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Psiconeuroinmunología



La psiconeuroinmunología es una rama de la Medicina que estudia la interacción entre los procesos psicológicos y los sistemas nervioso e inmunitario del cuerpo humano, y su efecto sobre la salud. Su enfoque es interdisciplinar.

La psiconeuroinmunología (PNI) estudia la interacción entre los procesos psíquicos, el Sistema Nervioso (SN), el Sistema Inmune (SI) y el Sistema Endocrino (SE) del cuerpo humano. Trabaja desde una perspectiva interdisciplinar que aglutina diversas especialidades: psicología, psiquiatría, medicina del comportamiento, neurociencia, fisiología, farmacología, biología molecular, enfermedades infecciosas, endocrinología, inmunología, y reumatología.

La Psiconeuroinmunología pone de manifiesto la influencia de factores psicosociales sobre la respuesta inmunológica (Ader, Felten, y Cohen, 1991).

El psiquiatra George F. Solomon, la define como:

La PNI investiga, sobre todo, el funcionamiento fisiológico del sistema neuroinmune, los trastornos del sistema neuroinmune y las características físicas, químicas y fisiológicas, principalmente, de los componentes detectables en sangre periférica del sistema neuroinmune en laboratorio (in vitro), en el organismo vivo (in vivo) o en el lugar donde se desarrolla la investigación (in situ).

A mediados del siglo XIX, Claude Bernard, fisiólogo francés, empleó por primera vez el concepto de "medio interno" para referirse al medio ambiente en el interior del cuerpo humano. En 1878, Louis Pasteur y su equipo, realizan un estudio (1878) donde encuentran que los pollos sometidos a estímulos aversivos son más susceptibles a la infección por ántrax.[2]

Ya entrado el siglo XX, Walter Cannon, profesor de fisiología de la Universidad de Harvard, estudia los efectos de las emociones y las percepciones en el sistema nervioso autónomo. En su trabajo con animales, Cannon encontró que cualquier cambio de estado emocional del animal, tales como estrés, ansiedad o furia, se veía acompañado por la detención total de movimientos del estómago. Estos trabajos iniciaron el reconocimiento de la reacción de lucha o huida como respuesta involuntaria a estímulos externos.

Cannon también acuñó el término Homeostasis en su libro de 1932 The wisdom of the body ("La sabiduría del cuerpo"), del término griego Homoios, que significa similar o igual y Stasis, que significa posición o quietud.

A mediados de la década de 1940, Hans Selye, investigador en la Universidad de Montreal, realizó varios experimentos, sometiendo a animales a diversas situaciones física y mentalmente adversas, descubriendo que, bajo esas circunstancias, el cuerpo se adaptaba consistentemente para sanar y recuperarse de la amenaza percibida. Sus trabajos desembocaron en el descubrimiento del síndrome de adaptación general, caracterizado por un agrandamiento de las glándulas adrenales, atrofia del timo, bazo y otras glándulas linfáticas y ulceraciones gástricas. Estos experimentos se consideran fundacionales de una larga línea de investigación sobre el funcionamiento de los glucocorticoides.[3]

También, entre 1926 y 1928, dos investigadores soviéticos, Metalnikov y Chorine, estudiaron en el Instituto Pasteur de París las respuestas inmunológicas e inflamatorias condicionadas en conejillos de indias. En sus experimentos expusieron a los conejillos de indias a un estímulo no condicionante (inyecciones de antígeno para provocar la respuesta inmunológica) al mismo tiempo que a uno condicionante (calor o rascado), demostrando que, tras un tiempo de condicionamiento, el sistema inmune reaccionaba cuando sólo se producía el estímulo condicionante.[4]

En las décadas de los 50 y 60 se desarrollaron numerosos experimentos con animales de los que se dedujo que el estrés podría afectar a la inmunidad. Entre ellos se encuentran los experimentos de George F. Solomon, profesor de Psiquiatría de la Universidad de California. Solomon proporcionó evidencia experimental directa fue que en presencia de tensión en roedores se producía una reducción de anticuerpos.[5]​ Al mismo tiempo se demostró que las experiencias en la etapa infantil podrían afectar a la vida adulta en ratas por la respuesta mediada por anticuerpos.[6]​ Solomon junto a Rudolf Moss acuñó en 1964 el término psicoinmunología.[7]

De forma paralela e independiente, en 1963, Elena Korneva y L.M. Khai dos investigadores rusos, demostraron que el cerebro jugaba un papel en el proceso de inmunorregulación.[8]​ Aunque dicha investigación llegó más tarde a occidente.

En 1975 se acuña el término psiconeuroinmunología, como resultado de un experimento realizado en la Universidad de Rochester por de Robert Ader (psicólogo) y Nicholas Cohen (inmunólogo). Basándose en el condicionamiento clásico de Pavlov, demostraron que produciendo una señal aversiva a través del sistema nervioso (en este caso el gusto) condicionaba las respuestas del sistema inmune.[9]​ Precisamente se pudo realizar debido a la aceptación general del fenómeno de la inmunidad condicionada demostrada por Metalnikov y Chorine en 1926.[1]

En 1977, los investigadores H. Besedovsky y E. Sorkin observaron que la activación inmune (estimulación antígena) desencadena una conducta inmunológica del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HHA), demostrando con ello la relación existente entre cerebro y sistema inmunológico.[10]

Posteriormente, en 1981, David Felten de la Universidad de Indiana, descubrió por primera vez que una red de nervios llegaba a los vasos sanguíneos y al sistema inmune. Este descubrimiento aportó las primeras pruebas de cómo ocurre la interacción entre sistema nervioso y sistema inmune.[11]

En el mismo año, Ader, Cohen y Felten, editan el libro Psychoneuroimmunology, en el que se detalla la íntima relación entre cerebro y sistema inmune constituyendo un único sistema integrado de defensa.[12]

En 1985, el investigador J. E. Blalock, descubrió un circuito bidireccional entre el sistema inmune y el sistema endocrino. Dicho circuito operaría a través de péptidos comunes. El SI actuaría como una especie de sensor que operaría en respuesta a estímulos no cognitivos, comunicándose con el SE mediante señales de linfocitos a través de hormonas inmunorreactivas, provocando a su vez una modificación de la homeostasis corporal.[13]

También en las décadas de los 70 y 80, fundamentalmente en el National Institute of Mental Health (NIMH)(USA), la neurofarmacóloga Candace Pert al frente de un grupo de colaboradores, descubrió que receptores específicos (neuropéptidos), se encuentran en las membranas celulares tanto en el cerebro como en el sistema inmunitario. Además dicho descubrimiento sugiere la estrecha relación entre las emociones y el sistema inmunológico. Y se mostró que no solo el cerebro modula los SI Y SE, sino la enorme influencia que el SNC tiene en la enfermedad.[14]

Igualmente en 1985, de la recopilación de una serie de trabajos históricos se produce la Fundación Científica de la Psiconeuroinmunología, plasmándose en la edición del libro Foundations of Psychoneuroimmunology.[15]

En general se ha tendido a pensar que las emociones inciden en las respuestas físicas y fisiológicas, pero se ha comprobado que el circuito también funciona al contrario. Según Paul Ekman, profesor de psiquiatría de la Universidad de California:

Por ejemplo, fruncir el ceño activa la secreción de hormonas del estrés, que a su vez inhiben el SI, incrementan la presión sanguínea y hacen a los individuos más susceptibles la ansiedad y la depresión. En cambio, sonreír reduce dicha secreción e incrementa la producción de endorfinas y de linfocitos T, que a su vez potencia el sistema inmunológico.[17]​ Aunque en realidad, estos descubrimientos ya fueron teorizados por el fisiólogo francés Israel Waynbaum en 1907.[18]

El estrés es uno de los principales elementos para el estudio y experimentación científica de la PNI.

Pero el estrés, que es un mecanismo de defensa, puede, y de hecho así es considerado, ser una de las causas principales en el desequilibrio psicofisiológico.[20]

En presencia de estrés se producen reacciones corporales tratando el organismo adaptarse poniendo en marcha mecanismos de compensación, es el Síndrome General de Adaptación. En dicho proceso está implicado fundamentalmente el eje Hipotalámico-hipofisiario-adrenal (HHA). Consta de tres fases: Alarma o catabólica, Resistencia o anabólica y Agotamiento o Extenuación. Ante un estímulo psíquico o físico se produce una evaluación cognitiva del sujeto, generando una respuesta emocional y defensiva. El estresor desencadena la estimulación del hipotálamo que a su vez estimula al SNS y la médula suprarrenal, siendo la fase de Alarma. La fase de Resistencia se produce cuando la estimulación produce la respuesta de la hipófisis anterior y la corteza adrenal. Pasado un tiempo, generalmente se produce una adaptación del organismo, pero si el estímulo es muy agudo o se mantiene en el tiempo (distress) se llega a la tercera fase o Agotamiento, en la cual se pueden producir efectos indeseables en forma de disfunciones psíquicas o físicas. [21]

El proceso brevemente y en líneas generales es el siguiente:

La Alarma tiene tres efectos principales; una descarga de adrenalina y noradrenalina entre otras, dichas hormonas se concentran en el cerebro y se modifica la actividad de enzimas sintetizadoras de catecolaminas. A su vez induce la movilización de recursos orgánicos para una actividad física inmediata. Estos recursos se van a concentrar fundamentalmente en tres órganos, cerebro, corazón y musculatura. A su vez se inhiben las funciones normales de órganos viscerales y se paraliza la producción de reservas de energía para el organismo. La Resistencia implica una respuesta endocrina, activada por la estimulación del hipotálamo, que segrega un factor liberador de corticotropina (CRF o CRH), llegando hasta la hipófisis, que a su vez libera adrenocorticotropa (ACTH), esta viaja hasta las glándulas suprarrenales, siendo la señal para liberar glucocorticoides. Estas hormonas se liberan en sangre, que actúan como movilizadoras de los recursos naturales del organismo. Pero también provocan efectos inmunodepresores, como por ejemplo: inhibición de las Natural Killer (NK), detención de la creación de globulinas, disminución de proliferación de linfocitos,, disminución en la secreción de citosinas, etc.[22]

Sucede que al activar el eje HPA las respuestas de lucha o huida, las hormonas de estrés inhiben la actuación del Sistema Inmunológico (SI) para poder así conservar reservas energéticas y ser usadas en caso de necesidad durante el proceso. Pero si la situación estresante se mantiene durante un tiempo excesivo, si se convierte en crónica e incluso cuando dicho factor estresante es muy agudo, se puede llegar a una fase de agotamiento de recursos, pudiendo surgir consecuencias indeseables en forma de enfermedades psíquicas o físicas. Entre otras cosas, precisamente, porque durante ese proceso disminuye nuestra capacidad para luchar contra posibles enfermedades al inhibirse el SI.[23]

Igualmente, las hormonas del estrés frenan la actividad de la mente consciente e incrementan los reflejos instintivos, pudiendo provocar una reducción de la inteligencia y una disminución de la consciencia.[24]

En realidad el mecanismo es absolutamente adecuado para manejar las situaciones de estrés a corto plazo, pero no está diseñado para permanecer activo de forma continua, tal como ocurre en las sociedades modernas.[25]

Por ejemplo, los estudios han demostrado que la permanencia por largos periodos de tiempo de una elevada tasa de cortisol en el cuerpo humano, produce una gran variedad de efectos nocivos. Así las enfermedades relacionadas con el estrés suponen el 80% de todas las consultas médicas.[26]​ Como efectos nocivos se pueden destacar:

Durante mucho tiempo se creyó que el Sistema Inmunológico era un sistema autorregulado, pero los estudios han demostrado que existe una compleja interrelación entre el mismo y los sistemas nervioso y endocrino.

Algunas de las relaciones entre los distintos sistemas:

Existen numerosos estudios sobre la interrelación mente cuerpo y se pueden dividir en tres tipos principales: los estudios de cómo las emociones influyen sobre la fisiología del cuerpo humano, los estudios sobre su incidencia en enfermedades y los estudios de cómo diversas terapias influyen en las enfermedades.

El estrés, la ansiedad y la angustia son quizás los elementos psíquicos más utilizados para comprobar las interrelaciones entre los distintos sistemas del organismo. Entre los estudios señalados se pueden destacar como ejemplo los relacionados con algunos factores psicosociales estresantes corrientes: el luto, la separación o divorcio, el paro y exámenes académicos.

Los estudios indican que el SI, en respuesta a sugestiones y creencias, puede resultar afectado a través del sistema límbico-hipotalámico del cerebro, dado que éste actúa como mediador en la modulación de sus respuestas.[45]​ La sugestión ha sido objeto de estudio intenso desde hace tiempo, fundamentalmente sobre los efectos placebo y nocebo. Se tienen noticias incluso de algunos estudios realizados en los años 20 del pasado siglo.[46]​ En 2002 apareció un artículo que tuvo una amplia repercusión mediática, Las nuevas drogas del emperador. Dicho artículo, redactado por Irving Kirsch, profesor de Psicología de la Universidad de Connecticut, era un informe sobre una serie de ensayos clínicos con antidepresivos y que no habían sido publicados. Antes de su redacción ya estuvo envuelto en polémica puesto que Kirsch tuvo que recurrir a la Ley de Libertad de Información (en:Freedom of Information Act (United States)) para que se le suministraran los datos.[47]​ Finalmente pudo redactar el informe concluyendo que el 80% de los efectos antidepresivos de los fármacos (los seis antidepresivos más importantes del momento) podían atribuirse al efecto placebo.[48]

Los estudios sobre el efecto placebo se han incrementado sustancialmente, reconociéndose entre 1997 y 2001, unos 10.000 ensayos.[50][51]

Bruce Moseley, cirujano famoso por tratar a estrellas del deporte estadounidense, realizó un experimento en la facultad de medicina de Baylor (en:Baylor University), precisamente para demostrar que el efecto placebo no tenía la menor incidencia en cirugía. El experimento fue realizado en una población de 180 personas con osteoartritis de rodilla, a las que se dividió en tres grupos: a uno de ellos se les trató con la técnica de lavado artroscópico, a un segundo grupo se les aplicó un desbridamiento artroscópico y a un tercer grupo se les hizo creer que habían sido sometidos a cirugía, pero en realidad solo se les efectuó una incisión en la piel, a este tercer grupo no se les comunicó dicha circunstancia hasta 2 años después, tiempo que duró el experimento. El resultado fue que no se encontraron diferencias entre los procedimientos quirúrgicos y el placebo.[52]​ Por ello Moseley declaró posteriormente:

En un experimento efectuado en Japón, se les aplicó en un antebrazo a un grupo de 57 niños con dermatitis contagiosa una determinada planta a la que eran alérgicos, en el otro antebrazo se les aplicó otra planta para la que no presentaban reacción alguna. En realidad en el primer antebrazo no se les había aplicado la planta a la que presentaban reacción, solo les indicaron que así era. El resultado fue que el 89´5% de sujetos presentaron reacción en el primer antebrazo.[54]



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