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José María de Pereda



José María de Pereda y Sánchez Porrúa (Polanco, 6 de febrero de 1833-Santander, 1 de marzo de 1906) fue un novelista español del periodo realista, autor de célebres novelas de costumbres. También fue político, afiliado al carlismo. Sus obras más conocidas son Peñas arriba, De tal palo tal astilla, La puchera y, especialmente, Sotileza, que le dieron gran reconocimiento, lo cual dio lugar a que ya en 1872 fuese nombrado correspondiente de la Real Academia Española.

Sus padres fueron Juan Francisco de Pereda y Bárbara Josefa Sánchez Porrúa; su madre era de Comillas y su padre de Polanco, ambas localidades en Cantabria. Se casaron muy jóvenes, y tuvieron veintidós hijos, si bien solo nueve sobrepasaron la juventud y llegaron a adultos. Inicialmente vivieron de la agricultura y de la ganadería en el pueblo natal, donde el autor cursó los estudios de educación primaria, hasta que se trasladaron a la capital, Santander para que José María pudiese preparar su ingreso en el Instituto Cántabro de la calle Santa Clara. A los once años, en 1843, fue ya alumno del instituto en el que también estudiaron Menéndez Pelayo, Gregorio Marañón y Gerardo Diego. Durante el bachillerato fue un estudiante mediano, más amante de la caza, la pesca y la vida en contacto con la naturaleza que de otras ocupaciones, y por ello no avanzó mucho en los estudios. Manifestó, además, un temperamento neurótico e hipersensible desde niño.

Terminados los estudios de Humanidades, en el otoño de 1852, se trasladó a Madrid con intención de cursar los estudios preparatorios del ingreso en la Academia de Artillería de Segovia. Allí se alojó en la calle del Prado número 2, junto a otros estudiantes de su provincia, se interesó poco por los libros científicos, y se dedicó más a las tertulias en el café de «La Esmeralda», los bailes de Capellanes y el teatro. Años más tarde, al referirse a esta etapa de su vida, diría que comenzó en Madrid:

Por entonces es testigo de la Revolución de 1854, la llamada «Vicalvarada» —donde casi fallece a consecuencia de los tiroteos en las calles—, sucesos a los que aludiría más adelante en su novela Pedro Sánchez (1883). En esa época escribió La fortuna en un sombrero (1854), comedia que no se llegó a publicar.

Tras estos acontecimientos, Pereda vuelve a Santander donde en 1855 fallece su madre y él contrae poco después el cólera. Debido a ambas cosas anduvo decaído y desanimado, a pesar de que se recuperó de la enfermedad. Al año siguiente se le presentó una neurastenia que le dejó postrado y obligó a su familia a enviarlo a Andalucía, donde permaneció una parte del año 1857. Al aparecer en Santander el diario La Abeja Montañesa decidió salir de su marasmo e iniciar una carrera periodística. Allí publicó sin firma o, sobre todo, con el seudónimo Paredes, críticas teatrales y esbozos costumbristas. También fundó en 1858 el semanal El Tío Cayetano. Prueba suerte en el teatro con las piezas Tanto tienes, tanto vales (1861), Palos en seco (1861), Marchar con el siglo (1863) y Mundo, amor y vanidad (1863), con poca suerte. Estos conatos escénicos se publicaron en 1869 con el título Ensayos dramáticos.

En 1864 había aparecido ya su primera obra notable, Escenas montañesas, que le convirtió en una celebridad local. El mismo año puso su mirada en Madrid, donde empezó a publicar en El Museo Universal y en 1866 colabora con otros autores en el libro colectivo Escenas de la vida, colección de cuentos y cuadros de costumbres. En su segundo libro, Tipos y paisajes, Pereda se esmeró sobre todo en el relato titulado Blasones y talegas. En abril de 1869 se casa con Diodora de la Revilla y dos años más tarde inicia su carrera política presentándose como diputado carlista por el distrito de Cabuérniga. El año anterior se había constituido la junta provincial del partido, de la que era presidente su amigo Fernando Fernández de Velasco, vicepresidente su hermano Manuel Bernabé Pereda y vocal el propio novelista. Salió elegido por escaso margen, en parte por la división del voto liberal. Eso le hizo ampliar sus amistades en Madrid y darse a conocer. Sus ideas carlistas, sin embargo, no le impiden hacer amistad con escritores de ideología contraria, como Galdós y Leopoldo Alas «Clarín».

Sobre su experiencia política escribió la novela corta Los hombres de pro, incluida en su libro Bocetos al temple (1876). Entonces dejó la política para consagrarse a sus hijos durante cuatro o cinco años. Estimulado por sus amigos Marcelino Menéndez Pelayo y Gumersindo Laverde, volvió a la literatura iniciando una especie de segunda etapa en su obra, más centrada en la narración extensa realista que en el cuadro de costumbres. Sus novelas estaban ambientadas casi siempre en La Montaña, salvo Pedro Sánchez (sin duda su obra menos verbosa, pero más movida y galdosiana, ambientada en Madrid) y presentaban como tema central la exaltación e idealización de las costumbres del pueblo frente a las urbanas. Sus obras más destacadas son Sotileza (1885), obra en la que retrata la forma de vida de los pescadores, y Peñas arriba (1895), centrada en los habitantes de montaña.

El suicidio en 1893 de su primer hijo, Juan Manuel, le sorprendió cuando estaba redactando el vigésimo primer capítulo de este último libro (Peñas arriba). En el manuscrito original hay una cruz que señala el triste momento. Este acontecimiento le afectó muchísimo: desde entonces abandonó casi completamente la escritura, se sumergió en una honda tristeza y le acometieron complejos de culpabilidad que derivaron en una crisis existencial y religiosa. Se agravó su neurastenia y envejeció prematuramente. A duras penas salió de la crisis leyendo el Libro de Job, pero ya no quiso escribir más. Únicamente publicó su desganada novela corta Pachín González, basada en un hecho real, la explosión en noviembre de 1893 del vapor Cabo Machichaco, atracado en el puerto de Santander con un cargamento de dinamita.

Ya era correspondiente de la Real Academia Española desde 1872, y en febrero de 1897 leyó su discurso como miembro de número. Su hija contrajo matrimonio en junio de 1903 con Enrique Rivero, de Jerez de la Frontera, hecho que levantó sus ánimos, pero en la primavera de 1904 sufrió una apoplejía que le dejó hemipléjico del lado izquierdo, y murió el 1 de marzo de 1906.

Otro de sus hijos, Vicente de Pereda y Revilla (1881-1950), también fue novelista.

Aunque algunos autores actuales han visto en la obra de Pereda trazas de querer recuperar un idioma cántabro, nada más lejos de la verdad. En 1875, Pereda respondió a una carta enviada por la Real Academia Española el 1 de junio de 1874, donde se le pedía que investigara el modo de hablar de La Montaña. En esa carta-informe Pereda señala que en esa región se hablaba de un modo muy particular y registra muchas de sus voces, documentando en qué zonas se oyen y cómo varían en otras, pero apuntando que se trata de un idioma vulgar, distinto[cita requerida] del castellano pero que no defendía. De este modo, en tal informe se lee:

A continuación divide La Montaña cántabra en tres regiones (occidental, central y oriental), y describe sus diferencias lingüísticas y sus particularidades compartidas. Acepta también que este modo de hablar es propio de las zonas rurales, diciendo de la zona central o de Santander, que es la más urbana:

Fue realista y costumbrista, próximo al Romanticismo y naturalismo. Fue descrito, así como todo lo relacionado con él, como perediano: en lo narrativo y descriptivo, largos periodos henchidos de subordinación, con un lenguaje de compostura académica; en los diálogos, viveza coloquial y fidelidad al habla regional asturiana, con uso de giros dialectales y localismos. Muchas de sus obras son de carácter autobiográfico; por temperamento e ideas es absolutamente opuesto a Juan Valera: nada cosmopolita, sino regionalista; nada epicúreo, sino austero; nada escéptico, sino firmemente creyente. Refleja un tipo de vida patriarcal, hoy en día quizá demasiado pasado de moda. Pero es un robusto paisajista, con una poderosa y genuina visión de la naturaleza virgen. El crítico Andrenio escribió de él: "Estrecho de criterio y de estética, pero siempre sólido y sincero".[2]

Su corriente literaria más habitual era el realismo, al igual que su contexto histórico.

Rechazó las novedades del mundo moderno y ha pasado a la historia por ser uno de los maestros del costumbrismo y de la novela regional, pero supo trascender lo anecdótico para dotar a su obra de un cuidado y un vigor que traspasa el mero regionalismo y lo hizo con una forma moderna de gran valor literario.



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