplazamiento).[15]

Las ceremonias ligadas a la Guerra Florida o Xochiyáoyotl también fueron formas sacrificiales. Los prisioneros capturados podían ser guerreros enemigos de poblaciones aledañas a Tenochtitlan.

Los sacrificados a Xipe Tótec eran desollados después de muertos. Su piel era utilizada por los sacerdotes que, poniéndosela encima, personificaban al dios.

Bernardino de Sahagún, autor de documentos valiosos para la reconstrucción de la historia del México precolombino, cuenta que los sacrificadores se extraían sangre a ellos mismos durante los cinco días anteriores al rito. En la víspera se organizaba la solemne «danza de los cautivos», donde la víctima era forzada a bailar. Las personas condenadas a morir y sus sacrificadores pasaban la noche en vela juntos. Estos cortaban a aquellos un mechón de cabellos para conservarlos como trofeo y objeto mágico portador del «tleyotl» (fuego interior de la víctima). Al amanecer, el sacrificador llevaba a la víctima al templo. Antes de subir, se le retiraba parte de la vestimenta para descubrirle el pecho y, acto seguido, los sacerdotes la subían a la pirámide truncada, donde se la colocaba de espaldas sobre la piedra de sacrificio, sujetada de las extremidades por cuatro sacerdotes ayudantes, tirando hacia abajo para combar la espalda y exponer más el pecho; mediante un corte a la altura del diafragma, el sumo sacerdote le extirpaba el corazón.

Anualmente se acostumbraba realizar el sacrificio de un músico, por lo que se debía elegir a un prisionero joven para educarlo en las artes musicales, principalmente en tocar una especie de flauta cerámica. Era cuidadosamente alimentado y ricamente vestido como si se tratara del propio dios Tezcatlipoca. Un mes antes del sacrificio era casado con cuatro doncellas las cuales lo acompañaban hasta el día de su inmolación cuando era llevado en barca por el lago hasta llegar a una isla donde había un teocalli, donde éstas lo abandonaban. El músico se dirigía al templo y subía cada peldaño (rompiendo las flautas que había tocado durante su consagración) y al llegar a la parte superior era tomado por sus victimarios que lo sujetaban de sus extremidades y uno de ellos, que era el sacerdote, le abría el pecho con un cuchillo de obsidiana o sílex llamado técpatl, le arrancaba el corazón y lo decapitaba. Su sangre era recogida en un cuauhxicalli, su cabeza clavada en un tzompantli,[16]​ su corazón quemado como ofrenda a los dioses y el resto de su cuerpo era despeñado por la escalinata del templo.[17]

Además de la extracción del corazón, había otras formas de sacrificio que se aplicaban en rigurosa conformidad al calendario azteca: decapitación, despeñamiento desde un templo, flechamiento, encerramiento en cuevas, ahogamiento, asamiento y «rayamiento» (lucha ritual).

El sacrificio y posterior canibalismo rituales se iniciaron en Mesoamérica hace 2500 años o tal vez antes. El Conquistador Anónimo dice que los prisioneros de guerra a quienes los mexicas no canibalizaban los esclavizaban.

Bernal Díaz del Castillo dice que el tlatoani mismo compartía el canibalismo de su época. «Oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad» para Moctezuma, y en esa misma página se lee que «nuestro capitán le reprendía el sacrificio y comer carne humana, que desde entonces mandó que no le guisasen tal manjar».[18]

En Historia de Tlaxcala Diego Muñoz escribió: «Ansí había carnicerías públicas de carne humana, como si fueran de vaca y carnero como en día de hoy las hay».

El siguiente calendario está confeccionado a partir de la información proporcionada por Bernardino de Sahagún en su obra Historia general de las cosas de Nueva España.[19]

En la «Lápida de Aparicio» (250-900) que actualmente se encuentra en el Museo de Antropología de Xalapa, México, los borbotones de sangre de un decapitado brotan en líneas rectas en alusión a Chicomecóatl, «siete serpiente». En un panel de un juego de pelota de Chichen Itzá en el Posclásico Temprano, también se ve un decapitado del que brotan serpientes de su cuello (chorros de sangre) como símbolo de fertilidad.

En Mesoamérica el juego de pelota aparece como una de las formas de juego sacrificial. En principio los jugadores no deben tocar la pelota sino con las caderas y las nalgas. En cuanto al número de víctimas ejecutadas al terminar una partida de pelota, Sahagún indica que en Tenōchtitlān eran cuatro. «Y cuando les habían dado muerte, arrastraban sus cuerpos por todo el terreno, y era como si pintaran el suelo con su sangre».[20]

En la región que actualmente es Colombia, en lo referente a los muiscas, no hay evidencias arqueológicas suficientes que permitan asegurar que los sacrificios humanos eran una práctica ceremonial frecuente ni establecida, aunque por tradiciones orales a la llegada de los españoles, se mencionaba la existencia de una práctica de esta naturaleza en el pasado. [21]

Los arqueólogos también han descubierto evidencia física de sacrificios humanos en el área andina, sobre todo en el Perú. Los mochica, sociedad agrícola como todas las culturas precolombinas, adoraban las fuerzas de la naturaleza. Consideraban necesarios los sacrificios humanos para mantener el orden del mundo y frenar desastres, como por ejemplo los causados por el fenómeno de El Niño. El estudio de las imágenes en el arte mochica ha permitido reconstruir la más importante secuencia ceremonial. Ésta se iniciaba con un combate ritual y culminaba en el sacrificio de los vencidos en combate:

La deidad principal de las sociedades de lengua aymara fue Tunupa, el temido dios de los volcanes. En su honor hacían sacrificios humanos y grandes fiestas. En excavaciones realizadas en el sitio arqueológico de Akapana se han encontrado materiales como ofrendas, alfarería, fragmentos de cobre, huesos de camélidos y entierros humanos. Estos objetos fueron encontrados en el primer y segundo nivel de la pirámide de Akapana y la cerámica adjunta corresponde a la fase III de los tiahuanacotas.[23]

En la base del primer nivel de Akapana se hallaron hombres y niños desmembrados a los cuales les faltaba el cráneo; estos restos humanos estaban acompañados de camélidos también desarticulados además de cerámica. En el segundo nivel se encontró un torso humano completamente desarticulado. En total se encontraron diez entierros humanos, de los cuales nueve eran varones. Estos sacrificios corresponden, aparentemente, a ofrendas dedicadas a la construcción de la pirámide.[23]

Debido a su escaso número por muchos años se creyó que los incas no hacían sacrificios humanos, siendo en la última década del siglo XX que empiezan a encontrar restos de este tipo. «Capac cocha» era la regular ceremonia inca de ofrendas, y dentro de ésta en alguna ocasión ocurría el sacrificio humano, generalmente de niños de la nobleza que eran sedados durante el ritual. Estos sacrificios no incluían cortes corporales y tras el ritual los cuerpos sin vida eran momificados.

Los sacrificios se hacían en o después de eventos importantes, como la muerte del Sapa Inca o durante una hambruna. Se escogía a los niños para ofrecérselos al nuevo gobernante inca para esta ocasión. Se cree que los niños elegidos tenían que ser físicamente perfectos: lo mejor que se le podía ofrecer a los dioses. Los niños eran adornados con ropa fina y joyería, para ser escoltados a Cuzco a fin de reunirse con el emperador, donde se realizaría un banquete en honor de los recién llegados. Entonces, el sumo sacerdote llevaría a las víctimas a la cumbre de la alta montaña, donde los sacrificaría ya sea por estrangulación o por golpe certero en la cabeza. Esto se consideraba hasta el descubrimiento de que en vez de sacrificarlos con un golpe, muchas veces se les daba coca y chicha, es decir que se embriagaba a los niños, y así quedaban dormidos hasta congelarse; los incas no creían en la muerte, si no en un pasaje hacia otra vida. Los misioneros escribieron copiosamente sobre el ritual, pero hasta finales del siglo XX no se halló evidencia arqueológica,[24]​ pruebas que se han visto confirmadas a principios del siglo XXI.[25][26]

Los rituales de sacrificios humanos en Tenochtitlán fueron prohibidos por los españoles desde que cayó la ciudad en 1521, pero continuaron en la clandestinidad en otras partes remotas de Mesoamérica, aunque de manera esporádica.[27]

Una corriente minoritaria de autores, entre los que se encuentra Pablo Moctezuma Barragán pone en tela de juicio la práctica del sacrificio humano en América.[28]​ A pesar de ello, en la mayoría de las fuentes predomina la aceptación de esta práctica ritual en varias partes de América antes de la llegada de los españoles; con base en las crónicas europeas, los informes indígenas y la evidencia arqueológica. Miguel León-Portilla —conocido por su trabajo sobre la Conquista española de Tenōchtitlān vivida desde el punto de vista de los conquistados— afirma con frecuencia la existencia del sacrificio humano entre los mesoamericanos.[29]​ En sentido similar, la Enciclopedia Británica, en su edición de 2007, también habla de la historicidad de los sacrificios en la América prehispánica como un hecho establecido:

En algunos textos del siglo XVI, los europeos hicieron consideraciones muy negativas sobre el asunto, juzgándolo desde el punto de vista europeo y cristiano. Esta posición ha perdurado como expresión muy reducida en los círculos académicos, como muestra un artículo de Matthias Schulz publicado en 2003 en la revista El País Semanal. Como respuesta, un grupo de académicos mexicanos hicieron críticas importantes a la posición adoptada por Schulz. Por ejemplo, el antropólogo Miguel León-Portilla ha destacado, frente a un enfoque «amarillista» de los sacrificios humanos en las culturas precolombinas, que el propio cristianismo «tiene como base un sacrificio humano y a la vez divino, el de Jesús crucificado, y que ello debe ser tenido en cuenta cuando se pretende profundizar un poco en la significación que ese tipo de ritual ha tenido en muchas otras culturas».[2]​ Incluso este erudito mexicano va más allá cuando, al final de su artículo en el número 63 de la revista Arqueología Mexicana (septiembre-octubre de 2003: 14-15) concluye su reflexión resaltando una analogía entre el sentido del sacrificio azteca y el de Jesucristo, cuando dice que "En el caso de Mesoamérica, como en el del cristianismo, el sacrificio humano es elemento esencial de su realidad cultural. Por ello importa entender su significación más plena: en Mesoamérica, ofrecimiento que redime a los humanos de su destrucción cósmica; en el cristianismo, fundamento de la redención del género humano".[31]

Son muchos los investigadores que se manifiestan a favor de un tratamiento meticuloso de las fuentes historiográficas, especialmente cuando hablan del sacrificio humano y el canibalismo entre los pueblos indígenas de la América precolombina. En un artículo publicado en internet, James Jacobs señala que en los medios escolar y popular, suele ser lugar común "afirmar que el sacrificio humano y el canibalismo eran practicados a gran escala", sin analizar críticamente las fuentes históricas y los juicios que, sobre aquellas prácticas de los pueblos precolombinos de América, fueron formulados por autores de épocas posteriores a la Conquista.[fuente cuestionable] [32]​ El estudio erudito más reciente sobre el sacrificio mesoamericano es del profesor David Carrasco, City of Sacrifice: The Aztec Empire and the Role of Violence in Civilization. En septiembre de 2007 tuvo lugar un seminario internacional en el Museo del Templo Mayor de la Ciudad de México, donde participaron 28 especialistas de diversos países. Ninguno negó la historicidad de los sacrificios mesoamericanos.[33]



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