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David Hume



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David Hume nació el día 7 de mayo de 1711.


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David Hume (Edimburgo, 7 de mayo de 1711-ibídem, 25 de agosto de 1776)[2]​fue un filósofo, historiador, economista y ensayista escocés. Constituye una de las figuras más importantes de la filosofía occidental y de la Ilustración escocesa. Es conocido por su sistema filosófico altamente influyente en el empirismo, escepticismo y naturalismo. Sus obras principales son: Tratado de la naturaleza humana (1739) e Investigación sobre el entendimiento humano (1748).

Hume estuvo fuertemente influido por los empiristas John Locke y George Berkeley, así como por varios escritores franceses como Descartes, Malebranche, Pierre Bayle y el barón d'Holbach, y algunas figuras del panorama intelectual anglófono como Isaac Newton, Samuel Clarke, Francis Hutcheson y Joseph Butler.[3]​ Hume se esforzó por crear una ciencia naturalista del hombre que examinara la base psicológica de la naturaleza humana. Hume argumentó en contra de la existencia de ideas innatas, postulando que todo el conocimiento humano se deriva únicamente de la experiencia.

Argumentó que el razonamiento inductivo y la creencia en la causalidad no pueden justificarse racionalmente; en cambio, son el resultado de la costumbre y el hábito mental. Este problema de la inducción significa que para sacar cualquier inferencia causal de la experiencia pasada es necesario presuponer que el futuro se parecerá al pasado, una presuposición que no puede fundamentarse en la experiencia previa. Un oponente de los racionalistas, Hume sostuvo que "la razón es, y debe ser solo la esclava de las pasiones". Hume también fue un emotivista, que sostuvo que la ética se basa en la emoción o el sentimiento más que en un principio moral abstracto. Se considera ser el primero en exponer el problema de deducir oraciones normativas (deber) a partir de oraciones descriptivas (ser). Hume también negó que los humanos tengan una concepción real del yo y defendió el determinismo causal como totalmente compatible con la libertad humana. Sus puntos de vista sobre la filosofía de la religión, incluido su rechazo de los milagros y el argumento del diseño de la existencia de Dios, fueron especialmente controvertidos para su época.

David Hume influyó en el utilitarismo, el positivismo lógico, la filosofía de la ciencia, la filosofía analítica, la ciencia cognitiva, la teología y otros movimientos. Immanuel Kant, por ejemplo, atribuía a Hume el haber supuesto un estímulo para su pensamiento filosófico que lo habría despertado de su "sueño dogmático". Los historiadores consideran que la filosofía de Hume no es válida como una profundización en el escepticismo, aunque esta visión ha sido discutida argumentando que el naturalismo tiene un peso comparable en su pensamiento. El estudio de Hume ha oscilado entre los que enfatizan la vertiente escéptica de Hume (como es el caso del positivismo lógico), y los que, en cambio, consideran más importante la vertiente naturalista (como Don Gartner, Norman Kemp Smith, Kerry Skinner, Barry Stroud y Galen Strawson).[cita requerida]

David Hume nació en Edimburgo (Escocia) el 26 de abril de 1711 en una familia perteneciente a la pequeña nobleza de la frontera con Inglaterra. Fue el menor de tres hermanos. Su padre, abogado, falleció en 1714 cuando David era aún pequeño y su madre se fue entonces a vivir a Ninewells para criar a sus hijos con su cuñado. En 1722 entró en el Colegio de Edimburgo, donde tuvo por profesores a discípulos de Newton y leyó a los poetas latinos y a los escritores ingleses.

Su familia lo destinó a hacer la carrera de Derecho, aunque desde muy joven supo que quería dedicarse a la Filosofía. Él mismo lo relata en su autobiografía My own life, que escribió cuatro meses antes de su muerte:

Seguí el itinerario normal de educación con éxito, y ya a muy corta edad caí preso de una gran pasión por las letras que se ha convertido en la tendencia dominante en mi vida y en la fuente principal de mis satisfacciones.

En la primera carta que se conserva suya, que escribió con 16 años, Hume ya habla de la posibilidad de "investigar el espíritu humano". Así que, hastiado por los estudios de leyes, pasó un periodo de crisis en 1734 que evoca en una carta a John Arbuthnot.[4]​ Se trataba de una «insuperable aversión hacia toda cosa salvo los estudios de filosofía y el saber en general». Rehusando así ser abogado, marchó a Bristol para intentar ganarse la vida con el comercio antes de viajar a Francia y permanecer allí casi tres años, residiendo primero en Reims y luego en La Flèche (actual Sarthe) entre 1735 y 1737. Ya con 26 años acabó de redactar su Tratado de la naturaleza humana. La lectura de John Locke y del obispo y filósofo irlandés George Berkeley y su distinción entre razón y sentidos había despertado su crítica al concepto de causalidad, y Hume llevó aún más lejos sus principios intentando demostrar que la razón y sus juicios son meras asociaciones habituales de diferentes sensaciones o experiencias.

De vuelta a Londres (1737) publica sin nombre de autor los dos primeros libros de esta obra en enero de 1739, sin despertar atención alguna. Su decepción fue muy grande y en su Autobiografía comentó de este primer trabajo que «nació muerto a causa de la prensa».[5]​ En realidad, le hicieron varias reseñas, si bien ninguna alcanzó a comprender las tesis de Hume ni la amplitud de sus propósitos, tal vez por el estilo abstruso que había adoptado.[6]​ Sin embargo, esto sirvió para que el filósofo apercibiera la importancia de ser bien comprendido por su público, de forma que reescribió en un estilo menos abstracto sus ideas para explicarse con mayor claridad y extensión, abandonando el género del tratado sistemático y adoptando los más literarios del diálogo y del ensayo (afinado este por sus contemporáneos Steele y Addison) para exponer su pensamiento. Aplicó ese estilo y géneros también a sus otros libros, que desde entonces tuvieron como propósito principal aclarar las ideas condensadas y anticipadas en los tres volúmenes de esta obra. Por ello Hume rehusó que el Tratado formara parte de sus Obras completas, si bien esta renuncia no impidió que su primer libro sea hoy una de las obras más importantes de la filosofía occidental.

Tras el fracaso del Tratado, Hume volvió con su familia a Escocia en 1739, llevando una vida frugal y morigerada; conoció a su pariente lejano, el ilustrado y liberal juez del Tribunal Supremo de Escocia Henry Home, lord Kames, quien llegó a ser, en palabras de David, su mejor amigo, y comenzó además una relación epistolar con Francis Hutcheson. Publicó en 1740 un Resumen del Tratado de la naturaleza humana y luego, en otoño, se animó a publicar también el libro III del Tratado así como un Apéndice. En ese mismo año conoció también al famoso economista Adam Smith, en quien tanto habían de calar sus ideas. Publicó la primera parte de sus Ensayos morales y políticos (compuesto de 15 textos) en 1741 en Edimburgo y la obra fue un éxito, siendo objeto de una segunda edición en 1742 aumentada con 12 textos nuevos.

En 1744 su candidatura a la cátedra de moral y filosofía pneumática de la Universidad de Edimburgo fue rechazada a causa de los enemigos que su pensamiento radical le había granjeado. Sobre todo fue por el presunto ateísmo que contendrían las tesis del Tratado. El filósofo respondió con una Carta de un caballero a su amigo de Edimburgo en la que se niega a sí mismo cualquier rechazo de la idea de Dios.

Ese mismo año devino preceptor de George Vanden-Bemp, III marqués de Annandale (1720-1792), cuya salud mental se degradaba poco a poco, y en 1746 se convirtió en secretario del general James Saint-Clair (1688-1762), pariente suyo por demás, y viajó con él y con sir Harry Erskine en una misión diplomática a Viena y a Turín en 1748.[7]​ A causa de este viaje se despertó en Hume un interés por la historia que todavía tardó unos años en florecer; publicó sin embargo en ese año sus Investigaciones sobre el entendimiento humano (más tarde bautizadas Encuesta sobre el entendimiento humano), sin suscitar apenas interés. Sin embargo, en esta obra, inspirándose en el ocasionalismo de Malebranche, creaba una epistemología para la cual el contenido de las leyes que rigen nuestro mundo no puede deducirse o plantearse a priori, como con una deducción lógica o una proposición matemática; se descubre solo por la constatación a posteriori (desde la experiencia) de ciertas correlaciones. La observación experimental de estas correlaciones permite seguidamente precisar el contenido de estas leyes.

Volvió a Escocia en 1749; escribió sus Discursos políticos y sus Investigaciones sobre los principios de la moral (más tarde rebautizados Encuesta sobre los principios de la moral). Este último rehacía parcialmente y reformulaba ciertos puntos ya abordados en el Tratado de la naturaleza humana. Su reputación de filósofo comenzaba entonces a expandirse. En 1751 volvió a Edimburgo y publicó en 1752 sus Discursos políticos, que fueron bien acogidos. Sin embargo, en Londres sus Investigaciones sobre los principios de la moral se recibieron con indiferencia.

En 1752 logró el trabajo de bibliotecario del Colegio de abogados de Edimburgo y se embarcó en la escritura de una Historia de Inglaterra en seis volúmenes. El primero, consagrado a los Estuardo, fue viva y unánimemente criticado; el segundo (1756), estudiaba el periodo posterior a la muerte de Carlos I de Inglaterra hasta la Revolución Gloriosa de 1688; en 1759 publicó el consagrado a los Tudor. La serie concluyó en 1761 con los dos últimos volúmenes, encontrando en conjunto al principio un éxito limitado, ya que Hume había evitado dejarse llevar por los prejuicios contemporáneos, aunque después y poco a poco se transformó en un auténtico éxito, ganándole un prestigio solo por debajo del de Edward Gibbon antes de que surgiera la gran figura de Thomas Macaulay. La novedad que aportaba, fuera de esa gran imparcialidad, fue ampliar el ámbito de la historia al incluir en ella los adelantos culturales, científicos y artísticos de cada época, si bien llamó a los poetas del XVII, conforme a los principios estéticos y morales de su época, "genios pervertidos por la idenciencia y el mal gusto, aunque ninguno más que Dryden". Entretanto había publicado en Londres su Historia natural de la religión (1757). Creyendo acabada su obra, se retiró entonces al campo, soñando con un retiro apacible.

Pero de él le sacó la oferta de un puesto de secretario en la Embajada de Francia por parte del Conde de Hertford (1763) y marchó a París. En 1767 pasó a ser el encargado de negocios. Aprovechó entonces para frecuentar a los philosophes de la Ilustración y el salón de Madame d'Épinay (1726-1783), a quien le pareció un hombre eminente pero soso y sin conversación, al menos con las damas.[8]​ Abandonó estas funciones en 1766 para ser nombrado subsecretario de Estado en Londres, y volvió a Inglaterra en compañía de Jean-Jacques Rousseau, a quien admiraba y había invitado a Inglaterra para librarle del acoso que sufría en tierras galas, pero con quien convivió difícilmente a causa de la paranoia que aquejaba al final de su vida al genial francés, a quien, sin embargo, le consiguió una pensión otorgada por el rey de Inglaterra; estos desencuentros y desavenencias fueron seguidos con cierto morboso interés por toda la Europa ilustrada.

Los años siguientes los repartirá entre su Escocia natal y Londres, donde ocupó el cargo de subsecretario de Estado para el Departamento septentrional; sin embargo, no había dejado nunca de escribir y, en 1768, se dedicó a corregir una reedición de su Historia de Inglaterra, la obra que más fama y reconocimiento le dio en vida. Al año siguiente volvió a Edimburgo.[9]

A partir de 1775 comenzó a sentir los efectos de un tumor intestinal y un año más tarde falleció a la edad de sesenta y cinco años. Junto a él, en su lecho de muerte, se encontraba su amigo Adam Smith, quien contó cómo Hume bromeaba imaginando qué excusa dar a Caronte cuando se lo encontrara.

Sabedor del poco tiempo que le quedaba, Hume escribió una corta noticia autobiográfica algo antes de su deceso (My own life). En ella, esforzándose por guardar un tono objetivo, describe en especial cómo incrementó progresivamente su patrimonio y pasó de una relativa pobreza a una cierta opulencia. Termina con un análisis de su carácter: «Dulce, dueño de sí mismo, de un humor alegre y social, capaz de amistad pero muy poco inclinado al odio, y harto moderado en todas mis pasiones.»[11]

Su autobiografía fue publicada con carácter póstumo en 1777, así como Diálogos sobre la religión natural (1779), ya que, aunque Hume los había escrito hacia 1750, consideró que debía ocultar su trabajo a causa de su naturaleza escéptica.

En 1734, tras unos meses en Bristol, dejó el estudio autodidacta y se trasladó a La Flèche (Anjou, Francia). Durante los cuatro años que permaneció allí, diseñó su plan de vida, como escribiría en De mi propia vida (1776), decidiendo «hacer que una estricta frugalidad supla mi falta de fortuna, para mantener mi independencia intacta, y para considerar todas las cosas prescindibles excepto la mejoría de mi talento para la literatura».

En La Flèche completó el Tratado de la naturaleza humana (1739) a la edad de veintiséis años. Aunque hoy en día se considera al Tratado el trabajo más importante de Hume y uno de los libros más relevantes de la historia de la filosofía, el público británico le dispensó una fría acogida. El mismo Hume describió la falta de reacción popular ante la publicación de su Tratado en 1739-1740 al escribir del libro que «nació muerto desde la imprenta, sin ni siquiera alcanzar la distinción necesaria para levantar un murmullo entre los fanáticos. Pero, siendo de temperamento alegre y optimista, me recuperé pronto de la decepción y proseguí con ardor mis estudios». Entonces escribiría un resumen de un libro publicado recientemente titulado Tratado de la naturaleza humana, donde el argumento central del libro se ilustra y explica. Sin revelar su autoría, intentó hacer su trabajo más inteligible acortándolo, pero incluso esta labor publicitaria erró en su propósito de despertar el interés en el Tratado.

Tras la publicación de Ensayos de moral y política en 1744 solicitó una cátedra de ética y pneumática (psicología) en la Universidad de Edimburgo, pero fue rechazado. Durante la Rebelión Jacobita de 1745 fue tutor del Marqués de Annandale. Fue entonces cuando comenzó su gran trabajo histórico, la Historia de Inglaterra, obra publicada en seis volúmenes entre 1754 y 1762 que alcanzaría un éxito considerable, a diferencia de lo que ocurrió con el Tratado.

Hume fue acusado de herejía por la Iglesia escocesa, pero sus amigos le defendieron alegando que al ser ateo estaba fuera de la jurisdicción de la Iglesia de Escocia. A pesar de resultar absuelto y posiblemente debido a la oposición de Thomas Reid de Aberdeen, que durante ese año criticó su metafísica desde el cristianismo, le fue denegada la cátedra de filosofía en la Universidad de Glasgow. En 1752, como relata en De mi propia vida, «la facultad de derecho me eligió como bibliotecario, un empleo por el que recibía escasos o nulos emolumentos, pero que puso bajo mi mando una gran biblioteca». Esta biblioteca le proporcionó las fuentes que le permitieron continuar con las investigaciones históricas necesarias para la escritura de su Historia de Inglaterra.

Hume se granjeó notoriedad como ensayista e historiador. Los seis volúmenes de su Historia de Inglaterra abarcan desde los reinos sajones hasta la Revolución Gloriosa de 1688; se vendió mucho en su época. En ella, Hume presentaba al hombre como una criatura de costumbres, predispuesto a someterse en silencio al gobierno establecido a menos que se enfrente a la incertidumbre. Según él, solo las diferencias religiosas podían desviar al hombre de sus vidas cotidianas para hacerle pensar en política.

El ensayo de Hume De la superstición y la religión estableció las bases del pensamiento laico. Los críticos con la religión de la época de Hume tenían que expresarse con cautela. Apenas 15 años antes del nacimiento de Hume, un estudiante de dieciocho años, Thomas Aikenhead, fue juzgado por decir públicamente que el cristianismo era un sinsentido, blasfemia por la que sería ahorcado. Hume siguió la práctica habitual de expresar sus puntos de vista indirectamente, a través de personajes que dialogaban en su obra. Además, no reclamó la autoría del Tratado hasta el año de su muerte, en 1776. Sus ensayos Del suicidio, y De la inmortalidad del alma y sus Diálogos sobre la religión no se publicarían hasta después de su muerte, y aun así Hume no figuraba en ellos en los nombres del autor ni del editor. Hume fue tan hábil camuflando sus ideas que a día de hoy todavía se discute si en realidad era deísta o ateo. A pesar de ello, se le denegaron muchos cargos por declararse ateo.

Hay un relato (probablemente falso) sobre David Hume y su supuesto ateísmo. En él, Hume cae de su caballo en un barrizal y se empieza a hundir. Entonces pasa por allí una anciana y pía dama. Cuando ve al célebre ateo agitando sus brazos en un intento de salvar su vida se acerca al borde y le mira. Hume le suplica a la dama que le acerque una rama para poder escapar, pero ella responde que se niega a menos que proclame su devoción a Dios Todopoderoso. Hume finalmente hace lo que le pide y la dama le ayuda a salir.

De 1763 a 1765 Hume ejerció como secretario de Lord Hertford en París, donde se ganó la admiración de Voltaire y fue agasajado por las damas de la alta sociedad. Allí trabó una amistad con Rousseau que más tarde se estropearía. Escribió sobre su estancia en París «A menudo añoré la tosquedad de The Poker Club de Edimburgo... para corregir y rectificar tanta exquisitez». En 1768 se estableció en Edimburgo. En 1770, el filósofo alemán Immanuel Kant avivó el interés por los trabajos filosóficos de Hume al declarar que le habían despertado de «sueños dogmáticos» (circa) y desde entonces gozó del reconocimiento que había perseguido durante toda su vida.

James Boswell visitó a Hume pocas semanas antes de su muerte. Hume le dijo que sinceramente veía la vida después de la muerte como «el capricho más irracional». Hume escribió su propio epitafio: «Nacido en 1711, Muerto en 1776. Dejando a la posteridad que añada el resto», que está grabado conjuntamente con el año de su fallecimiento en la «sencilla tumba romana» que dejó escrito que prefería y que está situada, como deseaba, en la ladera este de Calton Hill, desde la que se ve su casa, en el número 1 de St David Street del New Town de Edimburgo.

Aunque Hume escribió sus obras en el siglo XVIII, su trabajo sigue siendo relevante en las disputas filosóficas de la actualidad, lo que contrasta con las aportaciones de muchos de sus contemporáneos. A continuación se ofrece un sumario de sus trabajos filosóficos más influyentes:

Hume cree que todo el conocimiento humano proviene de los sentidos. Hay una diferencia evidente entre las percepciones de la mente cuando alguien siente algo y cuando posteriormente evoca en la mente esta sensación o la anticipa en su imaginación. Podemos llegar a representar en nuestra mente un objeto de forma muy viva, pero nunca podrá presentarse ante nosotros con la misma fuerza y vivacidad de la experiencia sensible inicial. “El pensamiento más intenso es siempre inferior a la sensación más débil”.

Nuestras percepciones, es decir “todo lo que puede estar presente a la mente, sea que empleemos nuestros sentidos, o que estemos movidos por la pasión o que ejerzamos nuestro pensamiento y nuestra reflexión”.[12]​ Pueden dividirse en dos categorías: ideas e impresiones. Así define estos términos en Investigación sobre el entendimiento humano:

Podemos dividir todas las percepciones de la mente en dos clases o especies, que se distinguen por sus diferentes grados de vivacidad: las más vivaces e intensas son las impresiones y las de menor fuerza son las ideas.

«Con el término impresión me refiero a nuestras percepciones, cuando oímos, o vemos, o sentimos, o amamos, u odiamos, o deseamos. Y las impresiones se distinguen de las ideas, que son impresiones menos vívidas de las que somos conscientes cuando reflexionamos sobre alguna de las sensaciones anteriormente mencionadas».

Más adelante precisa el concepto de las ideas, al decir:

«Una proposición que no parece admitir muchas disputas es que todas nuestras ideas no son nada excepto copias de nuestras impresiones, o, en otras palabras, que nos resulta imposible pensar en nada que no hayamos sentido con anterioridad, mediante nuestros sentidos externos o internos».

Aunque en apariencia nuestro pensamiento tenga una libertad ilimitada, en realidad toda la creatividad de la mente se reduce a la facultad de mezclar, aumentar o disminuir, o combinar los materiales que nos dan los sentidos y la experiencia. Todas aquellas cosas que imaginamos se derivan de una experiencia previa, ya sea interna o externa. Podemos imaginar una montaña de oro, aunque no exista en la realidad, porque, aunque no hemos experimentado la cosa en sí, tenemos experiencia de lo que es una montaña y de lo que es el oro, hemos combinado en nuestra mente dos ideas que conocíamos con anterioridad gracias a la experiencia sensible. Esto constituye un aspecto importante del escepticismo de Hume, en cuanto equivale a decir que no podemos tener la certeza de que una cosa, como Dios, el alma o el yo, exista a menos que podamos señalar la impresión de la cual, esa idea, se deriva. A esta distinción se la llama Tenedor de Hume. De hecho, en su Investigación sobre el conocimiento humano, postula que la idea de Dios, en cuanto a un ser perfecto infinitamente sabio y bueno, surge de una proyección aumentada indefinidamente de nuestra propia mente y de nuestras propias cualidades de bondad y sabiduría. Eso no significa que Hume niegue la existencia de Dios, sino que niega que se pueda tener certeza de su existencia como también niega que se pueda tener la certeza de su no existencia. Puesto que solo podemos tener certeza de lo que experimentamos sensiblemente, no podemos tener certeza de la no existencia de algo.

Existe un principio de conexión entre los distintos pensamientos o ideas, ya que cuando se presentan en la memoria o la imaginación, unos introducen a otros siguiendo un cierto orden.

Se ha encontrado en distintos idiomas, incluso donde no cabe la posibilidad de que exista una conexión o influjo, que las palabras que expresan las ideas más complejas son muy similares entre sí, esto prueba que las ideas simples que comprenden las complejas están unidas por un principio universal.

Hume pensaba que había tres principios de conexión entre ideas: el de semejanza, contigüedad en el espacio y en el tiempo y el de causa o efecto.

Todos los objetos de la razón e investigación humana pueden dividirse en dos grupos: relaciones de ideas y cuestiones de hecho.

Dentro de las relaciones de ideas encontramos, por ejemplo, las matemáticas y toda afirmación intuitivamente cierta (2+2=4). Las proposiciones de este tipo se pueden descubrir operando únicamente con el pensamiento, independientemente de que existan en alguna parte del universo (el 2 no es un ente material).

En cambio, las cuestiones de hecho son proposiciones que proceden de la experiencia. Lo contrario de cualquier cuestión de hecho no implica una contradicción lógica, por lo que siempre cabe la posibilidad de que se dé, ya que la mente puede concebir ambas proposiciones contrarias con la misma facilidad. “Mañana no saldrá el sol es una proposición no menos inteligible ni implica una mayor contradicción que la afirmación Mañana saldrá el sol”.

Todos nuestros razonamientos sobre cuestiones de hecho parecen fundarse en la relación de causa y efecto. Solo a través de esta relación podemos ir más allá de la evidencia de nuestra memoria y nuestros sentidos. Hume pone el siguiente ejemplo: una persona que encontrase un reloj en una isla desierta llegaría a la conclusión de que allí hubo alguien. Entre ambos hechos se supone una relación que hace que del hecho presente se infiera otro, estableciendo entre ellos una relación de causa y efecto: hay un reloj (efecto) porque antes hubo una persona a la que le pertenecía (causa).

A partir de aquí, para llegar a una conclusión sobre la naturaleza de las cuestiones de hecho, Hume plantea la pregunta de cómo llegamos al conocimiento de la causa y el efecto. Y él da la siguiente respuesta: la experiencia. “Las causas y los efectos no se pueden descubrir por la razón, sino por la experiencia”. Esto lo justifica con el argumento de que ningún objeto revela a través de las cualidades que son captadas por los sentidos ni sus causas ni sus efectos".[14]

Hume realiza un crítica a tres conceptos: causa, sustancia y Dios.[15]​ Cuando un acontecimiento sucede tras otro, podemos llegar a pensar que una conexión entre ambos acontecimientos hace que el segundo suceda al primero (post hoc ergo propter hoc). Hume desafió a esta creencia en su primer libro Tratado de la naturaleza humana y más tarde en su Investigación sobre el entendimiento humano. Se dio cuenta de que aunque percibimos que un elemento suceda al otro, no percibimos ninguna condición necesaria y suficiente entre los dos. Y, de acuerdo con su epistemología escéptica, solo podemos confiar en el conocimiento que adquirimos a través de nuestras percepciones. Hume declaró que nuestra idea de causalidad consiste en poco más que la esperanza de que ciertos acontecimientos se den tras otros que los preceden.

«No tenemos otra noción de causa y efecto, excepto que ciertos objetos siempre han coincidido, y que en sus apariciones pasadas se han mostrado inseparables. No podemos penetrar en la razón de la conjunción. Solo observamos la cosa en sí misma, y siempre se da que la constante conjunción de los objetos adquiere la unión en la imaginación»[16]

En realidad no podemos decir que un acontecimiento causó al otro. Todo lo que sabemos con seguridad es que un acontecimiento está correlacionado con el otro. Para describir esto, acuñó el término conjunción constante, que consiste en que cuando vemos cómo un acontecimiento siempre causa otro lo que en realidad estamos viendo es que un acontecimiento ha estado siempre en conjunción constante con el otro (costumbre). En consecuencia, no tenemos ninguna razón para creer que el primero causó al segundo, o que continuarán apareciendo siempre en conjunción constante en el futuro.[17]​ La razón por la que presentamos este comportamiento no es que la causa-efecto sea el comportamiento de la naturaleza, sino los hábitos de la psicología humana.[18]​ Una vez que nos damos cuenta de que "A debe producir B" equivale simplemente a "Debido a su conjunción constante, estamos psicológicamente seguros de que B seguirá a A", entonces nos queda una noción de necesidad muy débil.[19]

A esto se añade el hecho de que Hume, al observar que solo somos capaces de tener constancia de las características concretas de lo que hay en nosotros y a nuestro alrededor en un momento determinado, considera que no existen sustancias sino propiedades que luego atribuimos a hipotéticos sustratos que reposan esas cualidades. Mientras Locke acepta sustancias individuales y Berkeley solo las espirituales, Hume niega cualquier tipo.[20]​ "La idea de una substancia [...] no es más que una colección de ideas simples que están unidas por la imaginación y poseen un nombre particular asignado a ellas, por el que somos capaces de recordar para nosotros mismos o los otros esta colección."[21]​ Esto constituye su "bundle theory", o teoría del haz, según la cual los objetos solo lo son en tanto que conjuntos de propiedades concretas e individuales.[22]​ Hume podría considerarse como fenomenista.[20]

Esta concepción le quita toda la fuerza a la causación, y otros humeanos posteriores, como Bertrand Russell, han desechado la misma noción de causación aduciendo que es un tipo de superstición. Además, esta críticas también fueron expuestas anteriormente por Malebranche y Algazael. Pero esto desafía al sentido común, creando el problema de la causación —¿Qué justifica nuestra confianza en la existencia de una conexión causal y de qué clase de conexión podemos saber?—, un problema para el que no se ha encontrado solución. Hume sostuvo que tanto nosotros como otros animales tenemos una tendencia instintiva a creer en la causación debido al desarrollo de hábitos de nuestro sistema nervioso, una creencia que no podemos eliminar, pero que no podemos probar mediante ningún argumento, deductivo o inductivo.

En Investigación sobre el entendimiento humano (EHU), §4.1.20-27, §4.2.28-33,[23]​ Hume articuló su tesis de que todo el razonamiento humano pertenece a dos clases, Relaciones de ideas y Hechos. Mientras que las primeras involucran conceptos abstractos como las matemáticas y están gobernadas por las certezas deductivas, los segundos comportan la experiencia empírica donde todos los razonamientos son inductivos. Dado que de acuerdo con Hume no podemos conocer nada de la naturaleza con anterioridad a la experimentación, incluso un hombre racional sin experiencia «no podría haber inferido de la transparencia y la fluidez del agua que sofocaría su sed, o a partir de la luz y el calor del fuego que le consumiría» (EHU, 4.1.6). Así que todo lo que podemos decir, pensar o predecir de la naturaleza debe venir de la experiencia previa, lo que lleva a la necesidad de la inducción.

La inferencia o razonamiento inductivo presupone que se puede confiar en los actos pasados como regla a partir de la cual se puede predecir el futuro. Por ejemplo, si en el pasado ha llovido el 60 % del tiempo cuando se dan unas condiciones atmosféricas determinadas, entonces en el futuro probablemente lloverá un 60 % del tiempo si se dan las mismas condiciones. Pero aún queda el problema de cómo justificar tal inferencia, conocida como el principio de inducción. Hume sugirió dos posibles justificaciones, que sin embargo rechazó:

Este principio de uniformidad no es evidente por sí mismo. El notable filósofo del siglo XX Bertrand Russell confirmó y elaboró el análisis de Hume del problema en su trabajo Los problemas de la filosofía, capítulo 6.[24]

A pesar de la crítica de Hume a la inducción, sostuvo que era superior a la deducción en el reino del pensamiento empírico. Tal y como declara:

«esta operación de la mente, por la que podemos inferir los efectos de las causas y viceversa, es esencial para la subsistencia de todas las criaturas humanas, es probable que pueda confiarse más en ella que en las falacias de la deducción de nuestra razón, que es lenta en sus operaciones; no aparece en los primeros años de la infancia; y como mucho es, en cualquier edad y periodo de la vida humana, extremadamente proclive al error». (EHU, 5.2.22)

Hume concluye que todas las conclusiones inductivas se basan en "instinto" y "costumbre", no en la razón, que Hume le da un papel mucho menos importante que muchos filósofos habían postulado.[25]

Hume sostiene que toda idea viene de una impresión sensible, pero al igual que la sustancia, no tenemos ninguna impresión del yo en sí.[26]​ Él declara en su Tratado de la naturaleza humana:

Los filósofos empiristas como Hume y Berkeley, aplicaron la "teoría del haz" (bundle theory), al concepto de identidad, y por consiguiente, a la identidad personal. Al contrario de la demostración de Descartes de la independencia del yo (pienso, luego existo), esta teoría sostiene la mente es un conjunto de percepciones sin unidad o cualidad cohesiva. El yo no es más que un conjunto de experiencias vinculadas por las relaciones de causalidad y semejanza.[28][29]​ Curiosamente, Gauthama Buda había llegado a conclusiones similares varios siglos antes.[30]​ El yo es el resultado de nuestro hábito natural de atribuir la existencia unificada a cualquier colección de partes asociadas. Esta creencia es natural, pero no hay un soporte lógico para ello.[31]

Esta visión fue transmitida por intérpretes positivistas, que vieron a Hume como sugiriendo que términos como "sí mismo", "persona" o "mente" se referían a colecciones de "contenidos sensoriales".[33]​ Como lo expresa el William James:[34]

Derek Parfit ha presentado una versión moderna de la teoría en su obra Razones y personas. La negación bien argumentada de un yo sustancial precipitó una crisis filosófica de la que Immanuel Kant intentó rescatar la filosofía occidental a través de la distinción entre el yo empírico y el yo trascendental.[28][35]

Al contrario de lo que muchos han supuesto, Hume no respalda la teoría del haz ni tampoco sostiene que la mente es solo una serie de experiencias. Su posición básica, como escéptico moderado es que la esencia de la mente es desconocida y no tenemos ninguna razón empíricamente justificable para creer en la existencia de un sujeto persistente, o una mente ontológicamente distinta a una serie de experiencias.[36]

La mayoría de las personas consideran algunas conductas más razonables que otras. Por ejemplo, comer papel de aluminio parece irracional. Pero Hume negó que la razón tuviera un papel importante cara a motivar o desalentar la conducta. Según él, la razón no es más que una calculadora de conceptos y experiencia. Lo que en definitiva importa es como nos sentimos respecto a la conducta. Su trabajo se asocia con la doctrina del instrumentalismo, que dice que una acción es razonable si y solo si sirve para alcanzar los propios deseos, sean los que sean. La razón puede participar solamente informando acerca de las acciones que serán más útiles para alcanzar las metas y deseos, pero nunca dirá qué metas y deseos se deben tener. Así que si alguien quiere ingerir papel de aluminio la razón dirá dónde encontrarlo, y no hay nada irracional en el hecho de comerlo o en querer hacerlo (a menos que se tenga un deseo más fuerte de conservar la salud). Hoy en día, sin embargo, se aduce que Hume fue un paso más allá adentrándose en el nihilismo, pues dijo que no había nada irracional en frustrar los propios deseos y metas. Tal conducta sería anormal, pero no sería contraria a la razón.

David Hume trató la ética por primera vez en el segundo y tercer libro del Tratado de la naturaleza humana (1739). Varios años después, extrajo y extrapoló las ideas allí propuestas en un ensayo más corto titulado Investigación sobre los principios de la moral (1751). La aproximación de Hume a los problemas morales es fundamentalmente empírica. En lugar de decir cómo debería de operar la moral, expone cómo realizamos los juicios morales. Tras proporcionar varios ejemplos llega a la conclusión de que la mayoría (si no todas) de las conductas que aprobamos tienen en común que buscan incrementar la utilidad y el bienestar público. Al contrario que el también empirista Thomas Hobbes, Hume declara que no solo realizamos juicios morales teniendo en cuenta nuestro propio interés, sino también el de nuestros conciudadanos. Hume defiende esta teoría de la moral al asegurar que nunca podemos realizar juicios morales basándonos únicamente en la razón. Nuestra razón trata con hechos y extrae conclusiones a partir de ellos, pero no nos puede llevar a elegir una opción sobre otra; solo los sentimientos pueden hacerlo. Este argumento contra la moral fundamentada en la razón forma parte hoy en día de los argumentos antirrealistas.

Por tanto, Hume niega la existencia de una "razón práctica" y la posibilidad de una fundamentación racional de la ética. El objeto de la moral (pasiones, voliciones y acciones) no es susceptible de ese acuerdo o desacuerdo entre las ideas sobre las que se basan lo verdadero y lo falso. Si la razón no puede ser la fuente del juicio de valor, habrá que buscarlo en el sentimiento, que surge espontáneo en nosotros ante acciones susceptibles de lo que consideramos valoración moral. El análisis de este sentimiento revela que es una forma de placer o de "gusto". Ello le lleva a excluir de la moral todo rastro de austero moralismo o de mortificación del alma o del cuerpo, porque el fin de la moral es la felicidad y el gozo de vivir del mayor número de hombres posible.

Igualmente de duro se muestra Hume ante el problema religioso. Al eliminar la razón de su trono, Hume negó el papel de Dios como fuente de moralidad. Menoscaba la pretensión de las pruebas de la existencia de Dios, y niega su existencia apelando al problema del mal en el mundo.[31]​ La religión tiene su origen en el sentimiento de miedo de la gente y en la ignorancia de las causas de los eventos terribles de la naturaleza. En su libro Historia natural de la religión, defiende una evolución a partir del politeísmo, hasta llegar a la idea abstracta de la divinidad propia de las religiones monoteístas.

Muchos han advertido el conflicto aparente entre el libre albedrío y el determinismo. Si las acciones que se realizan estaban predeterminadas desde hace miles de millones de años, entonces ¿cómo es que podemos decidir? Pero Hume advirtió otro conflicto, al ver el problema desde la perspectiva contraria: el libre albedrío es incompatible con el indeterminismo. Si las acciones realizadas no están determinadas por acontecimientos anteriores entonces las acciones son completamente aleatorias. Además, y de más importancia para la filosofía humana, no están determinadas por el carácter o la personalidad –los deseos, las preferencias, los valores, etc.–; pero, ¿cómo podría ser alguien responsable de una acción que no es consecuencia de su carácter, sino que ocurre de forma aleatoria? El libre albedrío parece necesitar del determinismo, porque de lo contrario el agente y la acción no estarían conectados. Así que, mientras que el libre albedrío parece contradecir al determinismo, al mismo tiempo necesita del determinismo. La concepción de Hume de la conducta humana tiene causas, y por lo tanto al hacer a las personas responsables por sus acciones se debería intentar recompensarlas o castigarlas de tal forma que intentaran hacer lo que es moralmente deseable e intentaran evitar hacer lo que es moralmente indeseable.

Hume se percató de que muchos escritores hablaban sobre lo que debería ser partiendo de la base de lo que es; pero hay una gran diferencia entre las proposiciones descriptivas (lo que es) y las prescriptivas (lo que debe ser) (véase libro III, parte I, sección I del Tratado de la naturaleza humana). Hume pide a los escritores que se pongan en guardia ante estos cambios sin aportar explicaciones acerca de cómo se supone que las proposiciones prescriptivas deben de seguirse de las declarativas. La cuestión de ¿con qué exactitud se puede derivar el 'deber' del 'ser'? ha llegado a ser una de las cuestiones centrales de la teoría ética, y a Hume se le adjudica normalmente la opinión de que tal derivación es imposible (otros interpretan que Hume no dijo que una aserción fáctica no puede devenir en una aserción ética, sino que no podía hacerse sin prestar atención a los sentimientos humanos). Hume es probablemente uno de los primeros escritores que realizó una distinción entre lo normativo (lo que debería ser) y lo positivo (lo que es). G. E. Moore defendió una posición similar con su argumento de la pregunta abierta, en un intento de refutar cualquier identificación entre las propiedades morales y las naturales, la llamada falacia naturalista.

David Hume identifica dos sentimientos humanos naturales donde cree que se sustenta la raíz de la ética: La bondad y la compasión. Aprobamos actos bondadosos a los que llamamos "virtudes", qué son útiles o agradables para la persona y los demás.[39]​ La compasión es la capacidad humana de recibir la impresión de los sentimientos y creencias de otras personas. Además, su filosofía moral es naturalista al no basarla en fuentes de autoridad religiosas.[40]​ Hume tuvo en cuenta la utilidad de la filosofía para borrar obstáculos como la ignorancia, superstición e intolerancia.[41]

Para responder al escepticismo moral, la teoría moral de Hume apela explícitamente a un "sentido común" y a un “principio de humanidad".[42][43]​ Hume, junto con los demás miembros de la ilustración escocesa, fue probablemente el primero en proponer que la razón de los principios morales puede buscarse en la utilidad que tratan de promover. El papel de Hume, sin embargo, no debe sobreestimarse; fue Francis Hutcheson el que acuñó el lema del utilitarismo: «la mayor felicidad para el mayor número». Pero fue tras leer el Tratado de Hume cuando Jeremy Bentham sintió por primera vez la fuerza del sistema utilitario. Sin embargo, el proto-utilitarismo de Hume es peculiar. No cree que la adición de unidades de utilidad proporcione la forma de llegar a la verdad moral. Al contrario, Hume era un sentimentalista moral y, como tal, pensaba que los principios morales no podían justificarse intelectualmente. Algunos principios simplemente nos parecen mejores que otros; y la razón de por qué los principios utilitarios nos parecen mejores es porque favorecen nuestros intereses y los de nuestros coetáneos, con los que simpatizamos. Los seres humanos están fuertemente predispuestos a aprobar normas que promuevan la utilidad pública de la sociedad. Hume usó esta idea para explicar cómo evaluamos un amplio abanico de fenómenos, desde las instituciones sociales y políticas gubernamentales a los rasgos de la personalidad.[40]

Las ideas de Hume sobre la estética y la teoría del arte se extienden a través de sus obras[44][45]​, pero están particularmente conectadas con sus escritos éticos y también con los ensayos Of the Standard of Taste y Of the Standard of Taste. Sus puntos de vista están enraizados en el trabajo de Joseph Addison y Francis Hutcheson.[46]​ En el Tratado escribió sobre la conexión entre la belleza y la deformidad y el vicio y la virtud,[47]​ y sus escritos posteriores sobre este tema continúan trazando paralelos de belleza y deformidad en el arte, con la conducta y el carácter.[48]

En Of the Standard of Taste, Hume argumenta que no se pueden establecer reglas sobre lo que es un objeto de buen gusto. Sin embargo, un crítico confiable del gusto puede ser reconocido como objetivo, sensible y sin prejuicios, y con una amplia experiencia.[49]​ En Of Tragedy aborda la pregunta de por qué los humanos disfrutan de un drama trágico . Hume estaba preocupado por la forma en que los espectadores encuentran placer en el dolor y la ansiedad representados en una tragedia. Argumentó que esto se debía a que el espectador es consciente de que está presenciando una actuación dramática. Es un placer darse cuenta de que los terribles eventos que se muestran son en realidad ficción.[50]​ Además, Hume estableció reglas para educar a las personas en el gusto y la conducta correcta, y sus escritos en esta área han sido muy influyentes en la estética inglesa y anglosajona.[51]​ Sus opiniones tuvieron un impacto en la estética posterior, sobre todo en la Crítica del juicio de Kant.[52]

Sus contribuciones a la filosofía de la religión han tenido un impacto duradero en la teología natural y revelada, las cuales en su conjunto proporcionan intento de socavar las justificaciones de la creencia religiosa.[53]

La Enciclopedia de Filosofía de Stanford afirma que Hume "escribió con fuerza e incisiva sobre casi todas las cuestiones centrales de la filosofía de la religión". Sus "diversos escritos sobre problemas de religión se encuentran entre las contribuciones más importantes e influyentes en este tema". Sus escritos en este campo cubren la filosofía, psicología, historia y antropología del pensamiento religioso.[54]​ Todos estos aspectos fueron discutidos en la disertación de Hume de 1757, Historia natural de la religión. Aquí argumentó que las religiones monoteístas del judaísmo, el cristianismo y el islam derivan de religiones politeístas anteriores. Hume coincide con los deístas en fundar la religión en el hombre y no en la revelación. Pero, a diferencia de aquellos, no será en la razón, sino en los sentimientos donde será el origen de la religiosidad.[55]​ También sugirió que toda creencia religiosa "se traza, al final, el temor a lo desconocido".[56]

Hume criticó el concepto de los milagros, no diciendo que sean imposibles, sino argumentando que nunca es razonable pensar que han ocurrido. Hume declara que tal carga de la prueba es extremadamente alta y ofrece razones específicas para pensar que esta carga nunca se ha dado.[57]

En su ensayo, De la inmortalidad del alma, Hume breves argumentos en contra de una vida después de la muerte. Criticó el mecanicismo cartesiano al decir que los animales "indudablemente sienten, piensan [...] de una manera más imperfecta que los hombres; ¿Son sus almas también inmateriales e inmortales?" y señaló la gran conexión de la mente y el cuerpo, siendo la muerte de uno el fin de los dos.[58]​ En contra del de dualismo, Hume escribe en Investigación sobre el entendimiento humano que si aceptamos la existencia de una sustancia inmaterial, “la naturaleza lo usa de la manera en que lo hace con la otra sustancia, la materia", la cual "se disuelve después de un tiempo cada modificación, y de su sustancia erige una nueva forma".[59]​ Hume postula que el único argumento a favor la inmortalidad del alma es por la revelación divina.[53]​ En una entrevista en 1776, Hume dijo que esta creencia es "una fantasía de lo más irrazonable" y la comparó análogamente con un trozo de carbón que no se quemara puesto al fuego.[60]

Para Hume, el único apoyo de la religión más allá del estricto fideísmo son los milagros, dando argumentos a partir de la concepción de milagro como una violación de las leyes de la naturaleza. Su definición exacta de milagro se puede encontrar en su Investigación sobre el entendimiento humano, donde dice que los milagros son violaciones de las leyes naturales y por tanto son muy improbables. Se ha criticado esta idea mediante el contraargumento de que tal dictado asume el carácter de los milagros y las leyes de la naturaleza antes de examinar los milagros, lo que es una sutil forma de dar por sentada la conclusión. También puntualizaron que este razonamiento apela a la inferencia inductiva, problemática en la filosofía humana, pues nadie ha observado todos los acontecimientos de la naturaleza ni examinado todos los posibles milagros (por ejemplo, los que no han sucedido todavía).

Otra oposición a este argumento parte de que el testimonio humano nunca puede ser suficientemente digno de confianza para contradecir la evidencia de las leyes de la naturaleza. Hume llama prueba a una gran cantidad de evidencias absolutamente uniformes. En el mejor de los casos, cualquier testimonio de un milagro solo puede ser una probabilidad, pero no una prueba.[57]​ Este punto de vista se ha aplicado a la cuestión de la resurrección de Jesús, respecto a la que Hume no dudó en preguntar, «¿Qué es más probable – que un hombre ascienda de entre los muertos o que el testimonio esté, de alguna forma, errado?». Esta pregunta es similar a la navaja de Occam. Este argumento es la espina dorsal del movimiento escéptico y todavía constituye un problema para los historiadores de la religión.[61]

Hume rechazó la idea de una deidad al no tener un impresión directa de esta. Por consiguiente criticó argumentos usados a favor de su existencia. Uno de los argumentos más antiguos y utilizados para demostrar la existencia de Dios es el argumento teleológico: que todo el orden y el propósito es un indicio de su origen divino. Hume hizo la crítica clásica a este argumento en Diálogos sobre religión y en Investigación sobre el entendimiento humano y, aunque el asunto está lejos de estar resuelto, muchos creen que Hume refutó el argumento con éxito. Su argumentación se sostiene en que:[54]

También objetó al argumento cosmológico con su crítica a la causalidad necesaria y al argumento ontológico declarando que la existencia son cuestiones de hecho y es absurdo tener una idea a priori de un Dios sin tener una impresión de él, siendo posible concebir su inexistencia y por lo tanto no es necesario. “La existencia, por tanto, de cualquier ser sólo puede probarse mediante argumentos de su causa o de su efecto”.[53]​ Afirmó que es improbable que este sea omnipotente y omnibenevolente por la evidencia de sufrimiento en el mundo[54]​, siendo una de las primeras formulaciones del del problema del mal evidencial.[62][63][64]​ De todas formas Hume no se declaró nunca como ateo, sino más bien un escéptico con respecto al tema.[54]

Es difícil clasificar las afiliaciones políticas de Hume. Sus escritos contienen elementos que son, en términos modernos, conservadores y liberales, aunque estos términos son anacrónicos.[65]​ Una de las principales preocupaciones de la filosofía política de Hume es la importancia del estado de derecho. También enfatiza a lo largo de sus ensayos políticos la importancia de la moderación en la política: espíritu público y respeto a la comunidad.[66]​ Sostuvo un gobierno mixto entre monarquía y republicanismo para implementar la justicia y asegurar libertades como la de prensa.[67]

Muchos ven a David Hume como un conservador, y en ocasiones se le llama el primer filósofo conservador. Expresó su desconfianza por los intentos de reformar la sociedad para llevarla lejos de la costumbre establecida, y aconsejó a los pueblos que no se rebelasen contra sus gobernantes, excepto en casos de tiranía flagrante. Sin embargo, se resistió a tomar parte por ninguno de los partidos políticos británicos, los Whigs y los Tories, y creía que se debe equilibrar el anhelo de libertad con la necesidad de una autoridad poderosa, sin sacrificar ninguna de las dos. Apoyó la libertad de prensa y se mostró simpatizante de la democracia, aunque con restricciones. Se ha dicho que fue una gran inspiración para James Madison, en particular para El Federalista n.º 10. También se mostró optimista respecto al progreso social, pues creía que gracias al desarrollo económico que resulta de la expansión del comercio las sociedades progresaban desde la barbarie a la civilización. Según él, las sociedades civilizadas son abiertas, pacíficas y sociables, y sus ciudadanos son, en consecuencia, mucho más felices.

Aunque fuertemente pragmático, Hume produjo un ensayo titulado Idea de la mancomunidad perfecta,[68]​ donde detallaba qué reformas se deberían acometer, que incluían la separación de poderes, descentralización, extender el sufragio a todo el que tuviera propiedades de valor y limitar el poder de la iglesia. Propuso el sistema del ejército suizo como la mejor forma de protección. Las elecciones deberían de tener lugar anualmente y los representantes del pueblo no deberían cobrar emolumentos.

En el transcurso de sus argumentaciones políticas, y como conclusión de sus investigaciones históricas, Hume desarrolló muchas ideas que gozan de prevalencia en la economía, principalmente acerca de la propiedad intelectual, la inflación y el comercio exterior, que influyeron en su amigo, el economista Adam Smith.

Para Hume la propiedad privada no es un derecho natural, pero se justifica debido a la existencia de bienes limitados. Si todos los bienes fueran ilimitados y estuvieran disponibles, entonces la propiedad privada no tendría sentido. Hume creía en la distribución desigual de la propiedad, dado que la igualdad perfecta destruiría las ideas de industria y el ahorro, lo que llevaría al desabastecimiento y a la pobreza.

Hume se cuenta entre los primeros que desarrollaron la teoría llamada mecanismo de flujo especie-dinero, una idea que contrasta con el mercantilismo. Expuesto de una forma simplificada, en un sistema de patrón oro, cuando un país tiene una balanza comercial positiva (es exportador neto), incrementa sus flujos entrantes de oro. Esto resulta en una inflación interior de su nivel general de precios, que en último término erosionará la ventaja competitiva del país y reducirá sus exportaciones. De este modo, el patrón oro permitiría restaurar automáticamente el equilibrio en la balanza de pagos de un país.

Hume también propuso una teoría de la inflación beneficiosa. Creía que incrementar el suministro de dinero avivaría la producción a corto plazo. Este fenómeno estaría ocasionado por un margen entre el incremento del suministro de dinero y los precios. El resultado es que los precios no se elevarían a corto plazo y puede que no lo hicieran nunca. Esta teoría se desarrolló más tarde por John Maynard Keynes.

David Hume (1711–1776) escribió esta controvertida nota al pie de página que aparece en el original del ensayo De los caracteres nacionales:

Debe tenerse en cuenta que esta forma de racismo era habitual en la cultura europea de la época de Hume. Podría haber sido un 'hijo de su época' en ese aspecto, o incluso, por la forma especulativa en que esta nota está escrita, podría haber aplicado un ejemplo de una de sus propias reflexiones sobre la causalidad, tratada más arriba: una "conjunción constante" entre las personas de otras razas que conocía y los logros de las mismas.[cita requerida]

Se puede dividir la vida de Hume en tres periodos.[71]​ Aunque este género de división puede parecer algo arbitrario, es un medio mnemotécnico útil y pertinente si se apoya sobre su producción literaria y la vida misma que la provoca:

Aunque el pensamiento de Hume permaneció bastante homogéneo durante toda su vida la manera según la cual este lo desarrolló estuvo lejos de ser siempre la misma. Así, el primer periodo es el de la redacción del Tratado de la naturaleza humana, libro-faro en que su pensamiento se encuentra ya casi enteramente concentrado; en el segundo los ensayos y los libros se suceden, pero por la ruta y objetivos fijados en el Tratado en numerosos temas; ya en el tercero Hume se consagra más a la relectura y mejora de los escritos precedentes y a la redacción de libros póstumos como los Diálogos sobre la religión natural.

Al tener dudas considerables acerca de si Hume estaba expresando únicamente sus opiniones superficiales en lugar de expresar su personalidad completa, Alfred Edward Taylor (1927) dudó sobre si Hume era en efecto un gran filósofo o solo un hombre extraordinariamente lúcido.

Alfred Jules Ayer (1936) al introducir su exposición clásica del positivismo lógico, declaró que «los puntos de vista expuestos en este tratado son el resultado del empirismo de Berkeley y Hume».

Tanto Bertrand Russell (1946) como Leszek Kołakowski (1968), vieron a Hume como un positivista que sostenía la opinión de que el conocimiento proviene solo de la experiencia, de las impresiones de los sentidos y (más tarde) del sense datum y que el conocimiento obtenido de otra forma era un sinsentido. Albert Einstein (1915) declaró que el positivismo de Hume le inspiró al formular su teoría especial de la relatividad.

En 1953, Gilles Deleuze le dedica una monografía titulada Empirismo y Subjetividad.

Anderson (1966), al discutir los primeros principios de Hume, que dicen que todos los gobiernos y toda la autoridad de las mayorías sobre las minorías están fundamentados en el derecho al poder y el derecho de la propiedad concluyó que Hume fue un materialista.

Karl Popper (1970) puntualizó que dado el idealismo humeano le resultaba una refutación estricta del realismo del sentido común, y que aunque sentía racionalmente que el realismo del sentido común es un error, admitía que en la práctica era incapaz de dejar de creer en él durante más de una hora, Hume era un realista del sentido común.

Edmund Husserl (1970), asoció la fenomenología con Hume cuando mostró que ciertas percepciones están relacionadas o asociadas con otras percepciones que se proyectan en un mundo putativo fuera de la mente.

Barry Stroud (1977) consideró a Hume un naturalista, al decir que veía todos los aspectos de la vida humana explicables naturalistamente. Situó al hombre en el mundo de la naturaleza, interpretable por tanto según la ciencia, en conflicto con la idea tradicional que considera al hombre un sujeto racional disociado de la naturaleza.

Flew (1896) dirigió su atención al escepticismo moral y lógico de Hume y le denominó escéptico pirroniano.

Hume fue denominado el "profeta de la revolución de Ludwig Wittgenstein" por Philipson (1989), al referirse a su consideración de que la matemática y la lógica son sistemas cerrados, tautologías que no tienen relación con el mundo de la experiencia.

Al tratar a Hume de neo-helenista, Phenelum (1993) le consideró continuador de las tradiciones estoica, epicúrea y escéptica, pues Hume tenía en común con estas corrientes su creencia de que debemos entender nuestra propia naturaleza antes de tratar cualquier otro asunto.

Norton (1993) aseguró que Hume fue "el primer filósofo postescéptico de la era moderna". Hume desafió la certeza de los cartesianos y otros racionalistas, que trataban de refutar el escepticismo, y además emprendió la tarea de articular una nueva ciencia de la naturaleza humana que proporcionase unos fundamentos estables para el resto de ciencias, incluidas la moral y la política.

Fogelin (1993) concluyó que Hume fue un "perspectivista radical", similar a Protágoras. Se refirió a las palabras de Hume en las que declaraba que sus escritos exhibían «una propensión que nos inclina a a lo positivo y cierto en puntos particulares, de acuerdo a la luz bajo la que los examinamos en cada instante particular» (T 1.4.7, 273).

Hume se refería a sí mismo como «escéptico mitigado» (IEH, 162, la cursiva es suya).

En 2020, consecuencia del movimiento Black Lives Matter, la Universidad de Edimburgo cambió el nombre de la hasta entonces llamada “Torre David Hume” en vista de la revisión que hizo en 1753 a su ensayo Of National Characters, consistente en añadir las frases «Tiendo a sospechar que los negros son naturalmente inferiores a los blancos» y «casi nunca hubo una nación civilizada de esa complexión, ni siquiera un individuo eminente», así como, en una serie de cartas, insistir a un conocido que comprara esclavos en Granada.[72][73]

La institución expresó en un comunicado: «es importante que los campus, los planes de estudio y las comunidades reflejen la diversidad histórica y contemporánea de la universidad y se comprometan con su legado institucional en todo el mundo», y agregó que la decisión se tomó debido a la dificultad «de pedir a los estudiantes que utilicen un edificio que lleva el nombre del filósofo del siglo XVIII cuyos comentarios sobre cuestiones raciales, aunque no eran infrecuentes en ese momento, hoy provocan angustia».[74]


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