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Entrada y ocupación de Lima por parte del ejército chileno



La ocupación de Lima abarca los sucesos ocurridos en la capital de Perú y sus alrededores durante el gobierno militar chileno que siguió a la derrota peruana en las batallas de Chorrillos y de Miraflores en 1881 durante la campaña de Lima, una de las fases terrestres de la Guerra del Pacífico.

La capital peruana había sido defendida por dos líneas: la de San Juan, formada por tropas del ejército del Perú y reforzada por las levas en las guarniciones de la sierra, y la de Miraflores, compuesta por reservistas civiles limeños y los sobrevivientes de la primera línea. Después de la victoria chilena en ambas líneas de defensa, el ejército de Chile ocupó los pueblos de Chorrillos y Barranco el 13 de enero de 1881 —tras la batalla de Chorrillos— y el de Miraflores el 15 de enero —tras la batalla homónima—.

Luego de ambas derrotas peruanas, y después de la huida del presidente Nicolás de Piérola a los Andes y la renuncia del ministro de Relaciones Exteriores y Culto Pedro José Calderón, el alcalde Rufino Torrico quedó como la máxima autoridad en la capital peruana cuando el ejército de Chile entró en ella.[1]

La ocupación de Lima fue el medio utilizado por el gobierno de Chile para imponer la cesión territorial de Tarapacá —después del rechazo peruano a las condiciones chilenas en la Conferencia de Arica—, y se prolongó desde el 17 de enero de 1881 hasta el 23 de octubre de 1883,[2][3][4][5]​ cuando, tras la firma del Tratado de Ancón, Miguel Iglesias asumió el gobierno de Perú.

En la década de 1880, se ubicaban en la costa cercana a la capital peruana los pueblos de Chorrillos, Barranco y, pasando la quebrada de Armendáriz, el de Miraflores —todos ellos hoy forman parte de Lima y del área metropolitana, al igual que muchas otras localidades—.

En 1881 la provincia de Lima contaba con tres rutas nacionales de trenes: la primera, llamada «Ferrocarril inglés», entre Lima y Callao (1851); la segunda, de Lima a Chorrillos (1858), pasando por Miraflores y Barranco; y la tercera, entre Lima y Chancay, pasando por Ancón (1870). El pueblo de Magdalena, entre Callao y Miraflores, había contado con línea férrea entre 1875 y 1878.

Al ubicarse en la costa, Chorrillos, Barranco, Miraflores y Magdalena eran localidades para el descanso de extranjeros y peruanos pudientes. Había bodegas, centros de esparcimiento, comercios y hoteles que servían a los pobladores y visitantes, bordeados por grandes haciendas que eran campos de siembra cultivados por chinos culíes —importados desde Macao a partir de 1849 para laborar en condiciones de semiesclavitud en la agricultura de la costa peruana— y por peones limeños y serranos.

Con el estallido de la Guerra del Pacífico, la embajada italiana —así como las demás establecidas en Perú— había declarado «la más absoluta neutralidad» en dicho conflicto, añadiendo que aquellos italianos que actuaran en él lo harían sin protección del Reino de Italia.[6]​ La colonia italiana residente en Perú colaboró con la colecta nacional para la guerra,[6]​ y hubo peninsulares que combatieron junto con los peruanos.[n 1]

A comienzos de 1881, Chile ya controlaba no solo las provincias de Tarapacá, Arica y Tacna, sino también el mar frente a las costas de Perú; el bloqueo del Callao, operación en que la escuadra chilena impidió el ingreso de buques al Callao y las caletas vecinas, había comenzado el 10 de abril de 1880.

Bajo el mando del general Manuel Baquedano, las tropas chilenas, entre 12 000 y 13 000 hombres, habían desembarcado en Chilca y Pisco desde el 19 de noviembre hasta el 20 de diciembre de 1880 sin oposición peruana.[7][8]​ Entre el desembarco y el 9 de enero de 1881, ocurrieron enfrentamientos en Yerba Buena, Bujama, El Manzano, Humay y La Rinconada de Ate.

Siguiendo la opinión de sus consejeros militares, el presidente peruano Nicolás de Piérola dividió el ejército de reserva en dos líneas de defensa al sur de Lima. Esta estrategia se inspiró en ejemplos de guerras de la época —como la guerra ruso-turca (1877-1878)—, en las que se había aplicado con éxito la implementación de trincheras defendidas por infantes armados con fusiles. Las dos líneas de defensa estaban formadas por tropas del ejército del Perú —soldados de línea que habían sobrevivido a las fases terrestres en el sur (campañas de Tarapacá y de Tacna y Arica)— y reforzadas por montoneros, llegados desde distintos puntos del país en las levas de las guarniciones de la sierra, y reservistas civiles limeños de toda clase.[1]

Asimismo, Piérola mandó instalar baterías sobre la cima del cerro San Cristóbal para atacar desde allí al ejército chileno, cuando se creía que este avanzaría a Lima por el norte —en realidad, lo hizo desde el sur—. Este emplazamiento fue bautizado por él mismo como «Ciudadela Piérola» y nunca entró en acción.

Vencida la línea peruana en los campos de San Juan, se combatió en el Morro Solar. Vencidos allí también, los soldados peruanos se replegaron a Miraflores, donde fueron reagrupados por los coroneles Andrés Avelino Cáceres, Ramón Ribeyro y Narciso de la Colina en los reductos № 1 (en el malecón), № 2 (en Miraflores) y № 6 (en Surquillo).

Próximo al Morro Solar se encuentra el balneario de Chorrillos, donde luego de la batalla quedaron civiles, soldados heridos y otros defendiendo el pueblo. Al entrar en el pueblo, los soldados chilenos lo hicieron en desorden, lo que produjo combates casa por casa con los peruanos, incendiando las viviendas para sacarlos. Armado como fuerte, el Salto del Fraile también fue derrotado por los soldados chilenos.

Entre las viviendas, se encontraban bodegas de pisco, que los soldados chilenos saquearon embriagándose, con lo que todo control de mando se perdió. Se produjeron riñas y asesinatos entre los propios chilenos[9]​ al pelearse por comida y licores. Todo esto conllevó al saqueo, asesinatos de civiles y violación de mujeres.[10]

La mayoría de las viviendas del distrito de Barranco eran propiedades de extranjeros, quienes habían huido, por lo que no hubo enfrentamientos allí. En cambio en Chorrillos, los defensores peruanos se parapetaron en cada casa, esquina y habitación, y los atacantes chilenos, con el fin de desalojarlos, prendieron fuego a las casas. Así, el fuego se extendió provocando incendios.

Esa noche el ejército chileno tuvo problemas para organizarse ante un eventual ataque de Nicolás de Piérola, cosa que no sucedió pese a que sus oficiales se lo pidieron.[1]​ Sin embargo, y descontando a los soldados chilenos ebrios e indisciplinados —que no sobrepasaban el número de dos mil, según cálculos del historiador peruano Carlos Dellepiane—,[1]​ el grueso del ejército chileno se hallaba alerta para responder cualquier sorpresa.[13]

Finalizados los enfrentamientos en San Juan, se combatió en el Morro Solar y luego en las calles de Chorrillos. Las últimas líneas peruanas dejaron el pueblo que ya había sido ocupado por las fuerzas chilenas. Un tren llegó a Chorrillos con nueva tropa peruana, pero al ver que la ciudad estaba tomada retrocedió sin producirse contienda alguna.

En su diario de campaña, el subteniente chileno Alberto del Solar recogió el relato que le habría entregado uno de los oficiales peruanos que se esforzaron por hacer de Chorrillos un punto defensivo,[14]​ que estaba prisionero entre las filas chilenas y cuyo nombre omitió, que describiría la situación que se produjo allí.

He aquí la narración del prisionero, cuyo nombre prometí respetar: [...]
Comenzó el combate, y después de diez horas de lucha encarnizada, Chorrillos iba ya a caer en poder de ustedes. [...] Muchos jefes nos abandonaban corriéndose hacia Lima y dejándonos sin dirección, sin órdenes, en medio de las calles de la ciudad. [...] Chilenos y peruanos penetraban en las casas, se herían mutuamente y, sedientos, se alzaban unos y otros con las botellas que al acaso hallaban a mano, bebían, vociferaban y continuaban peleando y llevando a término, más feroces aún si cabe, la obra común de exterminio, casi idéntica en el ataque y en la desesperada defensa.
Embriagados muchos de ellos por el vino, no reconocían ni respetaban jerarquía.
Los oficiales que aún quedábamos en nuestros puestos corríamos en todas direcciones y procurábamos agrupar a los que aquí y allá se repartían.
¡Tentativa vana! ¡O no lográbamos hacernos oír, o no podíamos contener a los que nos oían!

Trece bomberos italianos fueron fusilados al tratar de combatir los incendios provocados por los atacantes chilenos para desalojar a los defensores peruanos.[16]

El 14 de enero, el ministro chileno de guerra en campaña José Francisco Vergara envió a su secretario Isidoro Errázuriz en compañía del coronel Miguel Iglesias, quien había sido capturado por Baquedano, a dialogar con Piérola para evitar otro derramamiento de sangre. Para el armisticio se pedían los buques del Callao y el desarme de los fuertes. Piérola contestó que solo negociaría con ministros debidamente autorizados. Tras esa respuesta, Baquedano ordenó preparar la continuación de la batalla al día siguiente.

Sin embargo, el intento de Vergara fue seguido con atención por el cuerpo diplomático de Lima, cuyo decano por antigüedad era el ministro plenipotenciario de El Salvador, Jorge Tezanos Pinto. Los diplomáticos primero hablaron con los representantes peruanos y luego solicitaron una cita con Baquedano, quien, en vista de lo avanzado de la noche, se las dio para el día siguiente.

Como parlamentarios de la tregua, se encontraban los cónsules Tezanos Pinto de El Salvador, M. Domet de Vorges de Francia y Spencer Saint John de Gran Bretaña, quienes llegaron a Chorrillos en tren a las 8 del día 15.[17]​ Su interés era salvaguardar los bienes y las propiedades de los extranjeros neutrales en Lima. Con ese mismo fin, marinos británicos e italianos desembarcaron en Chorrillos después de su ocupación por el ejército de Chile.

Los buenos oficios de los cónsules intentaron iniciar la paz; sin embargo, esto no tuvo éxito. Tras acordar de palabra no abrir fuego hasta conocer los resultados de las gestiones a mediodía, Baquedano efectuó un reconocimiento de las tropas chilenas;[7]​ las fuerzas peruanas de los batallones «Marina» y «Guardia Peruana»,[17]​ al interpretar estos movimientos como el inicio de un ataque, violaron el armisticio y rompieron fuego.[7][18]

Lo anterior desencadenó la batalla y, como consecuencia, antes de las 14 horas, el bombardeo de los buques chilenos a Miraflores mientras Piérola se encontraba en la casa del banquero Guillermo Shell, el alcalde miraflorino, para recibir a Jorge Tezanos Pinto, cónsul de El Salvador.

De los diez reductos de defensa en Miraflores, tres entraron en combate. Producida la derrota en ellos, los peruanos hicieron fuertes en las casas del pueblo y combatieron a los chilenos. Miraflores estaba minada; hubo italianos que dirigieron las minas que estallaron,[n 2]​ sorprendiendo el paso de la tropa de Chile.[9]

El pueblo fue incendiado y saqueado por las tropas chilenas, y bombardeado por la armada chilena para facilitar la ocupación. Los heridos fueron repasados y otros prisioneros, fusilados. Los comandantes chilenos ordenaron prender fuego a los depósitos de alcohol para evitar mayores desmanes de la tropa, pero, en el caos general, aquella orden no fue totalmente cumplida. En Miraflores, el subteniente chileno Byssivinger fue muerto por sus soldados cuando defendía la vida de un oficial peruano prisionero. El teniente coronel Baldomero Dublé Almeyda, que intentó imponer el orden a los soldados dispersos, fue herido por una bala extraviada. Los chilenos muertos fueron enterrados en tumbas cavadas por prisioneros peruanos en los cementerios que existían en el pueblo.

Ya en Lima, Piérola disolvió la retaguardia peruana y huyó a los Andes,[n 3]​ dejando el gobierno acéfalo. Piérola atribuyó la derrota a la indisciplina del ejército y a la escasez de material bélico. Renunció a la presidencia el 28 de diciembre de 1881 y partió a Europa.[1]

Terminada la batalla de Miraflores, Baquedano comunicó a Tezanos Pinto, decano del cuerpo diplomático de Lima, que debido a la violación del armisticio por las tropas peruanas había resuelto bombardear la ciudad hasta que se rindiera incondicionalmente.[7]

Tras los hechos ocurridos en Chorrillos, Barranco y Miraflores, cerca de 3000 limeños se refugiaron en Ancón, donde la flota neutral estaba anclada.[2]​ Los buques extranjeros en el Callao, las casas de extranjeros, las viviendas y los locales consulares, así como todos los lugares que se consideraban neutrales en la guerra estaban llenos de limeños refugiados.

Durante el bloqueo del Callao, y por orden del prefecto y comandante de las baterías Luis Germán Astete, las naves peruanas —entre ellas, la corbeta Unión y el monitor Atahualpa— fueron varadas, incendiadas y hundidas por los propios peruanos para evitar que cayeran en manos chilenas.[19]

En la costa de Lima, se encontraban los almirantes Bergasse du Petit-Thouars, comandante francés del Victorieuse, J. M. Stirling, comandante británico de la fragata blindada Triumph, y G. Sabrano, comandante italiano del Garibaldi. Preocupados por la protección de los neutrales, los almirantes firmaron una resolución llamada «Memorándum de Tallenay».[20]​ En las reuniones efectuadas en el cuartel chileno en Miraflores[2]​ para llevar a cabo la ocupación militar de la capital peruana, el general Manuel Baquedano se entrevistó con representantes del cuerpo diplomático y con Bergasse du Petit-Thouars y Stirling, con quienes firmó un acuerdo para ocupar pacíficamente la ciudad.

Bajo el amparo de los cónsules y los almirantes extranjeros, se iniciaron las conversaciones entre el general Baquedano y el alcalde Rufino Torrico con el fin de acordar la entrada del ejército chileno a la capital peruana para que no se repitiera en ella la destrucción de Chorrillos, Barranco y Miraflores. Baquedano pidió que Torrico desarmara primero las baterías de la «Ciudadela Piérola», ubicada en la cima del cerro San Cristóbal, para evitar combates entre peruanos y chilenos en la ciudad.

A su regreso a Lima, el alcalde Rufino Torrico se encontró con los desmanes cometidos por los dispersos peruanos contra los chinos culíes y sus comercios, información que comunicó al cuerpo diplomático extranjero.

En la ciudad se encontraban tanto la retaguardia disuelta proveniente del Callao como los soldados peruanos en retirada desde Miraflores, quienes cometieron asesinatos y saqueos principalmente contra chinos culíes[n 4][n 5]​ —los ataques y asesinatos a manos de negros y montoneros peruanos contra chinos culíes continuaron durante los siguientes meses en el Callao, Cañete y Cerro Azul; al finalizar la guerra, se contaron entre 4000 y 5000 chinos muertos—. Los ataques también se produjeron contra los comerciantes chinos que se negaron a aceptar billetes peruanos.[n 6]​ También fueron atacados algunos extranjeros que defendían las propiedades de los chinos e intentaban salvarlas del incendio, y asaltadas las tiendas de otros extranjeros.

Este saqueo se habría producido como reacción al apoyo que un grupo de chinos culíes dio a las fuerzas chilenas —incluso se extendió el rumor de que espías culíes en Lima habrían facilitado información a los chilenos, indicándoles las rutas convenientes para la toma de la ciudad; sin embargo, esto último no se ha demostrado—.[1]​ Cuando el ejército de reserva peruano ocupó su puesto en Miraflores, Lima quedó sin guarnición, pues incluso la Guardia Civil fue enviada al frente,[7]​ lo que habría dejado campo abierto para que se produjeran dichos desmanes.

Para detener estos desmanes y evitar otros, el alcalde Torrico entregó armas al jefe de bomberos del muelle Dársena, el señor Champeaux, para que formara una «Guardia Urbana» —conformada por bomberos extranjeros pertenecientes a las compañías «Roma», «France» y «Británica Victoria»— que tuvo como objetivo resguardar la ciudad y desarmar a los dispersos y bandoleros peruanos que atacaban a los comerciantes chinos y extranjeros, y asaltaban sus tiendas.[23][24]

La Guardia Urbana extranjera restauró el orden en la capital peruana y, por esta acción, las señoras de Lima condecoraron a los integrantes de la guardia con una medalla.[n 7]

A pedido del cuerpo diplomático extranjero, el alcalde Rufino Torrico envió al general en jefe del ejército chileno Manuel Baquedano la siguiente carta (ortografía original):

Lima, Enero 17 de 1881
Señor General
A mi llegada ayer a esta capital, encontré que gran parte de las tropas se habían disuelto, y que había un gran número de dispersos que conservaban sus armas, las que no había sido posible recoger. La guardia urbana no estaba organizada todavía y no se ha organizado ni armado hasta este momento; la consecuencia, pues, ha sido que en la noche los soldados, desmoralizados y armados, han atacado las propiedades y vidas de gran número de ciudadanos, causando pérdidas sensibles con motivo de los incendios y robos consumados.
En estas condiciones, creo de mi deber hacerlo presente a V. E. para que, apreciando la situación, se digne disponer lo que juzgue conveniente.
He tenido el honor de hacer presente al Honorable Cuerpo Diplomático, esto mismo, y ha sido de opinión que lo comunique a V. E. como lo verifico.
Con la expresión de la más alta consideración, me suscribo de V. E. su atento y seguro servidor.
R. Torrico

La restauración del orden en la capital peruana por la Guardia Urbana extranjera posibilitó el ingreso ordenado del ejército chileno en la ciudad.

Ese mismo día el estadounidense Paul Boyton, contratado por Piérola como mercenario para hundir con torpedos los blindados Cochrane y Huáscar y el transporte Amazonas,[1]​ fue capturado por las tropas chilenas. Se hizo conocido como «el hombre torpedo» y escapó el 14 de abril de 1881, cuando ya había sido juzgado y sentenciado a muerte.[26]

Cerca de las 16:00 del lunes 17 de enero de 1881, las fuerzas de avanzada chilenas ocuparon Lima:[2]

Dirigidos por el comandante de la II División coronel Emilio Sotomayor, entraron los regimientos 1.º de Línea Buin y Zapadores, el batallón Bulnes, los regimientos de caballería Granaderos y Cazadores a caballo, y una brigada de artillería. El Buin se dirigió a la penitenciaría; el Zapadores, al Cuartel de la Guardia Peruana; y el Bulnes, al Palacio de Pizarro.[23]

El martes 18 de enero, el general Baquedano entró en la capital peruana con el grueso del ejército, que se estableció en los cuarteles de Lima y Callao (Real Felipe, Santa Catalina, Barbones y otros), en edificios públicos y privados. El coronel Pedro Lagos eligió la Biblioteca Nacional como cuartel de su batallón. Ese mismo día, la I División de Lynch se dirigió al Callao.

La ocupación se prolongó desde el 17 de enero de 1881 hasta el 23 de octubre de 1883,[2][3][4][5]​ cuando Miguel Iglesias asumió el gobierno de Perú. Tras el regreso de Baquedano a Chile, se sucedieron los generales Cornelio Saavedra y Pedro Lagos en el comando y gobierno de la ciudad; el 17 de mayo de 1881, el gobierno chileno designó al contraalmirante Patricio Lynch como general en jefe del ejército de operaciones y jefe político de Perú.[1]

El 10 de marzo de 1881, las tropas chilenas comenzaron a ocupar varios recintos culturales, como la Biblioteca Nacional[27][28]​ —que entonces poseía una cifra estimada de unos 35 000 a 50 000 volúmenes—,[29][30]​ la Universidad de San Marcos[31]​ y otros —como el Colegio Guadalupe, el Colegio San Carlos, la Escuela de Ingenieros, la Escuela de Artes y Oficios, la Escuela Militar, la Imprenta del Estado, el Palacio de la Exposición, el Jardín Botánico, la Escuela de Minas y la Escuela de Medicina—, donde se incautaron miles de libros, muchos documentos del Archivo Nacional, obras de arte, instrumentos científicos y de enseñanza, y maquinarias, entre otros enseres, que fueron considerados botín de guerra. Según Jorge Huamán, historiador de la Biblioteca Nacional del Perú, la expoliación llevada a cabo por el ejército chileno fue «ordenada, prolija y con los cuidados necesarios»; por otro lado, hubo un saqueo ejecutado por coleccionistas y libreros peruanos que aprovecharon la situación para «obtener ediciones importantes y así quedárselas o venderlas».[32]

A Chile arribaron por vía marítima, en dos envíos de la Intendencia General del Ejército, 103 grandes cajones y otros 80 bultos, que llegaron a la Universidad de Chile, siendo recibidos y catalogados por Ignacio Domeyko y Diego Barros Arana. En agosto de 1881, se publicó el inventario realizado bajo el título «Lista de libros traídos de Perú» en el Diario Oficial.[29]​ En el trayecto a Chile, varios textos de la biblioteca se extraviaron porque la prioridad era el armamento, quedando un buen número en manos de privados.[33]

A fines de noviembre de 1883, Ricardo Palma informó que quedaban poco más de 700 libros en la biblioteca y empezó a recolectar, junto con Ricardo Rossel y otros, casa por casa y personalmente, los que se hallaban en poder de particulares en Lima. En 1884, solicitó a Chile la devolución del material requisado, el cual tuvo eco en Santiago y, por orden del presidente Domingo Santa María, recibió la devolución de 10 000 libros para la Biblioteca de Lima.[34]​ De todos modos, algunos libros peruanos permanecieron en Chile mucho después y los gobiernos de ambos países iniciaron conversaciones para su devolución.[35]​ El 5 de noviembre de 2007, tras una investigación histórica, bibliográfica y de sus catálogos, la Dibam devolvió 3788 libros originalmente de propiedad de la Biblioteca de Lima, por los sellos y rúbricas estampados, y que se encontraban en la Biblioteca Nacional de Chile y en la Biblioteca Santiago Severín de Valparaíso.[34][36][37]​ El 24 de marzo de 2008, el gobierno de Chile anunció también la devolución de 77 volúmenes y 32 manuscritos que fueron requisados durante la ocupación y que pertenecían al archivo de ministerios y del ejército del Perú.[33]

Leyendas han difundido el rumor de que algunas estatuas ubicadas en el cerro Santa Lucía en Santiago, en la plaza de La Victoria en Valparaíso y en otros lugares habrían sido llevadas a Chile desde Perú;[38][39]​ sin embargo, aquello es infundado por cuanto las esculturas en el cerro Santa Lucía datan de su remoledación en 1872, por iniciativa del intendente Benjamín Vicuña Mackenna,[40]​ y las ubicadas en la plaza de La Victoria fueron encargadas a Francia por el intendente Francisco Echaurren García-Huidobro en 1875.

Por otro lado, las más ricas familias limeñas debieron pagar cupos de guerra a las fuerzas de ocupación para salvaguardar sus propiedades.[41]

El 22 de febrero de 1881, un grupo de notables eligió a Francisco García-Calderón como «presidente provisional» en el pueblo de Magdalena, que quedó como territorio libre y fuera de la autoridad militar chilena.[42]​ Posteriormente, el 5 de septiembre, el comandante en jefe del Ejército de Ocupación, Patricio Lynch, ordenó el desarme de las tropas acantonadas en Magdalena, Miraflores y Chorrillos, lo cual se verificó sin resistencia, quedando las armas y municiones en los cuarteles chilenos.[1]​ Al negarse a firmar un tratado con desmembración territorial, García-Calderón fue apresado y deportado a Chile a bordo del blindado Cochrane el 6 de noviembre de 1881 —debido a esto, García-Calderón es conocido como «el presidente cautivo» en Perú—.[43]

El 15 de noviembre, Francisco García-Calderón fue sucedido en el gobierno provisional por el contralmirante AP Lizardo Montero Flores, quien inició negociaciones con el Gobierno chileno —sin embargo, su negativa a la cesión de territorios lo obligó a trasladar el Congreso a Arequipa, donde continuó en funciones hasta el 28 de octubre de 1883—.

Por su parte, el gobierno de Nicolás de Piérola se encontraba en Ayacucho y no tuvo reconocimiento, por lo que dimitió en Tarma el 28 de diciembre de 1881 y partió a Europa.[1]

Posteriormente, en el norte de Perú el 30 de diciembre de 1882, se autoproclamó como presidente Miguel Iglesias, quien inició conversaciones con el gobierno de Chile el 3 de mayo de 1883 y accedió a la cesión territorial.

El Tratado de Ancón fue suscrito el 20 de octubre de 1883 y ratificado por el Senado chileno en enero de 1884 y por el Senado peruano en marzo del mismo año.

Existen divergencias en la posición chilena sobre el saqueo en Lima. Para Sergio Villalobos, si bien existió un desvalijamiento de Lima por parte del Ejército de Chile, especialmente de la Biblioteca Nacional, la idea de un saqueo violento formaría parte de la mitología peruana.[39][44]​ En el último capítulo de la serie de televisión Epopeya, Villalobos reiteró su postura, mientras que el también chileno Alfredo Jocelyn-Holt señaló que sí lo hubo.[45]

La historiografía peruana enfatiza el saqueo y el vandalismo que las tropas chilenas infligieron sobre diversos establecimientos públicos y privados de Lima; asimismo, los historiadores peruanos resaltan los vejámenes que padecieron los limeños durante los años de ocupación.[1][46]

El presbítero dominico José Luis Zelada A. (1829-1887) compuso la marcha triunfal «Entrada a Lima» (1881).[47][48]​ Asimismo, tanto la campaña de Lima como la ocupación de la capital peruana son tema de varias cuecas, entre las que se pueden citar «Después de que dentré [sic] a Lima», «Diez cabos con diez varillas», «Gritaron humos al norte», «Me fui a pelear a la guerra», «Revuelve el caballo el indio» y «Toca cholo tu matraca».[49]



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